Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello


La soledad del yacuzzi entre las rocas

Ilustrador: Angel Montesino (acuarela, 1998)


Portada

Incertidumbre de la proa

Aventuras de Pegoncito en la escuela del Estadio

Viaje al hijo en la estación final

La casa de Rasmussen

Nineta Pomer (Cuento minimalista)

La soledad del yacuzzi entre las rocas

Barco en la nieve

Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)

Non se face negocio

Bicicletas románticas

El autor

Editorial Letralia
Internet, diciembre de 1998

MIENTRAS TRABAJABA en el plano, el arquitecto recordó las indicaciones de aquel cliente gordo con cara de iluminado, de ojos brillantes y saltones que parecían irradiar un odio tenaz contra la mujer que lo acompañaba. Cada una de las numerosas veces que ella señaló que sería necesario prever un rincón donde instalar el televisor, el gordo había fijado en ella su mirada, apretando las mandíbulas y sudando como tapa de olla.

Lo primero era el yacuzzi, así que cuando el gordo compró las rocas en el desierto frente al mar, pronto eligió el emplazamiento: acá, que la piscina de burbujas estuviera acá. Todo lo demás, el freezer, la pileta de lavar la ropa, la sala-comedor-dormitorio, el rincón para la kitchenette y el tendedero de la ropa, podría ir organizándose en torno a lo más importante. El lugar que había elegido era un roquedal gigantesco y desolado, cuya oscuridad de mejillones contrastaba con la espuma blanquísima de las olas. El lugar no se caracterizaba por atraer a turistas en verano. En cambio, llegaban los pingüinos en invierno.

Los planos quedaron listos; cuando el arquitecto habló por teléfono con el cliente lo primero que tuvo que responderle era que sí, que la alberca estaba adecuadamente emplazada en el conjunto; los cuarenta metros cuadrados de la casita estaban planeados en función del yacuzzi, sí señor, el agua también, con dos conexiones, una para el agua de mar y la otra para el agua corriente. No, la máquina de hacer burbujas no se vería. En la parte de abajo de un armario. Sí, cómo no, esperaba... sí, señora... también: sí, había previsto el lugar donde emplazar el televisor. ¿En qué lugar? Bueno, tendría que mostrarle los planos. Por teléfono era difícil, pero visto desde arriba, a unos cinco metros al noroeste del yacuzzi.

Cómo pagar el préstamo era harina de otro costal, estar empeñados hasta la cintura o hasta el cuello daba lo mismo, pero la vida con un yacuzzi era otra cosa; todo bien con tal de que la tele se capte desde la nueva casa, viejo, aunque en el peor de los casos con una antena parabólica el tema quedaría resuelto, eh, estás chiflada, ella podría cuidar las plantas del patio mientras él se quitaba el estrés en el yacuzzi; qué va, era al revés, viejo: mientras ella se sacaba el estrés mirando la tele, él podría acarrear la tierra para rellenar los huecos entre las rocas, para más adelante plantar algo y cuidarlo; calláte, nabisona, ella sabía muy bien que el tiempo libre lo dedicaría a darse baños en el yacuzzi, y ella: que no empezara a joder la paciencia desde ahora, ella ahora mismito se iba a mirar la tele, así de paso no lo oiría más.

(¡Vieja tarada! Yo me mando mudar para el club a darme un buen baño en el yacuzzi y ni te contesto: quedate nomás, embruteciéndote con esos teleteatros de porquería qué me importa, si cambiar ya no vas a cambiar más, te conozco: ¡si te conoceré, vieja naba!)   (Cemelfaaavor, ¡gordo pelotudo! Ya me tenés podrida con tu manía de la piscina con burbujas, cuando esté lista te vas a mudar para allí y te vas a hacer servir el desayuno en el maldito yacuzzi, y lo que nos va a costar todo, vago, maniático: ¡viejo atorrante!)

El cliente lo había exigido: lo primero que tenía que estar listo era la piscina de burbujas. Quería inaugurarla lo antes posible, pero los trabajos se retrasaron porque surgieron dificultades con el tendido de las cañerías (ciento cincuenta metros más de los previstos al comienzo) sobre, por debajo y, a veces, evitando las rocas. La obra se encareció por los jornales y la mano de obra especializada que hubo que contratar, de modo que fue necesario eliminar la kitchenette y achicar la construcción a treinta metros cuadrados. Con todo, y de acuerdo con los deseos del gordo, se hicieron primero las instalaciones eléctricas y sanitarias imprescindibles.

