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¿Fue realmente un sueño?

Lenina M. Méndez

y la locura cabalga a lomos del viento...,
garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres...,
la muerte en una bacanal de murciélagos
procedentes de las ruinas de los templos
enterrados en Belial...
Ahora, a medida que oigo mejor el aullido
de la descarnada monstruosidad y el maldito
aleteo resuena cada vez más cercano,
yo me hundo con mi revólver en el olvido,
mi único refugio contra lo desconocido.

Lovecraft

El hombre de cualquier época siempre se ha sentido atraído hacia lo desconocido, lo misterioso, lo que no puede explicarse. Y la literatura ha sido un terreno fértil para desahogar este tipo de necesidades, por lo cual el relato fantástico ha ocupado un lugar preponderante en el gusto del público por muchos siglos. Naturalmente, este sentimiento de placer ante lo oculto se ha manifestado de diferentes maneras dependiendo de los tiempos que corran, y así se tiene una variada galería desde los monstruos y brujas hasta las más refinadas torturas psicológicas. Especialmente el siglo XIX, con toda la ola de romanticismo de la que se vio impregnado, desarrolló las bases de lo que es el actual plano de lo ominoso; el terror, para hacerse sentir con toda intensidad, debía partir de la realidad, de las situaciones más comunes y corrientes para acercar poco a poco al lector a los límites donde lo racional se mezcla con lo alienante.

El decimonónico es una etapa de cambios, tanto científicos como sociales, y las nuevas teorías se ven por ende forzosamente reflejadas en su escritura. Así que lo fantástico en la literatura se dedicó a incursionar en los miedos más recónditos de la humanidad, es decir, desenterró el pánico arcaico que proviene de poseer el mal dentro de uno mismo, temiendo una semilla de locura siempre latente. Este tipo de narraciones entrañan generalmente una doble lectura: por un lado, pueden entenderse como anécdotas fantásticas, donde lo pavoroso surge de fuerzas sobrenaturales alejadas de la manipulación humana; y por otra parte, pueden leerse como un destape de las pulsaciones del individuo con base en la teoría psicoanalítica. La distinción entre estos dos tipos de estudio frecuentemente es tarea delicada, pues suele caerse en análisis verdaderamente ridículos, de aquellos que tratan de acostar al libro en el diván y a partir de él tratan de deducir toda la vida de un escritor que tal vez lleve siglos bajo tierra, como si el texto les fuera a decir más de lo que está allí escrito. Salvo casos excepcionales, donde existe un conocimiento cuidadoso de la biografía del autor y de toda su obra, puede intentarse un abordamiento desde este punto de vista, pero aun así debe procurarse no llegar a verdaderas barbaridades, ya que la mayor parte de las veces no existe una relación directa entre lo escrito y la verdadera personalidad de su autor, resultando que las conclusiones a las que pudiera llegarse con esta hipótesis por lo general son erróneas y subjetivas en grado sumo.

Sin embargo, sí hay un gran camino por recorrer en los estudios psicoanalíticos de una obra literaria, y una de sus vertientes más interesantes es descubrir cómo se reflejan los miedos y pulsaciones del hombre en general, cómo se personalizan y cómo se construye la delicada red que lleva al lector a identificarse con ese miedo patente en la obra, es decir, de qué manera se logra atrapar al narratario en las mismas sensaciones que perciben los personajes y su desequilibrio llega a transformarse en nuestro miedo. La escuela rusa del XIX, que dio al mundo los grandes maestros del realismo, también proporcionó los mejores ejemplos de esa creación de lo ominoso, curiosamente, salidos de la pluma de esos autores cuyos escritos se encuentran asentados cabalmente en la cotidianidad; y he ahí la riqueza, en la vida diaria se esconde el monstruo que puede aniquilar nuestro espíritu.

Iván Turgueniev (1818-1883) fue un autor marcadamente costumbrista, pero al igual que muchos de sus contemporáneos, incursionó también en el terreno del relato del misterio. Este es uno de los casos en que no se puede relacionar abiertamente la vida interna del autor con su obra, pues toda conjetura sería terriblemente subjetiva y, a menos que saliera el cadáver del sepulcro y contara su versión, en sus escritos no se revela la menor correspondencia. Provenía de una millonaria familia de terratenientes rusos, sus padres vivieron hasta muy avanzada edad y no se sabe de ningún suceso trágico en su vida amorosa, ni existen antecedentes de enfermedades psicopáticas o hereditarias; empero, ello no le impidió ser un agudo desenmascarador del alma humana, y su cuento "Un sueño" revela facetas insospechadas de los espíritus atormentados. El valor del relato estriba sobre todo en la dificultad de vislumbrar el límite donde la realidad se funde con la fantasía, en descubrir si se está entrando en el terreno de lo sobrenatural o de la locura.

