Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

  como si tu arte fuera la verdad
en tanto aire
tanto dolor a grito conservado
a paredón absurdo
a sangre rota

Silvia Guerra (Idea de la aventura)

1

MÁS DE UN CUENTO se ha despertado una mañana y descubierto que se ha transformado en un horrible insecto. Es mejor advertirlo desde ahora: este texto hará transparente lo que, también por artificio, más de uno opaca: no que el narrador, sino que la autoridad de la voz del narrador no es ni ha sido nunca inocente. Permítame pues, lector(a), que por una vez empiece con un halago, exigiéndole que ponga a pleno su capacidad. Veo que este comienzo lo (la) asombra un poco; usted ha decidido continuar la lectura.

—¿El comienzo?

—Sí. Cierto. De algún modo hay que exponerlo. Aunque sea con una serie de afirmaciones más o menos reñidas con el buen gusto, del tipo: "Hacia el oeste el sol incendiaba un cielo que parecía repleto de ovejas rosadas".

El Pampero refrescaba, tirando más bien hacia frío, y por momentos se hacía sentir más, arreando aquellas nubes hacia el este. Cuando se vieron las primeras estrellas y la oscuridad fue ganando el campo inmenso, comenzaron a encenderse fogones, innumerables, como humano contrapunto a los fuegos celestes. (Eso es, algo así. Recordar que va sin música.)

El negro mateaba, callado. Escuchaba las historias de sus compañeros de pelotón, aprendiendo algunos detalles, tratando de comprender el porqué de otros, luchando contra el sueño que ya lo acosaba. Los hombres estaban rodeados de una oscuridad que también se alojaba, por efecto de las bailarinas llamas del fogón, en ondulaciones sobre los rostros rojizos y las ropas de quienes rodeaban la lumbre. Uno de los soldados, de cabellos luengos, sucios y enmarañados (¡No! ¿En serio?), le preguntó al negro cómo era que, siendo tan bisoño, se les había reunido.

Atención: no poner demasiada ironía, y ojo, tampoco excesivos paréntesis, no vaya a ser que te bajen la guadaña, y no guiñar demasiado al lector, que eso molesta; retomar ahora la orgía de adjetivos, y para que no se note la costura un gerundio, seguir: Venciendo la timidez, el negro, a modo de respuesta, comenzó a narrar su peripecia.

Santiago, esclavo de los Oribe, y acá es como si fuera otro narrador, pero basta de sutilezas, había ido al mercado para adquirir canela, encargar azúcar en piedra y un carretón de leña, sin sospechar que ese día comenzaba su camino a la libertad. Había cumplido el mandado como siempre, bastante satisfecho por esa autonomía de bolsillo que disfrutaba, por una hora, respirando a pleno pulmón el olor de la bosta, mezclado con el del tasajo y de las especias. Se aprestaba a retornar cuando oyó: los comentarios de los feriantes primero, luego un sordo rumor lejano y, por último, los rataplanes de tambores militares. Allá a lo lejos se divisaban las banderas y los caballos de los mandos. La columna se acercaba, serpeando lenta por el filo de la casi cuchilla que algunas chacras y calles intentaban disimular. Dentro del recinto amurallado, aguateros y mercachifles, esclavas y matronas, comerciantes y pillastruelos se alineaban a lo largo de las fachadas, con la expectativa o la inquietud visible en los rostros, aprontándose para ver la llegada de los brasileros. El esclavo se apresuró (no "apuró", finoli, ) a entrar a la ciudadela y buscó un buen lugar. Y lo encontró, por cierto, frente a la plaza de la Matriz, al lado de una negra que, sosteniendo sobre la cabeza un atado de ropa, se disponía a presenciar el espectáculo.

Entraba el regimiento de Bentos al área fortificada, y el que no sepa quién era, al libro de Historia Patria, march. Uno tras otro, alineados de a cuatro pasaban los dos mil hombres por la Puerta, con buen y garboso paso de botas altas de cuero, marcado por el redoblado entusiasmo de los redoblantes. Re-barato el truco, pero efectivo, resulta que abrían la marcha los oficiales del estado mayor, cuyas monturas piafaban, ansiosas, como presintiendo el descanso y la libertad de los potreros que los esperaban. La cabeza de la columna pronto llegaría a la Catedral.

