Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


La casa de Rasmussen

Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

1

ERA UN TUERTO que empezó a aparecerse por el bar del Rowing y que elegía una mesa de la terraza que diera sobre la bahía. Llegaba pasadas las cinco, encargaba una grappa y enseguida se concentraba en sus pensamientos, una costumbre que sólo abandonaba para estudiar cartas de navegación. Cuando las sombras del Cerro empezaban a estirarse sobre las aguas del puerto el hombre doblaba los pliegos y ponía de pie su metro noventa. Con paso firme y elástico, pese a sus años —más de setenta, le calculé—, llegaba hasta la caja y pagaba. Después daba las buenas noches y se iba. "Es noruego y se llama Rasmussen", me dijo el barman cuando le pregunté por él. Era cuanto sabía.

Una noche cayó por el bar el capitán Buenaventura. Hacía meses que no se lo veía; llegaba de un reciente viaje a Japón, con escala en Sidney y un regreso por el Estrecho de Magallanes. "Vengo con un atraso del carajo", me informó, ambiguo y desconsolado, y agregó: "Una travesía larga como discurso de tartamudo". Pidió un whisky y empezó a abrumarme. Que si gustaba tomarme uno, que cómo andaban las regatas esta temporada, que si yo quería pasara más tarde por el barco a levantar unos grabadores, que si no se había aparecido el viejo Rasmussen.

—¿El noruego? Viene más o menos a estas horas. Ha de estar por llegar.

—Ajá, cumplidor el hombre. Habíamos quedado en encontrarnos acá por estas fechas. Vamos a levantar el Hilda, que está hundido a la salida del puerto de La Paloma. ¿Querés ganarte unos pesos?

2

A CUATROCIENTOS METROS al noreste de la escollera norte se veían emerger del agua los dos mástiles. Era un pesquero diseñado por el legendario Colin Archer, construido en Larvik y botado en mil ochocientos noventa y siete.

Durante la pierna —veinte horas de suave viento favorable— yo había conocido un poco más a Rasmussen y su historia; también me había enterado de algunos detalles del barco, quizá útiles para la buceada que iba a hacer.

Habíamos hecho la singladura con un ketch del club para que yo viera en qué estado se encontraba el Hilda, en su momento el mejor pertrechado barco nacional dedicado a la pesca del tiburón. Cómo las autoridades habían permitido que semejante joya se hundiera es una estupidez que nunca podrá entenderse.

Tenía el Hilda noventa pies de eslora y veinte de manga. ¿El calado? Las Colin Archer son más bien panzonas, ¿sabe? No son de mucho calado. Y sin embargo son marinas. Porque están hechas para la mar larga y chupadora, para la mareta, para la tormenta del Mar del Norte. Lo de ellas es acompañar la ola, no romperla. Así, mejores barcos, haber, no hay. Y la Hilda... fíjese que yo estoy desde muchacho en la Hilda. Esa que vamos a ver, sepa, es mi casa. Yo me embarqué en el treinta y cuatro, hace más de sesenta años. ¿Me entiende? Empecé de grumete, haciendo proa al principio. Después, de marinero. Más tarde de segundo y ya al final, cuando la trajimos para Uruguay, en el cuarenta y ocho, de capitán.

—¿Por qué dice la Hilda, Rasmussen?

—Poder acostumbrarme, no puedo. Si pienso sí, el barco, pero en noruego barco es ella, ¿me entiende? Como la sol. Viví tantos años en este país, y trabajé acá y aprendí español, y algunas cosas de mar enseñé, pero no sé por qué tanto me cuesta, decir el barco... el yate.

Rasmussen hizo un gesto despectivo adelantando la barbilla. Estábamos con la isla Gorriti a cuatro millas a babor; teníamos viento de aleta y a sotavento, a través del graznido de las gaviotas, se veían las velas de unos cuantos yates. Buenaventura le pasó el timón a Rasmussen y se metió en la cabina mientras anunciaba que iba a servir un whisky.

