Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


Viaje al hijo en la estación final

Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

DESDE QUE LOS HABÍAN SEPARADO, por las continuas peleas, estaban marchitándose a ojos vistas. Yo había ido a hablar con la encargada y la había convencido de que los pusieran juntos de nuevo. Cuando fueron reubicados en la misma sección, cuando se vieron otra vez frente a frente, los arcos de las sonrisas que traían se invirtieron, se truncaron en mueca. Los labios de ambos temblaron y, sin dejar de mirarse, comenzaron a sollozar. Lloraban porque se daban cuenta de que aquella separación había sido una muerte anticipada. Así, en el contacto del uno con el otro, como la red del pescador que se infla en el agua, retornaron a la vida. Yo los veía y no dudaba de que pronto reanudarían sus peleas, pero en aquel instante su amor no se expresaba con riñas ni con discusiones irritadas, sino con lágrimas que, al verterse, colmaban su intimidad de una misericordiosa adoración del uno por el otro. Él, lentísimo, apoyado en su bastón, se acercó a ella, la miró: se quedó sin palabras. Luego me miró a mí. Sin que se diera cuenta, los ojos se le secaron, las pupilas, casi ocultas por las cataratas, se adaptaron a algún punto situado detrás de mí, sobre el horizonte imaginario de la vida breve. Yo lo observé, le sonreí, inútilmente. Pese a las arrugas, con la cara inexpresiva que pone el que está pensando o rememorando, había rejuvenecido sesenta años, porque estaba dando saltos atrás en el tiempo, hasta el comienzo de mi historia.

***

NO PUEDE MÁS y se tira casi en cuatro patas sobre el desmesurado almohadón, abrazándolo, con las piernas muy separadas, cubierta apenas por una bata de hilo que, con el movimiento, se le arremanga hasta la cintura. Está con la frente sudada, gime y comienza a quejarse, a jadear. Estás detrás de ella y miras esa conocida geometría espacial. Allí están, deslumbrantes, sus dos naranjas separadas por el sendero oscuro que conduce hacia una estrella, y más abajo, el triángulo de pelos cortos. Observas que en su centro palpita la rosada y roja apertura de lo inminente. Valentina respira con cadencia de marea, comienza a desgranar un largo quejido que sólo interrumpe para continuar jadeando; recoge un poco más la pierna derecha y eleva el torso, de un brusco movimiento se quita el camisón y torna a aplastar sus pechos de grandes pezones morados sobre aquel cojín que recibe su transpiración. Piensas que nunca has visto nada más sobrecogedoramente hermoso; la cámara, sin embargo, cuelga torpe de tu hombro y sólo atinas a ponerte a su lado, a acariciarle la frente como para indicarle que pese a todo estás allí, dispuesto a mucho, que es casi nada, que no es lo mismo: pero es igual. Ahora grita de dolor. En una pausa le dices que no se preocupe: si entró, va a salir. Y se ríe. Todo transcurre en pocos minutos. La vagina se abre más y más, y después de dos o tres contracciones ya estás apenas viendo, entre lágrimas incontenibles, un ala que surge del fondo del mar. Ya sale la cabeza violeta, una mano, un hombro marrón, un torsito empapado que arrastra un grueso cable negro, enrollado, y las piernas increíbles, arqueadas, moradas. Como si fuera otra escena de una pieza mil veces representada, Valentina deja de sentir dolor e interrumpe sus lamentos y se vuelve enorme sonrisa para acostarse y recibir sobre su vientre y sus pechos a aquel nudito de llanto potente y breve. Es un niño.

Se supone que debías estar parado a un par de metros de distancia, registrando el parto con método y arte, pero sólo llorabas. Es el momento más intenso y feliz que recuerdes. La partera termina de sacar la placenta. Distingues sus manos, que secan al bebé y manipulan unos palillos de plástico. De acuerdo con tu deseo, a una indicación de la nurse tomas unas tijeras y ztac, cortas el cordón umbilical. Se derraman en la piel de Valentina unas gotas de sangre negra: por tu obra y voluntad creadora, los separas en hijo y madre para siempre. Valentina te mira con cara de ola marina, de fuego o pantera y te entrega el niño. Pones el índice entre sus dedos inverosímiles que, poco a poco, van cobrando un color rosado.

