Servicio de promoción de autores de Letralia
Saltar al contenido

La zambullida

martes 25 de agosto de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Imposible descansar con ese pitido horrible que suena cada tres minutos. ¿Por qué suponen que es necesario que ese aparato suene acá, adentro de la habitación? ¿Soy yo la que tengo que estar atenta a que la presión no se desmorone, a que los latidos se mantengan estables y a que la saturación del oxígeno no caiga en picada? Con que suene en la sala de control, o como se llame ese lugar desde donde alguien controla todos los monitores, sería suficiente.

Había y no había una vez un pastor de almas, atento a que el lobo, siempre merodeando, no se lleve ninguna, listo para avisar un cambio en la pantalla que anuncie que está cerca y entonces dar la voz de alarma para que empiece la batalla. Corridas en los pasillos, arrastre de maquinarias, despeje de la zona, órdenes susurradas, puertas que se cierran, familiares empujados fuera del cuarto porque la batalla no tiene que tener testigos. Si lo vencen, el lobo se va tranquilo, sabe que puede volver en cualquier otro momento y que siempre, siempre, el último y único ganador es él. Con un triunfo en esta área del hospital no se gana una guerra sino un poquito más de tiempo, de esperanza, que no hace otra cosa que agregarle dolor a la nueva arremetida.

Te miro la cara pálida, estoy atenta al temblor de los párpados cuando los ojos se mueven, me esfuerzo en adivinar una sonrisa en los labios cada vez más finos y secos. Sigo el movimiento mínimo del pecho cuando respirás, te acaricio la mano e imagino una presión sobre la mía. Te masajeo los pies, te paso una toallita húmeda por la cara, echo unas gotas de óleo 31 en mis dedos y te froto las sienes. Acomodo la almohada. A veces te coloco los auriculares y otras, escuchamos juntos las listas que propone Spotify.

Lo que hago, hijo mío, es traerte a este cuerpo casi sin vida. No reconozco esta figura etérea, transparente, que está sobre la cama, profanada por cables, sondas y agujas.

Me duele el cuerpo de la fuerza que hago para retenerte. Me tortura la idea de que tal vez sea tarde.

 

Al agua pato, pato, sin los zapatos. Venir a la pileta es una actividad que ambos amamos. Desde que eras bebé me ocupé de salpicarte la cara, bañarme con vos en brazos en la ducha, hacerte flotar en la bañadera. Logré que te movieras en el agua como en tu medio natural. Siento el peso de tus dos años sobre mi espalda, tus brazos alrededor del cuello, y me sumerjo y nado pegada al fondo de la pileta porque sé que al salir te vas a reír y vas a querer repetir la prueba. El resto de las madres nos miran admiradas, me siento orgullosa. Llega el verano y ya no necesitamos las clases de matronatación. Nos manejamos solos, dejamos la piletita de bebés, cubierta y con agua tibia, y nos animamos en la grande del club. Sos capaz de saltar desde el borde, hundirte hasta el fondo, salir y desplazarte por la superficie del agua hasta donde te espero. Cuánta confianza se necesita para hacer lo que hacías, con la seguridad con que lo hacías. ¿En qué momento dejé de ser confiable?

No te transmití la misma pasión que yo siento por el agua, pero te convertiste en un buen nadador y esos momentos en la piscina son de los mejores recuerdos que tengo. Me pregunto qué habrán significado para vos cuando dejaste atrás la infancia y la adolescencia.

La pileta fue el principio, después vinieron el tenis y la lectura. Siempre te habías dormido escuchando un cuento, pero cuando fuiste capaz de descifrar las letras, enloqueciste. No podías pasar cerca de un cartel, un embalaje con marcas, un flyer, sin intentar unir las letras y darles sentido. Tu habitación se llenó de libros y revistas. Sólo dejabas de leer para ir a tus clases de tenis.

Al principio la música era como la natación, te entusiasmabas y corrías a mostrarme lo que habías descubierto, un músico, una canción, un avance en las clases de piano. Cuando te regalé uno, en la Navidad de tus doce años, lo recibiste como a quien se le cumple un milagro. Reorganizaste tu cuarto para poder tenerlo cerca. Tocabas en cada momento libre.

 

Las enfermeras de la noche son las más simpáticas.

Había y no había una vez, en un bosque lleno de cables, sondas y tubos, un grupo de hadas que llegaban divertidas a jugar. Volaban entre los aparatos, danzaban al ritmo de sus pitidos y zumbidos, se perseguían, se escondían, se encontraban.