—Contale cómo pescaban, Rasmussen.

—¿Y cómo íbamos a pescar? ¿Con máuseres? Con palangres y redes, claro.

—No, viejo, contale de los aparatos del Hilda —exhortó Buenaventura al regresar a la bañera, esgrimiendo una botella. Sin esperar dijo:

—El tiburón —fijate qué bacán— está más a gusto a determinada profundidad, temperatura y salinidad.

—¿Y qué eso qué tiene que ver con los aparatos?

Buenaventura sirvió; bebimos unos tragos lentos y reconfortantes mientras el viento aflojaba un toque, anunciando virazón. Rasmussen pareció entonces mejor dispuesto.

—Ténseme un poco la génova —me dijo, y enseguida: —Claro: si uno ubica esos parámetros, uno está encima del tiburón: es tirar y sacar, porque ahí está él. Antes de venir para Uruguay equipamos la Hilda en Edimburgo con termómetros de hondura, medidores de salinidad y eco sonda, ¿entiende?

—¿Te das cuenta, Buenaventura? Esa manera de pensar y trabajar es de alemanes.

Vi que Buenaventura fruncía el entrecejo y trataba de decirme algo con la mirada, como que yo la había embarrado. Vi la tristeza asomándose al rostro poco expresivo de Rasmussen.

Buenaventura atajó el silencio y continuó:

—El Hilda recorría distancias enormes en el Atlántico sur, buscando. Y encontrando, desde luego. Anduvo hasta por las Malvinas atrás del tiburón. Pesca científica, ¿verdad, viejo?

—Científica... es lógica, ¿no?

—Y sí: es ubicar el lugar donde vive el tiburón y pescar donde hay pesca, no gastando pólvora en chimango. ¿Sabés qué es eso, Rasmussen?

—¿Chimanga? No.

—Eh... yo tampoco, pero es... como gastar esfuerzos en algo que no va dar resultado.

—Como cruzar el río para buscar agua —apuntó el tuerto.

—Así que donde ponían el ojo —dijo Buenaventura, dándose cuenta que había metido la pata y remachando:— ponían la bala...

"Ahora le dice que tenga mucho ojo con algo", pensé, y dije:

—Llenaban las bodegas enseguida...

El noruego terminó de vaciar el vaso antes de responder:

—Durante los primeros años la empresa exportaba aceite de hígado de tiburón, nada más. Imagínese cuántos hígados triturados se necesitan para llenar un tanque de doscientos litros. Y para llenar la bodega con varios cientos de tanques, miles y miles de tiburones. No es cuestión de soplar y hacer botellas. Dieciocho hombres éramos la tripulación. Dieciocho uruguayos, que yo soy oriental, ¿sabe?, trabajando noche y día, semana tras mes. Un viaje demoraba igual un año pescando.

—¿Y la calidad? —pregunté.

—Dos calidades, siempre, de macho y de hembra. De primera y de segunda.

Yo no entendía aquello y miré a Buenaventura, que aclaró:

—Lo que pasa es que la cantidad de vitamina A en los hígados de los machos es muy superior a la de las hembras. Ese aceite valía más; era el de primera. Algo bestial, ¿no?

—Seguro. En los tiburones del Atlántico norte no se encuentra ni la centésima parte de la calidad de los hígados de los tiburones de por acá. Nadie sabe por qué. La alimentación, será. El krill.

—Pero si no comen krill.

—¡Buenaventura! Comen peces que comen peces que comen krill... eh, yo que sé. Mirá que sos discutidor...

—Ta, ta, no se me enoje, viejo. Vamos, otro whisky.

El noruego aceptó de buena gana y mejor humor.