—Va a llamarse Diego —dices.

—Bueno, no le pasó como a la jirafa —responde Valentina.

Demoras en comprender. Te ríes. Algo de tu memoria se dispara hacia el tiempo transcurrido y se eleva en arco veloz, y al alcanzar el cenit atemporal se enciende, bengala, para iluminar el nadir de los recuerdos. La memoria recupera hacia aquel presente aromas del pasado. Busca escenas, réplicas en el origen de todo, atraviesa un túnel, sistema de cajas chinas, pantallazos veloces de furia, dicha y celos hasta el instante en que ves a Valentina por primera vez.

Vivías en una residencia para estudiantes. Era un edificio de tres pisos, cercano a la costa, confortable, pensado para albergar a cientos de jóvenes. En la planta baja estaban el comedor, algunas instalaciones deportivas, sauna y una gran sala de estar. En los pisos superiores había dos cocinas por planta, ¿no? y cuartos. Había aquel venezolano picaflor, Juan José, con el que compartías la cocina, las preocupaciones por los exámenes e incluso, alguna vez, las muchachas que iban conociendo en la sala común y que luego, en la cama, se hacían íntimas amigas.

Una tarde de primavera se mudó para allá un tailandés. Esa noche se lo vio conversando con algunas estudiantes en la sala. Más tarde se oyó una música de tambores, violenta y sensual. Aquello duró quince o veinte minutos, y luego fue el silencio. Por la mañana vimos al asiático que salía acompañado de una rubia. A la noche siguiente volvió el tipo a la sala, la música se repitió y lo vimos llegar al desayuno acompañado de una gordita de pelo castaño. No tardamos en saber qué ocurría: el tailandés se encerraba en su pieza con la estudiante conversada en la sala. Siempre hacía lo mismo: les decía que iban a presenciar un espectáculo de su tierra natal, que se sentaran en un sofá y prestaran atención. Apagaba las luces, encendía una vela negra sobre la mesa y ponía la música. Entonces empezaba a bailar mientras se quitaba de a poco la ropa. A los quince o los veinte minutos estaba totalmente desnudo, con una erección impecable, y la espectadora de turno con el asombro domado y el sexo húmedo, pronto. El rumor no tardó en correrse. Pronto vimos cómo la sala común empezaba a verse frecuentada por curiosas y aspirantes a presenciar el show. Una de aquellas muchachas fue Valentina. Eran las nueve, un sábado por la noche. Cuando llegaste a la sala la viste sentada en la misma mesa que Juan José, conversando con él, frente a él. Te sentaste en otra y comenzaste a observarlos. Te interesaba el funcionamiento de aquel mercado de la personalidad que era la sala, y estabas curioso por saber cuántos minutos u horas demoraría Juan José en llevársela a la pieza. Al principio te llamó la atención que ella no tuviese, como el venezolano, una botella de cerveza enfrente, sino una de agua mineral. Después te atrajeron su serena elegancia, sus ademanes suaves. No fumaba, al contrario que Juan José, e irradiaba algo que te llegaba por encima del bullicio y el humo, y te atraía, sí. En determinado momento Juan José se levantó y salió. Tú estabas vacilando entre dedicarte a otras actividades o levantarte para hacerle compañía cuando ella se volvió para mirar a alguien a los ojos, como para reconocer o verificar algún tipo de comunicación. Ese alguien eras tú. Te levantaste y fuiste a sentarte a su lado.

—Ya sé que no fumas —le dijiste—. Y como estás tomando agua mineral, lo único que tengo para ofrecerte es un poco de compañía... aunque no sé si la necesitas.

—¿Tú fumas? —preguntó ella.

—No.

—Me lo imaginaba. ¿Cómo ibas a ofrecerme un cigarrillo entonces?

—Lo inventaría. Por ti lo inventaría.

A esa altura del diálogo ya estaba claro que ella tenía ojos amarillos, una boca de labios sensuales, pelo castaño peinado hacia atrás y recogido en un moño. También que era o un poco sobradora o de una calma desarmante, o ambas cosas a la vez. Cualquiera de ellas era un acicate.