Preguntan si necesito algo. Sí, un milagro. Se ofrecen a traerme un café, preguntan por el libro que estoy leyendo. Pero no es por eso que las prefiero. Es porque cuando se te acercan para controlar un catéter intravenoso, la conexión al suero o un electrodo, transmiten la idea de que están maniobrando sobre una persona. Los movimientos son respetuosos. Actúan como si pudieras verlas, escucharlas, como si tuvieras la sensibilidad necesaria para sentir dolor. Tocan la puerta antes de entrar, dan las buenas noches y hasta sonríen. Una de ellas, sobre todo, es muy dulce. Se recibió hace poco y esta clínica es su primer trabajo. Tiene un hijo de ocho años y tal vez por eso cuando me mira encuentro una chispa de complicidad. Qué tranquilidad cuando la veo llegar, envuelta en tules, con una coronita en la cabeza y una varita mágica en la mano. Es una pena que esté sólo a la noche, preferiría que fuera ella la que te bañara cada mañana.

 

Yo estaba preparada para responderte, vos nunca preguntaste por tu padre. Las versiones que tenía preparadas iban cambiando según crecías, pero el tema no parecía interesarte.

Había y no había una vez un ogro, que salía de la cueva cada vez que tenía hambre y bajaba al pueblo a buscar niños tiernos. Como además era un gigante, los pasos resonaban como truenos y su altura tapaba el sol. Cuando en el pueblo se oía el estruendo y avanzaba la oscuridad, todos corrían a buscar y esconder a sus hijos. Siempre había alguno que no llegaba a tiempo. Por un llamado de la escuela me enteré primero de que te habían suspendido y luego de que estabas consumiendo, quedé anonadada. No podía creer que no me hubiera dado cuenta antes. ¿Qué pensaba cuando empezaste a pasar horas encerrado en tu cuarto, dejaste de hablarme, abandonaste el piano y a todos tus amigos? Sos mi primer y único hijo, parece una excusa, la verdad es que pensé que eras adolescente, que en algún momento todo pasaría y volverías a interesarte en la música, en el estudio, en tener una vida social. No me hablabas y me dolía pero no me parecía sintomático, odié a mi madre profundamente entre mis catorce y veinticinco años y después tuvimos una relación cercana hasta que murió, cinco años atrás. No estaba preocupada sino más bien enojada con vos, me preguntaba dónde habían ido a parar las conversaciones, lecturas, obras de teatro, clases de todo tipo que yo me había preocupado de que recibieras.

El llamado me abrió los ojos y lo primero que apareció fue la culpa. Con ella a cuestas me puse en movimiento. Aprendí muy rápido la diferencia entre drogas estimulantes, alucinógenas y depresoras. Le di un nuevo sentido a la manera en que te enojabas cuando un ejercicio en el piano no salía como querías, a la distancia con tus amigos de siempre, al acercamiento a unos pocos que nunca me gustaron. Empecé a ir a las charlas de Nar-Anon y a hacer, simultáneamente, miles de consultas para decidir qué era lo mejor para vos. Como ves, seguía creyendo que era capaz de darte lo mejor.

Me equivoqué. Decidí esa internación que no me perdonaste nunca. Me rogaste que no lo hiciera, jurabas que ibas a dejar sólo con la ayuda de un psicólogo, pero me había entrenado bien y me endurecí sostenida por el eslogan que me habían machacado: no eras vos quien me hablaba sino tu enfermedad. Volviste distinto, limpio, como decían en las charlas, pero eras otro. Una parte tuya se quedó en la granja. Nunca me contaste qué pasó durante esos meses. En realidad, a partir de ese momento no volviste a contarme nada, nunca más.

Terminaste el colegio, conseguiste un trabajo y te fuiste de casa.

 

Esta tarde el lobo visitó el piso. Una de las enfermeras estaba cambiándote la bolsa de drenaje, escuchó algo y salió apurada. Antes, cerró la puerta. Escuché corridas, imaginé a los médicos manejando el desfibrilador. ¿Cuánto tiempo lucharán antes de declararlo vencedor? Más tarde me enteré de que el paro lo tuvo la paciente de la 203, una mujer joven que ingresó hace tres días con un ACV. Conocí a sus padres en la cafetería de la clínica.

Me acordé de dos novelas que leí hace un tiempo. El tema en ambas era el duelo por la muerte de sus hijas. Una de ellas contaba el viaje que hizo de California a Madrid para que su hija muriera en la casa familiar. Me llamó la atención cómo describía sus sentimientos casi de la misma manera en que comentaba particularidades de España, como las comidas, por ejemplo. Se preguntaba cómo podía ser que las mujeres españolas comieran y disfrutaran las comidas mucho más que las americanas y, sin embargo, la obesidad no era un problema. Por momentos me parecía estar leyendo una guía turística. No volví a leer una novela de esa autora.

