Editorial Las técnicas de Uqbar. Tal como Uqbar se incorporó a la realidad, los escritores tienen la posibilidad de cambiar al mundo.
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Brevísimos y rápidos del río que atraviesa la Tierra de Letras.
Literatura en Internet Escritura multimedia. A raíz de la celebración en Caracas de un seminario sobre literatura electrónica, varios investigadores del tema crean este sitio.
Sala de ensayo Animar a leer. ¿Cómo orientar a nuestros hijos en sus pininos como lectores? La investigadora española Consuelo Gallego Tabernero nos da algunas luces.
El regreso del caracol Gramma, Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador (Argentina) Alborada, Creación y Análisis, Grupo de Literatura y Arte "Isla Blanca" (Chimbote, Perú) Mercurio y otros metales, Orlando Chirinos Presencia judía en el Nuevo Mundo, R. Oswaldo González Quiñones Caballo de espadas, Exio Saldivia.
Rascaba la tierra roja con el pico, al tiempo que con los pies
descalzos apartaba decenas de negros gusanos que brotaban retorcidos entre
las raíces que se adherían al suelo, como las garras de una lechuza que se
aferran a su presa moribunda. Mis sienes, sudorosas y arrugadas, sentían
el fuerte tufo de cachaza de Manoel quien, recargado en el mango de su
pala, me miraba con una sonrisa de pobre, pero rica en dientes podridos
que se morían de ganas de conversar conmigo. "¡Rapaz! Aquí han pasado
cosas muy raras. Trabajo en esta embajada desde que la inauguraron y
durante todo ese tiempo, hasta donde puedo decir que yo mismo lo viví, se
han muerto tres de los seis embajadores para los que he trabajado". Miré
por un instante los profundos surcos de los entrecerrados ojos de Manoel,
cómo se parecían a los surcos de la tierra nordestina, arada inútilmente
por el hambre. Luego, herí la tierra con un golpe certero que removió, sin
querer, una enorme piedra. No atendía las palabras de Manoel, porque éstas
se confundían con el ruido de las chicharras, que a su vez, escondían su
presencia con el color de un grueso tronco de mango que tenía ante mí. "Al
cuarto embajador, que en vez de traerse a la mujer, se trajo a la querida,
casi estuvieron a punto de mandarlo bien frío en un cajón de madera a su
patria de origen, de no haber sido por la rápida participación de su gran
amigo, el mismísimo señor presidente, que mandó tres especialistas, para
que se lo llevaran a São Paulo y ahí lo atendieran en un hospital, en uno
de esos a los que no entra gente probe. Dicen que se salvó por un
pelito de rana calva, si no, aquí hubiéramos tenido al cuarto dijunto
alimentando esa gusanera que tanto revuelves. También supe que, apenas
se alivió un poco, no lo pensó dos veces y, llevándose lo que pudo, puso
pies en polvorosa y se regresó a cumplir no sé qué manda a su país, donde
su verdadera esposa estaba esperándolo para perdonarle sus infidelidades.
No cabe duda que ese embajador, que tuvo suerte por esta vez, va a sumarse
a aquellas personas que en vida, logran morirse dos veces: primero de
puritito miedo y después de a de veras". Manoel se reía solo, porque yo no
lo acompañaba. A cada golpe que asestaba en búsqueda del principio o del
fin de esa maraña de raíces, la tierra rebotaba violentamente contra mi
rostro hiriéndolo sin piedad. Ya el sol enrojecido de la tarde perforaba
nuestros sombreros e iluminaba con pecas de luz el abundante sudor de
nuestras frentes. Para recuperar fuerzas, suspendí la labor y saqué un
cigarrillo, lo encendí y arrojé el humo en el cara de imbécil de Manoel,
que seguía con su perorata interminable. "El quinto embajador, ese fue
buen patrón, no se murió ni nada. ¡Y claro! Cómo no se iba a salvar, si yo
vi con mis propios ojos cuando la mujer de él, asegún dicen muy
devota de una tal virgen morena, se trajo un cura de sotana de allá de su
tierra, que en dos días bendijo cancillería, residencia y unidad
habitacional. Durante ese tiempo naiden se murió, naiden se
enfermó siquiera". Como Manoel ni pestañeó ante la humareda espesa, tuve
que resignarme a continuar escuchándolo, al tiempo que desenterraba la
piedra hundida en un maloliente abono de gallina, con el que se notaba que
habían estado alimentando al árbol recientemente. "Lo que sea de cada
quien, al fuego se le combate con fuego, sólo una Santa puede derrotar a
otra Santa". Con las manos sucias, me registré la cintura como buscando la
faca con la que suelo cortar varas y ramas.
