Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


Aventuras de Pegoncito en la Escuela del Estadio
Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

ESTIMADA SEÑORA:

El problema principal eran los compañeros de clase. Apenas empecé en la Escuela del Estadio, en cuarto, me agarraron de punto. Al principio más bien me empujaban; después fue empeorando. Yo les decía que quería estar en paz, pero no les importaba. La primera vez que me metieron la cabeza en el water fui y le conté a Ana, la maestra. Me dijo que no me preocupara: posiblemente la cosa mejoraría. No fue así. Más adelante me di cuenta de que no hay que andar con chismes. No ser un alcahuete. Es mejor aguantárselas. Y cobrárselas. Hay que ser como ellos, porque si no, lo revientan a uno. Le hacen la vida imposible. Como se enteraron de que fui a contarle a la maestra, en el recreo me cortaron para la salida. A la salida me puse en posición de boxeo, pero vinieron de a cuatro o cinco y me pegaron con las carteras. Quedé aturdido, y en eso llegó el que me había desafiado y me dio una piña en el estómago que me dejó sin aire. Mientras me doblaba, por suerte me esperó. Pero apenas me recuperé un poco y quise seguir: otra, en el mismo lugar. Dobladito, quedé. Era uno al que yo le había puesto un nombrete. "Choriceta". Por eso me habían agarrarado, él y su banda, para meterme la cabeza en el water. Y al día siguiente, también.

Soy bastante bueno para poner nombretes. Ése, Choriceta, no se lo sacó más. Pero Choriceta no era el más bravo. Uno que se llamaba Baldomir era el peor. Mucho más grande que yo, era, y dos años mayor. Faltaba dos por tres. Aunque parezca mentira, eso de faltar le daba prestigio. Si había estado enfermo, decía que se había hecho la rabona. Hacerse la rabona, daba fama. Era como si la clase fuera dos mitades: el grupo de Baldomir, y los demás. Los demás no participaban ensuciándome la túnica con tinta o manteca, pero tampoco me ayudaban. Miraban para otra parte. Por eso yo sentía como si fueran todos contra mí: uno al que había que darle, como decían Baldomir y su banda. Pero la cosa tenía que cambiar, y rápido. Resolví vengarme, y que cambiara todo, y yo en primer término. Es lo que tengo de positivo, que soy voluntarioso. Hice un plan que empecé a aplicar al comienzo de cuarto año. Al final ya había logrado cobrármelas en buena medida.

Tenía que ganarme a la otra mitad de la clase. De golpe, no se podía; fui lográndolo de a poco. Empecé con algunas niñas. Observé cuáles eran las más chismosas y, entre ellas, las que menos gustaban de Baldomir. Elegí a una, y en un recreo, le di conversación. En determinado momento, le dije: "No lo vayas a contar, pero ¿sabés cómo le dicen a Baldomir? P E D U L F O. Imaginate por qué". Apenas oyó el nombre, largó la carcajada, y al fin del recreo ya todas sus amigas estaban riéndose de él. A los tres días todos, menos Baldomir, sabían que él era Pedulfo. Es increíble cómo un nombrete bien puesto tiende a quedarse pegado. Baldomir ya no era más Baldomir, sino Pedulfo. Uno es su nombre. O su nombrete. A mí me pusieron Pegoncito en quinto.

Con los días y las semanas me fui haciendo de algunos amigos. Para continuar con mi táctica de desbancar a Pedulfo del liderazgo, hice una lista de niños de mi clase, pero también de otros cuartos y quintos, que les gustara jugar a la bolita pero que no tuvieran, o que tuvieran pocas. Los desafiaba a jugar. Cuando les había ganado unas cuantas (soy bueno jugando a la bolita), les pasaba el brazo por el hombro y se las devolvía. Así me hice de una pila de socios, y llegué a ser el único que tenía amigos en otras clases y en quinto. Incluso a veces les regalaba alguna favorita. No muchas, para que conservaran su valor. A mí en cuarto me ayudó mucho el ser observador. Yo observaba, me imaginaba a los compañeros como quien dice desde su punto de vista. Me ponía en su lugar, y trataba de imaginarme cómo reaccionaría yo mismo. Pensaba no una: muchas veces en las posibles consecuencias de mis actuaciones. Nunca pude ganarle a Pedulfo a la bolita, porque no jugaba conmigo. Sabía que iba a perder, y nunca quiso. Pero eso lo aproveché para ganar muchas apuestas y, de paso, desprestigiarlo. Apostaba con otros a que no lograban que Pedulfo jugara a la bolita conmigo. Cuando llegaba el momento de cobrar la apuesta, les sugería que les había ganado no porque a él no le gustara jugar a la bolita. Era porque me tenía miedo. Porque sabía que iba a perder. Que era un mal perdedor. Así iba manchando la imagen y el prestigio de Pedulfo.