Santiago miró a la negra. Vio sus altas caderas, el talle airoso, los senos bien pronunciados. Estaba embelesado en la contemplación de tan hermosa mujer. Cuando ésta le devolvió la mirada, él le sonrió con todos los dientes. La negra esbozó una sonrisa; él, optimista y animado, le preguntó:

—¿Dónde trabaja, misia?

—En casa de los Casavalle —dijo ella, bajando los ojos.

—Y yo, en lo de don Oribe.

—Pues, mire usted...

—La vi el otro día, para el lado del lavadero... ¿va todos los días, misia?

—De mañana.

—¿Y cómo se llama?

—Elaida, me dicen. Elaida Casavalle.

En ese momento se interrumpe el discurso mimético y la pesada voz que se hace recordar a cada instante postula que comenzaban a llegar los caballos a la altura del Cabildo; la presencia altanera de los jinetes, los símbolos del poder, impusieron silencio a los dos esclavos y pronto desfilaron ante sus ojos los dorados arreos, los morriones con penachos, las corvas vainas de los sables de taza, las banderas, tras las que venían los atambores y trompetas, y luego, la soldadesca. Pese a que los había visto antes como algo natural, Santiago se dio cuenta, en ese momento, de que una parte de la tropa, una compañía entera, estaba compuesta por hombres de su raza. Un negro podía ser, entonces, soldado. Un soldado no era un esclavo.

Sintió algo que lo pinchaba en la espalda y lo empujaba. Sobresaltado, se volvió: era un sirviente mulato que empuñaba un bastón y lo estoqueaba, ahora en las costillas. Lo miraba con odio y seguía acosándolo, en silencio.

—¡Fuera de acá, negro! —lo intimó, una vez, en voz baja.

Una furia repentina invadió a Santiago y apenas pudo reprimir el impulso de arrojarse contra aquel mulato. Fue así, por fortuna: a sus espaldas estaban marchando los soldados; era hora, además, de regresar donde sus amos. Sin decir palabra, recogió sus cosas del suelo y se marchó, calle abajo, rumbo al puerto. A mitad de cuadra diose media vuelta y observó con desánimo que el mulato hablaba con Elaida. La columna de soldados comenzaba a doblar por la calle de la Matriz, bordeando así la plaza por sus lados sur y oeste: todos desfilarían frente a la Catedral, un capricho del autor o de los religiosos mandos, vaya usted a saber.

Cuando llegó a la casa, Santiago no comentó nada sobre lo ocurrido con el mulato. Entregó la mercancía que había adquirido y los patacones del cambio y, como no recibiera órdenes, se retiró al galpón del fondo, donde tenía sus pocas pertenencias. Una de ellas era una polvera con un espejo. La abrió y se miró, igual que otras veces, como buscando respuesta a las preguntas que le planteaba su identidad, su postura ante los problemas y dudas de su existencia: flor de filósofo. Era un muchacho en los veinte años, de nariz y boca anchas, frente alta y abombada. Conservaba la dentadura completa; tenía pómulos angulosos y unas pupilas vivaces que flotaban en un blanco acaramelado. De mandíbulas regulares, sin ser prominentes, la cabeza parecía pequeña en lo alto de un cuello macizo, acorde con el resto del cuerpo, fuerte y proporcionado. Satisfecho con el examen y con mi decisión de no incluir un flashback que se explayaría sobre sus orígenes africanos, se dijo que no era tan feo como para desagradar a misia Elaida.

Al día siguiente, por la mañana, el ama le ordenó que fuese a comprar carne. El esclavo se encaminó primero hacia el lavadero, con la esperanza de ver a Elaida; luego se apresuraría hacia el matadero y, en caso de llegar tarde a la casa, diría que había mucha gente. Cuando se hubo acercado a las lavanderas vio que de atrás de una carreta se aparecía el mulato, corriendo hacia él con el bastón levantado, insultándolo y con la clara intención de golpearlo. El mulato se resbaló en el verdín de unas rocas y cayó de espaldas. Santiago tomó una gran piedra, la levantó con sus dos brazos, y, loco de furia, sin ver que el mulato se había desmayado, la arrojó con fuerza sobre la cabeza del hombre caído. Aquello sonó como un melón al caer en los adoquines, o como una cucaracha aplastada, no exageremos, y salpicó hasta a las lavanderas que, de inmediato, malditas alcahuetas, comenzaron a gritar y a señalarlo.

