Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


Nineta Pomer (cuento minimalista)

Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

1

NINETA POMER, como en tantas otras noches, se me aparece, me nombra y desde la duermevela, tal vez desde los arrabales del sueño que ahora se repliega, se sonríe: me recuerda que fuimos novios y sin decirlo me sugiere que escriba su peripecia final. Y me convence, pero no sé cómo hacerlo y sólo atino a levantarme, encarar la pantalla y escribir "mi novia: una persona hábil". Entonces siento que no será tan difícil, ella está de algún modo detrás de mí y me dicta o acaso escribe a través de mí.

Hábil, sí; ella lo sabía y yo se lo recordaba y todo seguía el curso normal y predecible de los noviazgos, lo que no impidió que llegara el día en que se preguntó por qué no era zurda. A partir de allí nuestras vidas, sobre todo la suya, cambiaron de manera radical, al punto que poco después mi novia pasó a contarse entre las escasas personas ingeniosas del país. Ninguno de nosotros tenía la menor idea de por qué no era zurda, de manera que debimos conformarnos con los hechos. No obstante, si bien no encontró una respuesta adecuada a su propia interrogación, y puesto que deseaba ser aun más diestra, resolvió —resolvimos— que, al menos, desarrollaría las capacidades de su mano izquierda.

Lo interesante, se me ocurre, no es tanto su ingreso a la casta de los ingeniosos como el modo en que lo hizo. No habían transcurrido seis días de iniciada la campaña de izquierdificación manual, cuando advirtimos cambios en su modo de percibir la lógica de procesos y funcionamientos. Inesperadas facetas de las cosas se aparecían a su entender y la deslumbraban las justificaciones que encontraba a las causas y efectos de las alteraciones de estado, posición y peso de objetos y personas. Esto la hizo más perdonadora que antes. "Entender es perdonar", dijo. Fue en este periodo cuando empezó a serme difícil seguirle el pensamiento, las ideas y las soluciones que encontraba a problemas reales o inventados por ella. No demoró en encontrar el porqué de su cambio: las conexiones de las neuronas entre ambos hemisferios cerebrales se le habían multiplicado a causa del incremento de las funciones motrices de la mano izquierda. Descubrimiento y explicación del fenómeno, arduas e intensas vivencias, la llevaron a sentirse primero entusiasmada, y feliz después. La felicidad que sentía, a su vez, la llenaba de preguntas sobre su esencia última. Tratando de explicársela, llegó a comprender algo que a su vez me deslumbró también a mí: que la plenitud estaba emparentada con el entusiasmo. "No es posible ser dichosa sin sentir entusiasmo por algo", sentenció. Es fácil entender que aquellas palabras hicieron que yo me diera cuenta que Nineta nunca había sentido entusiasmo por mi por cierto modesta persona ni, menos aun, se había sentido contenta con nuestro noviazgo. Pero todo tenía su razón de ser; si era así no había podido ser de otro modo. En ese pensamiento había implícito un mecanismo de consuelo.

El paso siguiente de mi novia Nineta fue concebir un método para ser feliz. Anotó sus observaciones, hizo experimentos consigo misma, conmigo y con otras personas; por fin decidió que redactaríamos un bien llamado Manual, cuyo núcleo consistía en la ejercitación de las habilidades de la mano menos hábil. En un par de meses de trabajo lo tuvimos listo. El tratado incluía técnicas de observación de los fenómenos circundantes y sugerencias sobre cómo aplicar las adquiridas habilidades cognitivas a cualquier objeto de entusiasmo: un ser humano, un hobby, un pensamiento.

La señorita Pomer, novia ingeniosa cuyo numen me asiste en esta relación, no tardó en darse cuenta de que podía ganar dinero con su obra. La registró en el Registro Nacional de Obras Inéditas, pensando más, supongo, en sus bien merecidos derechos de autora que en enriquecer la dote para nuestro casamiento, y se preguntó si no podría vendérselos a alguien. "Tal vez al manipulador de pensamientos", le dije. Era por cierto una sugerencia tentadora, como también era cierto que, para ella, por lo menos, la felicidad no era el dinero. Pero, ¿qué importancia tenía eso, al fin y al cabo? No iría a hacerle daño el dinero. Por otro lado, no le gustaba la idea de venderla y desprenderse así de toda propiedad sobre su método, actualizado en el Manual, y sus posibilidades. Como siempre en esta vida, una nueva situación nos enfrentaba a nuevos fractales: ¿Deberíamos poner un negocio de venta de entusiasmo y felicidad —y allí me incluía con desconsiderado altruismo—, o debería tan sólo vender su idea y sumirse en la opulencia? Yo amaba a mi novia y me pareció delicado o quizá elegante guardar silencio sobre el asunto. Todavía faltaban dos meses para el casamiento. Tal vez era mejor pensarlo más y no apresurarse.