Miré al árbol, estaba rebosante de mangos y a mí ya me estaba dando
hambre. Para tener las manos libres, le convidé una fumada al amigo
Manoel, quien aceptó gustoso. "Y es que tú no sabes la historia, rapaz. Se
me había olvidado que apenas entraste la semana pasada. Pues entonces,
escucha atento lo que te voy a contar y entons tú decides qué
hacemos con este árbol". Clavé la pala como para ponerme a escuchar, pero
la verdad era que mi mente, mientras mis manos pelaban un mango verde,
divagaba de un lugar a otro como queriendo no pensar en el hijo gemelo que
se me estaba muriendo en casa, sin asistencia, sin medecinas, sin
doctor que le calmara los chillidos que le enjaretaba a la madre,
que me enjaretaba a mí, su padre. Con asco, tiré el mango cuyo hueso
estaba más agusanado aun que la tierra que había escarbado. Manoel me
devolvió el cigarrillo como consuelo. "Hace veintitantos años que dejé
Queimadas, pueblo que está al norte de la región más negra de Bahía.
Miserable como todos, donde lo raro no es morirse de hambre, sino no
terminar en la panza de tus propios perros, que te miran a sabiendas de
que a la mañana siguiente de que te entierren, te desenterrarán con sus
patas ansiosas para almorzarse tus pellejos, sin que nadie se importe.
¡Rapaz! A veces he llegado a pensar que en eso se basa su fidelidad con el
hombre. ¡Qué caramba!". Di una fumada y aspiré profundamente el humo. Me
refugié en la sombra del árbol a concentrarme en la ceniza que se consumía
tan aprisa como mi vida incierta. "Llegué a Brasilia justo cuando estaban
inaugurando esta embajada. Bien me acuerdo que era un día soleado de
octubre de 1976. Había harta gente de buen vestir, pocas damas por
cierto". No sé cómo me doy valor pa'soportar tanto dolor.
Ya me persigné en todas las iglesias del Planalto. Cómo estaré de
jodido que ni siquiera las sectas, por interesadas que sean, me aceptan.
Ser hijo de Dios no me ha servido de mucho. Tengo a la familia toda
sufriendo allá, en un barraco perdido de Ceilandia, por mi impotencia de
traer el suficiente arroz y frijol de cada día. Y este hijo de madre sigue
con su cuento, sin importarle m'ijo gemelo, sin interesarse por completar
para nada el trabajo que nos ordenaron. "Yo, al igual que tú, deambulaba
harapiento por esta zona, pensando que estaba inerte de esperanzas para mí
y para mi familia". Me hice el desentendido, atraje penosamente la enorme
piedra, sólo para sentarme en ella. ¿Estaría Manoel leyendo mi mente? "En
eso, se me acerca un camionero que, en ese entonces, vendía tablas de
madera a todas las constructoras, un tal Venancio, quien me llamó y me
pidió que le ayudara a bajar la mercancía que transportaba. Ahí gané mis
primeros cruzeiros y ese día, cómo podría olvidarlo, comí harto. A la
noche, cuando terminamos la descarga y viéndome sonriente, pues se me caía
de gusto el arroz de entre los dientes, me preguntó si yo sabía algo de
plantas. Le dije que sí y ese mismo día me recomendó para que comenzara a
trabajar, sembrando la mayoría de los árboles que hay en esta embajada".