—¿Qué te gusta hacer en el tiempo libre?

—Lo obvio y previsible, de lo que nos gusta a todos. ¿Y a ti?

—Curiosear.

—¿Vives acá?

—Vine a estudiar por este año. No vivo acá.

Ella pareció sumirse en un ensueño. Se hizo un silencio. En una conversación recién iniciada los silencios no solían ser una buena señal, pero aquél no tenía nada de malo. Lo dejaste engordar un poco y luego:

—¿En qué estabas pensando?

—En que vine a esta sala con la curiosidad de conocer a un hombre. Pero me parece que me equivoqué de hombre.

—Curiosa.

—Soy curiosa. Aunque no tengo quince años.

Ambos reímos; ya se había establecido entre nosotros la complicidad. No fue difícil invitarla a tu habitación a mirar unos apuntes. Pero no aceptó. Prefirió invitarte a la suya para que la ayudaras a controlar unas ecuaciones.

—Reconozco que es una invitación original. Mi fuerte tal vez sean las matemáticas —dijiste.

Nos íbamos justo cuando llegaba Juan José, a tiempo para vernos salir charlando. Qué iba a hacerle. Él sabía que el mundo es un lugar lleno de injusticias.

Al día siguiente te encontraste con él a la hora del desayuno.

—¡Chico, coño, qué vainas me haces! ¿Cómo tú te vas a llevar a esa chica para montártela así?

—Juan José, si no pasó nada... No me la monté, te lo juro.

—Mano, ¿vas a decirme que no estuvieron jodiendo?

—Sólo hicimos el sesenta y nueve un par de veces, no es para tanto...

—Eres del carajo... Entre tú y el chino ése, me van a dejar sin nada.

—Te quejas de lleno.

—¿Tiene buenas...? —y hacía un movimiento ondulante, ahuecando las manos.

—Por primera vez en mucho tiempo, eso no me importa. Si a ti te importa, bueno sí, las tiene, y muy buenas. Mira: estoy conociendo a una mujer fuera de serie.

Conocer a una mujer; conocerle el cuerpo mientras ella conoce el tuyo. A años luz del hastío y el reposo, desplegar los preámbulos y el amor, todo con minucia y pasión. Hacer juntos, distendidos, todo lo que quieran y sientan en la más animal de las libertades. Arrancarle a la hembra, por fin, llantos de placer. Era entonces cuando había que poner atención con el después. Había normas, leyes que debían saberse. Cuando el cepillo de dientes de esa mujer amanecía en tu cuarto de baño, lo más probable era que se quedara el cepillo de dientes y su dueña. Debiste saberlo, aunque más no fuera para que los acontecimientos no te tomaran tan de sorpresa.

De sorpresa fue encontrarte con una mujer tan sabia en las artes amatorias y, al mismo tiempo, tan clásica. En los sucesivos encuentros, descubriste que mantenía un renovado equilibrio entre la iniciativa que a veces tomaba, y que te permitía ir descubriendo preferencias, apetencias y debilidades, y lo que llamarías pasividad, sometimiento. La comunicación en la cama no era sólo gestual; a ambos nos excitaba hablar de lo que nos excitaba. Así como había gente que hablaba de sexo sin pensar, habíamos quienes pensábamos en él sin hablar. Entonces se trataba de compartir e investigar las zonas reservadas al terreno de las fantasías. En tu cuarto ¿era en tu cuarto?, sí, gustábamos de las varillas aromáticas de sándalo o incienso. Era como una ceremonia: ella iba a buscarlas a su pieza, regresaba y encendía una. Entonces podían empezar a acariciarse mientras se hacían preguntas. En sus fantasías se veía en situaciones diversas en las que tenía que hacer cosas obligada. Después fue más precisa. Te oprimía la criatura, como ella la había bautizado, mientras te miraba a los ojos y te contaba que uno o varios hombres la humillaban y la sometían, obligándola a satisfacerlos, tomándola por separado o entre los dos mientras ella se debatía, pero no lo suficiente para impedirle o impedirles lograr lo anhelado. Eso violentaba su concepción de la igualdad de derechos de la mujer, pero, reconocía, la excitaba. Entonces tú la consolabas. No diciéndole que había un componente de pasividad y sometimiento en la mujer, y otro de signo opuesto y complementario en el hombre —lo que ella sabía, y muy bien—, sino escuchándola, poniéndola de espaldas, sujetándole con firmeza los brazos, lamiéndola y besándola para por fin penetrarla despacio mientras ella se apretaba y te decía que por favor no. Cuando le preguntabas si le gustaba se volvía, te miraba a los ojos y te decía que sí, que más adentro. Así eran las cosas; ella y tú habían entablado una relación de franqueza. Lo importante era que salían agotados y satisfechos, con dos o tres o cuatro catarsis realizadas. Aquello sólo los preparaba mejor para el cambio de ideas que precedía, acompañaba y seguía a la expresión corporal. Cuando pensabas en ella, en lo mucho que te había enriquecido, en lo que tú tal vez la habías enriquecido a ella, sólo analizando distinguías un intercambio de otro. Acaso fueran uno solo, con dos aspectos.

