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18 de enero
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Hooligans (a la criolla)

José Urriola

Señores del jurado, aquél de entre ustedes que no descubra en mí a un modesto héroe nacional, un ciudadano preocupado por dejar bien en alto el tricolor patrio, que sea quien arroje la primera piedra. Eso sí, que pese por siempre sobre vuestra consciencia.

He aquí mi confesión:

Cuando supimos que la vinotinto venezolana se había colado, cosa insólita, en la clasificación para el Mundial del 2002, decidimos formar un club de hooligans venezolanos. Al principio se nos unió un gentío, éramos seiscientos criollos afiliados, con nuestras banderas, nuestros cánticos de guerra, contraseñas, chapitas y aquella fiebre futbolera que ya nadie se acordaba de lo que era un bate de beisbol. Pero cuando se supo que Venezuela había caído en el mismo grupo de Argentina, Inglaterra y Japón, a la gente le dio piquiña y comenzaron a interesarse otra vez por el duodécimo guante de oro de Vizquel y por el eterno retiro de Galarraga —que para el año que viene parece que sí va.

Luego sacamos cuentas a ver cuánto salía por cabeza la ida al Mundial, el asunto sería en Japón y en Corea. Para llegarnos hasta Tokio, sede del grupo B, donde estaría la vinotinto, salía en unos $5.000 per cápita. Al traducir eso en bolívares se nos terminó de ir todo el mundo.

De seiscientos quedamos tres. Los tres hooligans criollos más fieles que esta tierra haya parido jamás: Andrés Quintini (mejor conocido como "El Palillo") experto en computación y destacado maleante cibernético, un contador frustrado, Mauricio Garmendia (alias "El Cromañón") y mi modesta persona.

Faltaban dos meses para el Mundial y teníamos que reunir $15.000. Ni modo, ni lavando dólares, compadre. El Mundial se nos iba y la vinotinto no iba a tener ni a un comedor de arepas allá en aquellas distantísimas tribunas niponas. Hasta que reparamos en cierto sorteíto de un banco pirata cuyo eslogan decía: "Tarjetas del Banco Popular y nos vemos en el Mundial". Los tres cruzamos miradas y dijimos: Nada, nos fuimos en esta.

El Palillo se metió en la red, penetró en la computadora central del Banco Popular y en dos días nos estaban llamando a casa porque resultamos los felices ganadores del sorteo mundialista. Yo me hice el loco y dije que si era para un resort que llamaran a otro tonto. Me juraron que no y la señorita con su voz muy robótica insistió en que tenía los pasajes y boletos para los juegos esperándome sobre su escritorio.

Esa noche nos bajamos cuatro botellas de ron. Y como éramos hooligans rompimos unas cuantas vitrinas del bulevar de Sabana Grande. Le pateamos las cabezas a unos recogelatas que no nos parecieron muy criollos. Nos bañamos en la fuente de Plaza Venezuela y pintamos unos grafitis en la autopista que decían a grandes letras: ¡Venezuela campeón!

La policía nos detuvo cuando íbamos volando por la Francisco Fajardo, en dirección contraria al flechado. Yo les pregunté que si aceptaban cheques conformables. Que cómo no, que ningún problema. Nos aconsejaron un cafecito bien cargado y buenas noches.

La resaca nos duró un par de días, pero una vez controlado el malestar —a fuerza de aspirinas y caldos de pollo—, nos dedicamos con tesón, cariño y entrega absoluta a nuestro plan, que en un arranque infinito de venezolanismo bautizamos: Plan Clasificatorio Mundialista "Simón Bolívar".

Costara lo que costara Venezuela iba, por lo menos, a llegar hasta segunda ronda. Y los nombres de la vinotinto harían retumbar las nieves del Monte Fuji.

Llegó el día de la despedida de la selección, se marchaban un mes antes de la copa para aclimatarse y para ver si le entraban algo al japonés que es idioma tan hostil.

La cuestión pudo haber sido de lo más sobria y digna.

Pero aquí no se les ocurrió nada mejor que hacerles un acto de despedida en Sábado Sensacional, con los nuevos Menudo, el regreso de Pecos Kambas y con las consabidas mujercillas histéricas que se desgañitaban por Dudamel, le trataban de pellizcar los cachetes a Savarese, tironeaban del pelo a Gabi Miranda y aplastaban en hordas frenéticas al pequeño Gerson Díaz. Al gran Bora Milutinovic, entrenador de lujo y artífice de la proeza criolla —siempre con su hermetismo balcánico—, le gritaban sandeces como "viejo antipático" y "musiú amargado".

