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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 65
1 de marzo
de 1999
Cagua, Venezuela

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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

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Tres relatos

Gustavo Raimondo


Conveniente resignación

Salió agobiado de la oficina. No era el clima reinante ni la resaca de la noche anterior en la fiesta de Ordóñez. Era, simplemente, el fastidio cotidiano de cumplir con la misma rutina con que le había encomendado el propio Ordóñez (entonces recién ascendido jefe de contaduría de la firma Martínez y asociados) cuando ingresó un veintitrés de marzo, 17 años atrás: "Usted tendrá la noble tarea de controlar todos los asientos diarios que nos envían de las secciones compras y ventas" —le dijo con voz fuerte y firme. La misma voz que hoy, luego de 17 años, ostenta orgulloso para martirio de sus pobres empleados. Esa voz potente que aún resuena en los oídos de Ferreti como un eco infinito: "¿Y Ferreti? ¿Qué espera para divertirse? Mire que mañana se termina la milonga y usted vuelve a sus libros y sus cuentas, como siempre". Ese "como siempre" era la forma que tenía Ordóñez para humillar a quienes no corrieron con su misma suerte: ser cuñado del patrón y ocupar un cargo que, a juzgar por su poca inteligencia, jamás hubiera conseguido por las vías normales.

Ferreti odiaba esas aburridas reuniones de Ordóñez en las que no se hacía más que hablar de temas de oficina, adular al patrón en su ausencia (sabiendo que Ordóñez era su oído derecho) y aceptar las guarangadas y los desplantes de esa bestia con anteojos, barrigona, pelada y estentórea del ser más odiado de la firma: "El petiso Ordóñez".

Mientras duró el trayecto hacia su departamento, Ferreti trató de sustraerse de todo pensamiento, por ínfimo que fuera, que lo conectara con su trabajo. Casi lo consigue, a no ser por toparse al salir del subte con la señorita Bogado, más precisamente: Marta Isabel Bogado Lamas, 40 años, soltera, un poco más alta que él, cabello castaño claro recogido con rodete, ojos almendrados injustamente ocultados (a juzgar por Ferreti) por unas gafas de grueso armazón de carey, un rostro delineado con finos trazos, de figura estilizada, y vestida en forma exageradamente clásica, o tal vez antigua, como si se hubiera quedado en los tiempos de su abuela, allá por el 1900. Ferreti, desde que la vio por primera vez en la oficina, sintió una fuerte atracción por aquella dama con aire retraído y suaves modales. Siempre fantaseó con verla con los cabellos sueltos cayendo sobre sus hombros, sin gafas, vestida con unos vaqueros gastados, una remerita suelta, alpargatas de tela blanca y suela de goma; sencillamente, verla como una mujer de su misma edad pero vestida como lo hacen sus congéneres en esta época, a un paso del siglo XXI. Existía un solo detalle que Ferreti no toleraba: era la hermana —por parte de madre— del petiso Ordóñez.

—¡Qué sorpresa! —dijo Ferreti al verla—. ¿Usted no vive en Villa Urquiza?

—Ay, Alberto, parece que el calor te hizo mal. Bajé a acompañar a mi tía Clara hasta la parada del 161. Vino de visita; vieras lo desmejorada que está la pobre. Te dejó saludos.

Ferreti no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. Jamás la señorita Bogado lo había llamado por su nombre de pila, y mucho menos tuteado. No tenía idea de quién era la tal Tía Clara y, lo más desconcertante aun, no entendía por qué ella lo había tomado del brazo y lo conducía en dirección a su departamento de soltero. "¿Cómo sabe dónde vivo?" —se preguntó azorado. Seguidamente recordó que ese día la señorita Bogado no había concurrido a la oficina, cosa que lo sorprendió porque era una empleada ejemplar, jamás faltó un solo día a su puesto, ni aun aquél en que la inundación dividió a la ciudad en dos tomando como línea divisoria al desbordado arroyo Maldonado, entubado bajo la avenida Juan B. Justo.

—¿Estuvo enferma? —preguntó.

—No, ¿por?

—Como no la vi en la oficina, yo pensé que...