Apagué el cigarrillo contra la corteza del árbol y me dispuse a continuar
la faena. Quise convencerme de que sólo había que llegar al fin de semana,
para conseguir un poco de dinero y, así, evitar que se me fuera a morir
uno de los gemelos. ¡Maldita sea la cosa! ¿Qué se necesitará para que un
presidente sea tan amigo de mi hijo, para que también lo mande a São Paulo
a uno de esos hospitales donde van los embajadores? ¿Y si le pidiera algo
de dinero a Manoel? "Mira lo que te digo, pa'que te des una idea de cómo
eran esos tiempos. Desde las seis de la mañana comenzaba la jornada
diaria. Aprovechaba la luz del sol tempranero, para darle duro a la
cortada de hierba. Cómo me acuerdo todavía, cuando me tiraba sobre el
pasto crecido, que estaba tan fresquito, y con él me quitaba el sudor del
cuerpo. La jornada era pesada y la paga, al igual que ahora, poco
alcanzaba, pero aquello era mejor que nada". Éste está peor que yo. ¿Y si
intentara pedirle un adelanto a ese tal don Panchito? Dicen que él es el
más güeno de la embajada, y tal vez vaya a entender mi desgracia. A
lo mejor y hasta me consigue más. He escuchado que los empleados,
incluyendo al nuevo embajador, todos se juntan y dan ayuda a gente
necesitada como yo, como mi mujer, como mis gemelos. Pero cómo se lo digo,
si apenas quiero expresar algo me entra un frío en el cuerpo que me
paraliza la lengua. Cómo me gustaría tener, en ese instante, la labia de
Manoel. "En ese primer año, yo sembré todo lo que ves, excepto este
arbolito de mango. Los que, como tú, no saben, dicen que nació solito,
pero eso no es cierto, otra fue la historia. Como ya te dije, en aquel
tiempo, yo era tan probe que no tenía dónde pasar la noche en la
ciudad y salir para dormir en la calle era peligrosa alternativa, porque
en un descuido, algún nene rico te descubría, te confundía con
probre o con indio y, de seguro, te conviertía en tea humana, sólo
para saber si era cierto o no que era entretenido ver cómo se revolcaba
uno de dolor en sus propias cenizas. Así como lo oyes, en vez de arriesgar
el pellejo de esa estúpida manera, me quedaba aquí, cerca de la reja norte
que rodea la embajada, improvisando unas tablas como cama y hojas de
plátano como cobijas, dormía a mis anchas. Como aquí nunca ha habido ni
guardias ni perros, ni quien se diera cuenta, ni quien se importara si te
quedabas por ahí". Cómo me dan ganas de decirle que se calle de una vez.