 
 

La mejor manera de tratar de dilucidar estas cuestiones es analizar la personalidad de los tres personajes principales, es decir, a ellos sí acostarlos en el diván y no al escritor. La acción se desarrolla en una ciudad europea cualquiera, sin nombre y sin temporalidad, con individuos igualmente anodinos. Es una situación común y corriente que puede suceder en cualquier parte, sin el menor tinte siniestro o supersticioso; es una pacífica ciudad costera que inmediatamente evoca una paisaje luminoso (la única referencia temporal es ubicar la acción en verano) y con el abarrotamiento propio de los puertos. En contraste con este escenario brillante, aparecen dos tipos extraños al medio, encerrados en su propio mundo: un adolescente y su madre, que viven enclaustrados en su opaca morada, casi completamente aislados de los demás.

El joven es el que narra la historia en primera persona, y el lector percibe toda situación únicamente por vía de esa mirada. El muchacho presenta todo el cuadro clínico de una posible esquizofrenia, diagnóstico que sería el más racional si se tratara de encontrar coherencia al cuento. Esta personalidad se manifiesta en una serie de indicios muy bien difuminados por el autor, para hacer dudar a su posible receptor entre la solución de la disfunción del protagonista o una verdadera intrusión de fuerzas desconocidas. En primer lugar se dice que es muy joven, diecisiete años solamente, y que es una persona huraña, retraída, muy solitaria, sin amigos y al que le gusta fantasear, soñar despierto continuamente. Ha quedado huérfano desde los seis años, edad crítica para cualquier niño, pues si bien han pasado ya los problemas que acarrea el complejo de Edipo, según Piaget es el momento en que más necesita la figura paterna y resiente cualquier imposición de algún sustituto, buscando por él mismo al que pueda remplazarlo. El héroe sin nombre, aunque afirma recordar muy bien a su padre, comienza a tener un sueño recurrente en que se le manifiesta su verdadero padre, que no ha muerto (en un apartado posterior se tratará el tema de los sueños con detenimiento). Por otra parte, su relación con la madre es sumamente conflictiva, pues si bien el joven la ama entrañablemente, ella manifiesta una suerte de sentimientos ambivalentes hacia su hijo, por momentos de total repugnancia y luego de exagerado proteccionismo producto del sentimiento de culpa, lo cual el mismo chico percibe que es una situación poco correcta: "...mi madre había concentrado en mí todos sus pensamientos y su solicitud. Su vida se había fundido con mi vida. Este género de relaciones entre padres e hijos no favorece siempre a los hijos... suele más bien ser nocivo".1 Por lo tanto se presenta un primer cuadro de relación madre-hijo de tipo casi enfermizo, pues se encuentran aislados del resto del mundo y con una comunicación interna casi nula. El hijo, como ya se ha mencionado, es taciturno y por otra parte, a momentos se encuentra invadido por unos impulsos criminales inexplicables que sofoca con no pocas dificultades. A esto se aúna el tópico decimonónico de la salud precaria, la debilidad muscular que le impide cualquier esfuerzo físico y lo mantiene en cama muchas veces, reforzando como única salida su vida interior, que se traduce en sueños repetitivos y angustiantes.

La personalidad de la madre es tal vez más complicada que la del protagonista. Se presenta como una mujer joven aún (treinta y cinco años), que conserva su hermosura y atractivo ante los hombres. Es presa de una depresión melancólica producto de un severo trauma acaecido en el primer año de su matrimonio, cuando era una muchacha alocada y coqueta que amaba con gran pasión a su marido. Era hermosa y atraía la mirada de los hombres, y uno de éstos le causará un gran daño del que nunca se repondrá; se trata de un soldado que jamás le habla ni la aborda, sólo la mira con insistencia. Un día en que ella se queda sola en su hotel, este hombre misterioso penetra en la habitación y la viola, aunque al parecer sin gran abuso de fuerza pues la mujer se desmaya. Presa de un extraño sentimiento de culpa, jamás revela lo ocurrido a nadie, posiblemente porque cree que es culpa de ella lo que le ha sucedido, ya que había reparado en la insistencia de las miradas del hombre, las que tal vez la estremecieran. Sin embargo, este fantasma se exorciza pronto porque a la mañana siguiente del abuso lo ve muerto tras una reyerta callejera.

