
Hubo un tiempo en que las calles de Piura tuvieron un ser humano, un hombre, un personaje que, en su inmensidad, parecía salido de una novela, de un evangelio antiguo o de una página perdida de Diógenes. Caminaba por la ciudad con la ropa gastada, los pies sobre el cemento caliente y una voz que, a pesar de los años y del abandono, conservaba una extraña solemnidad. Hablaba de política, de música, de ciencia, de historia, de economía, de Alemania, de Chile, de Piura y del destino del Perú.
Para algunos era simplemente un hombre loco. Para otros, un personaje pintoresco. Para muchos, Octavio Zapata Albán terminó siendo algo más: un mito urbano de Piura. Pero detrás del mito había un hombre. Y detrás de aquel hombre que la ciudad aprendió a llamar “loco” existía una historia de inteligencia, viajes, cultura, militancia política, dolor, enfermedad y, sobre todo, una profunda humanidad.
Octavio pertenecía a esa clase de seres humanos que una ciudad termina incorporando a su memoria colectiva. No necesitó una estatua ni una placa para permanecer en Piura. Le bastaron una esquina, una voz y varias décadas de presencia cotidiana. Su territorio estuvo en las calles del centro, particularmente en el entorno de Tacna y Ramón Castilla, donde encontró su particular refugio. Allí, entre el tránsito, el ruido, el calor y la indiferencia de los transeúntes, construyó una forma de existencia que terminó convirtiéndolo en parte del paisaje humano de la ciudad.
Un hombre que había conocido otros mundos
Las historias que se conservan sobre Octavio hablan de un hombre de extraordinaria inteligencia. Nacido el 30 de agosto de 1948 en Piura, vivió en el Barrio Norte, en la tradicional Mangachería. Fue políglota, poseedor de una amplia cultura y profesor de alemán en la Universidad Nacional de Piura. También tuvo una relación intensa con la política y con el mundo latinoamericano de su tiempo.
Su paso por Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, forma parte de los relatos más conocidos de su vida. Según testimonios recogidos años después, estuvo vinculado al proceso político chileno y posteriormente sufrió las consecuencias de la represión que siguió al golpe de Estado. La experiencia habría dejado profundas huellas en su vida. La memoria urbana cuenta que regresó al Perú con heridas físicas y emocionales que nunca terminaron de cicatrizar.
Sea cual fuere la dimensión exacta de aquella tragedia, hay algo que resulta evidente: Octavio no había nacido en la calle. Había conocido aulas, libros, universidades, viajes y debates políticos. Había vivido en otros países y había pertenecido a un mundo intelectual que, con el paso del tiempo, fue quedando atrás.
En 1982, cuando Piura fue golpeada por las lluvias y el desborde del río, Octavio volvió a aparecer en otra dimensión de su vida. Miguel Godos Curay recuerda que acompañó a Alan García en una de las primeras ayudas que llegaron desde Lima y que contribuyó con medicamentos, vacunas y productos para enfrentar las enfermedades provocadas por el desastre. Aquel hombre que años después sería visto cubierto de harapos había participado, en otro momento de su vida, en la atención de una ciudad golpeada por la naturaleza.
La paradoja resulta conmovedora: el hombre que alguna vez ayudó a una ciudad terminaría necesitando de esa misma ciudad para sobrevivir.
El hombre que Piura llamó loco
Con el paso de los años, la enfermedad, el abandono y las circunstancias personales fueron quebrando aquella existencia anterior. Octavio terminó viviendo en las calles. Pero la calle no consiguió borrar al hombre que había sido.
Quienes conversaron con él recuerdan su extraordinaria memoria, aunque fragmentada; su capacidad para pasar de un tema a otro; sus conocimientos sobre música, política, tecnología, historia y economía. Miguel Godos lo describió como una especie de enciclopedia cuyas páginas habían sido arrancadas, pero cuyos fragmentos todavía conservaban una sorprendente lucidez.
