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Cuatro microrrelatos de María del Consuelo Figueroa García

sábado 5 de septiembre de 2026
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La Tarea Fantasma

Aparece cuando todo está dispuesto para iniciar mis labores, siempre con cara de urgencia. Me lame las manos y me implora: “Yo primero, por favor, yo primero”, argumentando que hace mucho la tengo en el olvido.

Mentira.

Es lo último en lo que debería concentrar mis energías y, sin embargo, siempre la atiendo primero. Debería obligarla a volver a su rincón, quizá atarla, para que me dejara en paz. Mientras tanto, las verdaderas urgencias van quedando en el olvido, y es ella quien consume la mayor parte de mis días.

Hoy, por ejemplo, amanecí convencido de que debía terminar de ordenar esos archivos que desde hace semanas me persiguen. Pero ella, entrenada para sabotear cualquier tarea real, se lanzó sobre mí como kamikaze y exigió atención.

Así terminé reparando goteras a mitad de febrero, pretextando que pronto lloverá; calculando la dimensión de los hoyos negros, o, mejor aún, ansioso por ver el capítulo trece de alguna serie.

Siempre hay algo más urgente que lo verdaderamente urgente.

Y mañana volverá a seducirme mi Tarea Fantasma.

 

El rifle

Mañana, a las siete menos diez, el capitán entregará los documentos que confirman la ejecución de setecientos diez hombres fusilados hace cinco días.

—¡No hay esperanza! —dijo el triste capitán, con su voz de polvo.

Desde hace más de veinte años, acudo puntual, cada día, a las siete menos diez, a entregar el parte de fusilamiento de setecientos diez cadáveres que serán ejecutados ayer.

Pero nadie repara en mi demora.

Y mientras este papel —maldito sea— siga adherido a mi mano, el tiempo continuará doblándose sobre sí mismo, como una cinta de Möebius enrollada en la mira de un rifle que apunta a la nada.

 

Manual para no olvidarme del todo

A Gusgus, mi antiguo hermano

Mil mundos en una burbuja, anudados al humor del tiempo.

He perdido el apetito y, a veces, olvido alimentar al gato, el que, por cierto, todas las noches regresa muy tarde. No sé si pasa el tiempo maullándole a la luna o correteando a las distraídas lagartijas que acostumbran tomar el sol en la ventana.

Hoy empecé con nuevas manías: cuento los escalones de la entrada de mi casa —quince al salir, quince al volver. Pasa que la ausencia va borrando las cosas cotidianas, o las reemplaza por retazos de la memoria. El jueves pasado, cuando compraba magnolias, al intentar recordar su nombre, sólo vino a mi mente un goteo interminable de imágenes sin sentido: un vestido rosa de tafetán, tres gatitos de ojos color ciruela, un mensaje de mi madre pegado en la puerta del refrigerador que decía: “¡Come, si quieres llegar a vieja!”, y el llanto de un pequeño niño.

He tratado de hilvanar todo, muevo y quito piezas, y no logro saber de qué trata ese desfile de infelicidad. Supongo que son sólo recuerdos, hojas caídas de algún lado del árbol de mi vida. Hojas que, pisadas por el tiempo, se han quebrado, borrando un pedacito de historia.

Hoy, por recomendación del psiquiatra…, debo escribirme. Narrar mis episodios. Con comas, acentos y toda esa palabrería que llaman gramática.

Debo procurar sustantivar todas mis acciones, describir el mal humor de mis rodillas y la podredumbre de mis pulmones.

Ansío dar vuelta a la hoja y escribir, en el blanco papel, la feliz vida de alguien más. Alguien cuyas historias no sean sólo melodrama nocturno. Un sujeto dueño de sí, de su pasado, de sus alegres mañanas con sabor a mantequilla en los labios.

Y entre esta y la siguiente página siempre encuentro un abismo. Palabrerías revoloteando en mi cabeza y mis manos oseando los puntos y aparte, los paréntesis y los signos de exclamación.

Bonito dislate este de entenderse con la pluma: ¡que no cuenta!, que escribe en el mismo paisaje vacío.