El día en que el yacuzzi estuvo listo, apenas habían levantado las paredes de la nueva casita; la construcción carecía de techo, pisos y ventanas, y aunque llovía a cántaros fueron a inaugurar la piscina de burbujas, que los esperaba, lista. Al verla, el sujeto esplendió de improviso. Comenzó a desnudarse y sin más trámite se metió adentro, luciendo una cara de felicidad como hacía años no vestía. De lejos, el gordo se asemejaba a un cerdo entero hirviendo en una gran marmita. Bajo el paraguas y la lluvia, tres horas lo esperó la mujer, dechado de previsión, munida de un bolso con comida y una toalla de baño. Mientras le iba alcanzando trozos de torta pascualina o sándwiches de atún que el gordo iba comiendo con los ojos cerrados, la señora mitigaba su irritada consternación pensando que el marido, tarzán con medias, era un fuera de serie: ¡Por Jesuristo Señor! Se necesitaba una buena dosis de grandeza y valentía para sobreponerse al ridículo, para ignorarlo de manera tan flagrante.

No siempre las cosas del matrimonio habían estado tan mal; al comienzo de la relación el hombre, delgado y romántico, hasta se había fracturado una pierna al caerse de un muro al que había trepado para robar una rosa para ella. Después de casados, ella advirtió que él actuaba por ondas, luego manías; períodos en que un solo interés lo dominaba y esclavizaba: la mineralogía, la electrónica, la retórica y el estudio de las aves antárticas se habían sucedido, sin tregua, llevándola a encerrarse en el refugio del que ya no podría salir: la televisión. Al hombre, a su vez, eso lo irritaba. El carácter se le había agriado y ahora era un individuo irascible que, si bien todavía se avenía a discutir, a la postre no admitía la ejecución de otra voluntad que la suya. Hasta entonces, el más prolongado de los hobbies había sido la gastronomía, ocupación de cinco años que lo había transformado en un ser grasiento, pero que también lo había dotado de un exquisito gusto por los platos refinados y un olfato que lo hacía rugir, apenas llegaba del trabajo y abría la puerta:

—¡A ESA SOPA LE FALTA SAL! —y ella la probaba, y era cierto.

Ahora era el yacuzzi, y aunque sentía que no estaba dispuesta a llevarle el apunte por mucho tiempo más, había que ver que por el baño de burbujas se habían jugado el todo por el todo: el yacuzzi era una realidad que ocupaba el centro de la nueva casa y los había endeudado de manera horrible. No había podido convencerlo de que aquello era tan inútil como una bocina en un avión. Ella argumentaba contra la idea en sí, pero con sus conocimientos de retórica, él la rebatía defendiendo sólo un aspecto de la idea; por ejemplo, el emplazamiento de la casa: "En las rocas, sobre todo en las de granito terciario, hay algas; se pueden juntar y hacer buñuelos, empanadas, soufflés... Además, la cercanía de la costa me permite alternar el baño de agua dulce con el baño de agua de mar. Y allí podré estudiar las rocas y los pingüinos". Ella, que ya había hojeado la literatura del curso de yacuzzi que el gordo había hecho durante un mes, terminó por aceptar que el baño con algas era un capítulo importante para él. Era indiscutible: estaba casada con un papanatas.