2

NINETA POMER SALIÓ A PASEAR por el popular Beceí, el barrio de los comercios ideales, convencida de que el contacto con los empresarios acabaría por darle la solución a la disyuntiva. Y así fue, aunque no del modo por ella esperado. En el trayecto desde su casa hasta el barrio, se dio cuenta de que lo primero que tenía que hacer era sacarse de encima la tentación de vender la idea. Tentación que, según me confió días después, le provenía de lo que yo le decía. Esa asombrosa revelación me dejó confundido porque estaba convencido de que yo hablaba de todo con ella, menos de mi opinión sobre qué era lo mejor. Mejor era, concluyó mi novia, desarrollar la idea e instalarse como vendedora de entusiasmo, uno de los tantos productos que no se producían en el país, y cuya escasez era tan notoria que no existía ningún comercio de esa índole. Sí existía, perversa paradoja, el de despojador de entusiasmo. Pero, claro estaba, no podría hacerlo hasta no erradicar de sus agitados molinos mentales la idea de vender sus derechos de autora. ¿Quién podría ayudarla?

Llegó primero al comercio del domador de rabias y rabietas, un viejo conocido nuestro que tenía su local lleno de insultos y clientes. Mientras lo saludaba con prisa y alegría Nineta se dio cuenta de que no era él la persona más adecuada para convencerla.

Casi enfrente estaba el negocio de la pesadora de tiempo. El tiempo no podía pesarse sin antes ser procesado. Nineta Pomer, esposa en cierne, entró y enseguida admiró las marmitas burbujeantes de recuerdos y proyectos, que competían, con su colorido y forma, con las diferentes balanzas. Eran algunas de precisión absoluta, capaces de pesar fracciones infinitesimales de segundos de dolor; otras, gigantescas, podían pesar horas, meses y hasta años de espera.

Nineta inquirió por el precio de una pesada de media hora de felicidad. "Depende. ¿De qué tipo?", le preguntó la pesadora. "De entusiasmo", le respondió mi novia. "Habría que calcularlo. Esas son las más caras, y tanto, que la gente suele pagarme con una fracción de esa misma felicidad", le dijo. Nineta quería resolver el asunto lo antes posible, así que convinieron en hablar de la pesada más adelante. Sin duda podrían ponerse de acuerdo. Pero tampoco la pesadora podría ayudarla en lo que entonces la atenaceaba. Nineta continuó su recorrido por el Beceí.

En la esquina de la misma cuadra estaba el popular negocio de la correctora de sueños. La mayoría de los clientes eran mujercitas románticas, pero también se apiñaban los gordos realistas, los niños que sufrían pesadillas, los visionarios alucinados. El eslogan del comercio golpeaba sobrio desde las paredes: "Hacemos lo imposible enseguida. Los milagros nos llevan más tiempo". Había decenas de colchones, cada uno munido con auriculares y una pantalla donde se proyectaba el sueño, y desde la cual la correctora lo modificaba de acuerdo con los deseos del cliente, previamente anotados y firmados por él. Mi novia observó la diligencia y el profesionalismo que ponía la correctora en su trabajo, sacó algunas conclusiones que podrían serle útiles y se marchó, deseosa de hablar con otros comerciantes.

El impresor de sentimientos no estaba muy ocupado en ese momento y la recibió de sonrisa amplia. Con ese estímulo en su haber, ella se hizo imprimir la felicidad en un cuadro holográfico de colores, que parecía una galería infinita de espejos. "Es un regalo para mi novio", dijo. Pagó lo justo y se retiró con su holograma, pensando que tal vez podría obtener ayuda del hacedor de daños.