Transformado de pronto en homicida, Santiago corrió, alejándose de aquel lugar. Se ocultó en un portal y se puso a pensar qué hacer. El amo no estaba en la ciudad y, aunque pertenecía a una familia poderosa, no era seguro que pudiese defenderlo. Por otra parte, el criminal tenía presentes demasiados y recientes ejemplos de esclavos que, habiendo huido, eran capturados a poco por los blancos, escarmentados en lugar público y luego mutilados o incluso degollados. Pero él siempre esperaba lo mejor de la vida. Resolvió encomendarse sin más a sus santos protectores, volver a casa y contarle a su ama lo que había ocurrido.

Hasta allí había llegado el relato, que fue interrumpido por el toque de silencio.

2

TOMÁS GÓMEZ, el encargado de proporcionar monturas, y Juan Antonio Lavalleja, el jefe de la expedición, habían quedado, cada uno a su manera, satisfechos: finalmente, y después del desencuentro inicial, se había logrado un acuerdo sobre el precio de la caballada. Todos montados, la columna iba creciendo, pues constantemente, adverbio va, adverbio viene, como si cualquier cosa valiera, hay autores que le sirven cualquier basura, lector(a), constantemente, decía, se le sumaban paisanos. El contingente que encabezaba la columna era mandado por Manuel Oribe. Entre la tropa que lo componía, armado sólo con una tacuara en cuya punta habían amarrado una hoja de desjarretar ganado, cabalgaba Santiago. Nunca antes había montado un caballo; estaba aprendiendo sobre la marcha, que era al trote. Tenía ya las asentaderas y la espalda como apaleadas, y cada tranco del tordillo le dolía. Grande fue su regocijo cuando, tras remontar una loma, llegaron frente a unas casas y los oficiales mandaron hacer alto. El negro estaba rendido, pero lo colmaba un sentimiento de felicidad por su recién ganada libertad. Sólo el recuerdo de misia Elaida y el saberse buscado en Montevideo menguaban en algo aquella dicha. Cuando hubo echado pie a tierra quiso tirarse a descansar, pero un gaucho que había sido designado para enseñarle y guiarlo durante sus primeros días como soldado de la patria le indicó que debía sacarle el recado y los arreos al caballo, procurarle agua y soltarlo luego para que pastara. Así lo hizo Santiago. Una vez armado el fogón, los hombres comieron y se reunieron en torno al negro, pidiéndole que continuase el relato que había interrumpido la noche anterior.

3

DESPUÉS DE HABER MATADO al feudatario de los Casavalle, el esclavo había ido a la casa de su ama y se había sincerado con ella. De inmediato la mujer lo había encomendado a un servidor de la familia. Éste le había dado nuevas ropas y, siguiendo órdenes precisas de la señora, lo había ocultado bajo unos cueros en una carreta; de esa manera lo había sacado de la ciudadela. Una vez afuera se habían dirigido hacia una quinta de propiedad de su amo, el señor Oribe, donde obtuvieron dos caballos. Acompañado por el sirviente, había cabalgado durante varios días hasta encontrarse con la fuerza que ahora integraba y que, por lo que sabía, se aprestaba a entrar en combate contra los invasores.

Apenas hubo terminado de contarles su peripecia, sonó el clarín de silencio, carajo, y pronto estuvo como sus compañeros, bajo la bóveda tachonada de puntitos playeados, cubierto por su raído pero abrigado poncho. Recordó la polvera con espejo que tenía en la alforja. La sacó, la abrió y con esfuerzo logró verse, iluminada su cara sólo por la luz de las estrellas. ¿Qué eras, Santiago? ¿Un hombre libre? ¿Ya? Tal vez, se dijo; sonrió y los dientes blancos se vieron en la oscuridad del azogue. Guardó la polvera y a poco estuvo durmiendo. Sobrión: el vuelo lírico mejor guardarlo para alguna escena hacia el final, como para encajarle un uppercut a usted y dejarlo(a) lagrimeando; acá conviene que el negro se mire en el espejo y busque su identidad un poco nomás antes de dormirse (porque la cabalgata lo dejó fundido; muy dispuesto a esos esfuerzos existenciales no puede estar).