—Alberto, ¿qué te sucede? Me tratás de usted como cuando recién nos conocimos, hace un rato me preguntaste si vivía en Villa Urquiza, y ahora te sorprendés porque no me viste en la oficina. Hace dos semanas que renuncié a petición tuya. Qué te pasa, ¿estás enfermo?

A esa altura de los acontecimientos, Ferreti estaba a punto de desmayarse. Su vista se nublaba por momentos y no sentía la planta de los pies. Al caminar, giró lentamente su cabeza tratando de ver algún indicio que le permitiera comprender la situación. "Esto tiene que ser una joda de los muchachos de la oficina" —pensó mientras hurgaba con su mirada entre la muchedumbre, a la caza de algún desprevenido compañero que estuviera siguiéndolos a pocos pasos de distancia. Nada de eso ocurrió. Cuando llegaron a la puerta de entrada del edificio, la señorita Bogado extrajo un manojo de llaves y abrió.

—¡Es suficiente! —gritó Ferreti, y como una catarata, largó lo que sigue—: que me haga tragar el cuento ese de la tía y de que usted no trabaja más en la oficina, se lo acepto, ¡Touché! Caí como un chorlito en este chiste que me hicieron. Felicito a quien pergeñó esto y la haya elegido para tamaña labor actoral; jamás hubiera pensado que usted se prestara para algo así. Hasta aquí, todo bien, sin rencores. Mañana me aguantaré las cargadas de la oficina. En cuanto a las llaves de mi departamento, creo que se pasaron de la raya. ¿Cómo las consiguió? Nadie tiene copias y jamás me desprendo de ellas.

Sin contestarle y con evidente fastidio, ella caminó unos pasos por el palier, abrió las puertas del ascensor con violencia, y dijo: "¿Subís o te vas a quedar diciendo idioteces?".

Subió como una tromba, cerró las puertas del ascensor inquiriendo: "¡Muy bien, vamos a ver hasta dónde llega este jueguito! ¡Subamos!".

El ascenso duró unos pocos segundos, pero a Ferreti le bastaron para repasar mentalmente los hechos desde que salió del subterráneo. Fijó la vista en la imagen que le devolvía el espejo de cortesía y se notó un poco más viejo, con unas pequeñas arrugas en su cara que no había notado antes. "Será la luz que resalta las imperfecciones" —pensó.

Al bajar, no se sorprendió por el hecho de que ella abriera la puerta de su departamento y se dirigiera resuelta a la cocina, tampoco cuando se encontró con el petiso Ordóñez sentado en un sillón del living con un vaso de whisky en la mano, recibiéndolo con estas palabras: "¿Qué hacés, cuñado? Llegaste un poco tarde hoy". Hasta aceptó con notable naturalidad la venida a su encuentro de un niño de corta edad, con los brazos en alto y rasgos parecidos a él, que le dijo fuerte y claro, como remarcando cada sílaba: "¡Papá! ¡Papito!".

Ferreti, resignado, depositó su maletín en el suelo, tomó al chico en sus brazos y se dirigió al living. Aprovechando la prerrogativa que le otorgaba el nuevo parentesco, miró fijo a Ordóñez y saboreó cada palabra por venir... La orden que liberó su boca retumbó en toda la sala como un mazazo en el yunque del herrero:

—¡Petiso!, ¡servime un whisky!"


El último salto

...y en plena caída, con el viento castigándole la cara, Cristina recordó la promesa que días atrás le había hecho a su flamante marido: "este será mi último salto; ahora tengo alguien que me espera en casa". Siguió con la vista el vuelo de la avioneta naranja que se alejaba y respiró profundamente.

Consultó su altímetro y calculó que disponía de diez segundos más de placer hasta accionar el mecanismo de apertura. Comenzó mentalmente el conteo final: Uno, uno y medio, dos, dos y medio... "Qué verdes se ven los campos" —pensó—... Seis, seis y medio, siete... "Me siento verdaderamente libre. Cómo quisiera que Ernesto estuviera aquí"... Nueve, nueve y medio, diez... "¡Ya! ¿Qué pasa? No sentí el tirón en la espalda...". Quince, quince y medio, dieciséis... "Debo serenarme, debo serenarme. Accionaré el mecanismo de emergencia"... Veinte, veinte y medio, veintiúno... "¡Ya!"... Veintitrés. ¡Dios mío! ¿Qué broma es esta..? Veintiocho, veintiocho y medio...