Concibe un hijo producto de la agresión al que hace pasar por fruto de su matrimonio (está perfectamente segura que es hijo de aquel hombre porque nunca tuvo otro descendiente) y todo parece marchar bien por algún tiempo hasta que enviuda. Esta nueva situación le acarrea nuevos complejos de culpa, pues piensa que su marido murió a causa de su terrible secreto, lo que se traduce en los mecanismos de defensa del aislamiento social, la negación del hecho acaecido al cual parece no recordar, y el desplazamiento de la figura odiada, que se centra en el hijo, producto de la ignominia, olvidando al verdadero agresor. Tras estos mecanismos de defensa, la mujer desemboca en una neurosis traumática que se manifiesta en una acusada melancolía, reclutamiento en sí misma y sentimientos encontrados hacia su hijo, repugnancia-amor que desarrollan la enfermiza relación mencionada líneas antes.

Aunado a todo esto, la personalidad tan debilitada de la mujer acabará de resquebrajarse con la aparición de aquél al que se creía desaparecido, manifestándose en delirios (que pueden achacarse también a la fiebre) y en el estado catatónico en que permanece hasta que se le informa la ahora sí certera muerte de su agresor. No obstante, esta muerte no puede comprobarse y nuevamente cae en un estado de desesperación, que claramente señala su salida definitiva de la realidad, como lo asegura su propio hijo, quien menciona que hasta el día de su muerte la relación con ella se volvió aun peor, más "violenta" de lo que jamás había sido.

El tercer personaje es ese hombre misterioso, el verdadero padre del protagonista, del cual únicamente se sabe que es un barón. Este individuo presenta una personalidad psicopática que se traduce en agresión ante el mundo por no poderla manifestar contra los que él quisiera: por ello escoge víctimas al azar y da rienda suelta a sus pulsiones. Estos individuos en franca lucha con la sociedad por lo general presentan su violencia en muy variadas formas, pero una de las más recurrentes, según Gori Roland e Yves Poinso es el reclutamiento voluntario en el ejército, campo que les permite volcar sus energías en actos criminales. El barón encaja perfectamente dentro de esta categoría, externamente creyendo que su poder es absoluto pero en su interior sabe que carece de lo fundamental, lo que lo lleva a perpetrar el abuso contra la mujer. El robo que hace del anillo de bodas tras el estupro es un indicio de su personalidad enfermiza y será un símbolo que permita su posterior identificación, pues la mujer lo creía muerto y con la aparición de la sortija se enfrenta a un nuevo dilema. Nada más se sabe del pavoroso personaje, salvo que es la perfecta explicación de los impulsos criminales del hijo:

    Ese fondo malvado y criminal del que he hablado ya, esos impulsos
    incomprensibles que nacían dentro de mí... que me ahogaban.
    "¡Ah! —me decía— por eso soy así...
    De esa manera se manifiesta la sangre...".2
Varios especialistas han tratado de comprobar el rol hereditario de la esquizofrenia y, si bien no se ha llegado a una respuesta concluyente, todas las actuales direcciones parecen apuntar a esa conclusión; teoría que el pueblo ha sabido siempre más por instinto y que en el cuento del ruso se ve plasmada de manera magistral: el hijo tiene sed de violencia porque la lleva en las venas.

 
 

Tras analizar el "cuadro clínico" de los personajes, el otro factor que atrae hacia el estudio psicoanalítico es el de los sueños, al que tanta importancia concedió Freud y que en el relato de Turgueniev coadyuva a la creación de la atmósfera ominosa que atrapa tanto a los personajes como al lector. El sueño, en la jerga psicoanalítica, es una actividad psíquica que se produce cuando el sujeto duerme, cuyo mecanismo de realización responde a un "intrincado proceso neurofisiológico cuyo contenido emana de lo reprimido".3 Según Freud, los sueños son siempre la manifestación de deseos reprimidos, y por ello su interpretación es un juego muy delicado pues generalmente aparecen como situaciones absurdas e inconexas con sentidos superficiales (contenido manifiesto) pero que entrañan significados ocultos que son los deseos reprimidos del sujeto (contenido latente). En la historia estudiada se presentan cuatro sueños de dos tipos diferentes: el primero es el sueño nocturno, con características bien definidas y que se realiza cuando el individuo es plenamente consciente de que está durmiendo; y el otro tipo es el sueño diurno, que se realiza en la vigilia (y que también corresponde al deseo de realización de deseos), es decir, lo que comúnmente se conoce como "soñar despierto".

