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Valparaíso, 4 de septiembre de 1999

Carolina Hernández

Hace exactamente cinco semanas que lo vio por primera y última vez. No recuerda el momento en que se conocieron sino tan sólo cuando a la hora, día o semana siguiente, despertaron juntos, en una típica pieza de estudiante afuerino, de esas con colchón sobre el suelo, libros, fotocopias y ropas desordenadas, unos cuantos posters adheridos a una húmeda pared porteña y la nada misma como telón de fondo.

Esa mañana llovía en Valparaíso.

Al despertar, había que disimular la no sabía si tan grata sorpresa: estaba desnuda, junto a un desconocido también desnudo, quien la miraba como quien mira a una vieja amiga con quien se encuentra periódicamente. El asunto es que mientras él la trataba de Ofelia, como si siempre se hubieran conocido, ella hacía memoria sin buenos resultados. No sabía dónde ni con quién crestas estaba. No sabía ni su nombre ni su procedencia, y no era el momento de consultárselo. Bonito currículum para una "señorita" (aunque no era tan estricta en lo moral).

En otro escenario, pudo ser fatídico y vergonzoso: terminar en la cama a raíz de unas copas de más nunca es decoroso. Pero, luego de casi dos años de abstinencia y varios, muchos y demasiados temores y aprensiones, abrir un ojo y pensar en lo terapéutico y beneficioso de sexo sin compromisos fue inmediato.

En definitiva, el despertar no fue lo traumático que pudo ser. Ver a ese sujeto largo y oscuro, más peludo que pelado, menos lindo que feo junto a ella, colgado de ella, aferrado a ella como viejos y antiguos y eternos amores, no la descompensó. Pensó que, luego de estar más de seiscientos días sola-sola, con cero contacto físico de algún tipo, reanudar su sexualidad debiera haber sido más difícil, más complicado, más conflictivo. Pero no (todo por y gracias al alcohol).

Fue raro, eso sí. De partida, despertar con un tipo desconocido, nunca antes visto ni imaginado en todos sus años de existencia, muy instalada ella en su cama, cual dueña de casa y la situación, siempre sería extraño, según suponía. Y agradecía, en todo caso, que aún lo fuera: el día en el que despierte con un desconocido y ni siquiera se inmute, sabrá que ha perdido la capacidad de asombro y cualquier mínimo de vergüenza. Igual pesa el machismo.

Llovía y eso le gustó. Como hacía mucho que no lo hacía, se vistió y salió con ganas de recorrer un poco las calles medio muertas y despobladas propias de un día lluvioso en el cerro Monjas. Él la acompañó. Se vistió (obvio) y caminaron hasta el ascensor. De hecho, recién ahí supo medianamente dónde estaba (eso sí, nunca se atrevió a preguntar cómo llegó al lugar en cuestión). Sin planearlo aquél con quien había pasado la noche, el caballero encargado del ascensor dio rienda suelta al añejo pero no sabía por qué confiable aparato y aterrizaron. Él no tenía contemplado acompañarla, pero la impaciencia del caballero en cuestión aceleró cualquier decisión y postergó despedidas definitivas.

—¿Dónde estamos?

—En la avenida Francia.

—Ah...

—¿Una cerveza?

—No sería capaz, pero te acompaño. ¿Dónde dijiste que estamos?

—En la avenida Francia.

—Ah...

Entraron al Bar Continental, lo acompañó a un trío de cervezas y eso. Un cuarteto de besos, un par de avisos acerca del no-compromiso del encuentro, unas centenas de palabras, hartas risas, varias sentencias de olvido, una docena de silencios y ya.

Se cambiaron de bar. Al Bar de Los Recuerdos. Ahí, como en la mayoría de los lugares del planeta, no tenían recuerdos comunes. Salió a comprar chocolates para un niño de tres años con el ojo moreteado que reclamaba atención entre un ramillete de borrachos. El niño —que ella temió fuera víctima de violencia intrafamiliar— lo agradeció con mil sonrisas de niño y su acompañante fortuito lo tomó en brazos.

Duda que el niño la recuerde y lo mismo quien entonces fuera su contertulio. Pero ella, desde entonces, desde que él tomara en sus brazos a ese niño tal vez agredido, desde entonces que ella no deja de recordarlos (a ambos). Llovía.

Volvieron al lugar de comunión, a esa típica pieza de estudiante afuerino, de esas con colchón sobre el suelo, libros, fotocopias y ropas desordenadas, unos cuantos posters adheridos a una húmeda pared porteña y la nada misma como telón de fondo. Volvieron a hacer el amor y volvió a partir. Pero esta vez sola. Esta vez el viejo impaciente del ascensor no vio a un huevón dispuesto a dilatar el adiós inminente.

Ahora el Bar de Los Recuerdos le hace honor a su nombre.


       

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