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CÚMPLEME, VUESTRA MERCED, entregaros el
informe donde os doy cumplida cuenta del resultado de las conversaciones
que Vuestra Merced se dignó encargarme mantuviese. Agora es razón que
Vuestra Merced lo sepa, que dichas negociaciones non arribaron a buen fin,
por serme Fortuna adversa. Et la causa non otra fue que por su gato de
él. Al verlo reposando, cualquiera podría haber dicho que se trataba de gato bondadoso. Mas era de ataque. Hasta aquel día, a mí siempre habíanme placido los gatos, si bien guardaba para con ellos prudente et distanciada actitud. Pues sepa Vuestra Merced que el dueño, quien era un sultán chino paralítico que se desplaçaba en una silla munida de ruedas, tuvo a bien me lo advertir cuando me fue concedida la gracia de ir a le visitar, a fin de concretar el susodicho negocio: "Tome Vuesa Merced", me dixo, "mi consejo: non es de avisado se fiar de Bondy". Sorprendióme el buen castellano de estudios del sultán, et puesto que yo concedo que tengo dificultades de dominio con la lengua china, et especialmente con poner los adjetivos en pasado tiempo, non fueme difícil aceptar fablar en la nuestra. Asimismo, en el camino hacia la sala, el chino fabló del amor que por su gato sentía, de la dependencia mutua que la relación entrambos había generado, et mientras eso me confiaba, se humedecían los sus ojos. Tomábamos té et compartíamos en grande et discreto atendimiento los preámbulos que suelen preceder a las conversaciones de negocios. Se oyó entonces un súbito galope: un bólido peludo et rubio pasó corriendo frente a mí, se trepó al respaldo del sillón, pegó un salto inverosímil hasta el más alto estante de la biblioteca, se arrojó sin vacilar sobre un asiento desocupado, rebotó hasta el suelo et luego de haber dado dos vueltas a toda carrera en mi torno desapareció por donde había entrado. Asaz baste lo dicho, mas cúmpleme consignar que quedé estupefacto, pues jamás non había yo visto nada parecido. "Es su saludo de reconocimiento", informóme el dueño. "Siéntase, señoría, como en la vuesa casa propia". Con aquestas palabras fui intentando el retorno a la calma. Aquella irrupción en tan gentil conversar había sido como si de pronto un espejo de la sala se hobiese descolgado con estrépito, et fuera difícil continuar sin que los vidrios fuesen recogidos, sin facer un comentario. Pero el individuo chino non parecía, non, darse por enterado, et retomó la conversación. Al instante siguiente reapareció Bondy, dechado de fermosura, de paso calmo et elegante, mirándome fixamente. El felino se ubicó enfrente de mí et con un imprevisto salto se encaramó sobre mis medias calças para allí se acomodar como un ovillo. "Bondy: un tanto imprevisible es. Non conviene confiarse dél", dixo el dueño. Quedéme paralizado. El gato había cerrado los ojos et parecía dispuesto a dormirse una siesta, mas casi de inmediato vi que sacaba las uñas ¡Corpus domine nostri Jesu Christi! et las clavaba con suave et incontenible firmeça en mis calças et en las mías carnes. "Estáme arañando", dixe en alta voz. "Me face sofrimiento". Pareció que aquellas palabras firieron la sensibilidad de Bondy, puesto que habiéndolas yo pronunciado él fizo ¡FFTZZ! et empezó a maullar et a se revolver et a me dar de zarpazos. Yo púseme de pie et durante aquel movimiento el gato non se movió, de modo que hobe de sentir el rasguño a lo largo del mi muslo derecho. Bondy quedó colgado de mis rotas medias calças et carnes con la su cabeça a la altura de la rodilla. Antes de se desprender, fincó allí sus comillos, con grito salvaje, et túvolo por bien. Luego, con inusitada calma, soltóse, dio media vuelta et encaramóse de un salto en un estante de la biblioteca. Allí sentóse, como artista que toma distancia, a observar, en mí, su obra. Quedéme yo sin palabras et con un poco menos de sangre en los muslos: a fe mía que las medias la absorbían. La persona china mirábame desde su sonrisa benévola. "Conveniente es, et de discretos, ser observante con Bondy. Non acariciarlo", díxome, con tono de suave admonición, como si yo de antes lo ficiera. Con harta sapiencia sostiene Plinio que los seres humanos usamos a los animales. Los maltratamos, los matamos et los comemos. De postre, facemos desaparecer centenas de especies. Si non fuese que Dios en su alta sabiduría así non lo dispuso, non sería difícil sospechar que somos, honesta salvedad fecha de Vuestra Merced et los gentiles señoríos, de peor catadura que los propios animales. Empero, toda ley, sostiene Aristóteles, tiene su excepción, que, según dicen, tiende a confirmarla. Yo había dado con ella. En carne propia. Porque Bondy podría ser muchas cosas, pero ante todo era, con perdón de Vuestra Merced, un salvaje furioso fijo de perra. Agora bien: non iba yo a permitir que Bondy echara por tierra los negocios que Vuestra Merced habíame encargado iniciase, por más que sólo pudiese convenirlos en casa del chino sultán. Cuando insinué que acaso, después de lo sucedido, correspondía continuar en otro momento, el sultán díxome que de ninguna manera. "Por favor —pidió—, non se moleste vuesa merced. A mí non me disturban las vuesas calças rotas". Yo non hobe si non agradecerle aquesta su tan discreta comprensión, mas el problema, acoté, era que yo estaba sangrando. Bastante. El dueño pareció non me haber oído. "Tome vuesa merced asiento, et continuemos", dixo, con un gesto ya non tan amable, perentorio, como si lugar para otra alternativa non hobiese. Decididamente, el dueño non quería