El otro libro era de una inglesa. Una mujer talentosa con una vida muy dura, sobrevivió a su hija y a su marido y también escribió sobre la enfermedad y la muerte de él. Creo que recién hoy percibo todo el peso de sus palabras: “Conozco la fragilidad y conozco el miedo, uno no teme por lo que ha perdido, teme por lo que todavía no ha perdido”.

Un autor español describe con una sutileza increíble los últimos días de su niño y le pone un color a esas horas, el violeta. La autora inglesa también colorea su duelo, en este caso con un tono azul.

Yo no puedo imaginar nada más negro que la idea de perderte.

 

Durante un tiempo, después de que te fuiste de casa, no supe dónde vivías. Te dejaba mensajes en el celular porque el dolor que sentía cuando rechazabas la llamada era insoportable. Al principio tu silencio era total, después aparecieron algunas respuestas. Lacónicas si eran escritas, humillantes si era un emoji. Pero al menos sabía dónde estabas, al otro lado de mi llamada. Casi dos años después aceptaste verme. No quisiste venir a casa, nos vimos en un café. Llegué temprano, quería sentarme frente a la puerta para poder verte aunque fuera unos instantes antes de que vos me descubrieras.

Por el horario que elegiste deduje que no estabas trabajando; por el estado de tu ropa y tu cara, que estabas consumiendo. Claro que yo ahora tenía más experiencia, así que no te pregunté casi nada, fingí demencia y me limité a sonreír, a decir lo contenta que estaba de verte. Puse todo mi empeño en no preguntar, no aconsejar, no sugerir. Respeté el tiempo que quisiste dedicarme, veinte minutos, y me despedí con un beso, como si este hubiera sido un encuentro casual que repetiríamos en cualquier momento.

No sé muy bien cómo logré contenerme hasta llegar a casa. Fue entrar y llorarme la vida. ¿Y sabés qué hice? Saqué todas las fotos tuyas de los portarretratos que estaban desparramados por el departamento. No quería comparar el bebé que gateaba entusiasta hasta su mamá, el niño que salía del agua feliz y orgulloso, el púber concentrado frente al piano, con el joven triste y desanimado en que te habías convertido. No quería seguir preguntándome dónde habían ido a parar, ni imaginar que tal vez seguían existiendo en una realidad paralela que algún día podría superponerse a esta, la de todos los días.

 

Hoy, cuando me dirigía a tu habitación, me frenaron porque estabas con una visita.

Había y no había una vez una hechicera, que recorría los pueblos buscando seres mágicos que estaban perdidos. Algunos habían olvidado sus sueños, otros no sabían cuál era su verdadero propósito en la vida. Cuando el amanecer empezaba a desgarrar la oscuridad del cielo, la hechicera se acercaba sigilosamente y con el primer rayito de sol les soplaba la cara. Así comenzaba para ellos el primer día de la vida que se merecían.

La visitante era Maia. Me quedé en la sala de espera. La vi salir triste pero decidida y hermosa como siempre. Me abrazó fuerte y nos pusimos a llorar las dos. Me acuerdo el día en que la conocí, la llevaste a casa en un cumpleaños. No te esperaba esa noche. En los últimos años nos veíamos más seguido, venías algunas veces a comer, atendías los llamados y hablábamos un poco. Que me presentaras una novia era de otro tenor. Ese día te vi radiante, con una mirada que se parecía mucho a aquella con la que salías del fondo de la pileta. La vi a tu lado y la quise inmediatamente. Todavía no sabía de su calidez, su simpatía, su empuje. Pero supe que era ella la que te esperaba en la pileta con los brazos abiertos, confiando en que eras capaz de zambullirte solo. Que hubieras enamorado a una mujer así me dio la pauta de que algo había cambiado. Comenzaste a hacer cursos para posicionarte mejor en lo laboral y lograste por fin salir de ese trabajo que odiabas. Retomaste la música. Te llevaste el piano al departamento que alquilaron juntos. Por ella supe que habías comenzado una terapia. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? Tres, cuatro años. En todo caso no los suficientes para fortalecerte, resistir su partida y seguir solo. Maia se fue. “No puedo más”, me dijo en una charla que tuvimos, días antes de que se mudara.

Vos tampoco pudiste. Por eso, esta vez te tiraste desde mucho más alto, asegurándote antes de que no había nadie esperando que emergieras.

 

Y colorín colorado, las hadas, la hechicera y el ogro ya se han retirado.

Silvia Iturriaga
Últimas entradas de Silvia Iturriaga (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio