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Medusa Soy una mujer digna, que procura hacerse respetar y que, sobre todo, se respeta a sí misma y lo seguiré siendo a pesar de que por los caprichos de Hera cargue la maldición de poseer un solo ojo, compartir un único diente con mis hermanas las gorgonas, tener la cabeza llena de venenosas serpientes o ser decapitada cada vez que Perseo se aparezca. No daré nunca a nadie la satisfacción de verme doblegada, ni a los dioses del Olimpo, ni a los hombres mortales en la tierra, cuya memoria frágil quiere olvidar la verdadera historia de lo que pasó conmigo. La gente en Grecia siempre ha sido ferviente admiradora de la belleza, según los hombres, yo tuve la gracia de ser verdaderamente hermosa, cosa que en el fondo, aquí entre nos, poco o nada me importaba. Muchos hombres de todas las condiciones económicas y sociales perdían la noción de la realidad tan sólo con verme pasar a su lado. En las tabernas, los bebedores dejaban caer sus vasos rebosantes de vino; en las calles, los barberos boquiabiertos cortaban las orejas de sus clientes, y en los mercados los herreros pasmados se machucaban los dedos sólo con verme pasar. Aunque la verdad nunca favorecí a nadie con mis "encantos naturales", como algunos idiotas insistían en denominar algunos rasgos armoniosamente estéticos de mi persona, algunos insensatos, no sé con qué derecho, vivían desafiándose en constantes luchas a muerte por mí. A mi parecer, no pasaban de dar un espectáculo grotesco. Resultaba chistoso que con sólo mirar a un hombre, éste se paralizaba. Era formidable tener en un puño a los hombres más codiciados de la ciudad. El tiempo pasaba y en la medida que crecía, mi mirada comenzó a ser capaz de dar órdenes en silencio a los hombres. Qué bueno, porque así me evitaba trabajar duramente en los viñedos de mi tío y no me tomaba la molestia de ir a traerle los pesados baldes llenos de agua del pozo. Ellos hacían todo por mí con tal de quedar bien. Finalmente yo los abandonaba por cualquier nimiedad y riéndome de ellos en su cara, los hacía que se vieran a sí mismos como seres ridículamente expuestos. Disfrutaba con ello. Supe de algunos que se tiraban de abismos, la gente decía que era por mi culpa, pero ese no era mi problema, hay gente que nace sin una estructura de personalidad fuerte y, tal vez, tomar ese camino haya sido el alivio a su enfermiza dependencia, pero eso era lo que menos me importaba. Por uno que desapareciera, surgían diez más. Era maravilloso que mis antojos se vieran rápidamente complacidos por una pléyade de buenos mozos. En el fondo, no entendía por qué tanta cosa, si ni siquiera permitía que me tocaran un pelo, ¿entendieron?, un pelo. Yo en lo que verdaderamente estaba concentrada era en querer ser luchadora de competencias, quería participar en los juegos olímpicos, que desde mi privilegiada posición de sacerdotisa dedicada al dios Poseidón, veía continuamente atrás de los templos en donde los luchadores practicaban. Yo quería luchar. En mi interior, algo me señalaba que podía vencer a cualquiera en un combate cuerpo a cuerpo y no por la fuerza, sino por la astucia. Como en los juegos no podían participar mujeres, secretamente me iba a los jardines del templo de Apolo con el pretexto de intercambiar experiencias con sus sacerdotisas, pero la verdad, era para contemplar a los mejores gladiadores. Los observaba cuidadosamente, sobre todo a uno que me llamaba más la atención que todos, Aristarco, un hombre ciego pero inteligente en la lucha. No necesitaba ver para percibir cuál sería el próximo movimiento de su adversario para contraatacar y dominarlo. Era increíble. Una mañana en mis andanzas de espía y aprendizaje, fui descubierta por uno de esos forzudos. Ese tipejo creía que lo que quería admirar era su cuerpo, que si en verdad era de llamar la atención, no era precisamente lo que yo deseaba más. Un poco obscenamente se pasó de la raya