Para entonces, en el baño de tu cuarto ya tenía un lugar su cepillo de dientes. Así las cosas, habían pasado catorce días durante los que acumularon tantas experiencias en la cama, en la bañera, en la cocina, en la playa, en el sofá, en la alfombra, que parecía que pronto darían el gran salto hacia el azul nirvana. Un viernes, en la sala ¿fue en la sala?, la invitaste a ir al teatro. Te respondió, poniéndose pálida, que no podía. Lo lamentaba: había algo que no te había contado:

—Mi marido viene a buscarme —dijo.

Con sólo verle la cara comprendiste que no era broma. Te dio tal furia que te levantaste y saliste dando un portazo. Esa fue la primera de una serie, qué larga serie, por Dios, de peleas.

Aquel fin de semana, en efecto, no la viste; supusiste que habría viajado con el tipo a la ciudad donde vivían. Durante su ausencia, te diste cuenta de que te había ocurrido algo que nunca creíste que pudiera sucederte. Sentías algo agridulce, doloroso, parecido a un gran vacío. Era sed, necesidad de estar con ella, un sentimiento que quedaba más allá de la pasión y que, sin duda, sólo podía ser amor. El despecho que sentiste, y los celos que te royeron, sin dejarte pensar en otra cosa, eran los colores de fondo contra los que se destacaba aquel algo que había ido madurando en ti, aquel estar enamorado. El lunes por la noche ¿un lunes?, en la sala, volviste a verla y le pediste una conversación. Sospechabas que estaba de más, pero no querías estar muy seguro: en un bolsillo tenías un preservativo y en el otro su cepillo de dientes. Salieron a caminar rumbo al puerto.

—Sí. Estoy casada. Mi marido es un tipo muy celoso, dominante hasta lo increíble. Un bruto.

—¿Estás enamorada de él? ¿De él que es tan brutal y dominador?

—No es tan fácil. Hace tres años que estoy con él... Se crean lazos... Tal vez sea amor... Contigo es distinto...

—En todo caso, era distinto.

—¿Y cómo sabes qué va a pasar en el futuro? ¿Tienes bola de cristal, acaso?

—Bola de cristal...

—Bueno, yo no te he exigido nada... Si tú estuvieras casado, yo no te habría dicho nada. No te pongas así, chico...

—¡Así, así! ¿Pero cómo estás con él si es así como decís?

—No sé. En realidad lo detesto. Cuando no estoy con él, lo detesto. Pero en cuanto lo veo, se me mezclan los sentimientos. Un sentimiento maternal, de protección, mezclado con miedo. Me siento atraída por él. Es una bestia. No sé...

Cuando ella te hablaba de su marido, te crecía un dolor. Aquello te dañaba, pero al mismo tiempo querías que te siguiera contando. Tal vez con las ganas de entenderla, de conocerla mejor. Pero no había nada altruista en aquel intento. Si la escuchabas era porque ya sabías que en este mundo triunfan los precavidos, y una forma de estar entre ellos era tener la mejor información.

