Me estaba bañando cuando halé la toalla verde hacia mí. Ahí estaba: blancusa, flaca, casi transparente, mirándome con esa intensidad particular a su especie. La lagartija. Paralizada, me quedé aguantando la toalla a cada lado, y fue entonces que la bestia saltó, cayendo en mi pecho desnudo y mojado. Al mismo tiempo, instintivamente me eché hacia atrás, perdiendo el equilibrio y resbalándome en el piso de la bañera. Al caer, no solamente perdí de vista la horrible fiera, sino que me di fuertemente en la cabeza con la llave y perdí el conocimiento.
No sé cuánto tiempo pasé inconsciente. Sólo sé que cuando abrí los ojos me sentí desorientada, con un dolor insoportable en la cabeza. Por un momento, un solo, minúsculo momento, no recordé el porqué de mi situación. Tan pronto me vino a la memoria la grotesca imagen de la lagartija, me senté (esta vez por lo menos tuve la precaución de no darme otra vez contra la llave) y pasé mis manos sobre todo mi cuerpo, especialmente mi pelo, largo y rizo, en donde más de una vez he encontrado hojitas, hilos, y aun una abeja (muerta). El pensar en la grotesca lagartija aplastada contra mi cuerpo me daba náusea sólo imaginarlo. Pero la muy astuta había escapado, y sólo dios sabía en dónde se había escondido. Aun así, yo estaba cierta de que me miraba. Podía hasta sentir el movimiento lento de sus ojos horribles.
Despacio, muy despacio, puse primero un pie y después el otro sobre la alfombra. De ninguna manera iba a volver a usar la misma toalla contaminada por ese animal. La otra toalla —la más pequeña que se usa para las manos— me parecía tan lejos como otro país. Era imposible no asumir que la asquerosa lagartija estuviera escondida entre la toalla y la pared. Las he observado desde que era niña. Tengo conocimiento pleno de cómo operan.
Despacio, muy despacio, me acerqué a la toalla. Antes de cogerla, le di una palmada y salté hacia atrás, pensando que la muy lista brincaría otra vez hacia mí. Pero no, no estaba en la toalla, ni en el piso, ni siquiera en la ropa que había apartado antes de bañarme. Era muy posible que hubiera huido, inevitablemente hacia el cuarto, donde me esperaría hasta la noche, pensando, seguramente, que yo olvidaría nuestro encuentro y entraría como incauta a dormir. Sería entonces que ella saldría, patas pegajosas, poco a poco completando su inspección de mi ser.
Esto nunca ocurriría, nunca. Yo no lo iba a permitir. Lo que ella no sabía es que yo tenía todo listo para escapar —los zapatos al lado de la puerta y la llave del carro colgando de un gancho en la pared.
No era la primera vez que había sido atacada.
El mundo está lleno de lagartijas. Cuando era niña, todavía no sabía del alcance de sus miserables intrigas. Las miraba mientras hacían sus ejercicios grotescos en la veranda de mi casa y no me causaba la alarma apropiada ni la repugnancia infinita que hoy siento hacia ellas. El primer golpe lo di yo, al balancearme en el sillón, aplastando una de ellas sin querer. Todavía recuerdo el horror de oír el sonido peculiar de su fin, mi sorpresa al descubrir el cadáver que había resultado. Desde entonces, el mundo había cambiado para mí —de pronto había adquirido una especie de visión nueva—: podía ver, antes de que ocurrieran, los desastres que me esperaban. La muerte empezó a existir en todas las esquinas, tanto en las sombras como en el pleno sol. Cada pérdida sólo incrementaba mi odio contra la vil criatura que me había iniciado al mundo de la culpa, la inescapable culpa.
No debí haberme sorprendido cuando, ya libre de la casa, entré en el carro sólo para ver su estómago gelatinoso a través del parabrisas. Es que nunca podría escapar, ni ayer, ni hoy. Tendría, no que acostumbrarme a su desgraciada presencia, ya que eso es imposible, sino que vivir en espera constante, a todo minuto, con la pura certeza de que, en cualquier momento, vendría la invasión inevitable.
Ya no soportaba más la espera. Tendría que escoger —la lagartija o yo. Hui del carro, dejando la puerta abierta y corriendo hasta la calle sin parar. Aun ahora no sé exactamente si tomé la decisión de cruzar sin mirar, o si el terror me había cegado ya tanto que corría sin pensar. Aquí me dicen que no hay lagartijas. Estoy en un décimo piso y los que no comprenden asumen que ellas no llegan tan alto. Por eso, varias veces al día me bajo sigilosamente de la cama, a pesar del dolor constante en el que ahora vivo, para revisar mi cuarto pequeño y estéril. Busco debajo de la cama y sacudo las sábanas y almohadas, puesto que no me permiten ningún otro mueble en donde pudieran esconderse. A veces me cogen en medio de mi inspección (ellos también me miran) y me regañan como si fuera una niña. He tratado de explicarles el peligro diario en el que vivo —ya ven cómo me han dejado—, pero es inútil. Nadie comprende. Me miran, esperando. Pero yo nunca abandonaré mi vigilia. Nunca.
- La lagartija - jueves 27 de agosto de 2026