conmigo y sentí que mi mirada, que no pudo dominarlo por primera vez, en lugar de controlarlo, lo incendió más de manera que su actitud se transformó en la de un maniático sexual. Inútil fue el tratar de defenderme, en poco tiempo me tenía dominada y a su merced, sólo un milagro podría salvarme, di de gritos y se me ocurrió que lo mejor era invocar la protección de Poseidón, cuando súbitamente apareció Aristarco. Hubo un enfrentamiento violento entre ambos. Finalmente, Aristarco logró dominarlo y lo obligó a disculparse, luego lo largó. Con mi pañuelo, procuré limpiar las heridas de Aristarco. Él me sujetó la muñeca. Sentí una gran fuerza emanada de su interior. No me dijo nada, pero percibí sólo con sentir su mano, que él estaba más furioso que yo por el abuso que aquel sujeto quería hacer de mí. Si alguien sabía lo que significaba el abuso, era él en su condición de ciego. Me contó que, para su suerte, años atrás, aprendió el arte de la lucha de un esclavo cretense y así pudo ganarse el respeto de los demás. El esclavo le enseñó que la lucha se basa en descubrir y aprovecharse de las debilidades que muestre el adversario durante el primer contacto. Sólo era cuestión de pulsar bien al oponente, de percibir su peso, su equilibrio y su posición y si había deficiencias en esa armonía, simplemente había que aprovecharlas en favor de uno. El ser ciego hacía de Aristarco un experto en descubrir la armonía de la fuerza en los demás. Ese era su gran secreto. A mí me pareció muy interesante lo que decía, pensé para mis adentros que mi belleza también, de alguna manera, desajustaba la armonía sensorial de los demás, por lo que después resultaban presas fáciles de mis caprichos. Él prometió enseñarme todos sus secretos, para que en el futuro pudiera defenderme sin recurrir a nadie. A partir de ese día, mi vida tuvo un sentido más para ser alegre. En el templo me dedicaba a la rutina de seleccionar los adornos de las ofrendas del mes, dando preferencia a las estrellas de mar, pues eran muy difíciles de conseguir, muchos buzos sucumbían a menudo por rescatarlas de los fondos marinos, sólo los más expertos eran capaces de adentrarse tanto en el mar y por ello recibían buena paga. Estaba cumpliendo mis tareas de ese día, cuando tuve una incómoda sensación de sentirme observada. Continuamente escuchaba que alguien mencionaba mi nombre y aunque volteaba para descubrirlo, nadie aparecía. La situación se hizo más o menos insoportable y fui a quejarme con la pitonisa. Ella al verme se asustó, yo me quedé pasmaba por la reacción de esa vieja loca. Pronto me di cuenta del porqué de su actitud, y es que a mi lado se encontraba nada menos que el propio Poseidón, el dios de los océanos. A ese viejo barbudo se le conoce bien porque nada que pase en sus aguas se le escapa, la vida de navegantes, pescadores y buceadores de perlas y estrellas de mar dependen de él. Los cuerpos de quienes mueren en altamar son traídos aquí al templo para su purificación. Inmediatamente comprendí que era él el que me fastidiaba en el templo. Le pedí que nos fuéramos respetando porque no me gustaba la idea de ser distraída de mis deberes en el templo. Bastó que lo mirara fijamente para que el barbón se quedara como momia egipcia. En un principio, pensé que no le había gustado la idea de que le pidiera que me dejara en paz. Tal vez me había visto muy osada. Pero no fue por eso, sino que, como tantos otros, se había prendado de mi mirada. Pasaron varios días y él seguía en sus andanzas conmigo, siempre intenté, con buenos modos, ubicarlo en su lugar y jamás di pie para nada. Además de ser un viejo rabo verde, otras cosas me molestaban de él, sabía que estaba casado y yo con casados jamás me había entendido. Pero su calidad de dios-jefe-manda-más-del-templo, me impedía dejarle de hablar, es más, los sacerdotes me pagarían más si, como ellos decían, "le servía bien". Eso me daba tanta bronca que me transformaba por