Éste tenía su puesto en la calle de las Felonías, frente por frente del comercio del odiado despojador de entusiasmo. Se trataba de un negocio próspero, con una entrada seria y un interior adusto y opresivo. Su dueño, muy apreciado por los vecinos, era un sujeto de agradables maneras. Era una de esas personas que estaba dispuesta a admitir que para transformar una mentira en verdad bastaba con repetirla cien veces, y si uno regateaba podía llegar a que bastaría con no más de ochenta veces. La Pomer, mi entrañable prometida, le pidió una lista de precios y consultó sobre posibilidades de dañar ideas. Algunas, le aseguró el artesano, podían ser dañadas, pero lo mejor para eso era dirigirse al manipulador de pensamientos, o tal vez al mitigador de ilusiones. Satisfecha con aquellas razones, mi señorita novia agradeció y dirigió sus pasos hacia el local del mitigador. El tenderete, sucio y lleno de telerañas, se adecuaba a la atmósfera requerida por el servicio. Nineta se hizo mitigar la ilusión de vender un manual de ser feliz. Si bien el mitigador hizo su trabajo a conciencia, y con alardes técnicos de media hora, la cliente estuvo descontenta con el servicio, pues a los siete minutos estaba tan entusiasmada con la posibilidad como antes. "Cuando una se acostumbra al entusiasmo, ya no puede vivir sin él", me dijo después, y aquellas palabras continúan explicando su final. Se dirigió luego a la tienda del manipulador de pensamientos. El negocio era próspero. Poseía tantos bienes su dueño, que hasta miedo de morir tenía. Por fuera presentaba una amplia vitrina y carteles que inducían a entrar. El interior era un cuarto empapelado con colores cálidos y suaves. Había música, un cómodo sillón donde el cliente se sentaba para exponer sus representaciones mentales, y un púlpito, desde donde el manipulador escuchaba, para luego hacer su trabajo. Nineta concertó una sesión para el mes siguiente y se retiró. Los hechos mostraron que tomó aquella resolución sin siquiera pensar si sería o no adecuado acudir a ese profesional. Yo sí lo pensé pero no atiné a decírselo. Si no fuera porque creo que tarde o temprano todo alcanza su razón de ser, debería estar arrepentido de no haber hablado con mi novia sobre el tema. De interesarle la propuesta, el manipulador podría llegar a convencerla de que lo más apropiado no era que ella desarrollara la idea, sino que se la regalara a él, junto con el Manual y los derechos. Por desgracia, eso fue lo que ocurrió.

3

FALTABA UN MES para que nos casáramos cuando mi ingeniosa novia acudió a la cita con el manipulador. Después de haberlo saludado, Nineta le hizo preguntas gentiles sobre cuestiones referidas a la propaganda de las elecciones inminentes. Luego de escuchar, amable, las respuestas del profesional le expuso su idea primero y resumió después el contenido de su método. Ella quería a su idea pero solicitaba que la manipulara de modo que ella perdiera el entusiasmo por venderla. Pero no siempre uno se encuentra con comerciantes honestos. "Cuénteme su último sueño, señorita Pomer", le pidió el manipulador. En el sueño Nineta estaba durmiendo y tenía que despertarse. Estaba tendida en una cama cuya estructura era un paralelogramo, tal vez un trapecio —o ambos cuadriláteros, a veces uno, a veces otro— que tenía un lado menor móvil y formaba una figura imposible: el lado móvil partía de la parte superior del extremo de un lado mayor y descendía para unirse al lado inferior del extremo del lado mayor opuesto. Sin embargo, todo estaba en el mismo plano en que yacía Nineta. Sabía que no podría despertarse hasta que no arreglara la estructura de la cama. Cuando acomodaba ese lado menor que estaba mal, se desarreglaba el lado menor opuesto y todo quedaba a fojas cero. Por mas que moviera y arreglara, la estructura de la cama formaba una figura imposible. La imposibilidad de la figura era también la imposibilidad de despertarse. El manipulador escuchaba aquello con atención. Cuando Nineta terminó de contarle su último sueño, el profesional tomó un libro de Escher de su biblioteca, le enseñó unas figuras a Nineta y comenzó su manipulación de pensamientos.

Cuando salió, mi novia estaba convencida de que había hecho muy bien en obsequiar la idea, el Manual y los derechos de autora al manipulador. Hubo otras sesiones, durante las cuales una serie de conceptos le fueron inculcados a la señorita, mi ingeniosa novia. Le fue inculcada la idea de que el mundo empresarial era malo; le fue inculcada la idea de que era posible modificarlo; le fue inculcada la idea de que primero había que debilitarlo y, por qué no, con un invento tal que resultara ruinoso para ese propio mundo.

Es fácil entender, entonces, por qué Nineta Pomer nunca llegó a instalar un negocio de venta de entusiasmo. Sin embargo no transcurrieron muchas semanas antes de que se la viera poniendo manos a la obra en un nuevo empeño. Fue un proyecto aciago que impidió nuestro casamiento y ocasionó la ruina de Envopres S.A., la empresa más importante del país, aunque al comienzo, en la etapa del diseño, todo auguraba ganancias enormes.