Horas más tarde, el traumatólogo diagnosticó una fuerte contusión en el hombro izquierdo y cadera del mismo lado. "Nada grave, suerte que el piso es de madera", le dijo éste a Ernesto. "Y que la cama no es muy alta", replicó aquél.


Los soles de Mastronardi

En Buenos Aires, como en las principales capitales del mundo, las autopistas dejaron de ser una alternativa para convertirse en una fatal necesidad. Si usted quiere llegar a tiempo a Ezeiza (siempre hay que llegar a tiempo; el avión no lo espera a uno) debe tomar por la autopista 25 de Mayo y empalmar con la Dellepiane, de ahí en más el camino y los carteles indicadores lo llevan directo al aeropuerto. Y si no me cree pruébeme lo contrario, le va a resultar difícil, créamelo.

Uno que no necesita probar nada y que festejó como si hubiera ganado el loto cuando inauguraron el último tramo de la Dellepiane fue Mastronardi, chofer de remis; hombre acostumbrado a trasladar pasajeros con apuro de tiempo porque se quedaron dormidos o simplemente porque confían en su buena estrella y la habilidad conductiva del "experimentado Mastronardi" —como suelen decir los dueños de la remisera cuando les solicitan referencias.

Una mañana de julio, tuvo que trasladar a una pasajera que se hospedaba en el "Hyatt". La pasó a buscar a la hora convenida: cinco y treinta y dos, sí, leyó bien: cinco y trein-ta-y-dos. Llegó al playón de entrada a las cinco y treinta. Bajó del auto y se presentó al impecable portero de galera y levita. "La señora está por bajar, acerque el auto a la puerta principal", le ordenó el hombre de negro. Así lo hizo, y cuando terminó de acomodar el auto se abrieron las dos puertas de blindex enmarcadas en bronce lustrado y apareció una elegante mujer, envuelta en un imponente tapado de visón que le llegaba casi hasta los tobillos. Su cabello dorado estaba recogido en la nuca por un rodete adornado con un clip forrado en terciopelo negro. La cara mostraba una blancura extrema (quizá por el contraste con el color negro del tapado), pero lo que llamó la atención de Mastronardi fue el color celeste cielo de sus ojos que opacaban cualquier otro atributo. Cuando miró el reloj digital empotrado en el panel de instrumentos comprobó que eran las cinco y treinta y dos. "Puntualidad inglesa" —masculló.

Con el motor aún en marcha, descendió y abrió el baúl. Al ver venir al botones empujando con dificultad el portamaletas repleto, se preguntó si semejante peso no afectaría la suspensión. Caminó hasta la puerta trasera izquierda, la abrió y permaneció de pie a un lado para recibir cortésmente a la pasajera.

—Buenos días, señora. Permítame —le dijo mientras la ayudaba a subir tomándola de un brazo.

—Usted debe de ser Mastronardi, ¿verdad?

—Sí, señora.

Cuando el botones terminó de cargar las valijas, Mastronardi se cercioró de que el baúl quedara bien cerrado. Luego subió al auto y arrancó con rumbo a la autopista 25 de Mayo. El reloj marcaba las cinco y treinta y siete.

—Feo día. Parece de noche, y esta neblina que no afloja... ¿A qué hora sale el vuelo?

—A las ocho, por American Airlines —respondió la mujer mientras se empolvaba la nariz.

—Menos mal que tenemos margen. Con esta neblina que no deja ver mucho voy a tener que ir despacio.