—Como le decía —prosiguió—, y para contestar su pregunta... ¿o pregunta por preguntar, como Buenaventura? Eso es algo que no pasaba en Noruega: si uno pregunta, el otro contesta. Aunque sea, "no sé". Ustedes, en cambio, hablan, y preguntan, y siguen hablando... y si el otro responde, bien, y si no, también. Es raro. Bueno: durante los primeros años, no llenábamos las bodegas enseguida, por lo que le digo. Pero ya a partir del cincuenta y dos, cincuenta y tres ya sí las llenábamos más rápido: tres, cuatro meses, y volvíamos, descargábamos y volvíamos a entrar.

—Ahá. ¿Y por qué? ¿Nuevas técnicas? Ya sé: algo de los alemanes...

3

LOS ALEMANES APLASTARON la primera resistencia en tres semanas, pero la invasión y el control de las ciudades importantes de Noruega se hicieron en una tarde, la del nueve de abril de 1940.

La noticia había alcanzado a los tripulantes del Hilda en la noche, mientras se hallaban pescando arenque a treinta millas de la costa. Tenían marejada pero poco viento y el cielo estaba cubierto. Lo único que se veía más allá de la borda eran los fanales rojos y blancos de la flota, lejanos unos, cercanos otros, hamacándose, desapareciendo por momentos, subiendo y bajando en la negrura del Mar del Norte. Rasmussen estaba bajando una red a la bodega cuando escuchó la campana del barco, que llamaba a toda la tripulación al trinquete. El capitán les habló; había recibido la información por radio hacía diez minutos. Los pescadores escucharon en silencio y después siguieron en silencio, como si cualquier palabra fuera incompatible con la atrocidad de la catástrofe. Rasmussen pensó en Vencke, su hermosa mujer, y en su hijo recién nacido. Un temor vago y angustiante lo oprimió. La guerra, que había estado pesando sobre ellos en forma de noticias, como una incertidumbre ominosa, los alcanzaba ahora con todo el rigor de los hechos luctuosos; los ya irrevocables y los que vendrían.

Pocas horas después el capitán recibió órdenes de regresar a Bergen, el puerto donde estaba surto el Hilda y donde cada quince días alijaban. Los tripulantes descansaban entonces tres noches y, cada cuatro meses, tenían dos semanas libres. En esta oportunidad el capitán no llamó a la tripulación para informar del regreso, como si aquella manera elemental de la democracia se hubiera muerto con la nueva situación. Todos se hicieron cargo cuando fueron llegando órdenes de terminar de acomodar la pesca en los cajones, de doblar las redes, de izar las velas, de toda la barra a estribor.

A Rasmussen le pareció bien cuando uno de los pescadores dijo que deberían tirar la pesca al mar.

—Todo lo contrario —dijo otro—; ahora necesitamos la comida más que nunca.

También aquello le pareció sensato, porque eran rehenes, toda la población del país era rehén. Los pescadores no podían dejar de alimentar a los suyos, pero hacerlo era también alimentar a los invasores. Ahora regresaban del mar abierto y libre a una tierra ocupada.

4

—Y SÍ, CÓMO NO — contesté—. Siempre vienen bien unos pesos extra. ¿Cuánto tiempo te parece que llevará? ¿Qué hay que hacer?

Buenaventura dijo que fuéramos a sentarnos.

—Primero hay que hablar con Rasmussen, a ver qué ideas tiene. Habrá que inspeccionar el barco, bucear, conseguir un par de grúas flotantes, levantarlo, achicar, llevarlo a un dique seco. Andá a saber: una semana por lo menos.

—¿Qué barco es?

—Precioso, yo lo vi en sus mejores tiempos. Un dos mástiles, treinta metros o por ahí, dos motores.

—¿Y el casco?

—De madera. Roble, teca, yo qué sé. Estaba embargado y los boludos del Estado, los responsables, no fueron capaces siquiera de mantenerlo a flote. Estuvo como medio año haciendo agua: al final se aburrieron de achicar o los rumbos que tenía se agrandaron tanto que las bombas ya no daban abasto. Y quedó ahí.