La primavera estaba tocando a su fin y el sol se ponía muy tarde. El cielo estaba rosado y lo que te decía Valentina iba oscureciéndolo cada vez más. Llegaron al puerto, caminaron por un muelle, se metieron entre las rocas. Habías llegado a la conclusión de que Valentina estaba con ese tipo porque sentía una fascinación por la brutalidad. Estabas aprendiendo lo que supiste más tarde: que los signos del poder, el dinero, la fuerza, la violencia y la amenaza, pueden predisponer y someter a algunas mujeres. Te dolía que Valentina fuese, hubiese sido una de ellas. Hablaba con voz calmada y cálida cuando se sentaron y empezó a contarte de sus sentimientos hacia ti. Su mano estaba sobre tu pantalón a la altura del muslo. Pronto iniciaría suaves movimientos de caricia y se deslizaría hacia hacia tu entrepierna, dispuesta a desabrocharte, a liberar a su ya pujante criatura. Deberías haber tratado de escuchar lo que te decía, tratar de separar el halago de lo verdadero, irte de allí. Ante una mujer así y dispuesta a todo: eras un pelele. Cuando hicieron el amor en la oscuridad estuviste atacándola mucho por atrás, tomándola por la cintura, firme. Y mientras ella se sujetaba apoyándose contra las rocas, lloriqueaba, te pedía más y más, y te rogaba que no la abandonaras. Sin embargo, los dos sabían que era una despedida. Volvieron caminando en un silencio que ninguno trató de quebrar. Antes de separarse estuviste tentado de devolverle el cepillo de dientes, pero después de lo ocurrido te pareció una cursilería. Lo tiraste a la basura.

Pronto te convenciste de que si eras un perdedor, eras uno circunstancial. No siempre se podía ganar, como no siempre se podía oler sándalo. Habría sido enormemente aburrido. Y estabas convenciéndote de que ella también había perdido.

Cuánto te costó no conversar con Valentina en la sala. No te era posible olvidar su cintura mínima, sus caderas exactas, los ojos un poco burlones y todo aquel conjunto que parecía despiadadamente puesto a tu alcance. Tres semanas de laboriosa abstinencia y estudios te pusieron fuera del peligro. No reincidiste; pudiste salir con otras amigas. Si bien no la olvidaste, cuando llegaron las vacaciones del verano comprobaste que habías salido bastante bien parado de aquella relación. No estabas dispuesto a compartir aquella mujer, y sobre todo no estabas allí para gastarte meses que debían ser de estudios en líos de faldas.

Los días del verano fueron transcurriendo más veloces que lo que habías esperado. Pasaste cuatro de las seis semanas de vacaciones trabajando y haciendo horas extras para costearte los estudios. En la última resolviste aprovechar una rebaja para estudiantes y viajar una semana en tren con aquella otra amiga, ¿te acuerdas cómo se llamaba? Les tocó un compartimento con aquel viejo roncador. No era posible dormirse, así que le sugeriste que salieran al corredor a charlar. Tu intención era encerrarte con ella en el baño del vagón: primero estuviste mimándola un poco, pero cuando se lo propusiste, no aceptó. Si ella hubiese sido Valentina, la sugerencia tal vez no habría partido de ti, incluso tal vez ni siquiera hubiera habido sugerencias. Su negativa no te cayó bien; el resto del viaje lo hiciste un poco deprimido. Pensabas que no te había sido posible olvidar a Valentina. Pensabas en que la verías pronto.

Cuando los cursos se reanudaron, la sala comunitaria de la residencia volvió a su ritmo habitual. Por las noches muchos se daban una vuelta por allí para charlar compartiendo una mesa. Como Juan José y Valentina. Te vieron, te saludaron desde lejos, pero sin invitarte. Ella parecía incómoda; te dirigía miradas furtivas. Juan José y ella se fueron juntos y al día siguiente Juan José te comunicó que habían pasado la noche "jodiendo". ¡Maldito Juan José!

—Coño, hermanito, algo bárbaro, ¿lo oyes?