Para seguir serruchándole las patas, elegí a uno de sus secuaces. Era su seguidor más incondicional, de apellido Bentos. Su segundo al mando. Yo le tenía especial fastidio, porque no era un líder, pero se creía que era. Qué iba a ser. Lo que hacía era seguir a Pedulfo y obedecerlo en lo que él le dijera. El prestigio de Baldomir se apoyaba en varias patas. Una era su identidad, asociada al apellido. Al cambiárselo por un nombrete, mellé bastante esa pata. Otra era lo grande que era, en cuerpo y edad. Prebenda de repetidor; eso ya vería yo cómo atacarlo. Una tercera, era su segundo. Si yo reventaba a Bentos, si hacía que me tuviera miedo, tambaleaba la supremacía de mi enemigo. Le robé la moña a Marlene, la niña bonita de la clase, sin que se diera cuenta; después le dije a mis amigos que había sido Bentos. En seguida me propusieron que le diéramos una paliza. Era lo que yo quería. Pero había que esperar a que Pedulfo se enfermara o se hiciera la rabona. La oportunidad no tardó en presentarse. Usé esta vez la misma táctica que Choriceta, pero en el recreo, para que todos vieran. Antes corrí la voz de que Bentos se la iba a ligar, así que había expectativa.

Cuando lo agarraron estaba allí, paradito, como pidiendo que fuéramos a pegarle. Es que si uno no pegaba, le pegaban a uno. Se creían que uno era medio tarambana, y le pegaban. Los que pegaban, no eran tarambanas. Así que fueron los míos y empezaron a empujarlo y a pegarle. En eso llegué yo y los espanté. Bentos se creyó que yo llegaba para ayudarlo, y se descuidó: le encajé una piña en el estómago, y mientras se doblaba sin aire, dije bien fuerte, para que todos me oyeran: "Hay que pelearse de a uno, no en patota". Cuando estaba recuperándose, zácate: otra piña. La maestra Ana vino, me agarró de la oreja y me llevó derechito a que fuera a darle explicaciones al Guasón. Era el nombrete que yo había hecho correr por toda la escuela; el nombrete de la directora. En aquella ocasión tuve un gesto noble (algo es algo); no denuncié a Bentos por ladrón de moñas. Lo que le dije al Guasón es que la pelea había sido por cuestiones de chiquilines. Le sugerí que lo mejor era que hablara el tema con mi papá. El Guasón es una persona razonable, después de todo. Me soltó sin ningún problema. "Los nirios que térgar problemas, pueden hablarlos cor-la-ma-estra", me dijo. La directora creía que estaba cumpliendo una importante misión sobre la Tierra. Y a lo mejor sí. ¡Quién sabe! A la salida del antepenúltimo día de clase, en cuarto, estaba parada al lado de la puerta de la salida, de moño, campanilla en mano, y pintarrajeada como nunca. Gritaba a cada clase que salía: "¡¡Los nirios que térgar una sola túrica, puedem venir sir túrica!!" Quería que la fiesta de fin de curso luciera con niños de túnicas blancas y limpias. No estaba mal pensado. Yo siempre la consideré una persona democrática, con muchas consideraciones para con nosotros, los nirios.

Aquel día de la pelea con Bentos fue memorable. Apenas sonó el timbre, fui a hablar con El Quince, Marlene, y le dije que me había peleado con Bentos porque sabía que él le había robado la moña. Gané puntos en pila, y así empecé a tener un poco de fama de pegador. Había que ver qué iba a hacer Pedulfo cuando llegara al otro día. Cuando se enterara de que yo había zumbado a Bentos. Pero yo tenía ya alertados a mis amigos de quinto. Lo estaban esperando. Apenas llegó, lo rodearon y le dijeron que si llegaba a tocarme un pelo lo iban a hacer bolsa. Yo tuve buen cuidado de mantenerme tranquilo. De no jactarme ni provocarlo. Creo que a partir de entonces empezó a tenerme más respeto. Nunca más me manchó la túnica con tinta. En cambio se la manchaba yo a él, dos por tres. Pero sin que se diera cuenta de que había sido yo. Lo que hacía era esperar uno o dos minutos antes de que sonara la campanilla del recreo para impregnar una bolita de papel, bien chiquita, en tinta. La ponía en un canuto de bolígrafo y esperaba a que sonara el timbre. Él era uno de los primeros en levantarse. En el borbollón de la salida, plácate. En la espalda. Ni cuenta se daba. Yo no sé cuántos litros de agua clorada habrá tenido que usar la madre para limpiarle la túnica.