—¿Y el noruego?

—Rasmussen no podía hacer nada porque no tenía plata: estuvo en California tres años, trabajando con turistas.

—¿Con turistas?

—Sí: los sacaba a pescar el pez espada. Y ganó lo suficiente, parece, como para volver a desembargar el Hilda. Y lo desembargó, nomás. Parece que le da el cuero como para levantarlo. Es lo que falta: ponerlo a flote y en condiciones.

—Quién sabe si vale la pena: después de tantos años andá a saber en qué estado lo encontramos.

—Para un hombre como Rasmussen, no hay duda de que vale la pena. Y si no valiera la pena sería capaz de hacerlo igual. Porque se crió en el Hilda: navegó con ese barco fijate que como cincuenta años. O más. Mirá: ahí viene.

Rasmussen acababa de entrar, nos había visto y caminaba hacia nosotros. Fue una de las pocas veces que lo vi con la cara iluminada. Parecía más joven; venía de brazos y sonrisa abiertos de par en par a saludar a Buenaventura, a sentarse a la mesa con nosotros.

5

LAS AUTORIDADES militarizaron el puerto de inmediato y pusieron un oficial nazi y dos guardiamarinas de la marina de guerra alemana a bordo de cada pesquero. Lo primero que hicieron fue interrogar a todos los tripulantes. Días después la Gestapo arrestó al segundo, por ser hijo de madre judía. Nunca más supieron de él; se rumoreaba que había sido deportado. Además, instalaron nuevos equipos de radio; las rutinas cambiaron en el sentido de una mayor disciplina y licencias más cortas para los tripulantes. La pesca continuó sin cambios sustanciales, sólo que cada pesquero tenía ahora, además, la misión permanente de vigilar el mar y reportar cada movimiento, cada barco extranjero, cada avión que se avistara.

A los dos años de la ocupación Rasmussen y Vencke tuvieron otro bebé, una niña. Fue por esa época que el segundo del Hilda se enfermó y en su lugar designaron a Rasmussen, entonces el más antiguo de los tripulantes. Desde la cabina de mando Rasmussen pudo enterarse del curso de la guerra por las trasmisiones de la radio inglesa.

La situación del país empeoraba. El gobierno de Quisling había racionado la comida y llevado a cabo la deportación de judíos. La resistencia estaba activa en los bosques y las montañas; algunos habían cruzado la frontera con Suecia y encontrado refugio allí, aunque no apoyo para actuar dentro de Noruega.

Simpatizante de los aliados desde el comienzo de la guerra, Rasmussen pensó en desertar. Lo consultó con Vencke pero la mujer lo hizo desistir. Tenían dos niños pequeños; el oficial encargado de administrar el racionamiento podría vengarse con ellos fácilmente, si no era que la Gestapo la encarcelaba a ella y le arrebataba a los hijos. Era cierto, tuvo que admitir Rasmussen. Sin embargo, el conflicto entre la responsabilidad por la familia y el odio al ocupante persistía; a poco concibió un plan que contemplaba ambos sentimientos.

Rasmussen conocía bien a la tripulación del Hilda, las rutinas y el modo de actuar de los alemanes. Pensó que si pudieran hacerse del control del pesquero no les sería imposible navegar hasta Inglaterra. El barco desaparecería, completo; siempre podrían suponer que se había ido a pique en una tormenta. De ese modo los riesgos de represalias familiares disminuirían. Además, desertar de esa manera era mejor que hacerlo él solo. Liquidaban a los tres militares alemanes y aportaban información y un pesquero con equipos modernos a los aliados. Decidió intentarlo sin decirle nada a Vencke.