Los muchachos de la vinotinto, a pesar de no llevar la casaca puesta, se pusieron color vinotinto. Con aquellos rosetones en la cara. Y con unas sonrisas de puro nervio que les partían las mandíbulas.

Al final, no sé si de espontáneas o azuzadas por el ingenioso productor del show, las chicas cantaron a capela las notas del Himno Nacional. Y lloraron. Mucho. Por supuesto.

Al mes nos estábamos yendo nosotros tres. Aquel vuelo enorme, como dieciséis horas. Pedimos múltiples botellitas de whisky y cuando estábamos en el apogeo de la ebria comenzamos a decirle cosas subidas de tono a las aeromozas, a ver si ligábamos unas geishas antes de llegar a Tokio. Pero nada.

Llegamos al Japón por la noche y una vez en el cuarto del hotel pasamos revista a ver si teníamos todos los implementos del Plan Bolivariano. Todo en regla. Mañana sería el primer juego de la vinotinto. Contra Argentina. Vaticinaban una goleada de escándalo. Sobre nuestros cadáveres, juramos.

Nos acercamos al estadio un par de horas antes del partido. Allí nos esperaba ya El Macana, jefe de la Barra Brava del Boca Juniors. Al tipo lo contactamos vía Internet porque tiene una página donde despotrica a rabiar de sus archirrivales del River Plate. El Macana hinchaba por la albiceleste; pero más que nada en el mundo amaba al Boca y odiaba con frenesí a todo lo que tuviera que ver con el River. Le hicimos entrega formal de un yesquero, un frasco de bencina y una bandera rojiblanca del River Plate. "Al minuto cinco del segundo tiempo, como lo acordado", dijimos. Él asintió con la cabeza: "Con tal se arme quilombo del bueno, estoy con vos". Metió las cosas en una mochila y se fue.

Argentina salió blindada, con Batistuta —máximo goleador del Francia 98—, la Bruja Verón, el Burrito Ortega, el Albino Palermo y la nueva revelación de la albiceleste, la reencarnación de Maradona —pero cero drogas— un crío de veinte años: Domingo "El Facundo" Quiroga. Nos iban a comer vivos, viejo. Los criollos estaban que ni se sabían el Himno y creo que lo cantaron pero en algo que me sonó más bien como a esperanto.

El aluvión gaucho, mi hermano. Las pelotas lloviéndonos en el área chica y Dudamel sacando de la misma raya balones que ya los argentinos casi cantaban. El grito de gol se quedó ahogado mil veces en las gargantas de las Barras Bravas que repetían hasta el hastío su "¡Dale, campeón; dale, campeón!". Nosotros a punto de vomitar de los nervios. Minuto 43, se escapa "El Facundo", dribla a McIntosh, le hace un túnel a Rey, pase de lujo a la Bruja Verón, éste que toca con tiralíneas al Bati, el pase de la muerte, Batistuta levanta la cabeza y le mete un sombrerito a Dudamel. El Duda apenas si sigue la pelota con la vista, la redonda pega en el travesaño, entra Palermo como un camión sin frenos, cabecea... y fin del sueño. Se rompió el celofán.

Pitan para el entretiempo. Yo le dije a los chicos, con los ojos rebosantes de lágrimas: "Hermanos, si el plan fracasa, nada en nuestras vidas habrá tenido sentido". También se les aguaron los ojos. Respiramos hondo, nos abrazamos: "Arriesgaremos el pellejo... pero sí va a funcionar".

Pitazo de segundo tiempo. La criolla aplica la técnica del murciélago: los once guindados del travesaño. Única manera, señores. Los gauchos se estrellan una y mil veces contra la muralla vinotinto. Los tres hooligans venezolanos nos metemos en la tribuna albiceleste y nos confundimos con el gentío. Minuto cinco, la hora acordada ha llegado. Veo a lo lejos al Macana. El tipo saca la bandera del River, la rocía de combustible y la prende con el yesquero.

Y, aunque nadie lo crea, el "¡Dale, campeón!" se calló de golpe.

Tenso silencio en las barras bravas. El Cromañón aprovecha el desconcierto y enciende otra bandera, la del club San Lorenzo de Almagro. Salimos corriendo. Cobardemente. Quizás. Pero con la satisfacción de haber cumplido una misión de guerra.

Señores, y se ha armado una de esas que no se veía desde la tragedia de los noventa y tantos muertos en Sheffield. La barra albiceleste se volvió un maremoto. Ya nadie se acordaba de la selección argentina, todos se mataban por su Boca o por su River. Y los que no eran ni del Boca ni del River, repartían golpes por el San Lorenzo.

Dentro de aquel caos me pareció ver al Macana, sonriente y feliz, golpeando con el palo de una bandera la testa de otro hincha.

