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Las técnicas de Uqbar. Tal como Uqbar se incorporó a la realidad, los escritores tienen la posibilidad de cambiar al mundo.

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Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 92
17 de julio de 2000
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500 años después

Bernabé Basul

Rascaba la tierra roja con el pico, al tiempo que con los pies descalzos apartaba decenas de negros gusanos que brotaban retorcidos entre las raíces que se adherían al suelo, como las garras de una lechuza que se aferran a su presa moribunda. Mis sienes, sudorosas y arrugadas, sentían el fuerte tufo de cachaza de Manoel quien, recargado en el mango de su pala, me miraba con una sonrisa de pobre, pero rica en dientes podridos que se morían de ganas de conversar conmigo. "¡Rapaz! Aquí han pasado cosas muy raras. Trabajo en esta embajada desde que la inauguraron y durante todo ese tiempo, hasta donde puedo decir que yo mismo lo viví, se han muerto tres de los seis embajadores para los que he trabajado". Miré por un instante los profundos surcos de los entrecerrados ojos de Manoel, cómo se parecían a los surcos de la tierra nordestina, arada inútilmente por el hambre. Luego, herí la tierra con un golpe certero que removió, sin querer, una enorme piedra. No atendía las palabras de Manoel, porque éstas se confundían con el ruido de las chicharras, que a su vez, escondían su presencia con el color de un grueso tronco de mango que tenía ante mí. "Al cuarto embajador, que en vez de traerse a la mujer, se trajo a la querida, casi estuvieron a punto de mandarlo bien frío en un cajón de madera a su patria de origen, de no haber sido por la rápida participación de su gran amigo, el mismísimo señor presidente, que mandó tres especialistas, para que se lo llevaran a São Paulo y ahí lo atendieran en un hospital, en uno de esos a los que no entra gente probe. Dicen que se salvó por un pelito de rana calva, si no, aquí hubiéramos tenido al cuarto dijunto alimentando esa gusanera que tanto revuelves. También supe que, apenas se alivió un poco, no lo pensó dos veces y, llevándose lo que pudo, puso pies en polvorosa y se regresó a cumplir no sé qué manda a su país, donde su verdadera esposa estaba esperándolo para perdonarle sus infidelidades. No cabe duda que ese embajador, que tuvo suerte por esta vez, va a sumarse a aquellas personas que en vida, logran morirse dos veces: primero de puritito miedo y después de a de veras". Manoel se reía solo, porque yo no lo acompañaba. A cada golpe que asestaba en búsqueda del principio o del fin de esa maraña de raíces, la tierra rebotaba violentamente contra mi rostro hiriéndolo sin piedad. Ya el sol enrojecido de la tarde perforaba nuestros sombreros e iluminaba con pecas de luz el abundante sudor de nuestras frentes. Para recuperar fuerzas, suspendí la labor y saqué un cigarrillo, lo encendí y arrojé el humo en el cara de imbécil de Manoel, que seguía con su perorata interminable. "El quinto embajador, ese fue buen patrón, no se murió ni nada. ¡Y claro! Cómo no se iba a salvar, si yo vi con mis propios ojos cuando la mujer de él, asegún dicen muy devota de una tal virgen morena, se trajo un cura de sotana de allá de su tierra, que en dos días bendijo cancillería, residencia y unidad habitacional. Durante ese tiempo naiden se murió, naiden se enfermó siquiera". Como Manoel ni pestañeó ante la humareda espesa, tuve que resignarme a continuar escuchándolo, al tiempo que desenterraba la piedra hundida en un maloliente abono de gallina, con el que se notaba que habían estado alimentando al árbol recientemente. "Lo que sea de cada quien, al fuego se le combate con fuego, sólo una Santa puede derrotar a otra Santa". Con las manos sucias, me registré la cintura como buscando la faca con la que suelo cortar varas y ramas.