Pero como otras veces, el que se queda callado soy yo. Como siempre, dejo
que la gente haga y diga lo que quiera. Creo que por eso hasta los
sin-tierra, los sin-techo y los sin-rumbo me dejaron atrás, por anodino,
por no poder hablar ni en mi defensa ni a favor de los míos. Ojalá y que
existiera una manera de comunicarse con los demás sin necesidad de hablar,
como habla éste. "Una noche, después de compartir unos tragos con dos
vagabundos que, por seguridad, dormían del otro lado de la cerca y lejos
de las calles, me quedé profundo junto a la reja. Como a la media noche,
unos extraños ruidos interrumpieron mi sueño, no así el de los otros que
roncaban muy a gusto. Me levanté y comencé a moverme, picado por el bicho
de la curiosidad, entre los atajos cubiertos de plantas que bien me
conocía. No sé si eran cantos que más parecían lamentos o lamentos que más
parecían cantos, pero la cosa era que estaban acompañados de un ritmo
siniestro, que provenía de la propia residencia del embajador. Cuando
aparté varios tallos crecidos, descubrí una escena que me dejó mudo de
asombro". Y es que mi padre se murió sin hablar de su hambre y mi abuelo
nos contaba que su abuelo también, todos, desde que dejaron de ser
esclavos, murieron sin decir palabra alguna de queja, sin protestar. Por
eso, mi poca prisa por meterme con los demás. Al final de cuentas, el
silencio del que estoy hecho es muda acusación contra aquellos que con
palabras matan las ilusiones de todos, diciendo que 'ora sí van a luchar
contra nuestra pobreza. ¿No sería mejor que acabaran primeramente con su
pobreza de sinceridad para con nosotros los sin-remedio, los sin-voz? Por
eso, ahora que lo veo bien, me siento igual que este árbol que callado, a
punto de que lo corten, ni se intimida. ¿Y Manoel? "Sí, rapaz. Reunidos
estaban con la embajatriz, una docena de hombres y mujeres vestidos con
prendas blancas, casi transparentes, que sostenían en las manos gruesas
velas negras, casi fálicas; al tiempo que susurraban palabras en honor de
Nuestra Señora de la Buena Muerte. Eso era cosa de orixás de Candomblé, me
dije mientras mantenía la boca abierta y atrapada la lengua en una boca
seca que me protestaba por agua. Ahí se apareció de repente una santera
bubalaó, de esas que cargan más de cien kilos de conjuros, quien
poseída, temblaba en trance mientras se inclinaba para cubrir con ternura
un vástago de mango. Alcancé a escuchar que la negra macumbera invocaba a
sus santos Xangoó y Nemanjá para que protegieran a la celosa señora de la
casa, en contra de los espíritus que arrastran a los hombres, como su
marido, a ponerle los cuernos a mujeres, como la embajatriz". Como
despertando de un sopor, observé que la raíz del árbol de mango estaba más
profunda de lo que pensaba y que nos iba a costar mucho trabajo
arrancarla. Las órdenes fueron muy claras: sacar el árbol de raíz. Pero
este mango está demasiado enraizado. "Yo ya había visto a la embajatriz de
cerquitas, fue el día que me pidió que le sembrara unas
pimientas (chiles como ella los llamaba) en unos maceteros, que por
cierto no se dieron. Era bellísima y su presencia aromatizada como un
jazmín. No podía creer que tuviera un malandrín por marido. Me seguí
ocultando lo más que pude y oí clarito cómo la santera pedía a los
espíritus del arbolito, que persiguieran hasta la muerte a la persona que
osara serle infiel a quien regara con su sangre ese mango. Un negro
fortachón que estaba a cargo de las percusiones, comenzó a echar espuma
por la boca, revolcándose en el suelo. Los demás se asustaron y muchos de
ellos se horrorizaron. Sobre todo cuando la santa cesó los maullidos de un
gato negro, degollándolo y comenzó a escupirle en la cara a todos la
sangre de su víctima". Miré hacia el cielo sin importarme si Dios estaba
ahí, el árbol se veía tan lleno de vida. Cuántos mangos le colgaban. Cogí
uno con la esperanza de que no estuviera agusanado. Con mi faca, lo empecé
a pelar y descuidadamente me corté. Limpié la sangré que abundantemente me
brotó en la superficie áspera del tronco. No sé cómo, de repente, me
