En un estornudo la recordé. Casi se me cae el cofrecito de mármol, pero sólo se me cayeron el pasaporte y las llaves.
—Tú eres alérgico al polvo —me decía ella. Enterrada en la arena de la playa.
Qué habría hecho con esos pedazos de mármol revueltos con sus partículas, como unos vidrios que cortaban arena.
—No barras porque estornudas y te da gripe —insistía cuando hacíamos limpieza—. No salgas cuando hay lluvia.
A veces hasta escupía. Ponte paraguas, mija, le decía yo.
Le habría pedido una mano a la azafata. Todas amables y bonitas; con sus uniformes ceñidos al cuerpo parecían unos paraguas cerrados. Todavía no abordaba el avión y había uno que otro personal de limpieza.
No había pasado nada. Nada que se debiera limpiar, al menos. Eran las seis de la tarde, fui al baño a verme al espejo. Me vi los ojos vidriosos: pareces marihuanero, me dije. Las lágrimas y los estornudos me habían irritado la cara. Regresé a sentarme y puse el cofrecito en las piernas, intacto. Crucé mis pies sobre la mochila. Aún ni siquiera había pasado a migraciones. Faltaban cinco horas para mi vuelo. Ella solía sugerirme estar con cuatro horas de anticipación; una de las tantas cosas que decía sin propiedad, cosas que repetía de la boca de otros o que veía en un programa de televisión sobre mulas y drogas.
—Si ves una maleta por allí sin dueño, te alejas; si te piden favores diles que no.
Yo casi no viajaba en avión, y las pocas veces que lo hacía —como esta— sus palabras explotaban en mi cabeza con paranoias de terroristas; aviones estrellados en remolinos de fuego y lluvia de cenizas.
No la escuches: ella nunca viajó, me dije. Ella le tenía miedo a volar.
—Por eso no me voy para arriba —decía—; cuando me muera me iré para abajo.
No sabía nadar, tampoco: en el mar siempre parecía una niña. Recuerdo cuando le hacía videos bajo el agua; se movía en cámara lenta como sin gravedad. Ella nunca viajó por mar ni por cielo, y mucho menos por tierra.
No me ghostees.
Fue ese el último mensaje que me dejó en el chat. Tres horas después había tenido que reconocerla en unos depósitos de metal donde todo era helado. La respiración parecía humo de cigarrillo. Me guiaron por los pasillos laminados y entramos a las mesas de necropsia. Levantaron la sábana. ¿Es ella?, me preguntó el forense. Casi no recuerdo su cara, creo que siempre le vi de espaldas. A ella la reconocí de inmediato, aunque no se parecía a ella.
—Eres alérgico, no te expongas al frío —me decía cuando la gripe me estrangulaba y no me dejaba respirar.
¿La enterraremos?, le pregunté a Patricia, su hermana. Una mujer arisca, medrosa, aterrada con la edad pese a que las canas aún no ensuciaban su melena. Nunca se lo había dicho, pero siempre pensé que terminaría de la misma forma que su hermana. “A ella le daba miedo que la enterrasen viva”, me respondió. “Entonces, por si acaso, mejor no”.
Me dirigí a migraciones de una vez. Las miradas me ponían tan rígido como un esqueleto. Siempre he parecido culpable cuando me interrogan, cuando sospechan de mí.
—No te pongas tenso —me decía ella—. Si pasa algo es culpa tuya.
Siempre me parecía fatídica y pesada, sólo su hermana decía que ella era dulce.
—Pesa mucho —me había preguntado por chat. Siempre me molestaba que hiciera preguntas sin los signos.
—Tanto como dos libras de azúcar —le respondí y guardé el celular.
Me puse firme y disimulé una sonrisa, ajusté la tapa del cofre por si se salían los restos. Me quité la mochila, el cinturón y la chaqueta. Puse todo en la bandeja para el escáner.
El guardia, un hombre medio militar cuyo traje se parecía mucho a su piel, me pasó las paletas a los costados, como para detectar energía en lugar de metal. “Si es que todavía existes, ayúdame, plis”, le supliqué a ella casi como rezando.
Cuando pasó mi bandeja, la funcionaria la retrocedió. Observaba meticulosamente los objetos irradiados. Qué llevas allí, me preguntó. Son unas cenizas, aquí tiene el certificado de defunción y el registro con sello de la alcaldía. Vio los documentos con vacilación y me miró la cara para descubrir si eran falsos. Yo había estornudado. Las lágrimas me daban pinta de bueno.
Cargaba el cofrecito con delicadeza, como si llevara un recién nacido. ¿La lanzamos al mar?, le pregunté a su hermana.
—A ella le daba miedo el agua.
—Ojalá pudiéramos transformarla en cristal, ¿no?, o en un reloj de arena.
—Creo que lo mejor es comprar un columbario.
Dentro del avión me senté en la ventanita. Recosté un poco la cabeza, luego vi otra vez el cofrecito de mármol. Ojalá pudiera esparcir las cenizas en ese cielo.
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