Miré al árbol, estaba rebosante de mangos y a mí ya me estaba dando hambre. Para tener las manos libres, le convidé una fumada al amigo Manoel, quien aceptó gustoso. "Y es que tú no sabes la historia, rapaz. Se me había olvidado que apenas entraste la semana pasada. Pues entonces, escucha atento lo que te voy a contar y entons tú decides qué hacemos con este árbol". Clavé la pala como para ponerme a escuchar, pero la verdad era que mi mente, mientras mis manos pelaban un mango verde, divagaba de un lugar a otro como queriendo no pensar en el hijo gemelo que se me estaba muriendo en casa, sin asistencia, sin medecinas, sin doctor que le calmara los chillidos que le enjaretaba a la madre, que me enjaretaba a mí, su padre. Con asco, tiré el mango cuyo hueso estaba más agusanado aun que la tierra que había escarbado. Manoel me devolvió el cigarrillo como consuelo. "Hace veintitantos años que dejé Queimadas, pueblo que está al norte de la región más negra de Bahía. Miserable como todos, donde lo raro no es morirse de hambre, sino no terminar en la panza de tus propios perros, que te miran a sabiendas de que a la mañana siguiente de que te entierren, te desenterrarán con sus patas ansiosas para almorzarse tus pellejos, sin que nadie se importe. ¡Rapaz! A veces he llegado a pensar que en eso se basa su fidelidad con el hombre. ¡Qué caramba!". Di una fumada y aspiré profundamente el humo. Me refugié en la sombra del árbol a concentrarme en la ceniza que se consumía tan aprisa como mi vida incierta. "Llegué a Brasilia justo cuando estaban inaugurando esta embajada. Bien me acuerdo que era un día soleado de octubre de 1976. Había harta gente de buen vestir, pocas damas por cierto". No sé cómo me doy valor pa'soportar tanto dolor.