4

EL PRINCIPIO ERA ahorrar espacio. Nineta había pergeñado envases que reducían su tamaño a medida que el contenido iba disminuyendo. Cuando la última porción del producto terminaba de salir, el envase desaparecía. Nineta Pomer había diseñado todo, incluso el horrible nombre del producto, Prorreduc, y el texto de la publicidad, no muy logrado a mi modo de ver: "Usted compra al por mayor para ahorrar dinero. Pero no espacio. Con los nuevos envases Prorreduc, usted ahorra dinero. Y espacio. Prorreduc: amable con usted... y con el medio ambiente".

También el folleto que acompañaba el envase había sido concebido por Nineta. Mi papel había consistido en ayudarla a redactar el texto, que se extendía en alabanzas e instrucciones de uso, e informaba que Prorreduc se fabricaba a pedido, para cualquier producto: confites de mamagaya, huevos cúbicos, gaitas a repetición, tiburones de riña, cigarrillos impermeables, etc. Nineta estaba conforme con aquel producto. "Voy a ofrecérselo a Envopres", dijo. Y lo hizo, y tuvo éxito. En tal euforia, los enanos mentales de Nineta Pomer decidieron que nuestro casamiento se aplazaría hasta que amainara el trabajo derivado del contrato Pomer-Envopres, en particular por el tiempo que le insumía el responder a las cartas de los admiradores nacionales y extranjeros y responder a las preguntas de las entrevistas de la radio, la prensa y la televisión mundiales.

No existía ni habría de existir en el país empresa más poderosa que Envopres. Consta en la prensa de aquellos años que la firma invirtió una fortuna en comprar la idea de Nineta y otra más grande en gastos de diseño y desarrollo, y hay quienes sostienen que tanto como la cuarta parte del capital se invirtió en publicidad. No obstante, el resto, incluidos los bienes muebles e inmuebles, los créditos otorgados y prometidos, terminó como un envase Prorreduc cuando Envopres debió pagar por resultados no previstos de las ventas. Ocurría que a medida que el envase iba decreciendo, también lo hacía su valor. Al final no valía nada, lo cual no sería grave si no fuera porque los clientes habían pagado, y como estaba prohibido por ley poner precio a objetos sin valor, la empresa había contraído deudas con todos y cada uno de quienes tenían un recibo de compra de un envase Prorreduc. Así funcionó, no la lógica, semejante a un mecanismo de relojería, sino la justicia de la sociedad regida por las leyes del mercado. Como puede imaginarse, los juicios y exigencias de indemnización contra Envopres arreciaron hasta que la sociedad anónima dio quiebra y sus haberes fueron a remate público.

Después de haber visto el efecto de su jugada maestra contra la empresa y, por extensión, contra el mundo empresarial, la señorita Pomer, mi novia todavía aunque incierta futura esposa, se sintió colmada de dicha y comenzó a hablar de casamiento. Pero los ex accionistas de Envopres le entablaron juicio. Y allí estuvimos; ella altiva, digna e ingeniosa; yo, servicial y modesto, de acuerdo con mi habitual calaña. El trabajo del abogado no fue tan brillante como el del fiscal; Nineta Pomer fue declarada culpable. El fallo del juez consistió en una dolorosa y trágica ironía: que se la despojara del entusiasmo. Como ejecutor de las disposiciones judiciales se designó al despojador, profesional adecuado y el único capacitado del país. Mas Nineta Pomer, mi digna novia, no era sumisa para someterse sin más a una resolución tan injusta. Los entendió y los perdonó, pero no pudo aceptar aquel destino. "Quieren imponerme una figura imposible", me dijo.

Cercano ya al final de este relato, levanto la vista de la pantalla y la mirada se me pierde en el abismo del cuadro holográfico de felicidad que una vez Nineta Pomer se hizo imprimir para obsequiármelo. No hay de Nineta restos ni tumba; sólo memoria y una carta, sobria despedida, en donde me explica por qué y cómo se mató. Antes de cumplirse la sentencia, se introdujo en un catafalco Prorreduc de su invención, lo puso a navegar en mar abierto y con ayuda de unas tabletas de matar caballos abandonó este valle de lágrimas. Hay que suponer que alcanzó la suerte de morir feliz y sabiendo que era lo mejor que podía ocurrirle. No testamentó nada. También en ese detalle debo reconocerle harto ingenio.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998