Octavio podía hablar de energía atómica y, unos minutos después, de música piurana. Podía recordar compositores, discutir sobre política o explicar con sus propias palabras la llegada de la fibra óptica. Su pensamiento podía aparecer perfectamente articulado y, de pronto, perderse en asociaciones incomprensibles. Era precisamente esa frontera entre la lucidez y el delirio la que desconcertaba a quienes lo escuchaban.
La ciudad lo convirtió entonces en personaje. Algunos se reían. Otros lo observaban con curiosidad. Algunos le temían. Muchos simplemente pasaban a su lado. Pero también hubo quienes decidieron escucharlo.

El profeta de las calles
Octavio no fue un mendigo convencional. No parecía pedir solamente unas monedas. Lo que ofrecía era su palabra. Hablaba. Y lo hacía como si estuviera frente a una multitud invisible. Su voz podía convertirse en discurso político, en reflexión filosófica, en recuerdo, en poesía o en una sucesión aparentemente incomprensible de ideas. Su aspecto contrastaba con la solemnidad de su lenguaje. El cuerpo estaba deteriorado, pero la palabra conservaba, muchas veces, la dignidad de quien alguna vez estuvo acostumbrado a los libros y a las aulas.
Por eso Octavio terminó adquiriendo una dimensión casi profética. No porque necesariamente anunciara el futuro, sino porque decía verdades que muchos preferían no escuchar. En una de sus conversaciones recordó que los niños eran el capital intelectual del Perú y lamentó que la sociedad olvidara a los niños y a los ancianos. En otra ocasión habló de la inteligencia, de la economía, de la política y de la pérdida de aquello que consideraba esencial para el país.
Tal vez su discurso estuviera desordenado. Tal vez algunas veces fuera incomprensible. Pero incluso dentro de su aparente desvarío aparecían preguntas que siguen siendo perfectamente razonables: ¿qué hemos hecho con nuestra inteligencia?, ¿qué hemos hecho con nuestra libertad?, ¿qué hemos hecho con nuestra capacidad de vivir dignamente?
La sencillez como una forma de libertad
Y aquí aparece, quizá, la enseñanza más profunda que Octavio dejó a Piura.
Vivió con casi nada. No tuvo casa, automóvil, oficina, armario ni las comodidades que la mayoría considera indispensables para vivir. Su habitación podía ser una esquina. Su techo, el cielo. Su sala, una calle. Su compañía, los transeúntes. Y, sin embargo, había algo que nadie podía comprarle: su libertad.
Octavio parecía haber renunciado a muchas de las cosas que nosotros perseguimos desesperadamente. Mientras miles de personas viven preocupadas por acumular bienes, alcanzar posiciones, pagar deudas, construir apariencias y sostener una determinada imagen ante los demás, él podía sentarse en una esquina y simplemente existir. No tenía casi nada. Pero, a su manera, parecía dueño de su tiempo. Quizá allí se encuentre la paradoja de su vida.
Nosotros lo mirábamos desde el colectivo, el taxi colectivo; a veces tomábamos fotos y hablábamos de él en nuestra casa, en el aula universitaria, en la oficina, en la calle, pensando que él era el hombre que lo había perdido todo. Pero ¿quién había perdido realmente? ¿El hombre que tenía poco y podía caminar libremente por la ciudad? ¿O quienes tenían casas, dinero, títulos, vehículos, familias y comodidades, pero ya no sabían disfrutar de una tarde, conversar sin prisa, mirar el cielo o sentirse verdaderamente libres?
Octavio, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en un espejo. Y quizá por eso a algunos, a muchos, incomodaba.
La familia que encontró en la ciudad
La historia de Octavio también contiene una dolorosa paradoja: la soledad de un hombre rodeado permanentemente de gente. No tenía un hogar convencional. Pero tenía una ciudad. Y, al final de su vida, algunos piuranos comprendieron que no podían permitir que aquel personaje muriera abandonado en una vereda.
El pintor Mario Navarro fue uno de quienes se acercaron a él. Navarro retrató a Octavio y a otros personajes de las calles de Piura, convirtiendo a los llamados “invisibles” de la ciudad en protagonistas de su obra. El propio diario oficial El Peruano recuerda a Octavio como uno de los personajes callejeros piuranos retratados por el artista.