Ya me persigné en todas las iglesias del Planalto. Cómo estaré de jodido que ni siquiera las sectas, por interesadas que sean, me aceptan. Ser hijo de Dios no me ha servido de mucho. Tengo a la familia toda sufriendo allá, en un barraco perdido de Ceilandia, por mi impotencia de traer el suficiente arroz y frijol de cada día. Y este hijo de madre sigue con su cuento, sin importarle m'ijo gemelo, sin interesarse por completar para nada el trabajo que nos ordenaron. "Yo, al igual que tú, deambulaba harapiento por esta zona, pensando que estaba inerte de esperanzas para mí y para mi familia". Me hice el desentendido, atraje penosamente la enorme piedra, sólo para sentarme en ella. ¿Estaría Manoel leyendo mi mente? "En eso, se me acerca un camionero que, en ese entonces, vendía tablas de madera a todas las constructoras, un tal Venancio, quien me llamó y me pidió que le ayudara a bajar la mercancía que transportaba. Ahí gané mis primeros cruzeiros y ese día, cómo podría olvidarlo, comí harto. A la noche, cuando terminamos la descarga y viéndome sonriente, pues se me caía de gusto el arroz de entre los dientes, me preguntó si yo sabía algo de plantas. Le dije que sí y ese mismo día me recomendó para que comenzara a trabajar, sembrando la mayoría de los árboles que hay en esta embajada". Apagué el cigarrillo contra la corteza del árbol y me dispuse a continuar la faena. Quise convencerme de que sólo había que llegar al fin de semana, para conseguir un poco de dinero y, así, evitar que se me fuera a morir uno de los gemelos. ¡Maldita sea la cosa! ¿Qué se necesitará para que un presidente sea tan amigo de mi hijo, para que también lo mande a São Paulo a uno de esos hospitales donde van los embajadores? ¿Y si le pidiera algo de dinero a Manoel? "Mira lo que te digo, pa'que te des una idea de cómo eran esos tiempos. Desde las seis de la mañana comenzaba la jornada diaria. Aprovechaba la luz del sol tempranero, para darle duro a la cortada de hierba. Cómo me acuerdo todavía, cuando me tiraba sobre el pasto crecido, que estaba tan fresquito, y con él me quitaba el sudor del cuerpo. La jornada era pesada y la paga, al igual que ahora, poco alcanzaba, pero aquello era mejor que nada". Éste está peor que yo. ¿Y si intentara pedirle un adelanto a ese tal don Panchito? Dicen que él es el más güeno de la embajada, y tal vez vaya a entender mi desgracia. A lo mejor y hasta me consigue más. He escuchado que los empleados, incluyendo al nuevo embajador, todos se juntan y dan ayuda a gente necesitada como yo, como mi mujer, como mis gemelos. Pero cómo se lo digo, si apenas quiero expresar algo me entra un frío en el cuerpo que me paraliza la lengua. Cómo me gustaría tener, en ese instante, la labia de Manoel. "En ese primer año, yo sembré todo lo que ves, excepto este arbolito de mango. Los que, como tú, no saben, dicen que nació solito, pero eso no es cierto, otra fue la historia. Como ya te dije, en aquel tiempo, yo era tan probe que no tenía dónde pasar la noche en la ciudad y salir para dormir en la calle era peligrosa alternativa, porque en un descuido, algún nene rico te descubría, te confundía con probre o con indio y, de seguro, te conviertía en tea humana, sólo para saber si era cierto o no que era entretenido ver cómo se revolcaba uno de dolor en sus propias cenizas. Así como lo oyes, en vez de arriesgar el pellejo de esa estúpida manera, me quedaba aquí, cerca de la reja norte que rodea la embajada, improvisando unas tablas como cama y hojas de plátano como cobijas, dormía a mis anchas. Como aquí nunca ha habido ni guardias ni perros, ni quien se diera cuenta, ni quien se importara si te quedabas por ahí". Cómo me dan ganas de decirle que se calle de una vez. Pero como otras veces, el que se queda callado soy yo. Como siempre, dejo que la gente haga y diga lo que quiera. Creo que por eso hasta los sin-tierra, los sin-techo y los sin-rumbo me dejaron atrás, por anodino, por no poder hablar ni en mi defensa ni a favor de los míos. Ojalá y que existiera una manera de comunicarse con los demás sin necesidad de hablar, como habla éste. "Una noche, después de compartir unos tragos con dos vagabundos que, por seguridad, dormían del otro lado de la cerca y lejos de las calles, me quedé profundo junto a la reja. Como a la media noche, unos extraños ruidos interrumpieron mi sueño, no así el de los otros que roncaban muy a gusto. Me levanté y comencé a moverme, picado por el bicho de la curiosidad, entre los atajos cubiertos de plantas que bien me conocía. No sé si eran cantos que más parecían lamentos o lamentos que más parecían cantos, pero la cosa era que estaban acompañados de un ritmo siniestro, que provenía de la propia residencia del embajador. Cuando aparté varios tallos crecidos, descubrí una escena que me dejó mudo de asombro". Y es que mi padre se murió sin hablar de su hambre y mi abuelo nos contaba que su abuelo también, todos, desde que dejaron de ser esclavos, murieron sin decir palabra alguna de queja, sin protestar. Por eso, mi poca prisa por meterme con los demás. Al final de cuentas, el silencio del que estoy hecho es muda acusación contra aquellos que con palabras matan las ilusiones de todos, diciendo que 'ora sí van a luchar contra nuestra pobreza. ¿No sería mejor que acabaran primeramente con su pobreza de sinceridad para con nosotros los sin-remedio, los sin-voz? Por eso, ahora que lo veo bien, me siento igual que este árbol que callado, a punto de que lo corten, ni se intimida. ¿Y Manoel? "Sí, rapaz. Reunidos estaban con la embajatriz, una docena de hombres y mujeres vestidos con prendas blancas, casi transparentes, que sostenían en las manos gruesas velas negras, casi fálicas; al tiempo que susurraban palabras en honor de Nuestra Señora de la Buena Muerte. Eso era cosa de orixás de Candomblé, me dije mientras mantenía la boca abierta y atrapada la lengua en una boca seca que me protestaba por agua. Ahí se apareció de repente una santera bubalaó, de esas que cargan más de cien kilos