Qué difícil era olvidar. Los encuentros con Valentina, aun aquellos sin peleas, fueran de la índole que fueran, terminaban en un gran silencio de paz interior, como frente a una puerta tras cuyo umbral se ofrecía otra manera, más enriquecida, de percibir la vida. Tú quisiste trasponer aquel umbral, pero necesitaste hacerlo acompañado por Valentina. Saber que estaba casada no te llevó, con el tiempo, a una reacción de despecho rencoroso; a poco habías ido refugiándote en una suerte de resignación. Ahora, al saberla con Juan José, tampoco pensaste que te habías equivocado con respecto a ella ni que tus sentimientos fueran resultado de un deslumbramiento pasajero. Te parecía indigno "luchar" por un amor; indigno mostrarte ofuscado o vengativo o indiferente. Había algo melodramático en aquello de "olvidar". Al fin y al cabo, había en el recuerdo, en la memoria, el sabor siempre fresco del presente intenso. No había nada que olvidar.

Al poco tiempo Juan José no salió más con ella; se mostraba reticente cuando tú sacabas el tema. Pasaron varios meses. Llegó el fin del año con sus fiestas y comenzó un nuevo período. Valentina no estaba más en la residencia y tú, dispuesto a dar lo vivido por soñado, te entregaste a lo tuyo con ganas. Un sábado por la tarde saliste a caminar. Cerca del Estadio había un circo de tercera. Entraste, para ver un lamentable hipopótamo corriendo en círculos, un viejo león desdentado, tres payasos que se tiraban agua y se pegaban y algo fascinante, ¿te acuerdas?: el número de Morgan, el trapecista. Con ruido de redoblantes se encaramó a la plataforma, se hamacó tres veces y se soltó, lanzado en el aire a atrapar el otro trapecio que venía demasiado atrás. Le erró por centímetros y cayó en la red. Los aplausos fueron ensordecedores. Con semejante aliento, pensaste, hasta tú serías trapecista. El individuo, enfundado en unas medias blancas, de camiseta con lentejuelas y antifaz, se hamacó otras tres veces y se lanzó en nuevo salto mortal para errar en las candilejas por una segunda vez. Los aplausos existieron, nadie podría negarlo, aunque mezclados con búes. Ahora Morgan, sonrisa de disculpas por delante, iba a lanzarse por una tercera, definitiva, exitosa vez. Por cábala, pensaste que si fallaba, era que volverías a encontrarte con Valentina. Más redoblantes, tres veces el péndulo humano tuvo a los corazones en vilo, señoras y señores... ¡Volvió a errarle! Tú no eras muy de rechiflar, pero aquella vez te sumaste a la silbatina contra aquel odioso sujeto. Se fue, Morgan, saludando con la mano, sonriente y con la cabeza erguida, como diciendo: aprendan, estúpidos. Después venían los enanos, pero en ese instante sentiste ¿o es el recuerdo, que todo lo embellece?, una mirada en la nuca. Tu vista no vaciló al encontrar clavados en los tuyos los ojos un poco burlones de Valentina. Un escalofrío te recorrió cuando pensaste en aquella cábala inexplicable. No podías estar así, virado, mirando todo el tiempo hacia atrás y hacia arriba a la izquierda, pero más grotesco resultaba mirar la pista con los enanos. Te levantaste y saliste. Afuera hacía frío y el parque estaba desolado y necesitando una lavada de cara. La esperaste en vano; cuando la función terminó se te perdió entre el gentío. Llegaste a pensar que había sido una equivocación, que te la habías imaginado.

El encuentro siguiente fue años más tarde, en una fiesta de fin de curso, en una gran cabaña de recreo situada a orillas de un lago congelado. Había baile y canciones, bebida y amigos. Tú ya habías estado un par de veces en el sauna común. Uno se llevaba una cerveza helada e interrumpía el baño saliendo al muelle y metiéndose en el lago a través de un hueco en el hielo. Conociste allí a aquella morocha de cuerpo espectacular con la que te habías puesto de acuerdo en continuar la charla en la sala. En eso estabas cuando alguien te tocó el hombro y una voz que reconociste mientras te volvías te preguntaba si querías bailar. Era Valentina. Estaba bellísima, con su pelo castaño peinado hacia atrás y sus ojos amarillos serenos y burlones.