¿Qué? ¿Le parece, lector(a), que con estos comentarios se afloja la tensión del cuento? Es usted muy sagaz, pero relea el comienzo. Me permito recordarle que justamente: no es un cuento, sino apuntes para una historia de Santiago. El núcleo del texto estaría en permitir la reflexión sobre uno de los efectos que intento crear: el de que usted está asomándose al taller de un cuento. Continuemos:

El jefe del pelotón, que no confiaba en los bisoños —¡y lo bien que hacía!—, había decidido que esa primera noche Santiago no hiciera la guardia. Sabía, porque tal se lo habían dicho y porque el hombre lo mostraba de todas veras, que era la primera vez que estaba en campaña. El jefe prefería que fuera acostumbrándose de a poco a la vida militar. Santiago se despertó con los clarines del alba, el poncho mojado de rocío. Al rato pasaron repartiendo carne. Las órdenes eran asar y comer y alistarse para reemprender, hacia la media mañana, la marcha.

Algunos dicen que ya no se puede escribir como antes; lo que no se puede, y usted lo sabe muy bien, es leer como antes, de modo que disculpará lo que sigue: El sol no terminaba de despejar la niebla, tul blanquísimo que se demoraba en las hondonadas del campo, hasta donde alcanzaba la vista humana, nimbando los contornos de árboles y promontorios. Los benteveos, sin embargo, cantaban con entusiasmo entre los talas y quebrachos que rodeaban las casas, como si a través de la niebla vieran los insectos y las larvas que los alimentan. Pronto se elevaron hacia el cielo diáfano innumerables columnas de humo, provenientes de los fogones; el olor a tierra húmeda se disipó, las pavas fueron alistándose para el mate y, antes que las brasas y el asado, corrió entre la tropa algún trago de aguardiente de caña.

El retumbar sordo del galope de un caballo los alertó, casi al mismo tiempo que un tiro al aire de algún lejano guardia de avanzada. Un alto oficial, a juzgar por sus entorchados, llegaba galopando al campamento. Se detuvo y fue de inmediato rodeado por los hombres de confianza de Oribe, quien pronto se apersonó y, pese a las protestas del recién llegado, lo hizo introducir prisionero en el rancho que hacía las veces de comandancia y donde se albergaba Lavalleja.

—¿Quién era ése, mi sargento? —preguntó Santiago a su jefe.

—El Padrejón.

—¿Y qué es, padrejón?

—Vos andás muy preguntoncito, negro... —le dijo el suboficial.

Santiago se retiró a matear cerca del fogón, y uno de sus compañeros, que estaba a cargo del asado, completó la información que el moreno había recibido:

—El Padrejón es Rivera. Un jefe importante, que está... o estaba al servicio del Imperio.

—¿Pero y cómo es que viene solo acá? Parece cosa de zonzo...

—Mesmo —dijo el otro, alzó los hombros, dio vuelta el trozo de asado. Y si alguien echa de menos algún comentario o toma de posición del narrador, se embromó, porque aparecer, no aparece.

La proyectada marcha a media mañana se vio postergada; sólo hacia la una de la tarde algunos vieron salir de la comandancia, abrazados, a Lavalleja, Rivera y Oribe. Parecían un sello conmemorativo. Pero allí estaban.

Tras este episodio, las tropas comandadas por Rivera, acampadas a pocas leguas, se incorporaron al contingente. Transcurrió una hora más durante la cual los dos grupos se confundieron en uno, al intercambiarse sus componentes noticias, bromas y preguntas. Se impartieron luego órdenes; se ensillaron los caballos y la tropa formó. En el cielo, alto, revoloteaban los caranchos, describiendo lentos círculos, esperando las achuras que pronto abandonarían hombres y perros.

El jefe máximo, rodeado de patillas y oficiales, de escoltas y abanderados, encaró a la tropa y le dirigió una arenga que el viento se llevó y Santiago no pudo oír. Luego se pusieron todos en movimiento, comenzando a bordear, hacia el este, el monte de guayabos, de espinillos, de talas, cada vez más ocultadores del arroyo que por ahí corría, cerca de las casas.

