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Muero cada amanecer
A Jerome Odlum. En el contrato la cláusula era muy clara, pero no le presté ninguna atención. Probablemente él tampoco. Yo no iba a participar en ninguna batalla, estaba excluido del riesgo que corren los marines coloniales, tan sólo me ocupaba de la conservación de los HTI y de mantener al día la base de datos. No existía ninguna posibilidad."Nadie hace preguntas" rezaba la propaganda. "Alístate" susurraba la publicidad. Me había convertido en un fugitivo a causa de un delito de piratería informática. Acudí a la división adecuada y pasé la prueba. Ingresé por necesidad pero en un destino seguro. Aunque pertenecía al ejército yo era un burócrata. Ningún riesgo, pensé, jamás iré al frente, me dije. Y acerté, aunque sólo en parte. En tal coyuntura, ¿cómo podía sufrir heridas de combate?, ¿cómo sospechar lo que iba a suceder? Ya lo decía mi padre: "Espera siempre lo inesperado". Siempre despierto igual: con una agobiante disnea, envuelto en sudor, aterrado por una pesadilla ajena que no me pertenece pero que sufro a diario porque ahora su miedo es mi miedo. Me pregunto si a él le pasará lo mismo, si mi tósigo de oficinista precederá su despertar. ¿Cómo concebir que dos personalidades tan dispares, dos vidas tan alejadas resulten miscibles por un aliñoso precepto jurídico de un reglamento militar aplicado con robótica y aséptica perfección en los quirófanos del ejército? Me ha tocado el turno de noche, que aquí, en esta vieja estación minera de Alfa-Centauro, condena a una abrumadora soledad. Antes lo hubiese soportado sin problemas ni traumas pero ahora vivir entre perdedores biológicos y desechos de la robótica crispa a este cuerpo del que dispongo en usufructo temporal. Tras vestirme con un mono regulado por termostato decido dar una vuelta aun sabiendo que no encontraré nada interesante. Tras introducir mi tarjeta personal salgo de los módulos oficiales. Me conceden un permiso de 5 horas. El aire está impregnado de olor a grasa y la tormenta de arena del exterior hace retemblar la estructura metálica de las bóvedas. Me aproximo a una de las peligrosas balaustradas pero el vértigo espacial, que siempre había padecido, me ha abandonado. Al fondo, el eterno gemido de los generadores que aprovisionan de oxígeno y energía eléctrica a esta vieja explotación. Su horrible chillido pasa inadvertido. La fuerza de la costumbre. Cada tres días tengo un examen sicológico con un aburrido pedazo de chatarra. Confían, ignoro quién, que la cohabitación sea posible sin graves trastornos. Lo repiten continuamente. Siempre me presentan el mismo cuestionario. Siempre les miento y mis contestaciones falsas de hoy difieren de las de ayer. El examen físico es más meticuloso y diario. ¿Se lo harán a él también? —¿Cuándo me trasladarán a un lugar decente? —Pronto —me responden los robots—. Muy pronto. Esperamos instrucciones. La gente me mira con recelo. Les saco a todos por lo menos una cabeza y saben que me gusta la pelea. Por otro lado no ignoran que habito con los robots. Sospechan si puedo ser un replicante pero han visto que mi sangre es roja y no blanca. En el bar adquiero tabaco en una máquina que sólo funciona si le pegas tres golpes seguidos en el costado izquierdo. Aunque no estoy seguro parece que soy fumador porque mi cuerpo se tranquiliza en cuanto le proporciono su dosis de nicotina. Al tercer cigarro los músculos comienzan a relajarse. Perdida al final del tugurio descansa una dañada pantalla de televisión. Continuamente emiten partes de guerra. Vamos ganando, proclaman. Yo sé que la primera víctima de la guerra es la verdad, la información y la segunda la libertad. Todo sacrificado en aras de la victoria. Cuando yo era solamente yo, estaba al tanto de la verdad. Procesaba los datos de cada ataque, los gastos, los muertos, las naves destruidas, las colonias conquistadas. Estoy persuadido de que conquistaremos los mundos de los alienígenas. Tenemos raudales de violencia irracional en nuestros corazones y necesitamos sus mundos para expansionarnos pues vivimos hacinados como ratas en nuestro minúsculo sistema solar. Los humanos estamos incapacitados para vivir en paz, llevamos en nuestros genes la destrucción. Además, la guerra es una buen negocio. A ratos me quedo dormido y unos recuerdos bélicos que jamás serán míos se apoderan de mi ser. Vivo su vida, mato como marine colonial, blasfemo y destruyo como tal y tras semejantes orgías de sangre despierto feliz. Él y yo nos estamos mezclando, fagocitándonos, apropiándonos de lo que nos falta, hurtándonos nuestras realidades, nuestras mentiras, nuestras virtudes. Yo ambiciono su fuerza, siempre deseé tenerla. Estoy seguro de que él se aprovecha de mis conocimientos técnicos. ¿Cómo reprochárselo? Me alejo del bar. La tormenta prosigue su furibundo ataque. Paseo solo por los muelles. Todos los hangares están cerrados. Una lanzadera yace abandonada y destripada en un rincón. Oigo gritos de mujer y unas risas roncas y salvajes. No necesito ver la escena para imaginar qué es lo que está pasando. Me acerco tranquilo. Tres barrigudos policías de aduanas están desnudando a una mujer que ronda la cuarentena. Ella se resiste pero acabarán por violarla y matarla tal vez. Cuando yo era yo y todavía vivía en Marte jamás hubiera hecho nada. De