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Los que hablan, no saben. Los que saben, no hablan. Tal había escrito el mando. Como el mando era sabio emitía sus órdenes a través de mensajes escritos. Eran engranajes misteriosos para el logro de metas. Estaba escrito: "Alcanzar objetivos a fin de poner orden en el desorden". Para mi grupo, las misivas eran expresión de designios insondables. No incumbía a mis obligaciones entender el porqué de lo que había que hacer, ni comprender cómo lo realizado ordenaba el caos. Sólo cumplir. Cumpliendo, me sentía seguro. A veces, el mando dejaba en sus escritos no mandatos, sino aseveraciones. No tenían una relación directa con las instrucciones que recibía mi grupo. Tal vez eran para que yo reflexionara. Una vez, el mando había escrito: "Los grupos varían con respecto al número de personas que lo componen". Esta afirmación me hizo comprender por qué mi grupo estaba compuesto sólo por mí. Siempre había sido así, pero no era seguro, por lo visto, que fuera de ese modo para siempre. Si lo que estaba escrito era cierto, el número de personas que componía mi grupo, "variaba". Es decir, podía variar. Un día podíamos ser dos. O más. El mando intercalaba las aseveraciones entre una seguidilla de órdenes. Nunca se sabía cuándo uno iba a encontrarse con una de aquellas sentencias. La última que había leído me impresionó: "La cantidad de sentido común con la cual está dotada una persona, es por lo general una cantidad fija desde el nacimiento". Esta afirmación me había hecho pensar. Mientras durara la niebla era peligroso moverme, pero tenía que llegar hasta el barco a buscar las órdenes —si las había— y cumplirlas. Resolví arrastrarme en alguna dirección hasta que el piso se acabara. Entonces yo habría llegado hasta el canto del muelle. Continuaría de esa manera, reptando a lo largo del borde. Con suerte, estaría en el lado conveniente. Con más suerte, reptaría en dirección al barco. Era, me pareció, mejor que no hacer nada. Pasé a ejecutar mi plan, pero casi de inmediato la niebla se disipó. Recobré el sentido del equilibrio y la orientación. Las nubes, convencidas por una brisa firme, se alejaron hacia el horizonte y el sol iluminó la belleza radiante del fondeadero. Me puse de pie y miré el reloj: eran ya las diez y veinte. El barco me miraba desde la inmovilidad de la proa y su figura blanca fue acercándoseme paso a paso. Sólo pedía navegar. Yo veía ahora el puente y la cubierta tapados de nieve. De las sogas de amarre, de los estayes, de los tensores de viento y obenques colgaban estalactitas de hielo. Caminé a lo largo de la banda de estribor, mirando la arboladura sin velas, sin jarcias de maniobra ni gallardetes. Subí a bordo; abrí la escotilla y me introduje en la cabina. Apenas mis ojos se acostumbraron a la oscuridad vi el pliego que me esperaba en la mesa de navegación. Era parte de mis deberes de rutina controlar la hora cada vez que abría un sobre con órdenes, y controlar la hora en el momento en que quedaban cumplidas. Eran entonces las diez y media en punto. Las disposiciones eran forrar un cabo en descuello. Como siempre, el mando no se había contentado con establecer el objetivo. También había señalado los medios y el modo de lograrlo. Yo tenía que usar una maceta de forrar, con una canaleta opuesta al mango, de modo que se adaptase bien al cabo. Tenía que ir liando en torno a él un meollar B, con las vueltas juntas y tirantes, pasando tres vueltas por la cuerda y una por la meceta, en sentido contrario a la colcha. Al final, tenía que armar una gaza doble de encapilladura, uniendo las filásticas de los chicotes de dos cabos con los firmes del otro. Yo tenía una noción: una sospecha de qué cosa podrían ser las filásticas, los chicotes y los firmes. Concluí que no era un mal comienzo, pero después de haber releído las instrucciones me convencí de que el mando tenía una indiscutible tendencia a sobrevalorar mi capacidad. Después me puse a pensar, profunda y honradamente, creo, aun sabiendo que lo que debía hacer mi grupo, lo que se suponía y se esperaba que hiciera, no era pensar, sino pasar a la acción. Cumplir la orden. Cumplirla, aunque para ello debiera despejar primero las incógnitas. Averiguar qué era "en descuello", cómo era una maceta de forrar y dónde podía obtenerla, enterarme de qué demonios eran un meollar B, una gaza doble y una encapilladura. Y obtener un cabo en descuello. Soy corto de pensamiento. Pensé, pero no llegué a ninguna revelación. Tampoco a saber quién era el mando, ni por qué yo recibía y cumplía órdenes. Uno a veces hace esfuerzos intensos, dolorosos, y no llega al objetivo. A veces llega, pero no lo sabe. A veces, sólo avanza, y eso tal vez no esté mal. Alcancé a pensar que aquel barco en la nieve era yo, y que mientras estuviera fondeado estaría seguro. Continuaría recibiendo órdenes del mando. Y lo que era peor: cumpliéndolas. Mientras yo pensaba, mientras llegaba a esas módicas certezas, todo en mi torno volvió a ponerse albo, como cuando la bruma bajó sobre el muelle. Miré el reloj: eran las diez y diez. Desde la esfera del tiempo, alguien me saludaba con los brazos en alto. |
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Incertidumbre de la proa, por Leonardo Rossiello Editado por Editorial Letralia - Internet, diciembre de 1998 |
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