Pasaron varias semanas. Los viernes y los martes hacían maniobras y ejercicios. Santiago no descollaba por su disciplina, pero a medida que iba comprendiendo sus ventajas cumplía cada vez mejor las órdenes. La vida nómada en la campaña hízose más llevadera para el moreno. Los rigores del invierno en retirada fueron cediendo. La tropa, en su avance, iba engrosando de manera notoria con el aporte, espontáneo o planeado, de nuevos contingentes que desertaban del servicio a los imperiales, así como de individuos aislados que encontraban en los caudillos, en su proyecto, una razón válida para vivir o para morir.

4

SANTIAGO ORIBE ESTUVO EN COMBATE dos veces. La primera vez fue el 12 de octubre de 1825, a orillas del arroyo Sarandí. Se había enterado de que las tropas de Bentos estaban cerca, en algún lugar de la otra margen, y que los jefes estaban indecisos. Oía que sus compañeros estaba ansiosos por pelear; a él, sin serle indiferente (sabía que tarde o temprano iba a tocarle), no le corría tanta prisa. Cuando recibieron la orden de pasar a la otra orilla un nudo de nervios se le estableció en el estómago y no lo abandonó hasta que estuvo frente al enemigo. Él peleaba con Oribe, cuya gente ocupó el ala izquierda. Santiago no sabía contar, pero vio que los suyos eran muchos y las líneas de dragones se extendían a lo largo de la orilla del monte del arroyo, dándole la espalda, hasta donde alcanzaba la vista: como una media legua. Saberse y verse como parte de varios miles lo reconfortó, y un nuevo sentimiento de pertenencia, de comunidad y solidaridad lo visitó. Acaso entonces supo qué era la patria. Ellos, los parias, eran La Patria. Todos callaban, aguardando. Frente a ellos, como a dos kilómetros de distancia, se veían las líneas enemigas. Unas nubecillas blancas aparecieron, casi simultáneamente, a lo largo de la mancha oscura que formaban los brasileros, luego se oyeron los cañonazos, bum, bum, bum, y pocos segundos después estallaban, cercanos, los primeros proyectiles. Algunos dieron entre las líneas patriotas, lejos de Santiago. El jefe del escuadrón repitió una orden que venía difundiéndose por boca de un ayudante de campo y que él, armado sólo de lanza y boleadoras, no pudo cumplir:

—¡Carabina a la espalda y sable en mano!

El silencio imponente de los dragones se vio interrumpido por un escalofriante sonido de varios miles de sables desenvainándose, acá los lectores y los adjetivos están afines, que la mano viene épica, luego se oyeron varios clarines repetir la orden de a la carga y un gigantesco clamor de todas las gargantas cundió por el espacio, a la vez que los escuadrones comenzaban a avanzar, al trote largo, pronto al galope. Santiago nunca había oído el retumbar de tantos caballos. El pasto, una borrosa mancha veloz, avanzaba hacia su encuentro, acortando la distancia que lo separaba de las filas del Imperio. Una granada de obús rugió con una carcajada sobre su cabeza y fue a explotar, con ruido de vajilla rota, a varios cientos de metros a sus espaldas. Siguieron apareciendo más nubecitas, se oyó como un lejano chisporroteo; algunos caballos rodaron al suelo. Pronto pudo divisar detalles de la caballería enemiga; las manchas eran ahora uniformes azul oscuro; las nubecillas blancas de la fusilería ya no se elevaban, perezosas, seguidas de un breve silencio antes del estampido lejano; ahora eran muchas, simultáneas a las detonaciones, secas, tac tac tac, truco querido, cartucho metido, cada vez más fuertes, cubriendo el campo de una niebla blanca que tardaba algo en disiparse mientras otras seguían apareciendo, y al avance del escuadrón se oían como abejorros funestos que zumbaban a veces y otras hacían rodar por tierra a jinetes y cabalgaduras. Por ahí venía algún otro símil galopando, que era esquivado por la voz del narrador, aunque no siempre, como un arquero que, toda una vida tapando agujeros, no puede evitar que le cobren penal y le metan algún que otro gol. Santiago se agachó, cubriéndose, escondiendo el torso con el cuello de su caballo, a la vez que bajó más la tacuara, sujetándola firme con la derecha y oprimiéndola con el codo, contra su cuerpo, bajo la axila. Cuando faltaban cincuenta metros entró a la zona del olor a pólvora; antes del entrevero vio que un soldado de la infantería le apuntaba y disparaba; sintió un zumbido feroz y algo caliente en la oreja y antes de que tuviera tiempo para pensar el hombre soltaba el fusil, se daba media vuelta, la espalda cada vez más grande y enseguida su media luna entrándole fácil entre los omóplatos, tumbándolo, la tacuara arqueándose y quebrándose y el cimbronazo brutal que le levantó el brazo mientras el caballo se entreparaba y caracoleaba, aterrorizado. Santiago dominó al bruto y volvió grupas con el vago propósito de ver si era cierto que había matado o herido a aquel blanco, pero era imposible verlo, y el caos empezaba a organizarse en forma de desbandada de la infantería brasilera que iba siendo perseguida por los jinetes patriotas, y por otro lado la entrada por el flanco derecho, a doscientos metros de él, de un cuerpo de caballería brasilera. Santiago sacó entonces las boleadoras y eligió a un granadero que iba huyendo, clavó los talones en los ijares del caballo que arrrancó con las crines al viento en dirección al fugitivo, uno entre decenas, y en el momento en que lo rebasaba lo golpeó con una bola en la cabeza. El hombre cayó al suelo; cuando nuestro héroe hacía volver el caballo vio con asombro que uno de sus compañeros echaba pie a tierra, sacaba el facón y tirando hacia atrás la cabeza del granadero que él había tumbado le abría el cuello de un tajo. Mientras miraba el chorro de sangre sintió que lo que estaba viendo no era cierto —a diferencia de un servidor; tengo que partir de que mi arte, ahora, es la verdad—, pero de la misma dirección venía un empuje importante de la caballería enemiga; buscó en vano con la vista al jefe del escuadrón; recordó un instante que estaba sin la oreja derecha y sangrando; vio un perro cimarrón que andaba en la vuelta con la cola entre las patas, pronto tuvo enfrente a un jinete brasilero, sable en mano y con intenciones de decapitarlo, así que salió a la carrera, Santiago y a por ellos en un santiamén, encomendándose a sus santos, que no eran pocos, macumbero perdido aunque vaya a saber cómo eran Xangó & Company por aquella época, con el miedo recuperado y la garganta seca.

