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Flaco

Carlos García Schatzle

It is better to a permanent
income than to be fascinating

Oscar Wilde

Flaco. Simplemente lo llamábamos Flaco. Las razones para llamarlo de esta manera sobraban. Alto y escuálido individuo de procedencia dudosa y nombre desconocido. Las doñas del barrio insistían que no era de la zona, y que venía de otros barrios menos respetables, ya que una comuna como esta no podía acuñar este tipo de gentuza. Y es que el Flaco era un mendigo que rondaba las calles y parques buscando limosnas, o algún tipo de trabajo ocasional.

Así lo conocimos nosotros, cuando niños. Jugábamos con él en las plazas, si es que nuestros padres no nos veían. Porque, claro, de llegar a vernos juntándonos con alguien de su status, nos retirarían, indignados, propinándonos o un fuerte sopapo o un sermón obligándonos a tener más respeto por nosotros y el nombre de la familia, ya que quién sabe que atrocidades pueda hacer aquel desconocido.

Pero el Flaco era muy buena gente. Jugaba fútbol con nosotros y nos empujaba en los columpios, cuando no había nadie más que lo hiciera. No guardo muchas memorias del Flaco. Usaba bigote, y rara vez se afeitaba. Sus ropas, sucias, no eran más que trapos viejos. Recuerdo que siempre andaba con el mismo par de jeans, eternos e indestructibles, con sólo un pequeño agujero a la altura de su rodilla. Su rostro era delgado y huesudo, y su nariz aguileña. El resto es un borrón, que poco a poco han ido aclarando las conversaciones con mi hermana y mis antiguos amigos de la infancia, con quienes me encuentro cada vez menos en esta industrializada y gigantesca ciudad.

El barrio era más del Flaco que de nosotros. Él conocía todos los atajos y peajes. A veces nos dejábamos guiar por él para ir de un parque a otro. Al ir creciendo nos dimos cuenta de que vivía en las calles. Nunca supe dónde dormía, pero mi madre era insistente en que venía de visita durante el día, y que de noche tomaba el colectivo para irse a alguna invasión en el monte o al parque central, tan lejos de nosotros. Lo cierto es que lo veíamos desde muy temprano deambulando sin un rumbo en mente. Hablaba poco, pero siempre nos saludaba. Siempre, por supuesto, si es que nuestros adultos no nos escoltaran.

Lo vi por última vez poco antes de mudarme. Mi padre había conseguido una linda casa en el sector norte, barrio lujoso. Nosotros nos veíamos muy pobres, rodeados de mansiones y palacios que nos circundaban. Ya tenía yo doce años. El Flaco fumaba un cigarrillo, sentado en la banca de ese parque que me quedaba tan cerca de mi casa. Me estaba despidiendo de mis amigos, los chicos, como los llamaba mi mamá, porque nunca se acordaba de sus nombres. No sé qué me motivó a acercármele, pero sentía que irme sin despedirme de él sería injusto. Me aproximé, y le dije, simplemente, y en tono casual, que me iba.

—Bien por ti, hijo —me dijo con voz cansada—. Ojalá sea para bien. Que Dios te bendiga.

Con eso quiso terminar la conversación. Pero yo no estaba satisfecho, y le pregunté su nombre.

—Los nombres —me dijo— no son importantes. Yo, por ejemplo, ya olvidé el mío. Me dicen Flaco, y eso me satisface. Lo importante son los recuerdos. A mí no quiero que me recuerden por mi nombre. A mí que me recuerden por lo que hice.

Entonces me ofreció su cigarrillo. Era la primera vez que tenía un cigarrillo tan al alcance de mi mano. Mis padres no fumaban, y estoy seguro de que se paralizarían de espanto si me hubieran visto aceptando la colilla con mis diminutas manos temblorosas. Mientras yo me ocupaba de inhalar por vez primera el humo de un cigarrillo, él rebuscaba en una mochila que siempre llevaba consigo. Yo me atraganté con el humo y tosí aparatosamente. Tanto que incluso dejé caer el tabaco. El Flaco lanzó una risilla de comprensión y lo aplastó con su zapato tenis gris, que algún día debió ser blanco. Luego me mostró lo que había sacado de su mochila. Era un libro muy pequeño. Me lo entregó junto con estas palabras:

—Lee y descubre. Edúcate. No te quedes jamás en la oscuridad.

Entonces se despidió y se marchó silbando hacia las calles que él conocía tan bien. El libro que me regaló era una edición de bolsillo de Tom Sawyer, que fue el primer libro que leí, y que aún conservo.

Hoy recuerdo al Flaco porque de alguna manera mi hermana se enteró que había muerto. Y he vuelto al barrio, que ha cambiado tanto, para buscarlo en el cementerio. Porque hay un cementerio que queda en mi barrio, a unas ocho cuadras de donde era mi casa. Pero no pude encontrar su tumba, ya que no supe jamás su nombre. Mi madre volvió a insistir con que era imposible que estuviera enterrado en ese cementerio, porque no vivía en la zona. Pero yo ya entiendo que este barrio es la misma mierda que tantos otros, donde la pobreza se esconde, y la riqueza se aparenta. Y ya sé que el Flaco dormía en las calles, probablemente en el callejón de atrás del restaurante italiano, donde hoy hacen hogar tantos otros mendigos como el Flaco, que viven sin vida y mueren en el olvido.


       

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