Entre los catorce tripulantes que tenía el Hilda, además de los alemanes, había dos posibles soplones y un tercero que, sin serlo, seguramente se opondría a la idea. Podría contar, pensaba, con el apoyo activo o pasivo del resto, diez hombres. Antes de hablar con nadie acerca de su plan, Rasmussen se imaginó las posibles complicaciones, los momentos apropiados para lanzarse a la acción y lo que tendrían que prever. Para empezar, deberían ahorrar y esconder combustible suficiente como para llegar hasta Inglaterra.

6

—RASMUSSEN: TE PRESENTO A UN AMIGO — dijo Buenaventura después del abrazo.

—Mucho gusto.

El apretón de manos fue firme y cordial.

—Mucho gusto. Buenaventura me estaba contando del Hilda.

—Sí —dijo el noruego, hizo señas al camarero y se acomodó junto a nosotros—. Por fin voy a poder rescatarla. A ver si Buenaventura puede ayudarme en eso —resumió, subrayando las erres y las eses, aunque me dio la impresión de que dominaba nuestro idioma.

—¿Y cómo es que terminó hundiéndose? —le pregunté—. Digo, ¿por qué se lo embargaron? Ya el capitán me contó un poco.

—Yo tenía una firma, ¿sabe? La cosa fue viento en popa, como dicen ustedes. Marchó muy bien unos años... pero después... la química.

—¡La química lo pudrió todo! —dijo Buenaventura, meneando la cabeza. Como yo los miraba sin entender, el noruego dijo:

—Y sí: cuando empezaron a fabricar pastillas sintéticas de vitamina A, el negocio encalló. O mejor dicho: se fue a pique. Yo tenía deudas con el Banco República de préstamos por nuevos motores, y para pagar sueldos de la tripulación. Mantener un barco como la Hilda... es una millonada cada año. Y ya después de poder vender cada vez menos, las deudas a agrandarse, ¿sabe? Al final no había otro remedio que dar quiebra. ¿Qué toman?

Pedimos café con cogñac, como para marcar la importancia de lo que íbamos a conversar.

—¿Cómo viene la mano ahora, Rasmussen? —preguntó Buenaventura.

—Como te dije, ahora puedo pagar la puesta a flote. Pero tener experiencia, no tengo. Por eso quería hablar contigo en cuanto volvieras. ¿Cuándo zarpás de nuevo?

Buenaventura se tomó su tiempo antes de contestar, encendió un cigarrillo con parsimonia, miró hacia la bahía, meneó la cabeza y encaró a Rasmussen:

—Mirá: con lo lenta que es la estiba acá, entre que descargamos, pintamos, hacemos algún arreglo, volvemos a cargar y consigo tripulación... mmm: no antes de dos semanas. Sin embargo, yo creo que en una semana tenés al Hilda en el dique. Le dije al amigo, que es buzo, a ver si quería acompañarnos. Creo que lo primero sería hacer una inspección del casco, a ver en qué condiciones está y por dónde levantarlo. ¿Cuántas toneladas desplaza?

—Doscientas sesenta.

—Con una o dos grúas flotantes se podrá, pero no sé si hay en La Paloma. ¿Vos sabés?

—No tienen —aseguró el noruego.

—Bueno, se consiguen acá.

—Así es que los papeles, los permisos... por ese lado no hay problemas... —dije.

—Eso ya está resuelto.

—Me imagino lo que te habrá costado —terció Buenaventura—. Lo que tendríamos que hacer, primero, es ir hasta allá, que éste se tire a bucear y estudiar el asunto. ¿A cuánto estará?

—Cinco metros.

Rasmussen desplegó una carta de navegación y señaló con el dedo el lugar.

—Después —siguió Buenaventura— es cuestión de contratar una grúa, tener las bombas de achique listas y gente y el material para tapar las vías que tenga, el dique avisado. ¿Qué te parece?

—Bien. ¿Cuándo podremos ir? —preguntó Rasmussen.

—Por mí, dentro de tres días —dijo Buenaventura.