Nunca hasta entonces se había sentido tan mortal. Castigaba el caballo con furia, y en cada rebencazo parecía que se le iba la vida. Al cabo de un tiempo volvió la cabeza y vio con indecible alivio que se había sacado de encima al perseguidor. Volvió grupas y observó el campo de batalla. A la gritería de los soldados, a los tiros que cada tanto se oían se sumaba el relincho de los caballos heridos, el ladrido de los perros, las puteadas. El enemigo estaba en una retirada cada vez menos ordenada, en fuga por sectores y los patriotas, dueños ya del campo, continuaban la persecución. Un soldado imperial yacía a pocos metros, muy desprolijo, con una tacuara enterrada en el abdomen que lo pasaba de lado a lado. Santiago se acercó, se inclinó sobre él y vio que estaba vivo. Tomó la lanza y tiró de ella; el hombre exhaló un largo grito y abrió los ojos mirando con terror a Santiago, que no tuvo piedad o presencia de ánimo para poner fin al sufrimiento de aquel soldado. Se sumó en cambio al montón, de nuevo armado y sin tratar de hacer más méritos. Las pulsaciones de la oreja ya iban transformándose en dolor. Detuvo el caballo; con una náusea creciente vio una cantidad de soldados patriotas (podría ser: "con el miedo y el odio instalados en la cara", pero no) que estaban despenando heridos, así se forman o deforman las tradiciones de la Patria, pon, oh narrador, la nota de alerta, como quien le tira un pedazo de carne a los leones, aunque también conviene consignar que antes de la primera arcada nuestro personaje se dio cuenta de que habían ganado la batalla.

5

DESPUÉS DE AQUELLOS HECHOS que nunca podría olvidar y de los que fue actor y testigo, la fortuna o el destino quiso que Santiago terminara toda la campaña del Ejército Libertador sin volver a entrar en combate. Lo cual, agrego, no le molestó en absoluto, como, espero, tampoco a usted le molestan ya estas intrusiones o pinceladas mías, ¿verdad? Está pensando cómo bastan unos ligeros toques para derrumbar cualquier ilusión, cualquier contrato entre autor y lector(a). Mi historia —lo contado, lo que le queda en el recuerdo después de la lectura—, entonces, ¿será recordada como algo farragoso e irritante? Quizá usted es un(a) lector(a) sutil, de los (las) que no se dejan adular así como así. Bien, retomando el hilo, afirmo: Primero fue asignado a la retaguardia, donde sirvió varios meses; luego fue mandado en comisión al regimiento de infantería número uno en la región del Durazno; por último, considerando su fortaleza, lo asignaron a un pelotón de artillería, a servir un cañón de campaña. ¿En qué trabajó? Pues cargando cajas de proyectiles, granadas y metralla, barriles de pólvora, estopa y cureñas.