Fue un año duro, pero también bastante movido. Teníamos muchas diversiones. Practical jokes. Un truco que se me ocurrió, y que practiqué con gran éxito, fue poner el compás extendido a lo largo del fondo de la cartera, de tal manera que asomara la punta. Era un arma temible, con la que pinché a media escuela, en las filas, en los borbollones de la salida. Lo bueno era que no se daban cuenta. No podían ver nada, porque el pinchazo venía de abajo. Y en cuanto pinchaba, la punta se metía para adentro y no se veía. ¿Quién había sido? ¿ Y yo qué sabía? Cualquiera, menos yo. Otra diversión que teníamos era enganchar para Boleo. Cuando enganchaba, los espiaba hasta que se descuidaran y se olvidaran de la contraseña, dos dedos extendidos en la cara. Después me iba por atrás y los levantaba en el aire de una patada en el traste. "¡Boleo!", les gritaba. Pero más divertido era ponerse de acuerdo con un aliado. Yo le pedía que fuera a hablar con alguno que hubiera enganchado conmigo y que se pusiera a jugar de modo que el otro tuviera que usar las dos manos. Que tuviera que olvidarse, aunque fuera por un momento, de la contraseña. Por ejemplo jugando al Sapito con figuritas. Eso era muy bueno, porque en general jugaban agachados, y mi patada del Boleo los hacía aterrizar en la tierra del patio. ¡Con qué alegría les gritaba: "¡Boleo!". Había que planear cada pegada. Andar por ahí, merodeando de lejos, acercarse por atrás con cuidado de no ser visto. Había que tener paciencia y buscarle la vuelta, el momento oportuno. Después de haberlos boleado, enseguida desenganchaba. Tener paciencia —paciencia aplicada—, me dio muchas satisfacciones. Pero hay que ser observador, también. Durante algunos recreos me divertía entrando a la clase unos minutos antes de que sonara la campanilla. Me asomaba a la ventana que daba a la calle y cuando pasaba alguien le chistaba y cambiando la voz les gritaba alguna grosería. Insultos. Pero no me ocultaba. Me tapaba la cara y miraba al insultado entre los dedos. Yo los veía, veía sus reacciones; ellos sólo veían a un niño con la cara tapada. Una vez vi a la directora y no pude contenerme: "¡GUAAASOOON!", le grité, y me tapé la cara. El Guasón se puso a mirar hacia mí, sin bajar la vista, atenta, y allí siguió, como clavada en el piso. Y yo tampoco aflojaba. Seguía con la cara tapada, mirándola entre mis dedos. Vi que a los dos o tres minutos bajó la vista para mirar el reloj: aproveché para esconderme. Cuando levantó la vista y no vio a nadie en la ventana debe de haberle dado rabia. Debe de haber pensado que vio un espejismo. Era peligroso seguir con ese juego. Le conté la idea a Choriceta, como si se me hubiera ocurrido recién. Entonces, sin darse cuenta, empezó a sustituirme. Yo fui con el comentario de la locura que estaba haciendo ese niño a una alcahueta de la maestra. Al otro día lo pescaron haciendo la gracia, y tuvo que ir a dar explicaciones al Guasón.

