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La casa de Burstin

domingo 4 de octubre de 2026
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La casa de Burstin, por Sara Brenes Akerman
Cuando finalmente cruzo el umbral, estoy a punto de cumplir treinta años. Al entrar, siento que entro no sólo a un espacio físico sino a una sección de mi propia imaginación, y siento, además, que todo lo reconozco.

No me acuerdo de quién me contó lo que había pasado allí. Es una de esas cosas que sabemos desde que tenemos memoria tal que la idea de no saberlo, de haberlo aprendido como se aprende lo que nos es ajeno, parece incongruente. Lo supe desde siempre.

La casa estaba si acaso a una cuadra de la casa donde crecí y servía, entonces, como punto de referencia para dar direcciones. “De la casa de Burstin, 200 metros oeste”. En Costa Rica las direcciones se dan así, no con nombres de calles ni con números de casa, sino con lugares. A veces los puntos de referencia ya no están o han cambiado y entonces le agregamos “la antigua” o “el antiguo” a lo que solía ser. Uno podría decir, por ejemplo, “de la antigua casa de Burstin, 200 metros oeste”. El lenguaje, en San José, preserva geografías perdidas.

De pequeña, nunca tuve curiosidad por siquiera descubrir cuál había sido su primer nombre. El doctor Burstin y el fragmento de su vida que había hecho contacto con la mía eran simplemente parte del paisaje. Uno no cuestiona las particularidades de la calle donde se fue niño. Las cosas eran como eran porque pertenecían al mundo que me precedía, el que imaginamos como un telón de fondo, aguardando nuestra entrada, inmutable y predeterminado.

Pero, con el tiempo, me fui despertando a la extrañeza de la casa. La extrañeza misma de su arquitectura —una simulación del estilo Tudor en pleno San José, blanca con detalles negros, con chimeneas y techos triangulares que no se parecía a ninguna otra casa que yo hubiera visto— y a la extrañeza de lo ahí sucedido. No me acuerdo, tampoco, de cuándo la casa y el evento, o la conciencia de éste, dejaron de ser parte de la calle y se me convirtieron en presencias.

Es difícil decir lo que pasó. Difícil porque escribirlo es sencillo, y la única oración que me tomará contarlo no reflejará la enormidad del hecho.

El 30 de diciembre de 1985, el doctor Luis Burstin, cardiólogo de profesión —de cierta notoriedad pública por haber fungido como doctor del presidente Figueres Ferrer y tener un programa en televisión—, se disparó en el pecho, a sus cincuenta años, en el segundo piso de su casa, dentro del closet del cuarto principal.

“Me acuerdo de ver carros de policía afuera de la casa”, recuerda mi mamá, quien ya vivía en el barrio ese día de diciembre.

Según mi tío José Isaac, el doctor Burstin había perdido todo su capital y el de algunas otras personas en una mala inversión. No sé si José Isaac sabe esto a ciencia cierta o si está, más bien, repitiendo un rumor ya muy viejo.

De niña, cuando pasaba frente a la casa y la notaba, me imaginaba que el evento se repetía allí dentro una y otra vez. Siempre estaba ocurriendo, en un ciclo interminable, como si la casa misma hubiera grabado ese instante y lo proyectara sin parar.

Es raro saber de una muerte ajena de un modo a la vez tan cercano y tan superficial. No es de ninguna forma mi historia ni la de mi familia. Es simplemente algo que pasó muy cerca de donde crecí. Y, sin embargo, viví con la idea del doctor Burstin y con el eco de su muerte durante todos los años de mi infancia. Su recuerdo —su espectro— son parte esencial de mis primeros recuerdos. Cuando pienso en él no soy yo la que lo piensa, sino la niña que fui. Aquella que llegaba a la casa después de la escuela a comer queque de naranja.

Y quizás aquí está la clave de por qué lo siento más cercano de lo que debería. Saber sobre la muerte de este extraño, de este fantasma vecino, se entremezcló accidentalmente con la muerte de mi papá, a mis casi tres años, y la de mi abuelo, a mis cinco, y llegó a completar un trío de ausencias que formaban un todo.

“¿Se ha vuelto a aparecer aquella cosa esta noche?”. Jacques Derrida, en Specters of Marx, usa la figura del rey Hamlet —a quien únicamente conocemos en su forma espectral— para desarrollar la idea de “spectralité”, lo que la teorista Carla Freccero, en su libro Queer/Early/Modern, define como “un modo de atención histórica que los vivos pueden tener hacia lo que no está presente pero de alguna manera aparece como una figura o una voz”.

En Halloween, tocábamos el timbre de la casa y salíamos corriendo, aterrorizados de que alguien abriera la puerta pero tal vez, al mismo tiempo, deseosos de que algo emergiera de esa casa oscura.

Los niños muy pequeños entienden la muerte como un fenómeno temporal y reversible. Lo extraño es que cuando crecí y logré, finalmente, entender el concepto de permanencia e irreversibilidad, nunca me abandonó la sensación de que en algún lugar del mundo mi papá seguía vivo. Muchas veces soñaba que tenía otra familia en un rincón lejano y un día lo encontraba y llegaba a su casa adonde, sentado, me saludaba, feliz, como si me hubiera estado esperando desde hacía muchos años.