de conjuros, quien poseída, temblaba en trance mientras se inclinaba para cubrir con ternura un vástago de mango. Alcancé a escuchar que la negra macumbera invocaba a sus santos Xangoó y Nemanjá para que protegieran a la celosa señora de la casa, en contra de los espíritus que arrastran a los hombres, como su marido, a ponerle los cuernos a mujeres, como la embajatriz". Como despertando de un sopor, observé que la raíz del árbol de mango estaba más profunda de lo que pensaba y que nos iba a costar mucho trabajo arrancarla. Las órdenes fueron muy claras: sacar el árbol de raíz. Pero este mango está demasiado enraizado. "Yo ya había visto a la embajatriz de cerquitas, fue el día que me pidió que le sembrara unas pimientas (chiles como ella los llamaba) en unos maceteros, que por cierto no se dieron. Era bellísima y su presencia aromatizada como un jazmín. No podía creer que tuviera un malandrín por marido. Me seguí ocultando lo más que pude y oí clarito cómo la santera pedía a los espíritus del arbolito, que persiguieran hasta la muerte a la persona que osara serle infiel a quien regara con su sangre ese mango. Un negro fortachón que estaba a cargo de las percusiones, comenzó a echar espuma por la boca, revolcándose en el suelo. Los demás se asustaron y muchos de ellos se horrorizaron. Sobre todo cuando la santa cesó los maullidos de un gato negro, degollándolo y comenzó a escupirle en la cara a todos la sangre de su víctima". Miré hacia el cielo sin importarme si Dios estaba ahí, el árbol se veía tan lleno de vida. Cuántos mangos le colgaban. Cogí uno con la esperanza de que no estuviera agusanado. Con mi faca, lo empecé a pelar y descuidadamente me corté. Limpié la sangré que abundantemente me brotó en la superficie áspera del tronco. No sé cómo, de repente, me comencé a imaginar viéndome, así nomás, recibiendo una buena plata de don Panchito y a luego cargando a mi hijo sano, junto al otro gemelo entre mis brazos. Esas imágenes fueron fugaces, al desaparecer sólo estaban ahí el árbol de mango y Manoel contando su historia. "Ese fue el acabóse de la fiesta. Cada uno, como pudo, se comenzó a retirar apresuradamente de la residencia, hablando pestes de la embajatriz, a la que acusaban de que se le había pasado la mano con esto. Corrí para la entrada recubierta de adoquines y de entre los lujosos autos que partieron, reconocí varios diplomáticos, periodistas y empresarios ricos, que ya habían estado anteriormente en la embajada varias veces y que le habían regalado, en esas ocasiones, plantas a la embajatriz, quien me ordenaba sembrarlas y cuidar de ellas. Era gente de alto nivel, no había duda. Regresé a ver quien había quedado en la residencia, la santa había desaparecido y el vástago de mango escurría pequeñas gotas de sangre. Sólo estaba ahí el cuerpo del gato negro, que ante mis desmesurados ojos, se levantó como si nada, me clavó su diabólica mirada amarilla como el infierno y se escabulló entre los arbustos". Para decir verdad y viendo bien las cosas, este árbol no le ha hecho daño a naiden, su sombra y sus frutos son una delicia. Le voy a llevar unos cuantos a mi familia, se van a alegrar. ¿Y si le convido unos también a Manoel? A ver si comiendo deja de hablar. "Como te lo cuento, rapaz. Días después, llevaron al marido de la embajatriz de urgencia al hospital, donde murió quesque de un síncope cardiaco. Así quedó viudita aquella embajatriz. El segundo embajador, según dicen, no resistió las tentaciones de una mulata, empleada doméstica de la embajada, llamada Isaura y a éste le llegó la maldición sorprendiéndole en el baño. El tercer embajador, me contaron que en ausencia de su esposa, murió tendido en su cama en donde las malas lenguas dijeron que no había dormido solo. Así que las muertes de esos tres embajadores y casi la del cuarto, son las extrañas coincidencias a las que se refiere, desde entonces, la gente de aquel país. No me extrañaría que los embajadores que son designados para venir acá lo pensaran dos veces antes de aceptar el puesto. Mi abuela decía que donde hay tantas coincidencias cambian las creencias. Y yo, por más buen cristiano que sea, empiezo a creer que ese árbol de mango, cuya raíz estás escarbando para derrumbar, tiene lo suyo. Mira que son nuestras manos las que lo están arrancando. Yo, que sí sé la historia, mejor no me arriesgo. A ese árbol todavía se le acerca gente para desangrarse. Espera por la noche y la verás que entra por los agujeros que hemos descubierto en las cercas. Por eso ves que me persigno. Si le das tú el primer hachazo, será tu problema. Mejor perdónale la vida y pídele por lo que más quieras. Aquí tienes la herramienta pronta. Decide tú". Hasta que se calló éste. ¡Caray! Se nos ha ido el día. Por lo pronto, yo ya hice la parte que me tocaba hacer hoy. Tanto hablan de este arbolito que con gusto y me lo llevaba a casa, si no fuera tan grande, pero me bastan unos cuantos de sus frutos para sembrar las semillas en casa y luego vender los vástagos a las personas desesperadas que me los soliciten. Con eso, seguramente voy a curar el hambre y la enfermedad de mi familia. ¡Cómo no!

Los dos enjutos jardineros se alejaron, caminando penosamente por entre las pendientes del terreno. Sin percibirlo, habían sido observados a través de la ventana. Fumando un puro, el sexto embajador encajaba un abrecartas de plata en un sobre que contenía una invitación para acudir a la recepción con que se celebraría oficialmente el quinto centenario del descubrimiento de Cabral. La leyó con detenimiento, salió pausadamente de la oficina y ordenó a su secretaria que anotara en su agenda los datos del compromiso. Su vista se levantó y se detuvo ante las enormes ventanas de la embajada, que le permitían admirar por enésima ocasión uno más de los tantos horizontes con que cada día la ciudad de Brasilia y el Brasil entero prometen, sin mediar palabras, a su pueblo.

    Brasilia, septiembre de 1999.


       

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