A mediados de cuarto año fue cuando llegó el momento en que empecé a mandar a los varones de la clase. Yo tenía ya muchos aliados. A veces, con trompos, figuritas o lo que fuera, me ponía de acuerdo con ellos para darle una golpiza a alguno. Pedulfo, que todavía acaudillaba a un grupito, me tenía bronca pero me respetaba. Había llegado un nuevo alumno a la clase. Estábamos en el recreo, y allí estaba también él, solo. Como correspondía a un recién llegado. Me le acerqué junto con mis amigos y le pregunté cómo se llamaba. "Surraco", me contestó, y yo: "¡Qué Surraco ni Surraco! Acá ningún Surraco, ¿me oíste?" Y me di media vuelta y nos alejamos, mientras mis socios me festejaban la ocurrencia. Pero Baldomir, celoso, rodeado de los suyos, me paró con un dedo en el pecho. Iba a decirme algo, pero sin darle tiempo a nada lo pisé fuerte al mismo tiempo que le pegaba un empujón. Cayó, claro, y yo seguía pisándole los pies. Le apunté con el dedo y le dije: "Escuchame, Pedulfito: no me toques porque te juro que te reviento". Yo estaba con un susto espantoso. El tipo iba a levantarse cuando en eso llegó Ana "No te preocupes", le dije a Pedulfo, como para que ella oyera, "que no voy a contarle a la maestra lo que hiciste, sinvergüenza". La señorita Ana me preguntó qué había hecho aquel niño. Yo, fiel a mis principios, no lo denuncié, y le dije a la maestra que no era correcto que ella fomentara la delación. Me dijo que fuera a hablar con el Guasón, pero yo le dije que la directora me había dicho muy clarito que si yo tenía problemas, que los discutiera con-la-ma-es-tra. "Si no me cree, señorita, puede ir a preguntarle si es cierto. Si yo estoy mintiendo". Me soltó. A partir de allí ya pude hacer y deshacer a gusto. Pedulfo, con el tiempo, buscó ser mi amigo. Pero no lo logró. Seguí manchándole la túnica con bolitas de tinta, pero ahora no yo directamente. Instruí a Bentos y le encargué el trabajo.

Mi vieja, como era la presidenta de la Comisión pro Fomento, siempre estaba preguntando cómo era yo como estudiante. Por ella me enteré de que yo no era malo. No muy malo; ahí. Podía decirse, bueno. Sí: buen estudiante. Yo tenía mis tácticas. Cuando sabía algo, no levantaba la mano. La maestra se creía que, como no levantaba la mano, no sabía, y muchas veces me preguntaba. Y, claro está, como yo sabía, contestaba bien. Además, cuando me preguntaba, siempre había alguno que me soplaba. Yo levantaba la mano, supiera o no, sólo después de que me hubiera preguntado. No iba a preguntarme dos veces seguidas a mí, así es que pasaba por sabedor. Por lo menos en esas oportunidades. Otro recurso era levantar la mano para hacer preguntas a la señorita. Pero no al tuntún, sino siguiendo una política muy precisa: cuando la maestra me preguntaba, y yo no sabía, al rato yo estaba levantando la mano para hacerle preguntas a ella. Si estábamos estudiando el aparato digestivo, yo podía preguntar si cuando el bolo alimenticio llegaba al píloro ya había adquirido la temperatura del cuerpo; si era geometría, cuál era el ángulo convexo máximo que existía; si aves, en qué consistía su menstruación. Preguntas que, dentro de lo posible, ella tuviera dificultades en responder. Era una manera de amedrentarla. Además, le discutía todo. Como el capitán Zapata, que si no la pierde, la empata. Represalias. Para que tuviera cuidado de no preguntarme cosas que yo no supiera.

Un día la señorita Ana me preguntó qué quería decir la letra del Himno Nacional. Yo empecé a explicar. Por culpa de un señor Don Sacrosanto, habíamos merecido tiranos, por lo que había que temblar. Que teníamos que amar la libertad en la lidcla, y muriendo, también. Era el bóoton que pronunciaba el alma y que me había inflamado. Que había salvado a la Patria. Iba a seguir pero me hizo sentar. Mandó llamar a mi vieja, a que fuera a hablar con ella. Según le dijo, había un conflicto de personalidad. Entre ella y yo. Mi vieja me amenazó con ponerme en una escuela de pupilo, si no mejoraba. Decidí vengarme de la señorita Ana poniéndole un nombrete: Burrana. Pero al mismo tiempo hice un esfuerzo serio, que me dio inesperados resultados. Con los días, me di cuenta de que estudiar no era tan difícil. Las materias que me eran fáciles, no las estudiaba. Sólo allá donde tenía un poco de dificultad. Después descubrí otro truco. Estudiar siempre un tema más adelante de lo que la señorita tenía en el programa. Para eso me conseguí un cuaderno de apuntes y deberes de cuarto año de un sobresaliente de quinto, que la había tenido de maestra. Yo iba estudiando por adelantado en ese cuaderno lo que Burrana iba a enseñar al día siguiente. Eso me permitía saber de antemano todo lo que daba en el día, comprender mejor lo que iba a venir, y hacer preguntas que correspondían a algo que nadie más que yo sabía. Con esa técnica, que me insumía a gatas una hora de estudio, pronto llegué a ser el mejor. No tuve que pensar más si levantar o no la mano, ni cuándo. No la levanté nunca más. Como me aburría, me dedicaba a dibujar, a molestar a mis compañeros o a escribirle cartas de amor a Marlene, que se ponía colorada cada vez que recibía un papelito de mí. También pensaba practical jokes, que ejecutaba, las más de las veces, sin ayuda. Poner una bomba de olor debajo de la pata del asiento de Burrana, lista para reventar apenas ella se sentara, cambiar de cartera todos los cuadernos de mis compañeros, durante el recreo; hacer que alguien que se había hecho la rabona llamara por teléfono a la maestra, por algo urgente, y que cuando ella llegara al teléfono le colgara, y repitiera la cosa a los cinco minutos, soltar una rata en la clase. Pequeñas diversiones que iban haciendo la vida más llevadera.