El primer tipo de sueño es repetitivo y se presenta en el relato como una premonición que se cumple casi al pie de la letra (no hay que olvidar ese "casi" que dará posteriormente sentido a todo el cuento). Es conveniente reproducir textualmente el desarrollo del sueño:

    Me parecía que iba caminando por una calle estrecha y mal empedrada de una vieja ciudad, entre altos edificios de piedra con los tejados en pico. Yo andaba buscando a mi padre, que no había muerto, sino que se escondía de nosotros, ignoro por qué razón, y vivía precisamente en una de aquellas casas. Yo entraba por una puerta cochera, baja y oscura, cruzaba un largo patio abarrotado de troncos y tablones y penetraba por fin en una estancia pequeña que tenía dos ventanas redondas. En medio de la habitación estaba mi padre, con batín y fumando en pipa. No se parecía en absoluto a mi padre verdadero: era un hombre alto, enjuto, con el pelo negro, la nariz ganchuda y ojos sombríos y penetrantes, que aparentaban unos cuarenta años. Le disgustaba que hubiera dado con él, tampoco yo me alegraba en absoluto de nuestro encuentro y permanecía allí parado, indeciso. Él giraba un poco, empezaba a murmurar algo entre dientes y a ir de un lado para otro con paso menudo... Luego se alejaba poco a poco, sin dejar de murmurar y mirando a cada momento hacia atrás por encima del hombro; la estancia se ensanchaba y desaparecía en la niebla... Espantado de pronto ante la idea de que perdía nuevamente a mi padre, yo me lanzaba tras él, pero ya no le veía, y sólo llegaba hasta mí su rezongar, bronco como el de un oso....4

El deseo reprimido es bastante claro: un joven huérfano añora la imagen paterna perdida y decide buscarse un sustituto (no impuesto, sino aquél que él mismo ha encontrado) que mantenga abierta la esperanza de haber vencido a la muerte que le arrebata a sus seres queridos, trasladando su amor filial hacia otro objeto de deseo. Pero aquí es de donde parte ese sentimiento de misterio que embarga al lector y al personaje: al protagonista lo llena de angustia, tal vez como un complejo de culpa por desconfiar de su estirpe, y por lo repetitivo del sueño, que es una situación bastante frecuente cuando se cuenta con un deseo latente; y al lector lo llena también de pavor el hecho de que esa repetición parece cumplir los requisitos de una profecía que se convierte en una horrenda realidad, llevándolo al terreno de lo sobrenatural. Empero, la explicación parece ser más racional. El hijo desde que está en el útero recibe todas las influencias que su madre le transmite, y al ser ella presa de terribles sentimientos encontrados, transmite a su hijo esa percepción de repugnancia desde su más tierna infancia. El niño se sabe rechazado, pero ignora la causa y la muerte del que cree su padre aumenta esa sensación de marginación en él; es una especie de culpabilidad: su madre no lo quiere, y eso debe ser porque es malo y su maldad ha causado la muerte del progenitor. El niño siente la culpa pero se autodefiende con la fantasía de que su verdadero padre no es el muerto, sino otro que no conoce y por lo tanto no tiene ninguna culpa. Pero por vericuetos de la fortuna, tiene razón y su padre real es otro, un ser malvado que ultrajó a su madre, hecho que es puramente fortuito pero que tanto en el lector como en el héroe hace pensar en la intromisión de fuerzas ocultas del destino. El encuentro con un personaje que casi encaje con el de su sueño, hace pensar al protagonista que sus premoniciones se están cumpliendo, aunque en el relato no haya claros indicios de que éste sea el hombre del sueño, pues incluso tiene ciertas diferencias, "en el gesto y la mirada".