En una ocasión tenían que cruzar la pieza que servía hasta el otro lado de un arroyo. El jefe de la escuadra, un sargento tan atolondrado como impulsivo, calculó mal la carga que podía soportar la embarcación de la que disponían: en medio de la corriente un mal movimiento hizo que se perdieran cinco cajas de munición, estopa y pólvora. Santiago, que iba a bordo y no sabía nadar, se salvó de ahogarse porque pudo agarrarse a la cola de un caballo. El sargento, consciente de que había sido una burrada suya, y deseoso de librarse del castigo, echó la culpa del accidente a una imprudencia de Santiago. Éste protestó, si yo no hice nada mi teniente, mas acallaron sus protestas a rebencazos y fue puesto bajo arresto. Engrillado, mientras esperaba la sentencia del tribunal que le formaron, nuestro personaje meditó sobre su condición, y volvió a saber que aquello le pasaba por ser negro. Temió que lo fusilaran, pensó en misia Elaida, recibió la notificación la sentencia. Diez días, le salió barato, de calabozo.

En el año 28 festejó con sus compañeros la firma de los tratados de paz. Digo yo: triste, no iba a ponerse.

6

EN EL APARTADO SEIS usted se encuentra con que la historia, que venía más nerviosa que milanesa de boliche, de pronto se pone escueta y pasa al presente: Transcurren años. En 1834 Santiago es mandado en servicio a Montevideo. Allí va a buscar a Elaida Casavalle al lavadero. Elaida, que lo reconoce, lo denuncia. Es apresado. Le hacen un juicio. El abogado defensor de pobres aduce que ha servido en las filas de la patria. Se decide ponerlo en libertad, pero debe PAGAR por ella. Doscientos pesos. Como no tiene dinero, le descuentan cuatro pesos todos los meses. Durante cincuenta meses, deberá trabajar sin percibir ni un solo patacón. Pero, por fin, es un hombre libre. Retorna al servicio de Oribe. Entonces usted se pregunta si esto, que en verdad debería haber sido el nudo dramático de la historia, no habría merecido desarrollarse más, enseguida se contesta que sí, qué desperdicio, ¡el momento epifánico, la conclusión, con gran fuerza dramática, con reflexión sobre la libertad, la opresión y la participación de los negros en la Independencia incluidas, vo-la-ti-li-za-do! Mas usted se acuerda enseguida del carácter del libro que tiene en la mano, al fin y al cabo hoy en día en un cuento de fin de siglo cabe todo, como en el libro y en la vida; hace un esfuerzo y encogiéndose de hombros lo da por mentira, pero lee acá que el autor, por mi intermedio, le asegura que la situación, el juicio y la sentencia sí ocurrieron, y manda decir que si no le cree vaya a la Biblioteca Nacional y consulte La Gaceta Mercantil de Montevideo, tomo II, número 38, del 26 de enero de 1830, en la página dos, y entonces pasa, antes de tirar la esponja pero un poco curioso, a leer el apartado siguiente, que es el lugar (dado el carácter temporal, sucesivo, de la literatura) donde...

Santiago, quien aunque creación ficticia estaba atento a mi voz, se salió del relato, me encaró y me preguntó:

—¿Cómo, "temporal"?

—Que se realiza en el tiempo —le dije—, y no en el espacio o en ambos: en la sucesión.

—¿Y por qué demonios lo simultáneo está excluido?

Yo empecé a carraspear. El antiguo esclavo de los Oribe me miró como para comprender la explicación que suponía iba a darle. Pero este horrible insecto ya no admitía ni una pedantería más. Le hice señas de que regresara. Estará, supongo, en algún lugar del tiempo elidido de la narración. Porque ahora viene ("viene": valga la expresión, que ninguna palabra es casual) el lugar donde se cuenta el destino ulterior del personaje.