Llegó el momento en que había que nombrar a los escoltas de la bandera. Fuimos Marlene y yo. Nos eligió Burrana, no los compañeros. Pero aun si les hubiera tocado a ellos nos habrían elegido a nosotros. Unos días antes del desfile se hizo un ensayo general. Vi que guardaban las banderas junto con los portaestandartes, en un cuarto sin llave. El día antes del desfile pedí para ir al baño, y aproveché la oportunidad para cortar el fondo de los portaestandartes con mi navaja, de modo que las banderas no tuvieran dónde apoyarse. Los abanderados tuvieron que llevarlas a pulso. Como hacía viento, aquello era cómico. ¡Hay que ver lo que pesa una bandera al viento! Se les caían; al final tuvieron que llevarlas con ayuda de las maestras. Yo disfrutaba de lo lindo de tan grotesco espectáculo. Para gozar de esas situaciones, no hay como saber que nadie sabe que el autor fue uno.

En quinto las cosas marcharon mejor. No muy bien; bien. Tenía algunos compañeros nuevos, y dos o tres que se habían quedado repetidores. Yo los conocía del año pasado, y eran mis amigos. Me protegían, así que no me fue difícil tomar el liderazgo. Uno de ellos una vez se me retobó y, rápido, le encajé una piña en un ojo que se lo dejó morado. Vino la señorita y me dijo: "Usted es un pegoncito, a ver cuándo va a aprender a respetar a los compañeros, a solucionar los problemas sin andar pegando". Ahí me quedó el nombrete. Yo sólo permitía a mis amigos que me llamaran Pegoncito. Y a las niñas, porque a ellas no iba a estar pegándoles. Pero me lo decían de manera cariñosa. Ese año el deporte principal era elegir a uno diferente cada semana y entre varios hacerle una morta. Introduje una variante: había que apretarle los cataplines hasta que chiflara el Himno. Era muy divertido. Yo creo que organicé mortas para cada uno de los varones de la clase. Al único que nunca le hicieron una fue a mí, por razones fáciles de entender. El segundo deporte era aterrorizar a las niñas. No lo hacía yo, sino mis seguidores. Hacía correr rumores diferentes, que a veces tenían que ver con la higiene, a veces con enamorados supuestos, a veces con equivocaciones fingidas. Yo observaba los diferentes grupos, las rivalidades entre ellas, y las fomentaba. "¿Es cierto lo que me dijo fulanita de vos?". "¿Y qué te dijo?". "Anda diciendo que... no, mejor no te digo...". Y la dejaba por ese precio. O me hacía dar un beso para contarle que según ciertas lenguas, Fulana estaría enamorada de Choriceta. Eran ingenuidades, pero como yo las aplicaba con sistema, instruyéndolas a cada una por separado, y pensando bien cada jugada, convidando a algunas con helados en los recreos, o regalándoles alguna chuchería, pronto tuve a cada una de confidente mía, y peleadas entre sí. Yo tenía cualquier cantidad de información sobre cuestiones bastante íntimas de las niñas. Logré romper más de veinte amistades entre ellas. El clima que se respiraba era poco menos que asfixiante. Yo creo que, cuando se trata de grupos, con información, un poco de arte, y otro poco de psicología, uno puede hacer maravillas. Alianzas, ataques, campañas de desprestigio. Cosas. Según lo que quisiera lograr, y según si las niñas me resultaban odiosas o no. Con la práctica al final ya no me insumía tanto tiempo culminar con éxito las operaciones que planeaba.