hecho nadie hacía nada por nadie. En frente del hospital galáctico Isaac Asimov tres adolescentes estaban violando a una enfermera que salía de trabajar. Todos pasábamos de largo, cambiándonos de acera y dando gracias puesto que la violencia no nos había rozado. Cuando terminaron se perdieron entre la abigarrada multitud. Nadie la ayudó tampoco entonces. Se tragó sus lágrimas, su dolor y su frustración, y se arrastró hasta el servicio de urgencias desde donde los conductores de las turbo-ambulancias habían estado contemplando el espectáculo. Luego me enteré que uno de ellos era su marido. Agarro una oxidada palanca de hierro y me acerco tranquilo. ¿Hubiera podido hacer algo así antes? Ni se me hubiera ocurrido. Me amenazan y esgrimen sus navajas y porras al tiempo que se suben los pantalones. Uno de ellos intenta correr hacia donde han dejado sus armas de fuego pero yo me interpongo en su camino. Y mientras comienzo a combatir no dejo de preguntarme: ¿quién de los dos está actuando ahora? Yo no era así pero lo cierto es que disfruto mientras un entrenado cuerpo para ser letal proporciona una paliza a aquel montón de basura. ¡Es una gozada! Me he empapado de sangre. Los robots me harán muchas preguntas. Me someterán otra vez al detector de mentiras. Volveré a ser su conejillo de indias. La mujer trata de vestirse nerviosamente. Las ropas rasgadas apenas protegen su delicado cuerpo. Trato de ayudarla y me rehuye. No se lo reprocho. Introduzco los cadáveres en un desintegrador de basura y con mi ficha magnética lo activo. No queda de ellos ni rastro. —Eso ha sido un error. Ahora ya saben quién los ha matado. Ha firmado su hazaña. Estos detectores poseen memoria de todo cuanto destruyen. —¿Tiene a dónde ir? —S-sí. Soy intocable. Hablando con realismo, somos intocables. El experimento es más importante que la muerte de tres gandules con placa oficial. ¿Qué habría hecho él? Viviendo juntos estamos condenados a no poder hablarnos jamás. Le he dejado notas en un ordenador pero él las borra. Los robots me dicen que para él la adaptación está siendo más difícil y que no colabora. La acompaño hasta su apartamento. Finalmente me invita a subir y utilizo su baño para limpiarme la sangre. Los nudillos están rasgados. Me contemplo en el espejo. Me gusto mucho más que antes. Su pelo es rubio, sus ojos azules, mi corazón potente. Tengo el torso repleto de cicatrices. El láser no puede hacer milagros... todavía. En una estrecha cocina tomamos café. Me contempla estupefacta. Reconozco en ella algo más que el agradecimiento. También hay deseo. Este cuerpo es bello y produce deseo. Antes eso nunca había sucedido. Yo era casi calvo, pequeño y miope. —¿Cómo se llama? —Arthur, Arthur Clark. —Yo le conozco. Le veo algunas mañanas jugando al billar pero me dijeron que usted se llamaba Jim Morrison. —También me llaman así. Pero sólo por las mañanas. —¿Más café? Noto que mi vejiga está casi llena y prefiero que orine él. Yo no agarré una gonorrea y no tengo por qué sufrir los dolores al orinar. No me malinterpreten. No lo censuro. Lo entiendo, entiendo que derrochara su paga en los burdeles que el ejército proporciona a la tropa porque en la guerra el dinero y la vida pueden ser efímeros pero yo no he aportado ninguna enfermedad y cuantos dolores pueda se los endosaré a él. Empieza a haber más luz en la habitación. La rotación de Alfa-Centauro es de 14 horas aproximadamente. Finaliza mi permiso. —Debo irme. —Quiero darle las gracias... yo... —¿Sí? —Tengo mañana el día libre. Me llamo Thelma, pensaba que tal vez quisiera tomar una copa conmigo. —Disfrute de su permiso, Thelma. Me doy prisa, debo volver a tiempo porque si no me sancionarán y le darán a él más tiempo de posesión. Comienza a dolerme otra vez la cabeza, ya me advirtieron que esos síntomas no desaparecerían del todo. Todavía recuerdo el ataque militar a la base. Fue algo totalmente imprevisto. Estaban a la defensiva y, casi derrotados, efectuaron una salida suicida y la estación Malkovich-6 quedó desguarnecida. Nuestra pantalla de defensa falló y para cuando llegaron los refuerzos ya habíamos soportado media hora de intensos bombardeos. Demasiados. Mi cuerpo era una salchicha sangrante. Me llevaron al quirófano militar. Me lo han contado, estaba en mi derecho a saberlo. Creo además que el funcionario que lo hizo disfrutó explicándome los detalles desagradables. Sin ojos, sin lengua, sin piernas y con un solo brazo. Pero todavía vivía. Fue entonces cuando se acordaron del contrato: podían experimentar si dejaba de ser útil siempre que yo mantuviera viva mi personalidad. Allí llegó Jim Morrison, un distinguido marine que había sido gravemente herido en una ofensiva terrestre. El corazón estaba casi destrozado, los riñones hechos jirones y no tenía hígado. Le trasplantaron mis órganos y en una operación de microcirugía de casi tres días instalaron mi consciencia en su cerebro. El quirófano electrónico había trabajado a pleno rendimiento. Ya éramos uno. Dos personas habitando un mismo cuerpo. Sólo vivo unas horas cada día y al ver los destellos de luz de Boadicea, nuestra estrella madre, debo volver para morir, para que él resucite y disfrute de su tiempo hasta que nuevamente llegue mi turno. Muero cada amanecer. En el contrato la cláusula era muy clara.
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