—¿Te acuerdas del circo? —te preguntó.

—Así es que estuviste allí... Al final, como no te vi en la salida, pensé que había sido ilusión.

—En realidad había ido hasta la residencia para ver si te encontraba. Te vi salir y te seguí sin que te dieras cuenta. Cuando vi que entrabas al circo... Me habían contado lo de la jirafa.

—¿Lo de qué?

—Lo de la jirafa. ¿No te enteraste? Pobre animal. Al venir el circo para acá, transportaron a los animales en tren. Tenían una jirafa...

—¿Y?

—El maquinista se olvidó de parar antes de llegar al túnel... Fue espantoso. ¿Pero qué haces ahí sentado? Ven, que voy a enseñarte a bailar el vallenato.

Bailamos apretados. Te contó que se había separado del marido al poco tiempo de que dejáramos de vernos, y con Juan José, bueno, aquello... y ahora estaba sola. ¿Y tú? Con la mejor compañía del mundo: ¿no lo veía? Ella te dejaba sentir la punta de sus senos firmes contra tu pecho, a lo que tú respondías haciéndola sentir tu muñeco. Ese juego de adolescentes no podía continuar mucho. Salieron al bosque y se alejaron de la música. Caminaron por un sendero que apenas se veía rumbo a los autobuses que los habían llevado, con la esperanza de que alguno estuviera abierto. La nieve crujía bajo las botas y aquellas pisadas era lo único que interrumpía la calma helada. Tuvieron suerte. Se subieron a uno de los autobuses, se despojaron de los abrigos y ella se puso de rodillas y apoyó la cabeza en tus piernas y las manos sobre tu bragueta. Comenzó a desabrocharte para darte aire y mimos. Tú estirabas los brazos y las manos se te llenaban con redondeces que reconocías y recordabas, pese al asombro y a la sensación de vivir algo maravilloso que te embargaba. Luego Valentina se arremangó las faldas y se sentó a horcajadas sobre ti. Fue tan espontáneo y necesario, que no tuviste calma para enfundarte antes una de las camisitas de látex que tenías en el bolsillo del pantalón. Como una brizna doblegada por el peso del deseo, gemía y te ofrecía todo lo que tenía para darte.

Transcurrido un mes, te lo dijo. Que qué pensabas tú. Se había ido de la ciudad y te lo dijo por teléfono. Aquello te cayó como una cachetada de matrona gorda e indignada por algo de lo que tú no eras culpable. Podías ofuscarte todo lo que quisieras, elucubrar, hacerte la víctima, el héroe o el indiferente, pero en realidad había sólo dos opciones. A esa altura de los acontecimientos el amor que tú habías sentido por ella había recibido tanto palo que se había ido a ejercitar puntería por otros lares; era seguro que no se iba a asomar. No entonces. No te sentías maduro para ser padre en esas condiciones, sin ingresos seguros y con unos estudios por terminar. Así se lo dijiste, y ella: que en realidad quería tener el hijo. Volvería a llamarte. Cortó y no te dejó el modo de comunicarte con ella. Transcurrió una de las semanas más tensas de tu vida. No te gustaba nada la idea de perderle la pista, de no saber si serías padre o no, de ser padre sin saberlo, de creer que no lo eras y enterarte de lo contrario a los cinco o a los diecisiete años. En esa situación el poder que tiene una mujer sobre el hombre es demasiado. Injusta o no, la sensación dominante era una especie de irritación, a la que se sumaba el sentirte usado. Con todo, Valentina volvió a llamarte. Lo primero que hiciste fue pedirle el número desde donde te llamaba. Se negó a dártelo, y no cedió. Te preguntó si seguías pensando igual. Tú querías verla, hablar del asunto mano a mano con ella, y ella: que no era posible.

—¿Por qué no es posible?

—Estoy haciendo una práctica y no quiero interrumpirla.

—Dónde estás.

—No seas pesado... Es que tengo día y hora para el aborto y quiero que me confirmes una vez más...

—¿Y cuándo va a ser?