Al dejar la avenida 9 de Julio subió a la autopista casi a la misma velocidad que venía: 60 Km/h. Los recibió una neblina más espesa, reduciendo la visibilidad a unos treinta metros. A lo alto, la doble hilera de luces alógenas que bordea la calzada se disipaba creando una atmósfera casi fantasmal. Miró por el espejo retrovisor y vio que la dama había guardado la polvera y se pintaba los labios con rouge de un color que no pudo definir. La notó tranquila, como si estuvieran paseando en un día soleado. Él, en cambio, no estaba tan tranquilo. Para serenarse, colocó un casete de boleros en el equipo de audio. La voz de Manzanero le arrancó un suspiro a la señora...

Hasta el empalme con la Dellepiane viajaron sin sobresaltos —siempre a 60 Km/h—, pero luego de tomar el desvío, unos dos kilómetros más adelante, el camino desciende entrando en una zona de terrenos bajos. Fue como entrar en otra dimensión, un salto al vacío, un caer en el más profundo y oscuro de los precipicios, porque no se veía nada. La cerrazón era tal que frente a la trompa del auto (por el efecto de las luces al chocar con la niebla) aparecía un inmenso velo blanco, como un manto de plasma lácteo que todo lo envolvía.

Mastronardi encendió las balizas intermitentes y redujo la velocidad hasta igualarla con la del paso humano.

—¿Y ahora? —preguntó la dama desde el asiento trasero.

—Vamos a tener que parar en la banquina hasta que levante la niebla.

—Pero... yo no puedo perder este vuelo. Soy la encargada de leer el discurso de apertura de un congreso de medio ambiente en Nueva York.

—Señora, qué más quiero yo que usted llegue a Nueva York y dé su discurso. El problema es que no se ve nada; si manejo a ciegas nos damos la piña seguro —protestó Mastronardi apagando la música y guardando de mala gana el casete dentro de la guantera.

—Mi ex esposo, cada vez que íbamos a Bahía Blanca y encontrábamos niebla, se ponía a la cola de un camión y lo seguía. Con esas luces de colores que llevan es imposible perderlos de vista.

De pronto, una gran luz naranja los rebasó a poca velocidad. La mujer echó el torso hacia delante, estiró el brazo, y con el dedo índice apuntando hacia el parabrisas, ordenó:

—¡Siga la luz! Le pagaré el doble.

Mastronardi, un poco seducido por el jugoso ofrecimiento o tal vez por no querer discutir, obedeció. El vehículo que tenían adelante —no se podía determinar si era un camión o un ómnibus— tenía buena iluminación; predominaba el color naranja con algunos destellos dorados. Cuando Mastronardi se le acercó, el tacómetro indicaba 70 Km/h y subiendo, porque lo que tenía enfrente seguía acelerando. Trató de mantener su ritmo de marcha para no perderlo. Cuando la aguja llegó a los 100 Km/h olvidó la presencia de la dama y despojado de todo pudor dijo:

—¡Qué hijo de puta! ¿Cómo mierda puede ver con esta niebla?

—El señor tiene mejores luces que usted —dijo la señora, sin inmutarse por la grosería que acababa de escuchar.

Mastronardi, que no podía ocultar su nerviosismo y el estupor que le provocaba el episodio, contestó: "Señora, este no es un tema de mejores o peores luces; no hay ningún faro, por más potente que sea, que pueda penetrar la niebla como para poder conducir a (en ese instante miró el tacómetro)... ¡ciento treinta kilómetros..! ¡Imposible!, nos vamos a matar".

—Reconozco que va un poco rápido. Se ve que aquel conductor conoce el camino —opinó ella.

—¿Un poco rápido? ¿Conoce el camino? —preguntó sumamente alterado Mastronardi. Sus ojos iban y venían del tacómetro a la luz naranja y viceversa—. Este tipo no va un poco rápido, ¡va a los pedos! Y en cuanto a lo segundo, permítame decirle, señora, que tengo diecisiete años en esta profesión y este viaje lo hago dos o tres veces por día. ¡To-dos-los-dí-as! —vociferó.

Cuando casi rozaban los 140 Km/h, la luz se elevó casi verticalmente para luego quedar suspendida —como colgada del cielo— ligeramente a la izquierda de la autopista. Mastronardi pisó el freno y realizó todos los rebajes posibles con la caja de cambios para desacelerar la marcha hasta detenerse. La luz quedó inmóvil en lo alto.