Pero hubo algo más importante que retratarlo: mirarlo como ser humano.
En una noche de Navidad, don Miguel Godos relató haber compartido una comida con Octavio y describió sus modales finos y su dignidad, pese a las condiciones extremas en las que vivía. Aquel episodio revela algo que la calle nunca pudo quitarle: su sentido del decoro.
Así, poco a poco, algunos artistas, periodistas, vecinos y ciudadanos fueron convirtiéndose en la familia que la vida le había negado o que, por las circunstancias, ya no tenía cerca. No fue la sangre la que terminó cuidándolo. Fue la solidaridad.
El último día 30
Octavio Zapata Albán murió el 30 de marzo de 2017, a las 5:30 de la mañana, después de haber sido trasladado a un hospital cuando su salud se deterioró gravemente. Y la memoria popular conservó una coincidencia que parece salida de una leyenda: había nacido un día 30 y murió también un día 30. Como si hasta el calendario hubiera querido añadir una última señal a la historia de aquel personaje.
Murió lejos de aquella esquina que durante tantos años había sido su refugio. Pero no murió completamente solo. En sus últimos días, quienes habían aprendido a reconocer al hombre detrás del personaje estuvieron cerca de él. La ciudad que tantas veces lo había observado desde lejos terminó acercándose cuando más lo necesitaba.
El mito permanece
Hoy, cuando Octavio ya no camina por las calles de Piura, queda una pregunta inevitable: ¿qué fue realmente? ¿Un loco? ¿Un intelectual derrotado por la vida? ¿Un enfermo abandonado por la sociedad? ¿Un poeta sin libros? ¿Un profeta sin templo? Tal vez fue un poco de todo eso. Pero sería injusto reducirlo a cualquiera de esas palabras.
Octavio fue, sobre todo, un ser humano.
Un hombre que conoció otros países y terminó durmiendo en las calles. Un hombre que habló varios idiomas y acabó conversando con quienes apenas podían comprenderlo. Un hombre que alguna vez ayudó a Piura durante una de sus mayores tragedias y que, años después, necesitó que Piura lo ayudara a él.
Un hombre que perdió muchas cosas, pero que conservó hasta el final una extraña dignidad. Y quizá esa sea la razón por la que Piura no lo olvidó.
Porque algunas ciudades tienen monumentos de bronce. Piura tuvo a Octavio. Y mientras otros buscaban la felicidad acumulando cosas, él, con sus harapos, sus palabras y sus pies desnudos, terminó enseñando una lección que todavía incomoda: que tenerlo todo no significa ser libre, y que vivir con poco no necesariamente significa haber perdido la vida.
Octavio se fue una madrugada.
Pero quedó caminando por la memoria de Piura. Como caminan los mitos urbanos: sin casa, sin estatua y sin permiso. Simplemente, permaneciendo.
Fuentes
- Chávez, Richard (30 de mayo de 2010): “‘Yo le lustre los zapatos a Haya de la Torre’: Ubaldo Octavio Zapata Albán”.
- Checa, Koky (30 de junio de 2015): “Octavio Zapata, ‘el profeta’: su triste historia” (video).
- Godos Curay, Miguel (3 de diciembre de 2015): “Historias inolvidables de Navidad”.
— (31 de marzo de 2017): “Octavio se fue con la lluvia”. Piura Unida. - Noticias Piura 3.0: “Octavio Zapata se fue esta mañana”.
- Palacios, Víctor (30 de agosto de 2020): “Piura recuerda a Octavio Zapata: hoy hubiera cumplido 72 años”. Piura: Diario El Tiempo.
- Rivera Saavedra, José (26 de enero de 2017): “Una mente brillante entre los olvidados de la calle: Octavio Zapata, el insigne personaje que recorre la ciudad, se encuentra postrado en la cama de un hospital”. Lima: La Mula.
- Octavio Zapata Albán: el ser humano, el hombre, el profeta, el mito de Piura - martes 29 de septiembre de 2026