Iban a visitar la construcción dos veces por semana. Desde el ventanal podían verse las olas que rompían y a veces proyectaban al aire chorros de agua y espuma. Por la tarde aparecían siempre grandes bandadas de gaviotas, que revoloteaban buscando peces o camarones. Por fin llegó el momento de vender la vivienda en la ciudad y buscarse otro trabajo en el pueblo más cercano para poder radicarse en la soledad compartida del yacuzzi entre las rocas. El gordo lo había logrado; con el dinero de la venta de la casa pudo comprarse un local comercial pequeño, pero con movimiento, en el pueblo cercano. El dinero no había alcanzado para dar la terminación por fuera, pero por dentro todo estaba en su lugar: el rincón de la tele en colores y video, la cama de matrimonio, la heladera y el freezer, y aunque tenían que cocinar en la sala-dormitorio, la vida empezaba a reorganizarse. Todas las mañanas desayunaba en el yacuzzi y se iba al trabajo; ella encendía la tele, miraba un rato y luego caminaba entre las rocas hasta llegar al arenal, trepaba y bajaba algunos médanos, ganaba el camino, se allegaba hasta el almacén, hacía las compras y regresaba. Si le tocaba a ella cocinar, lo hacía mientras miraba la tele; si no, sentaba su cansancio frente al televisor y esperaba a que se hicieran las cuatro, hora en que prendía el yacuzzi del marido para que el agua estuviera a punto para aguardar la humanidad de su señor esposo. Apenas llegaba, él se desvestía y se sentaba un par de horas para que las burbujas le acariciaran las pelotas y los rollos. Luego salía, se secaba, se ponía una bata, cocinaba. Al principio se permitió prescindir de la alberca mientras cenaban, pero pronto se hizo servir la comida en el yacuzzi, y entonces ella se llevaba su plato al rincón de la tele y ambos comían por separado, cada cual disfrutando de su mundo.

Habían logrado una convivencia decorosa, basada en un acuerdo. Ella no se metería con el yacuzzi, que era propiedad inviolable del gordo, y él no le diría nada de la televisión, que era propiedad inviolable de ella. Pasaron así varios años. Lo apartado de su vivienda y la falta de teléfono, hicieron que perdieran el contacto con sus pocos familiares en la capital: la hermana de la mujer y un primo de él, a quien ya antes poco veía. La entente se vio interrumpida el día en que ella transgredió la rutina. La noche anterior habían discutido hasta muy tarde; ella tuvo dificultades para dormirse y por la mañana él le exigió que para la noche le preparara una paella, por lo que debió caminar siete kilómetros más de lo habitual, en busca del pollo fresco, el azafrán y los morrones amarillos. Sólo hacia las tres, después de afilar bien la cuchilla, estuvo lista para empezar a cocinar, pero sintió que la voluntad no era suficiente. Estaba muy cansada y se dijo que tal vez tomar un baño de yacuzzi la despejaría. La idea la tentó y por fin se decidió; lo haría a escondidas, sólo media hora. Encendió el aparato, puso agua de mar, se desvistió y se sumergió en las burbujas. Era la primera vez, y le resultó tan placentero que no pudo menos que atenuar el menosprecio que sentía hacia su marido. La sensación era magnífica; el relax tan grande que no extrañó el teleteatro de las quince y treinta. Poco después se había quedado dormida.