comencé a imaginar viéndome, así nomás, recibiendo una buena plata de don
Panchito y a luego cargando a mi hijo sano, junto al otro gemelo
entre mis brazos. Esas imágenes fueron fugaces, al desaparecer sólo
estaban ahí el árbol de mango y Manoel contando su historia. "Ese fue el
acabóse de la fiesta. Cada uno, como pudo, se comenzó a retirar
apresuradamente de la residencia, hablando pestes de la embajatriz, a la
que acusaban de que se le había pasado la mano con esto. Corrí para la
entrada recubierta de adoquines y de entre los lujosos autos que
partieron, reconocí varios diplomáticos, periodistas y empresarios ricos,
que ya habían estado anteriormente en la embajada varias veces y que le
habían regalado, en esas ocasiones, plantas a la embajatriz, quien me
ordenaba sembrarlas y cuidar de ellas. Era gente de alto nivel, no había
duda. Regresé a ver quien había quedado en la residencia, la santa había
desaparecido y el vástago de mango escurría pequeñas gotas de sangre. Sólo
estaba ahí el cuerpo del gato negro, que ante mis desmesurados ojos, se
levantó como si nada, me clavó su diabólica mirada amarilla como el
infierno y se escabulló entre los arbustos". Para decir verdad y viendo
bien las cosas, este árbol no le ha hecho daño a naiden, su sombra
y sus frutos son una delicia. Le voy a llevar unos cuantos a mi familia,
se van a alegrar. ¿Y si le convido unos también a Manoel? A ver si
comiendo deja de hablar. "Como te lo cuento, rapaz. Días después, llevaron
al marido de la embajatriz de urgencia al hospital, donde murió
quesque de un síncope cardiaco. Así quedó viudita aquella
embajatriz. El segundo embajador, según dicen, no resistió las tentaciones
de una mulata, empleada doméstica de la embajada, llamada Isaura y a éste
le llegó la maldición sorprendiéndole en el baño. El tercer embajador, me
contaron que en ausencia de su esposa, murió tendido en su cama en donde
las malas lenguas dijeron que no había dormido solo. Así que las muertes
de esos tres embajadores y casi la del cuarto, son las extrañas
coincidencias a las que se refiere, desde entonces, la gente de aquel
país. No me extrañaría que los embajadores que son designados para venir
acá lo pensaran dos veces antes de aceptar el puesto. Mi abuela decía que
donde hay tantas coincidencias cambian las creencias. Y yo, por más buen
cristiano que sea, empiezo a creer que ese árbol de mango, cuya raíz estás
escarbando para derrumbar, tiene lo suyo. Mira que son nuestras manos las
que lo están arrancando. Yo, que sí sé la historia, mejor no me arriesgo.
A ese árbol todavía se le acerca gente para desangrarse. Espera por la
noche y la verás que entra por los agujeros que hemos descubierto en las
cercas. Por eso ves que me persigno. Si le das tú el primer hachazo, será
tu problema. Mejor perdónale la vida y pídele por lo que más quieras. Aquí
tienes la herramienta pronta. Decide tú". Hasta que se calló éste. ¡Caray!
Se nos ha ido el día. Por lo pronto, yo ya hice la parte que me tocaba
hacer hoy. Tanto hablan de este arbolito que con gusto y me lo llevaba a
casa, si no fuera tan grande, pero me bastan unos cuantos de sus frutos
para sembrar las semillas en casa y luego vender los vástagos a las
personas desesperadas que me los soliciten. Con eso, seguramente voy a
curar el hambre y la enfermedad de mi familia. ¡Cómo no!
Los dos enjutos jardineros se alejaron, caminando penosamente por entre
las pendientes del terreno. Sin percibirlo, habían sido observados a
través de la ventana. Fumando un puro, el sexto embajador encajaba un
abrecartas de plata en un sobre que contenía una invitación para acudir a
la recepción con que se celebraría oficialmente el quinto centenario del
descubrimiento de Cabral. La leyó con detenimiento, salió pausadamente de
la oficina y ordenó a su secretaria que anotara en su agenda los datos del
compromiso. Su vista se levantó y se detuvo ante las enormes ventanas de
la embajada, que le permitían admirar por enésima ocasión uno más de los
tantos horizontes con que cada día la ciudad de Brasilia y el Brasil
entero prometen, sin mediar palabras, a su pueblo.