Las otras circunstancias del sueño son igualmente fortuitas y explicables: aparece una calle y una casa determinada, pero que se encuentran en el mismo pueblo del que nunca ha salido el joven, aunque "jamás haya estado en esa zona". Es bien sabido que la mente guarda una caterva infinita de imágenes que permanecen en el plano de lo inconsciente y que al impulso adecuado pueden salir a la luz. Lo más probable es que el joven haya visto alguna vez el barrio, como un acontecimiento sin importancia y por lo mismo sin razones por las cuales recordarlo, y en su sueño haya escenificado con ese recuerdo. Este hecho es muy frecuente y la mayoría de la gente siente esa especie de premonición, ese "ya lo viví" que es simplemente la manifestación de recuerdos enterrados en el inconsciente. El héroe del relato daba gran importancia a sus sueños, tratando de encontrar sentidos ocultos a cada paso, por lo que ese sentimiento de premonición se le refuerza con mayor intensidad cuando se topa con la calle soñada. Sin embargo, la profecía comienza a desbaratarse: el vecindario es el mismo, la casa casi la misma (salvo el detalle de las ventanas, que pudo muy bien no recordar bien) en la fachada, pero cuando trata de ver el interior todo se trastoca: es algo que no ha visto antes y que por lo mismo no corresponde a su sueño; allí no están las imágenes recordadas ni su padre en batín esperándolo. Es, simplemente, la casa de un carpintero. Y el mismo joven reconoce su perplejidad ante una situación tan corriente: "...era rotundamente incapaz de aceptar la idea de que un principio tan sobrenatural y misterioso pudiera conducir a un final tan descabellado y prosaico...".5

Así queda destruido ese sentimiento profético que pudiera designarse al sueño. Aquí no hubo premonición sino deseos reprimidos aunados a una serie de aparentes coincidencias que bien analizadas devienen de todo el entorno familiar del protagonista. Y los otros tres sueños, a los que también da el carácter de proféticos, se suceden en el mencionado estado de vigilia, es decir, son más bien fantasías que crea la mente trastornada del joven aduciendo a fuerzas sobrenaturales y que en realidad son también deseos latentes. No obstante, por su carácter aparentemente misterioso mantienen la atmósfera ominosa a lo largo de todo el relato, arrastrando al lector junto a los miedos de los personajes. Nuevamente para efectos de comprensión, es menester reproducir el texto fielmente:

    A veces tenía la impresión, es cierto, de hallarme delante de una puerta entornada que ocultaba ignotos misterios, y yo permanecía allí, a la espera de algo, anhelante y no transponía el umbral, sino que cavilaba en lo que podría haber al otro lado... Y seguía esperando, y me quedaba transido ...o transpuesto.6

Esta es la primera ensoñación del joven que se presenta en el relato y por ende, el primer registro de lo ominoso dentro del mismo. A este sueño se le pueden adjudicar dos significados, uno meramente literario y otro médico: el primero podría ser un símbolo, una alegoría de esa puerta oculta por donde el soldado penetró en el cuarto de la mujer y por la cual desapareció sin dejar huella. Y el segundo corresponde a los miedos naturales que tiene un adolescente ante el horizonte de vida que se le ofrece, al cual teme y no se atreve a explorar. Pero este muchacho tiende a darle a todos sus sueños significados rebuscados, y el hecho de que algunos de ellos se repitan con frecuencia le hace pensar que efectivamente sí hay algún tipo de fuerza del destino que guía sus pasos.

El sorprendente encuentro del muchacho con el barón abre en él una serie de expectativas que creen cumplen lo profetizado en sus sueños; aquí la personalidad esquizoide del joven se hace más patente por el comportamiento obsesivo que entraña. Se encuentra plenamente convencido de que ha encontrado a su padre soñado y que por ese mismo medio evitará perderlo nuevamente. Su segundo ensueño muestra ya claramente indicios de cierta alienación:

    Súbitamente, tuve la impresión de que alguien había entrado en mi cuarto y me llamaba, pronunciando mi nombre a media voz, pero imperiosamente. Levanté un poco la cabeza pero no vi nada. Pero, cosa extraña, lejos de asustarme me alegré: llegué de pronto a la convicción de que ahora alcanzaría sin falta mi meta.7