Epílogo (en dos partes)

1

LA SEGUNDA VEZ QUE SANTIAGO peleó fue en el año de 1836, en Carpintería. Con más de una década de servicio, ya nadie habría podido decir de él que era un bisoño. Su antiguo amo lo había reconocido y a veces tenía para con él alguna frase amable. En aquella ocasión, Santiago combatió heroicamente por su jefe, para él su señor, su caudillo: la autoridad querida y respetada como lo más sagrado.

Cuando el cruel destino tejió la trama de la batalla de Carpintería, urdió no sólo el dual signo político de la Historia del recién inventado país durante los ciento treinta y cinco años siguientes, sino también la muerte (y el fin de la historia) de Santiago.

Con el pañuelo blanco anudado en su brazo, y bajo la caprichosa égida de los caudillos (¿o de la mía? ¡Yo qué sé!), nuestro personaje pronto se encontró en una montonera galopando hacia la muerte. Y fue el choque con los de pañuelo colorado, el encontronazo en el que un gaucho aindiado venía hacia él, cubriéndose con el cuello del caballo y enristrándole una lanza, mientras él a su vez lo acometía, hacía girar las boleadoras, el caballo se le paraba de manos, por ahí andaba el bisabuelo de Belloni, y lo malo de esto es que usted tiene que dejar suspendida la lectura acá, con las figuras desmesuradas de los combatientes proyectándose en el aire diáfano de nuestra campaña, como recortadas contra el azul altísimo, inmóviles en tan trágico y vigoroso conjunto, porque el autor quiso poner fin a la primera parte del epílogo acá, creyendo seguramente que de ese modo homenajearía a una tradición literaria.

2

COMO VENÍA CONTANDO, el entrevero resultó en que nuestro personaje pronto estuvo en el suelo, sintiendo un dolor inverosímil, sintiendo que refrescaba, que se hacía de noche. Tengo para mí —gracias, Jorge Luis— que en aquel momento Santiago sintió una luz y una paz íntima; una reconciliación postrera que ya están muy bien descritas en La muerte de Ivan Ilich, así que no voy a molestarlo con esas paparruchas y en cambio paso al final.

—¿El final?

—Sí. De algún modo hay que exponerlo. Aunque sea con una serie de afirmaciones más o menos reñidas con el buen gusto, del tipo: "Un ayudante de Oribe, que luego de la batalla pasó cerca de él, lo reconoció, y reconoció en aquel cuerpo exangüe los signos inequívocos de la muerte cercana".

—¿Qué le parece si fuera el mismo sargento de artillería que lo había mandado al calabozo, en el episodio del cruce del arroyo?

—Y bueno: si quiere, que sea el mismo. Total, artificio más o menos no le hace. Como decía: Sabiendo que Oribe tenía especial consideración para con Santiago, y tal vez porque tenía un poco de mala conciencia, el sargento corrió a avisarle, para tratar de obtener para el negro algún tipo de socorro. Y regresó a poco, desmontó, se inclinó sobre el moribundo, y le dijo:

—Don Manuel... dice que te perdona la deuda. ¡Ya no tenés deudas, Santiago! Ahora sos libre... sos de los nuestros... ¡sos de los blancos, Santiago...!

Santiago lo miró en lo más profundo de su pupilas azules, tan sumamente hijo de su madre. Después estuvo mirando en el alto cielo unas nubes como ovejas rosadas que el Pampero arreaba hacia el este. Transcurrió así un tiempo que para el blanco que lo asistía fueron segundos, pero para el negro fue el repaso y la comprensión de toda su vida. Luego cerró los ojos. "En la guerra somos todos esclavos", pensó, y enseguida: "¿Cómo no lo había pensado antes?". Y, siempre propenso al optimismo, murmuró:

—Sí... blanco hasta la muerte.

En aquel momento se oyeron clarines que llamaban a formar. El ayudante de campo montó y cuando hubo andado unos metros detuvo al caballo para mirar a Santiago Oribe por última vez. El moribundo estaba dedicando el esfuerzo final a sacar la polvera de su bolsillo y a mirarse el rostro en el espejo, como para llevarse al otro lado un recuerdo de su rostro. "Como para ver si era cierto lo que dijo", pensó el sargento, y volviendo grupas se dirigió galopando a reunirse con el estado mayor.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998