Abajo en el engramado reinó el desconcierto, la albiceleste se desdibujó. Comenzaron a regalar los balones ingenuamente a los venezolanos. Se escapa Savarese en contragolpe relampagueante, toque a Stalin Rivas, Rivas que se la devuelve en pared, Savarese la empalma de potente derechazo y GOL. El árbitro, hecho un manojo de nervios, pitó el final del juego faltando aún quince minutos. Proeza nacional: Argentina 1, Venezuela 1.

A nosotros no nos tocaron un pelo. Salimos ilesos y radiantes. Mientras la policía nipona rociaba con gas lacrimógeno las efervescentes barras bravas.

Esa noche nos bebimos varios litros de sake y cerveza Sapporo.

Tres días después la cita sería con Inglaterra. Medidas de seguridad extrema. Los hooligans ingleses eran revisados hasta por debajo de la lengua. El segundo paso del plan sería mucho más sofisticado que el primero. En esta ocasión nos hicimos pasar por periodistas, presentamos unas credenciales falsas y entramos al estadio con un computador portátil. Nos metimos en el palco de la prensa, el reservado para unos periodistas de Ruanda a quienes no les alcanzó el dinero para asistir al Mundial. Rápidamente el Palillo se conectó a la red y burlando los códigos de seguridad se coló en el computador central del estadio. Una maravilla que controlaba hasta el número de gente que entraba a los baños. Por supuesto, también controlaba la enorme pantalla digital que transmitía simultáneamente estadísticas, el marcador y las repeticiones de las jugadas del encuentro. Palillo les dejó sembrado un virus cibernético que comenzaría a hacer efecto en cuestión de media hora.

Esta vez la vinotinto salió envalentonada al césped. Jugaron como lo saben hacer cuando les viene en gana. Tocando, con prestancia, jugando bonito, metiéndole fantasía, cambios de ritmo y algo de improvisación. Un chocolate criollo que dejaba quebradas las rígidas caderas sajonas. Los señoritos de la Rubia Albión estaban tan perplejos que optaron por molernos las canillas a patada limpia.

Pero el desconcierto general sería aun mucho mayor cuando la pantalla gigante, ubicada sobre la Tribuna Este, comenzara a mostrar fotos muy comprometedoras de la Reina Isabel en cueros y crudas escenas del Príncipe Carlos envuelto en un bochornoso episodio con su caballo de polo. Todo ello aderezado con frases que irrumpían a grandes letras: The Spice Girls are just a bunch of men in dresses (valga mi chapucera traducción: Las Spice Girls son sólo un grupo de hombres con vestido).

La reacción no se hizo esperar. Una explosión, ni más ni menos. Los fieros hooligans ingleses entendieron que los japoneses se estaban mofando de ellos. Aquello estaba escupiendo sobre la fibra más patriótica de la mancomunidad británica. Y eso se paga caro, muy caro.

Las turbas enardecidas comenzaron a destruirlo todo, se tiraban al terreno y arrancaban la grama a mordiscos, pateaban las vallas, hacían fogatas con las arquerías, lanzaban piedras contra la pantalla, tumbaron las gradas de la tribuna popular y hasta pusieron a cocinar a dos policías nipones.

Los criollos lograron escapar ilesos por las tuberías de desagüe. Nosotros les seguimos más atrás. Inglaterra fue eliminada ipso facto del Mundial. Por primera vez en la historia de los mundiales una selección era descalificada por mal comportamiento de su hinchada. A Venezuela, en cambio, le dieron los tres puntos y con eso ya le bastaba para colarse en la próxima ronda, asegurando el segundo lugar del grupo.

El partido contra Japón sería apenas una formalidad del calendario, al menos para nosotros. Ese día salimos para el estadio tarde, confiadísimos, con tremenda resaca y apestando todavía a saque.

En el lobby del hotel nos estaba esperando una brigada del departamento de inteligencia de la policía del Japón. Los tipos rastrearon el virus cibernético del Palillo y encontraron que había sido elaborado en Caracas, con una máquina cuyo serial coincidía con el de nuestro computador portátil.

Nos maniataron y esposaron humillantemente, como a delincuentes comunes. Yo les amenacé con denunciarlos al Consulado Venezolano en Tokio. Pero no parecieron intimidarse. Nos inyectaron una sustancia que daba un sueño terrible. Yo pensé que nos habían ejecutado ahí mismo. Inyección letal. Sin juicio ni nada.

Pero desperté aquí. Ni sé cuánto tiempo después. Y antes de que alguno de ustedes, mis comprensivos compatriotas del jurado, ose condenarme, al menos díganme:

¿Qué pasó con la vinotinto en segunda ronda? La pobre, y sin la ayuda de nosotros.



       

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