Este "semisueño" ocurrido tras una noche de insomnio revela los deseos manifiestos del joven por encontrar a su verdadero padre, al que nunca más podrá ver vivo. Tras esta situación es que llega al desarrollo frustrante de su sueño premonitorio, pero no obstante su fracaso, sigue pensando que fuerzas ignotas lo guían por la vida. Así que se dirige, sin saber por qué, hacia la playa que ha quedado llena de despojos tras la noche de huracán, y ve el cadáver del barón sobre la arena. Nuevamente puede dudarse de la racionalidad del adolescente, ya tan deteriorada, en esta escena: se topa con el cuerpo inerte, al que le encuentra el perdido anillo de su madre, pero ésta será la única prueba de la existencia del misterioso ser, ya que cuando vuelve con su madre el difunto ha desaparecido y nadie vuelve a saber nada de él, aunado al hecho de que aparentemente el barco donde iba no se hundió durante la tormenta y ha llegado tranquilamente a América. De este modo no puede comprobarse que en realidad haya existido un cadáver, y su imagen bien pudo ser un deseo inconsciente del joven por verlo destruido, "me embargaba un sentimiento de venganza satisfecha, compasión, asco y horror...".8 Y el único rastro de ese misterio patente es el anillo, que bien pudo ser otra coincidencia, pero que embarga al relato de su atmósfera de irrealidad.

Finalmente, tras la ruptura de la relación con su madre (quien se supone quedó bastante trastornada a causa de su estado anterior y a la presente destrucción de sus nervios), el protagonista se encuentra plenamente asentado en su naturaleza esquizoide, la que sabe es por herencia, y acosado por terribles pesadillas que también se le manifiestan en ese estado de vigilia:

    Resuenan en algún lugar (alaridos lejanos y lamentos inextinguibles), tras un alto muro que no es posible trasponer, me desgarran el corazón y yo lloro con los ojos cerrados, incapaz de comprender si es un ser vivo el que gime o si escucho el prolongado y salvaje rumor del mar encrespado. Y de nuevo se transforma en el murmujeo de una fiera, y yo me despierto con angustia y pavor en el alma.9

Las palabras comenzaron describiendo una situación en que el joven está despierto y acaban con su brusco despertar, lo que lleva a suponer su total alienación ahora que está completamente solo tras la muerte de su madre y de su supuesto padre. Sin embargo, hasta el terrible final no deja de sentirse ese ambiente de misterio que impregna a todo el relato. Los personajes han quedado atrapados por las fuerzas de su propia mente que externamente se manifiestan como sobrenaturales y han arrastrado al lector a su propia neurosis.

 
 

Como puede apreciarse, el cuento del ruso se encuentra cabalmente asentado en la realidad cotidiana y lo que trasluce es la tremenda capacidad analítica de su autor respecto a los vericuetos del alma humana. Los personajes, si bien trastornados y presentando sus diferentes psicopatologías, muestran facetas del espíritu que cualquiera puede manifestar o mantener ocultas hasta que un resorte de este tipo las hace saltar. Y en ello precisamente radica la magnificencia de la narración bien llevada: ha creado una atmósfera ominosa que llena de pavor precisamente porque parte de la verdadera existencia, de los verdaderos terrores que se ocultan en el inconsciente y no se vale de fantasmas o brujas para desencadenar ese pánico, sino que muestra que el verdadero horror se encuentra encerrado en cada uno de los posibles lectores y los personajes actúan únicamente como mitificaciones universales de esas pulsiones. Es la locura latente, los deseos reprimidos, los instintos más negros, los que provocan el misterio; el autor sólo los ha puesto ahí para quien desee tomarlos y adentrarse en ese ambiente de opresión.


Bibliografía

  • Bayona, Román y López Matteo, Carlos, Enciclopedia de la psicología, vol. 4, 5, 6, Ed. Océano, Barcelona, 1984.
  • Freud, Sigmund, "Lo ominoso". En Obras completas, vol. III, Ed. Biblioteca Nueva, 3ª ed., Madrid, 1973.
  • Gori, Roland y Poinso, Yves, Diccionario práctico de psicopatología, Ed. Herder, Barcelona, 1976.
  • Turgueniev, Iván, "Un sueño". En Antología de cuentos de misterio y terror, edición de Ilán Stavans, Ed. Porrúa, México, 1993.
  • Wells, Harry K., Sigmund Freud, una crítica pavloviana, Ed. Cartago, México, 1983.

Notas

  1. Turgueniev, Iván, "Un sueño", (Porrúa: México, 1993) p. 22. Regresar.
  2. Ibid. p. 37. Regresar.
  3. Bayona, Roman, Enciclopedia de la psicología. Diccionario (Océano: Barcelona, 1984) p. 227. Regresar.
  4. Turgueniev, "Un sueño", 23. Regresar.
  5. Ibid. p. 35. Regresar.
  6. Ibid. p. 22. Regresar.
  7. Ibid. p. 32. Regresar.
  8. Ibid. p. 37. Regresar.
  9. Ibid. p. 40. Regresar.

       

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