—¿Usted vio eso? —preguntó Mastronardi. Los ojos exageradamente abiertos y la transpiración resbalándole por las sienes.

—¿Qué cosa?

—¡Cómo qué cosa? ¡La luz! —y señalando hacia arriba—. ¿La ve?

La señora se inclinó un poco hacia delante para observar mejor; la niebla seguía tan espesa como antes.

—Sí. Debe ser el sol. Lo que pasa es que con tanta niebla no lo podemos ver bien, pero es el sol, segurísimo que es el sol.

Mastronardi, asiduo visitante al Unitorco y ávido lector de Cuarta dimensión, intentó otra interpretación:

—¿Y si no es el sol? ¿Y si en vez de perseguir a un camión o un ómnibus era otra cosa? Mire, yo le propongo algo, voy a estacionar el auto en la banquina y vamos a esperar hasta que se disipe la niebla. Total, seguro que suspendieron los vuelos. Además debemos estar cerca del aeropuerto, así que ni bien aclara seguimos.

La mujer consultó su reloj: marcaba las seis.

Estuvieron detenidos treinta minutos. El silencio era abrumador, y en todo ese tiempo no pasó un solo vehículo, ni de ida ni de vuelta. La señora se quedó dormida enseguida y Mastronardi —hasta que decidió continuar— en ningún momento quitó la vista de ese increíble disco naranja que colgaba en las alturas.

Poco a poco se fue disipando la niebla. Ya se podía ver a buena distancia. El cielo, aunque estaba cubierto, dejaba ver el inmenso redondel naranja que trataba de abrirse paso entre las nubes grises.

—¡Señora, despierte! —le ordenó mirándola por el espejo retrovisor—. Está aclarando. Seguimos.

La dama abrió los ojos, se acomodó con gracia el pelo y asintió con un leve movimiento de cabeza.

A poco de andar, Mastronardi se sintió desorientado. Trató de encontrar los puntos de referencia que tenía memorizados hasta el mínimo detalle y no los encontró. Todo lo que lo rodeaba le era desconocido.

"Esta no es la Dellepiane, ni siquiera estamos en la Richieri, que es la continuación natural" —pensó. Miró nuevamente a la señora por el espejo y dijo señalando a la luz naranja:

—Esa cosa nos transportó a otro lugar, otra dimensión, qué se yo... Esto no es Ezeiza, tal vez ni sea la Argentina.

La mujer, que lo miraba en silencio, no podía creer lo que escuchaba. "De todos los remiseros que hay en la ciudad me vino a tocar este delirante" —pensó.

—Oiga, buen hombre. ¿Usted se siente bien?

—Para serle franco, no. Tengo ganas de pegar la vuelta.

—¡Ah, no! ¡Usted me lleva al aeropuerto como sea! —exigió esgrimiendo un dedo amenazante.

Mastronardi estuvo tentado de gritarle en la cara que a él nadie le daba órdenes, pero pensó que si lo hacía, la mujer no cumpliría con la promesa de la paga doble en caso de llegar a Ezeiza, así que no respondió y siguió andando en busca de una señal orientadora o un contacto con "los del más allá".

A los pocos kilómetros de marcha vio a una persona que estaba al costado del camino, con las manos en los bolsillos del pantalón y dando saltitos como para entrar en calor. Arrimó el coche lo más cerca que pudo, bajó la ventanilla del lado del acompañante y preguntó:

—Buen día, maestro. ¿Dónde estamos?

El hombre, sin dejar de dar saltos respondió:

—¡En el culo del mundo estamos! ¡Olvidados y en el culo del mundo!

Mastronardi giró su cabeza y le dijo a la mujer:

—¿Vio? ¿Qué le dije?... Y yo sin pasaporte.

La señora empezó a reírse por la ocurrencia, cosa que lo molestó.

—¿De qué se ríe? Claro, usted porque "sí tiene" pasaporte, y con la visa incluida.