—Si quieren —sugerí— podemos ir en el ketch del club; nos lo arriendan por pocos pesos. En menos de un día estamos. Puede ser práctico para ya acercarnos al Hilda por acá —dije, mostrando una derrota en la carta— y bucear. Y por los equipos; tiene compresor a bordo. Si no, hay que llevar varios tanques de oxígeno o estar alquilando y consiguiendo allá. Vaya a saber qué es lo que tienen.

Rasmussen me miró como para tomarme el pulso; yo agregué que ya había buceado desde el barco del club. Entonces el noruego dijo que no era mala idea. ¿Que me encargara de eso, entonces?

7

RASMUSSEN EMPEZÓ HABLANDO con dos de los más seguros tripulantes, quienes comprometieron su apoyo. No fue difícil para el segundo anotar en el cuaderno de bitácora más millas de las que en realidad hacían. Cuando llegaba la hora de cargar combustible, de a poco, en sucesivas ocasiones y en total secreto fueron llenando varios tanques de dísel que ocultaron en la sentina. Cuando tuvieron lo suficiente hablaron con tres pescadores más y los seis se pusieron de acuerdo. Durante una tormenta lo harían. Con el barco en su poder, lanzarían varios S.O.S falsos por radio, la apagarían después y pondrían proa a Inglaterra.

En la cabina del capitán había siempre por lo menos uno de los tres alemanes, normalmente el oficial. De ése se encargaría Rasmussen. Otro solía estar durmiendo y el tercero recorría el barco o atendía la radio. De ésos se encargarían los otros.

Todo salió de acuerdo con lo planeado, salvo que el oficial no se desmayó con el cachiporrazo que le dio el segundo sino que, aun bastante atontado, empezó a desenfundar su pistola. El noruego fue rápido y se le tiró encima, sujetándole la derecha, que ya había empuñado el arma, con las dos manos. Le dió cabezazos en la cara hasta que el otro soltó la pistola para defenderse mejor. Entonces Rasmussen empezó a apretarle el cuello con todas sus fuerzas. Le agradara o no, ese oficial estaba allí para que el segundo lo matara. Antes de morir estrangulado, sin embargo, pudo clavarle las uñas en la cara a Rasmussen y terminó por arrancarle un ojo. En tanto, los otros marineros habían matado a los dos guardiamarinas. Después de curar al segundo tiraron los tres cuerpos al mar. A la semana el Hilda estaba surto en Edimburgo.

8

EL AGUA ESTABA TEMPLADA y había medusas marrones. Cuando empecé a bucear a lo largo del casco, con sólo verlo me di cuenta de que no valía la pena. En cinco años que hacía que estaba sumergido, la madera se había deteriorado tanto que se veían, aquí y allá, las cuadernas y las costillas de la estructura. Con el cuchillo fui pinchando en distintos lugares; debajo de una gruesa capa de crustáceos y algas, la madera se deshacía en una nube marrón. Por el lado de babor, abajo de la línea de flotación había un agujero por el cual pude entrar. Con una linterna alumbré el recinto y me sobrecogió el aspecto fantasmagórico, de irremediable deterioro que tenía. "Esa que vamos a ver, sepa, es mi casa", había dicho el noruego. Estuve recorriendo aquel lugar, aquel pedazo de patria donde trabajaron pescadores noruegos y orientales, más por decir que había cumplido a cabalidad que por la esperanza de encontrar algo que no estuviera podrido. "Rassmussen no va a alegrarse", pensé, y decidí subir.

—Gastar pólvora en chimanga... Era mi última esperanza —fue el comentario del capitán Rasmussen.

9

EN LA TERRAZA DEL BAR estábamos, él y yo, sentados con una mesa y dos copas de por medio. Iba a ser nuestra última conversación. Buenaventura ya había zarpado; me enfrentaba a mi última inmersión en la historia del marino.