fablar del gato, et también non de mis feridas, sino de negocios. Agora dejaba de desechar el provecho por contentar la lengua, et iba a lo suyo dél. Como para reafirmar la su voluntad, estiróse hacia un gong de reducidas proporciones que tenía encima de un estante et lo fizo sonar. De inmediato aparecieron dos sujetos de bien fechos sayones et con cara de pocos amigos, et se ubicaron a ambos lados de la salida de la sala. "Espero que vuesa merced non se moleste por la presencia de aquestos colaboradores. Son de absoluta confianza", explicó. Yo estaba aún de pie, et pronto me fue dado comprender que si me marchaba, el negocio non había de se concretar, de modo que torné a me sentar. Encima de Bondy. Sentí la mordedura en una nalga casi al mismo tiempo que escuchaba el maullido, aunque débese tratar de una trampa de aquesta mi memoria. "Huy, perdón", dixe, después de haber gritado de dolor. Bondy tuvo a bien se desplaçar entonces hacia el dueño et trepóse en la su falda. Antes de comenzar a lo consolar, el dueño dirigióme mirada de odio. Tenía los ojos llenos de dulce conmiseración hacia el animal. Arrullólo largamente, et púsose a lo acariciar durante varios minutos mientras murmuraba: "Bondillín... cuitado, cuitado Bondillín...". Estaba me faciendo dolor, mucho, et yo sentía que corríame la sangre en una nalga et en los muslos mientras esperaba oportunidad de reiniciar el diálogo. "Discúlpeme, Señoría", atiné a decir. "Es que soy muy torpe... Distraído." Cuando el dueño hóbome mirado, sonrió et achinó más sus ojos. Díxome que era la vez prima que él facía negocios con persona distraída. Los individuos de compañía sonriéronse. Entonces el amo de casa murmuró algo al oído de Bondy. El gato paró la oreja, et inclinó la cabeça para escuchar las instrucciones, et miró al dueño como si buscase confirmación de lo que había oído, et encaminóse hacia mí, mientras el sultán chino decía, como si resignado entonces estuviese: "Ah, los gatos, los gatos... Con Bondy non hay que se fiar." Et yo a mi fe que non lo facía. Bondy encaramóse a mi terror et tornó a se acurrucar en mi regazo roto et ensangrentado, acomodó la cabeça sobre la mi bragueta, cerró los ojos et comenzó a ronronear con grande entusiasmo. "Acá peor es meneallo", díxeme para mis adentros. Yo apenas non atrevíame a me mover et respirar. El dueño pareció decidido a olvidar la mi torpeça, pues reanudó el fablar et a poco estábamos en plena negociación. Non comprendió que resultábame, débil de mí, difícil me concentrar, con la mía sangre que non decidíase a parar del todo et que estaría quizá manchando la pelambre rubia de Bondy, et más con aquel olor de solfatara que el animal despedía. ¡Oh fatalidad! Non habían pasado apenas non dos minutos cuando el gato, sin dubda inspirado por un nuevo estremecimiento metafísico ante el devenir, tornó a sacar las uñas et a me las clavar, señoría, allí donde más duele. Pegué un salto et un grito que non auyentó a Bondy. Por el contrario, fecho furia, me propinaba de zarpazos, gritaba ¡FFFFTZZ!, mordíame con saña por ojos non nunca jamás contemplada et holgábase dello. Yo trataba de me lo desprender, mas en vano era. En uno de aquestos movimientos, cáteseme a Bondy cayéndose al piso et dando enseguida un salto hasta la altura de la mi cara et decorándome la frente con un zarpazo aferruzado que sacóme sangre. Era, paréceme, gato de non abandonar lo emprendido así como así, et con sentido de la variación. Yo comencé a correr hacia la puerta mas los dos galanos colaboradores del oriental et con la suya absoluta confianza, pues cortáronme el paso. El chino estaba inmóvil, mas agora había girado la silla hacia mí; el gato estaba sentado, lamiéndose tranquilo una pata. Luego púsose el felino de pie et vino caminando con grande et suave parsimonia hacia mi desesperación, mas cuando fue llegado refregóse, mimoso, contra lo que quedaba de mis calças. MIAAUU, dixo. Entonces fizo el chino avançar la su silla hasta donde estábamos, los hombres de sayón et yo, sin palabras. Díme cuenta de que estaba muy mucho irritado. "¡Acá non se face negocio!", díxome. Que me dejasen salir. Los sujetos, no bien hobieron escuchado aquesta orden, tomáronme de los braços con unas tenaças que parecían manos et non hobo quien los parase: condujeron mi reguero de sangre hasta la puerta, abriéronla et con un empujón pusiéronme varios escalones más abajo, en el jardín del parque de entrada. Antes de cerrarse la puerta fue aparecida en el umbral la figura del sultán chino sentado, Bondy en la su falda, contra un fondo negro. "¿Es que non vedéis que Bondy es gato de ataque? ¡Estúpido!", gritóme. Luego cerróse la puerta. Suplico a Vuestra Merced que tenga a bien me disculpar et comprender lo que entonces pensé, cuando Fortuna adversa seguíame junta: "¡Oh guarro de gato, descanso de fatigados! ¡Reverendísimo hideputa!" et más otras lindezas, que vos quiero ahorrar. Ansí pensaba aqueste servidor, entonces. Es posible, hobe de admitir más luego, ya melancólico et linfático, que algún error, et aun muchos, haya yo cometido durante las conversaciones con el sultán chino. Sabrá Vuestra Merced, conocedora como pocos, en tal acaso, me lo indicar. Habría, pues, que ver el modo et maneras de reiniciar aqueste grande negocio. Ansí, tal vez deba yo, para vuestro grande merecimiento et gloria, informarme más sobre los gatos de ataque. |
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Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998 |
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