—No, hombre. No es por eso. Simplemente que la situación me parece disparatada. ¿Por qué no pregunta en una estación de servicio y nos ahorramos inconvenientes y tiempo?

—Lo dice como si hubiera visto alguna. Este lugar está más deshabitado que corral inundado.

—¿Ve? Usted me hace reír con sus dichos.

Mastronardi siguió andando sin estar convencido de llegar a alguna parte. A las siete de la mañana la niebla había desaparecido y el cielo comenzaba a despejarse lentamente. El sol, potente como nunca, se escurría por entre las nubes como lo hace el agua entre los dedos de las manos.

—¡Qué notable! ¿Quién iba a pensar que se iba a poner tan lindo el día? —dijo él mirando a los lados del camino como admirando el paisaje. Cuando levantó la vista hacia el sol, lo encontró diferente.

—¿Usted ve lo mismo que yo? —preguntó a la mujer reflejada en el espejo retrovisor.

—¿Otra vez con lo mismo? Y ahora, ¿de qué se trata? —dijo ella con evidente fastidio.

—Mire hacia el sol y dígame que ve.

La señora se inclinó hacia la izquierda casi hasta quedar recostada sobre el asiento y miró hacia arriba.

—Veo un sol. Creo que está ahí desde antes de que se creara el mundo.

Mastronardi, ignorando el sarcasmo, preguntó:

—¿Y lo ve como siempre, igualito como todos los días?

—Sí, como todos los días —contestó secamente. Su paciencia se agotaba.

—¿Me va a decir que no le ve el centro hueco? ¡Son cinco soles! Y están dispuestos en forma circular, dando la apariencia de un único y gran sol. ¿Ve? Fíjese que en el centro no hay nada, es hueco.

—¡Como su cabeza! —sentenció la señora—. Le pido un favor, termine de hacerse el idiota y lléveme de una buena vez al aeropuerto.

—Yo a usted no la ofendí, señora. ¿Por qué me dice idiota?

—¡No le dije idiota! Le dije que deje de ha-cer-se el idiota. Y no quiero hablar más del asunto, ni de este ni de ningún otro, así que limítese a conducir que para eso lo contraté —dijo casi gritando la señora—. Miró su reloj de pulsera y comprobó alarmada que si tardaban un poco más perdería el vuelo.

—Muy bien —dijo Mastronardi—. ¿Quiere que conduzca? Voy a conducir. Olvidemos la luz naranja, olvidemos los cinco soles, olvidemos que estamos en el culo del mundo y yo sin pasaporte, ol-vi-de-mos, hagamos como el avestruz, aunque no sé si en este culo habita alguno...

Más adelante, en un cruce de caminos, una encrucijada reveladora que se presentaba en el momento justo, Mastronardi se encontró con un cartel que anunciaba:

Ezeiza: 2 Km

Ante la sorpresa, rompió el silencio diciendo:

—¿Vio lo que yo vi?

La señora no contestó. Ni lo miró siquiera.

"Se ofendió la vieja" —pensó. "¡Ignorante! Si acá estuviera Favio Serpa seguro que me explicaría con lujo de detalles lo que pasó. ¿Cómo no ver los cinco soles? Sólo un ciego puede no verlos. ¿Y este camino? ¿De dónde salió este camino, eh..? Así que yo me hago el idiota... Pero, ¡por favor!".

Llegaron al aeropuerto a las siete y diez. No se hablaron. Mastronardi depositó las valijas en el borde del espigón y ella le pagó lo que marca la tarifa simple, "ni un peso más".

De regreso, sin el peso de las valijas y la grata ausencia de la molesta dama, Mastronardi intentó tomar el desvío por donde había venido. No lo encontró. Puso el casete de Manzanero con el volumen bastante alto y miró de reojo el sol que se escondía detrás de una gran nube. Adelante —unos doscientos metros—, a la altura del puente que comunica con la ruta 205, una creciente neblina comenzaba a cubrirlo, como un inmenso velo blanco, como un manto de plasma lácteo que todo lo envolvía... De pronto, una luz naranja lo rebasó a poca velocidad... "Allá vamos de nuevo. Y yo sin pasaporte" —pensó.



       

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