Debo escribirme como soy, y no como he pretendido ser ayer, anteayer, el mes pasado.

Debo auscultar mi piel en busca de sus cicatrices y recordar de dónde nacieron, cuánto tiempo tardaron en sanar, el color de su carne viva y su coagulada sangre.

Debo caminar los rincones de mi casa, husmear en sus grietas, escuchar sus antiguos ecos y… narrarlos… gritarlos… vomitarlos.

El pasado es tan distinto a como lo recuerdo. Seguramente fui a la escuela. Lo sé porque ahora estoy escribiendo.

Seguramente amé, o tal vez jamás conocí ese atormentado sentimiento.

Qué violenta es la soledad… el vacío… el silencio.

Volteo las hojas de ayer: ¡nada! Nada de lo que leo suena a mí.

Todas esas líneas, como laberintos, se enciman en mi memoria, buscan un lugar en el rompecabezas, se acomodan… una chispa de luz… se sueltan… nueva oscuridad.

Hoy recordé la tercera dimensión de un reloj de manecillas. La casa estaba oscura. Al fondo de un largo pasillo, el gran árbol se agitaba. Pero no había viento. Las largas manecillas, flácidas por el cansancio del día, apuntaban al horizonte. Creo que eso significa sólo una cosa: eran cuarto para las tres. Por lo oscuro y solo del espacio, debo suponer que era de madrugada.

En astillas de culpa, bebo a sorbos el negro café de la mañana. Entre enloquecidos bramidos, mis manos, cada vez más tiesas, cada vez más torpes, en vez de anudar, enredan las agujetas.

¡Vaya ridículo! Imaginarse viejo es ingrato; estar viejo lo es más.

¡No confío en la gente a la que, a mi edad, le huele mal la boca! Denotan descuido y, pese al aroma Chanel que les baña, el tufo de sus avernos se desplaza, insoportable, al mundo real.

Ahí es cuando el arte reserva el homicidio para la imaginación.

Y sin embargo, cada noche dejo abierta la ventana, por si el gato regresa con respuestas. Me siento frente al espejo y le pregunto si aún soy alguien, o sólo el reflejo de una voz que nunca aprendió a callarse.

Después, acaricio la cajita azul donde guardo los retazos de mi cordura. Si mañana despierto y aún está cerrada, intentaré escribir otra vez.

 

El fin del mundo

El cielo amaneció con una grieta infinita en los ojos de Berganza. Nadie supo si era una nube mal acomodada en su iris o el principio del fin del mundo. Aquel caluroso día, los primeros en guardar silencio fueron los perros. En la esquina del mundo, el mar retrocedió como si quisiera olvidar algo sucedido desde el principio de los tiempos.

En las ciudades la gente siguió trabajando, porque el fin del mundo casi siempre parece un día cualquiera.

A mediodía la luz cambió de color.

Los pájaros comenzaron a caer como cartas sin destinatario.

En algún lugar, un hombre dijo que esto ya estaba escrito.

Las montañas crujieron como si alguien estuviera girando lentamente la llave del planeta.

Entonces el cielo terminó de romperse.

Y por la grieta empezó a caer la noche.

Berganza dice que el mundo empezó a acabarse el día en que su compañero de hazañas dejó de reír.

Dice que no fue un trueno ni una profecía, sino un silencio que se extendió por las calles.

Dice que caminaban juntos cuando el cielo se abrió como una herida vieja.

Dice que su compañero levantó la vista y murmuró que ya habían visto antes el principio de algo parecido.

Dice que las ciudades siguieron respirando unos minutos más, como un animal que no sabe que ya está muerto.

Dice que el mar se retiró con la paciencia de quien prepara una venganza.

Dice que su compañero de hazañas le preguntó si aquello era el apocalipsis o apenas el prólogo.

Dice que él respondió que el fin del mundo siempre empieza como una anécdota.

Dice que entonces el cielo terminó de quebrarse.

Y dice Berganza que desde ese instante todo lo que cuentan los sobrevivientes es apenas la sombra de aquella primera grieta.

María del Consuelo Figueroa García
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