—Capitán: usted dice que vino a Uruguay porque los tiburones de por acá tienen mejor hígado. Pero ¿por qué dejó Noruega para siempre? Digo, las razones por las que uno es inmigrante y las razones por las que uno es emigrante...

—Ser inmigrante —dijo el marino, después de haber pensado— es, primero, ser emigrante.

Yo me quedé esperando la respuesta, que no vino enseguida. Rasmussen hizo una seña al camarero. En los seis segundos que éste demoró en llegar a la mesa vi envejecer al capitán diez años. Pensé que él, que tanto había hecho por sus dos países, por la vida, empequeñecía hacia la muerte. Pidió otra grappa. Por primera vez desde que lo conocí, hace dos meses, en esta misma terraza donde ahora escribo, lo vi fumar: sacó una pequeña caja de habanillos del bolsillo de su chaqueta marinera, la abrió, se puso uno en la boca, convidó.

—No, gracias —dije—. El remo.

—Sabe, dejé a mi país —continuó el marino, encendiendo el habanillo— porque lo quería. Y no volví porque quería tanto a los míos.

Inhaló una bocanada y sopló un humo aromático y espeso que la brisa del puerto pronto disipó. Las luces de la ciudad empezaban a reflejarse en las aguas aceitosas de la bahía. El marino continuó, mirándome ahora, como para ver si le prestaba atención:

—Lo que no quiere decir que los que se quedaron no lo quisieran. Es una vieja historia: no importa.

—Nunca le pregunté por su nombre de pila.

—Svein.

—Svein.

—Ahá. Así se llamaba mi abuelo. También pescador, de Bergen.

—¿Cómo es la ciudad?

El marino miró hacia afuera. Me pareció que el paisaje de su ciudad se le representaba en la mente mientras miraba hacia los reflejos de las luces en las aguas negras de la bahía de Montevideo.

—Era... muy linda. Montañas, colinas, una ensenada estrecha y larga..., casas de madera oscura en las faldas de los cerros... muchos balleneros... Y casi siempre nublado, ¿sabe?

—¿No volvió nunca a Noruega?

—Nunca.

—¿No pudo o no quiso volver?

Hizo una pausa, no como si pensara si iba a responderme —yo sabía que iba a hacerlo—, sino como decidiendo el modo.

—Apenas pude, le hice saber a Vencke que estaba vivo. Al mes recibí su primera carta. Me contaba que también ella y mis hijos pensaban en mí, que seguían vivos. Era mucho decir. La gente comía ratas, a veces. Decía que no le daban pescado, porque yo no estaba. A los tres o cuatro meses recibí otra carta de ella. El oficial del racionamiento le había dado a entender que si quería comida... tenía que acostarse con él. Que la situación la superaba, que no sabía qué hacer... que le dijera yo qué era lo que ella tenía que hacer. ¿Me entiende?

Yo asentí, pensé en la piedad de la mujer hacia el noruego, en cuán cerca estaba la misericordia de la traición. No dije nada. Sólo esperé. Svein Rasmussen me miraba con su pupila celeste borroneada por una lágrima.

—Le contesté... que diera de comer a mis hijos.

El noruego contrajo la cara en un gesto amargo. Agregó, con voz ya no muy firme:

—Sólo mucho más tarde me di cuenta de lo que ella en realidad había querido decirme... Con mi respuesta me cerré la puerta de mi propia casa: se me había hundido. Usted no sabe lo que le hacían, cuando terminó la guerra, a la gente que había colaborado...

El hombre bajó lento la cabeza y la escondió entre sus manos. Ya era tarde y a la mañana siguiente yo tenía que remar en una regata del club. Me levanté y me despedí con una palmada. Desde entonces Svein Rasmussen no pisa más el bar, lo que me hace temer lo peor. Me acompaña la última imagen que tengo de él: la de un viejo marino inclinado ante una mesa, con sus hombros temblando, en la terraza del Rowing.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998