Nada memorable ocurrió ese año, más que la vez que organicé la quema del auto del Guasón. Yo la tenía entre ceja y ceja. No sé bien por qué, en realidad, pero el caso es que yo había lanzado una campaña contra ella. A través de anónimos, había hecho llegar a la Comisión pro Fomento y a cada una de las maestras, la noticia de que al Guasón le gustaban las mujeres y el copetín. Aparecían las paredes de la escuela pintadas con tamañas aseveraciones, y papelitos. Éramos dos o tres, y habíamos jurado guardar silencio absoluto. Averiguamos dónde vivía el Guasón. Tenía el auto estacionado siempre en la misma cuadra, por las tardes. La operación estaba planeada de modo que con tres, bastaba. Un campana en cada esquina, y otro a desenroscar el tapón del tanque de gasolina, meter un trapo en el tanque que quedara colgando y prenderle fuego. Había que esperar que el Guasón hiciera algo que mereciera una represalia. Lo que desencadenó la medida fue que se apareció en nuestra clase y dio una reprimenda general. Se estaban corriendo infundios groseros sobre ella, y eso estaba muy mal. Ella sabía quiénes eran, y no quería castigar a nadie. Pero aquello tenía que terminar. Esa misma noche ardió el coche del Guasón. Pidió licencia por dos meses, pero durante el resto del año me encargué de que siempre recibiera llamadas telefónicas: al trabajo, y a la casa, sobre todo de noche.

Como yo era el mejor de la clase, la señorita no podía imaginarse que era el cerebro de las medidas que se tomaban y que acaecían casi a diario. En quinto de nuevo me eligieron de escolta de la bandera. Mandé a Bentos, entonces ya mi fiel segundo al mando, a que el día antes del desfile pidiera para ir al baño y serruchara casi totalmente las astas de las banderas, lo más arriba posible, y que tapara el corte con masilla de color. Hasta le hice un esquemita de dónde y cómo hacerlo. El resultado fue que en pleno desfile una ráfaga de viento hizo que se cayera la bandera nacional. Fue una de las trastadas de las que me arrepentí. Una maldad al santo botón. ¿Para qué, se puede saber? Así son los niños. Hacen cosas malas por el gusto de hacerlas. Eso pienso ahora, pero hace un año atrás me pareció bastante divertido.

Ya en sexto era otra cosa. Todo era más sutil. Pedulfo había quedado repetidor, junto con Choriceta. Ahora que fueran todo lo caudillos que quisieran. Teníamos otra maestra, a la que me costó encontrarle un nombrete apropiado. Como se pasaba caminando de arriba para abajo, en la clase y en el recreo, le puse "El Patrullero". Y también un nuevo director. Era un señor con lentes de culo de botella y un poco mofletudo que, consideré, merecía un buen apodo. "Lenteja" lo deseché por demasiado fácil. "Don Floripondio" era bueno, pero al fin mereció el apodo de "Toto Guserbo". Cuando se me ocurrió el nombrete, lo repetí, como un mantra: "Toto Guserbo, Toto Guserbo". Sí, era bueno. Que un director de escuela fuera conocido por todos como "El Toto Guserbo" me pareció fantástico. Pensé que habría que inventar el Himno del Toto Guserbo, pero como desafortunadamente soy malo en música, fue un proyecto que nunca llevé a cabo.

Este año yo estuve como melancólico. Mi vieja dice que es por la adolescencia. Debe de ser, porque me enamoré tres veces de muchachitas que vi una sola vez, por la calle, y otra, de una actriz. Era una que trabaja en una película de safaris. Sale a cazar leones pero se las ingenia para hacerse amiga de ellos. No le hacen nada. Ella se les sube arriba y sale a dar paseos en león por la selva. Estuve dos meses sin poder sacármela de la cabeza.

Bentos, Surraco y yo nos hacíamos la rabona. Nos íbamos a la casa de Bentos y nos emborrachábamos, o salíamos a robar manzanas por las quintas. Ya muchas compañeras eran unas señoritas en regla, de tetitas, soutien y lápiz de labios. Las clases de gimnasia eran demasiado temprano, pero yo asistía, porque me gustaba la profesora. Algunos de mis compañeros tenían pudor de desnudarse y se duchaban en calzoncillos. Yo no. Que me vieran los pelitos que me empezaban a salir no me avergonzaba. Resolví organizar una represalia contra los vergonzosos. Un día les quitamos la ropa interior a prepo y no tuvieron más remedio que sacarse la vergüenza.