Cuando el gordo llegó y abrió la puerta se sorprendió gratamente al no oír lo que siempre oía cuando entraba. Por alguna razón, ella no estaba dándose su baño de imágenes. Ni los diálogos del culebrón ni la alternativa, no mejor por cierto, de la publicidad, lo irritaron. Oyó en cambio con deleite el ruido burbujeante del yacuzzi encendido. Mientras comenzaba a desvestirse se preguntó qué demonios estaría haciendo su mujer, tal vez de compras o habría ido a las rocas a buscar mejillones para la paella, y de pronto asomándose a la sala: la imagen de la ¡VIEJA NABA! dormida en la piscina de burbujas, su pelo suelto, la cara plácida, encendida y algo transpirada. El gordo sintió que comenzaba a temblar de ira, que iba poniéndose colorado, que levantaba presión, que el corazón le latía con furia y las oleadas de adrenalina iban inundándolo; sintió que un grito, un grito de prehomínido empezaba a nacerle cuando cerró los ojos y de pronto lo civilizó una sensación nueva, de odio intenso y sereno, desplazando aquella primera reacción de ira incontenida e irracional. No él; ella, gritaría. Logró así calmarse un poco. En vez del final wagneriano que había entrevisto, a las cuchilladas con la mujer desnuda en el yacuzzi, ideó algo más refinado y limpio. Resueltamente, mas con sigilo, fue hasta el rincón del televisor y lo desenchufó. Buscó un destornillador, abrió la tapa de atrás, peló dos cables que puso en contacto, enchufó el televisor en un alargue, y lo sumergió en el agua. Luego se puso una bata, conectó el alargue a un interruptor en posición de apagado y enchufó el extremo de la conexión en la toma de electricidad en la pared. Con el interruptor en la mano, se apoltronó en un sillón, vuelto hacia el yacuzzi, y esperó. Los ruidos que podían escucharse en la casa eran los de las olas en las rocas, los graznidos de las gaviotas y el burbujear del yacuzzi. La mujer no roncaba. Ella dormía en silencio; nunca se había quejado de los ronquidos de él. Una vez él le había preguntado si roncaba y ella: un poco, pero no la molestaba. El gordo apretó las mandíbulas y acarició el botón del interruptor. Miró la faz de la mujer dormida, tan conocida. Ella era Lo Conocido. El aire envenenado de la seguridad. ¿Cuántos años la había soportado? ¿Treinta y cuántos? ¿Y ella a él? ¿Cómo sería él desde la perspectiva de ella? De pronto se dio cuenta de que tal vez no era, tal vez no había sido demasiado justo. Él tenía bien pocos amigos, pero ella... ella no le había dado hijos, pero sí compañía, amistad, calor humano. ¿Amor? La soledad, ¿cómo sería? Vivir solo. Lo Desconocido. Pensar que nunca más la tendría a su lado le provocó una súbita angustia, casi una punzada en el pecho que no lo dejaba respirar bien. ¿Y los parientes? Hacía años que no tenía contacto con ellos; le sería fácil explicar una separación; ella se había mandado mudar vaya uno a saber dónde. Pensó en arrepentirse, en desenchufar todo (En ese momento una racha de viento pareció tomar impulso y abrió la ventana de la sala. Un fuerte olor a mar desalojó los vapores enrarecidos; el gordo se sintió mejor pero se levantó y cerró la ventana. Después tornó a sentarse, a meditar en su mujer) pero a la vez sintió que había atravesado una frontera y que ya no le era posible regresar. ¿Y si ella se despertaba y veía todo lo que él había ideado para electrocutarla, y él no era capaz de oprimir el interruptor? ¿Sería capaz de soportar la mirada de su mujer por el resto de los años, o de los minutos que le quedaran por vivir? Tornó a observarla. "Vieja naba, vieja naba", se repetía, tratando de infundirse el odio y el valor que empezaban a faltarle. Tal vez era mejor no esperar a que se despertara, tal vez era mejor hacerla pasar de un sueño al otro, y a otra cosa. "Vieja naba a la una... vieja naba a las dos... vieja naba a las...". En aquel momento el gordo empezó a sollozar, ella se despertó y murmuró apenas algo que él no pudo entender. Tenía la mirada de un carpincho sorprendido en un arroyo, cuando alcanza a divisar al cazador instantes antes del disparo. Con los ojos inundados de lágrimas él se incorporó y vio cómo ella cobraba conciencia de su posición, veía aún sin darse cuenta de que había un televisor en el yacuzzi, comenzaba a intentar levantarse mientras balbuceaba algo de que se había quedado dormida, que la perdonara, la mirada recorriendo el cable, a su marido, la mano, comprendiéndolo todo, mirándolo con infinita tristeza a los ojos y él llorando, él oprimiendo el interruptor, él sin marcha atrás, definitivo.

El grito fue bestial. Mientras ella terminaba de achicharrarse en medio de convulsiones violentas que desalojaban el agua del yacuzzi, él supo que nunca lo olvidaría. Cuando apagó el interruptor y desenchufó el alargue, no quiso mirar. Se sumió en un estado de inacción soporífera que lo mantuvo protegido del horror y de las lágrimas. Sólo hacia el amanecer quedó a la intemperie de los hechos y pudo empezar la faena. Una hora más tarde, el gordo atravesaba el frío claro de la costa, trasladándose con dificultad rumbo al agua con una gran bolsa de nailon. Las gaviotas parecían saber de qué se trataba, como si hubieran esperado aquello desde siempre; empezaron a aparecer más y más, a revolotear y a graznar, agradecidas y alegres.

Afortunadamente el freezer era grande; logró llenarlo y que no sobrara nada. Ahora dispondría de tiempo, tal vez varias semanas para recuperar a su mujer. Pero después lo esperaba algo desconocido: la soledad total del yacuzzi entre las rocas.


Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello
Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998