—Ah, va a ser... Mañana, a las cinco de la tarde. Ya no te molestaré más. Sólo quiero decirte esto. Estuve enamorada de ti, desde el comienzo mismo. Aunque no me lo creas, es cierto. Necesitaba ayuda y un poco de tiempo para separarme de mi marido, necesitaba hablarlo contigo, pero tú no me diste ninguna posibilidad. Lo de Juan José fue una torpeza. No significaba nada, fue una maniobra para darte celos, para recuperarte. Tenía mi orgullo, y en eso somos muy parecidos, ¿me oyes? Fue cuestión de un par de días y después me dio rabia y vergüenza, pero me educaron así... todos somos víctimas de nuestra educación, tú no crees, y yo... yo sólo quiero decirte que fui muy feliz contigo. Que me quito este hijo tuyo por respeto hacia ti. Es como sacarme la vida, pero voy a hacerlo mañana, a las cinco de la tarde.

Te había cortado. Ya no había marcha atrás, ni modo de encontrarla. Eras como un cavernícola. Alzaste el tubo, como si tuvieras un garrote con el cual darías un golpe a un jabalí que te hubiera atacado e ibas a reventarlo contra el teléfono cuando una idea te detuvo el brazo en el aire. Dejaste el tubo en la mesa, fuiste a la pieza de Juan José, quien para no variar estaba seduciendo a una muchacha, les pediste disculpas por algo urgente y llamaste desde allí a la central telefónica. Dijiste que habías recibido una llamada de amenazas y querías que te ubicaran el teléfono. ¿Era posible?

—¿Usted colgó el tubo?

—No, señorita.

—Entonces sí es posible. Pero es un servicio caro, y además hay que involucrar a la policía.

Después de tres horas, con policía, pagos por adelantado e interrogatorios de por medio, obtuviste el número del teléfono desde el que ella te había llamado: estaba en otra provincia. Tenías unas horas por delante para pensar. Pero a los pocos minutos la llamaste. Te preguntó cómo habías obtenido el número, pero tú, directo, le dijiste que si ella quería tener al niño que no abortara. Si bien no ibas a vivir con ella, estabas dispuesto a asumir las responsabilidades como padre, haciéndote cargo del niño la mitad o más del tiempo. Valentina estaba feliz; la oías sollozar.

Te dijo que entonces iba a mudarse a la ciudad donde tú estabas, y como te la viste venir, con toda una estrategia de conquista que desplegaría constante y armada con su abultado vientre, le dijiste que se quedara por allí nomás. Así lo hizo, pero el que a los pocos días se apareció para buscarla, fuiste tú.

Volvieron juntos en tren. Se hizo la hora de armar las cuchetas y ella seguía hablando.

—¿Sabes qué, cariñito? —te dijo Valentina

—Creo que sí..

—Tengo un antojo...

—Y yo.

Se encerraron en el excusado del vagón. Tú tenías el deseo más grande que recordaras, y ella también. Fue necesario dejarla a ella sentarse sobre ti, mordisquearse relajados sin nada hacer más que besarse y demorados, acariciarse mientras dejaban que el movimiento y el ritmo del tren los fuesen arrimando hacia el final. Durante esos minutos fue como si la soledad y la muerte no existieran. Eras desdichado y feliz. ¿Y Valentina? Igual, supones. Salieron al pasillo en silencio. No había duda. No era un sueño: viajaban hacia el hijo, hacia tu querido Diego. Iban veloces, no en el campo, sino en el tiempo, lo único que existe de verdad.

***

DE PRONTO, parece recuperarse para el presente de la casa de salud. Ya no mira detrás de mí. Me sonríe. Se da vuelta y mira a la nuca blanca de la mujer que ahora parece ignorarlo, tejiendo, sentada en una mecedora, con la mirada vacía puesta en un árbol del jardín.

—¡Valentina! ¿Ya no saludas a tu hijo?

—¿Y tú... tú qué sabes si lo saludé... o no lo saludé? ¿Tienes la... la bola de cristal, accc...aso?

—Bola de cristal... siempre la misma... ¿Viniste hace mucho, Diego?

—Recién. Recién llego, papá.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998