En sexto no necesité emprender una escalada de medidas, ni andar pegándole a los demás para hacerme respetar. Nunca pegué tan poco como este último año. Nada asiduo, en eso. Con un par de piñazos, tres, bastó. Mis compañeros de clase, e incluso de las otras, me respetaban y protegían. Ahora el que recibía bolitas, trompos y figuritas era yo. Hablando claro: estaba rodeado de alcahuetes. Ya no me resultaba tan divertido mandar a que cortaran la cuerda de saltar a unas niñas, ni poner bombas brasileras con cigarrillos, para que explotaran en el baño, ni pegotearle el pelo a Marlene con poxipol sin que se diera cuenta. No era necesario, como antes. Cuando uno es líder, lo más difícil es colmar siempre las expectativas, y con propina. Estar un poco más allá de lo que los otros esperan. Uno queda así muy acompañado pero de algún modo solo en medio de inferiores atentos a lo que uno hace. Sin darme cuenta yo había creado una dinámica que funcionaba sola. Los aprendices me venían a cada rato con cuentos de supuestas hazañas que habían hecho, o incluso a preguntarme qué me parecía si hacíamos, o hacían, tal o cual cosa. Yo era una especie de eminencia gris. Cuidaba mucho de no quedar en evidencia. En toda la escuela no se emprendía una sola represalia, una sola medida, sin que yo me enterase, diese el visto bueno o, a veces, fuera el autor intelectual.

Con la técnica que desarrollé para estudiar, me resultó fácil ser el mejor alumno. Por las dudas, mi vieja se aseguró, mediante la Comisión pro Fomento, de que el abanderado fuera yo. Cuando llegó el momento de los ensayos para la fiesta, pedí para hablar con el Toto Guserbo. Me recibió en su oficina, de malos modos, lo que me dio bastante rabia. "En años pasados, director, algunos tarambanas sabotearon las banderas. Encárguese de que esta vez no pase nada", le dije. "Es una suerte que haya mocosos que vengan a darme órdenes", me dijo. Después, me echó. Evidentemente, yo tenía que hacerle ver las cosas desde otro ángulo.

El día de la fiesta me había llevado una botellita de whisky y, a escondidas, en los preparativos, me había bajado la mitad. Estaba yo con mi bandera, parado no muy firme, matándome de la risa en medio del acto. El Toto Guserbo me observaba, cada vez más inquieto. Mientras la presidenta de la Comisión pro Fomento, mi mamá, estaba haciendo uso de la palabra, el director venía hacia mí, sombrío. Me dijo que le diera la bandera al escolta. Se la entregué y encaré al Toto Guserbo. "¿Vos sa, sab, és lo que sos, Toto?", balbuceé, casi gritando. Todos, maestras, alumnos y padres estaban mirándonos. No me dejó contestarle. Me zarandeó. "¡¿Abanderado de qué es usted!? ¡Abanderado de la locura, será!", me dijo el zoquete. Ahí mismo le pegué un piñazo que le rompió los lentes. Por desgracia le entró una esquirla en el ojo izquierdo que lo dejó, según acabo de enterarme, tuerto definitivo. Un escándalo pasmoso, podría decirse. Pero, todo se resuelve en esta vida.

Ahh. Las vacaciones del verano por delante (nos vamos mañana de mañana), pero después, el liceo. Veré de hacerme elegir delegado de clase. Otra vida, espero, porque los últimos tres años en la Escuela del Estadio no los recuerdo como algo especialmente agradable. Antes, en la del otro barrio, las cosas marchaban bien. No muy bien: bien.

Por acá termino, señora psicóloga, el informe de franqueza que se me pidió. Sería muy desagradable que usted hiciera un uso indebido de él. Ni yo ni mi padre lo apreciaríamos. Espero que también usted sepa ver las cosas desde otro ángulo. Como yo, ahora. Ahora miro hacia atrás, hacia el tiempo ya ido para siempre, y me acuerdo de mi obra con melancolía. Ya estoy dejando de ser Pegoncito. Un jovencito soy, ahora. Lisa y llanamente. Pronto tendré que decidir qué hacer de adulto, aunque creo que voy a seguir las huellas de mi viejo. A mí, lo que me gusta, es la política.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998