No me ayudó, por ejemplo, que poco después de que mi abuelo muriera, saliera en las noticias comprando manzanas. Era una nota sobre supermercados y en el fondo, pero claramente visible, estaba él, escogiendo frutas, mientras el reportero hablaba sobre quién sabe qué alza de precio. Me acuerdo de haber estado con mi abuela, y me acuerdo de haberla visto llorar.

Estos son mis fantasmas.

Fue hasta hace pocos años que desarrollé un interés genuino por el doctor Luis Burstin. Quiero decir que se me ocurrió que mi comprensión de su vida no tenía por qué limitarse a lo poco que pude asimilar de pequeña sino que estaba en mi poder reencontrarlo ya de grande. Entenderlo de nuevo y mejor.

La teorista Wendy Brown propone que “no heredamos ‘lo que realmente les ocurrió’ a los muertos, sino lo que sobrevive a ese acontecimiento, lo que se conjura a partir de él, cómo las generaciones y acontecimientos pasados [...] nos reclaman y cómo acechan, plagan e inspiran nuestras imaginaciones y visiones del futuro”. Creo que lo que quise, en el fondo, fue cambiar lo que, para mí, vivía en esa casa. Quería conjurar su vida además de su muerte.

Lo primero que encontré fue una mención breve en la edición de 1984 de Cambridge History of Latin America, volumen VII, p. 405:

It is noteworthy that thanks to the intervention of Luis Burstin, Figueres’ physician who had been a militant member of the Communist Party and very close to Manuel Mora [Communist Party founder], a close relationship had been established between Mora and Figueres.

(“Cabe destacar que, gracias a la intervención de Luis Burstin, médico de Figueres que había sido militante del Partido Comunista y muy cercano a Manuel Mora [fundador del Partido Comunista], se había establecido una estrecha relación entre Mora y Figueres”).

En el registro civil encuentro su acta de defunción, firmada el 24 de enero de 1986, la cual especifica que murió a causa de una “laceración cardíaca, herida por proyectil de arma de fuego, suicidio” a sus cincuenta años, en Pavas, San José.

(Mi papá murió el 8 de enero de 1993, en Santa Rosa de Copán, Honduras.

Mi abuelo, el 15 de junio de 1995, en el Centro de Santa Ana, San José.)

Encuentro, también, esta fotografía:

La casa de Burstin, por Sara Brenes Akerman

Se me hace difícil verlo así, vivo, a sabiendas de lo que iba a pasar. Sin embargo, mientras más lo pienso, más me parece injusto ver en esa fotografía solamente el presagio de su muerte. En su libro Twenty-eight Artists and Two Saints, la gran ensayista Joan Acocella advierte en contra de buscar en el final de las cosas su último significado. “[I]t is a species of sentimentality to believe that the end of something tells the truth about it”, nos dice (“Es una especie de sentimentalismo creer que el final de algo dice la verdad sobre lo que fue”).

Es diciembre de 2019 y estoy de visita en San José para ver a mi familia. Paso por la calle donde crecí y noto que la casa de Burstin tiene un letrero de “se vende”. Llamo. Siempre he sido pésima mentirosa: me pongo nerviosa, hablo rápido, me confundo. Pero en esta ocasión, a sabiendas de lo que está en juego, me entra una especie de calma milagrosa. No me queda más que mentir y decirle a la corredora de bienes raíces que tengo un interés genuino en la casa, a la venta por un millón de dólares. Digo que la casa sería para alguien más, una familia estadounidense sobre la que no doy muchos detalles. No sé si la persona al otro lado de la línea me cree, pero accede a mostrarme la casa.

Cuando finalmente cruzo el umbral, estoy a punto de cumplir treinta años. Al entrar, siento que entro no sólo a un espacio físico sino a una sección de mi propia imaginación, y siento, además, que todo lo reconozco. Noto una luz desgastada y difusa, un papel tapiz floreado, el sentimiento de que el tiempo aquí adentro se ha suspendido.

Mi mamá se encarga de hacerle preguntas a la agente de bienes raíces, mientras yo camino por la casa, sorprendida de haber llegado a su interior.

La casa de Burstin, por Sara Brenes Akerman
Mi mamá dentro de la casa. Me pareció extraño estar adentro viendo hacia fuera.

Subo las gradas y pongo mi mano sobre la baranda, tratando de tocar algún lugar donde la suya pudiera haber estado. Camino por el pasillo hacia el cuarto principal y entro al closet. Nada pasa allí.

Pero cuando me quedo un momento más, noto un sentimiento ya muy viejo. De repente, toco el mundo donde nunca deja de ser posible que algún día regresen, donde nunca se fueron. Y, por un instante, el doctor Burstin aún no muere y mi papá y mi abuelo están vivos a unos pocos pasos de aquí.

La casa de Burstin, por Sara Brenes Akerman

Sara Brenes Akerman
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