entero. Poco a poco Poseidón se fue haciendo más indeseable y embustero. Qué viejo tan coqueto e inmaduro, pensaba yo para mis adentros. Una noche, mientras limpiaba las urnas de bronce del templo, Poseidón se apareció, pronto percibí que no traía buenas intenciones. Cegado por un deseo inconfesable, quiso arrinconarme entre la pared fría y una columna corintia de mármol. Con firmeza en la voz, intenté ponerle freno a los hipocampos de su carroza y lo enfrenté con calma. Al principio, creí que había comprendido que estaba cometiendo asedio sexual con una sacerdotisa de su propio templo, porque se detuvo, meditó y luego, para mi sorpresa, con mayor ahínco volvió a quererme manosear impúdicamente. Esta vez, gracias a las lecciones de Aristarco, me defendí mejor, pero la superioridad de un dios terminó por dominarme fácilmente, mi último recurso fue morderlo, sintió herida su carne y gritó ferozmente. El muy desgraciado tuvo la osadía de abofetearme el rostro, por primera vez alguien se atrevía a ponerme una mano encima, se iría a arrepentir toda su vida. Entonces lo odié como jamás había odiado a nadie, él iba a continuar en su intentona por poseerme a la fuerza, por suerte el desagradable eructo de un anciano sacerdote ebrio, descontroló al agresor y salvó mi doncellez. ¡Te pasaste del límite!, le gritaba con furia a Poseidón que huía como un vil ladrón de gallinas. Esa noche, me fui desconsolada a caminar por la playa. Mis pies dejaban huellas de furia en la arena, que por cierto, en esos tiempos, las olas del mar no sabían cómo borrar. De mis ojos caían lágrimas de coraje, pensaba en mi impotencia como mortal ante un omnipotente y obsesivo dios que no me dejaría en paz nunca. La densa brisa marina no me impidió ver a lo lejos a Aristarco, quien, sentado frente al mar, dejaba que sus cabellos fueran arrastrados hacia atrás por la fuerza del viento. Me senté a su lado sin decir palabra, pero él percibió mi presencia. Hablé con él sobre la naturaleza inmortal de los dioses, de por qué ellos no son castigados si se portan mal, etc. Con él desahogué todo lo que traía de rabia de lo sucedido en el templo. Esa noche Aristarco me dio toda su comprensión, me habló de que también los dioses tienen debilidades, sólo hay que saber descubrirlas para poder vencerles. Súbitamente cambió de tema; jugando, me invitó a aprender algo de lo mejor de sus artes en la lucha olímpica. Recuerda, me decía, aprovecha la debilidad de tu adversario y vencerás. Ese fue el momento en que él se distrajo y que yo aproveché para aplicarle una llave que se quitó fácilmente devolviéndomela, estando en plena lucha, tuve una sensación extraña, sentí que mi cuerpo y el de él se exigían mutuamente, así teniendo por testigo al mar mediterráneo, amé a un hombre por primera vez. Por eso con mucho cariño dibujé en la arena un "Te amo, Aristarco", él no sabía leer, pero yo acompañé su mano con la mía y deslizando sus dedos sintió las hendiduras de las letras sobre la húmeda superficie. Sonrió y apenas terminamos, sucedió algo insólito, una ola rugiente que nos bañó, borró violentamente la frase que yo había escrito. En esos tiempos las olas del mar no eran capaces de borrar de la arena las huellas que los humanos dejábamos, comprendí entonces lo que había pasado, pero no le comenté nada a Aristarco. Me levanté, le juré a mi amado que nadie me impediría tenerlo grabado en mi corazón para siempre y enfrentando al mar bravío grité ¡nadie! Al otro día, siendo de mañana, estaba aseando el piso del templo, cuando se desató un gran revuelo en la ciudad. Unos buceadores semidesnudos traían el cuerpo de un hombre cubierto de algas. Me temí lo peor, bajé los escalones apresuradamente y me acerqué a la multitud. Vi su rostro, era él, Aristarco. Todavía la arena de mar se resbalaba por su piel tostada por el sol, en su mano apretada había una estrellita de mar, de esas que sólo se encuentran en el fondo de los océanos. No lloré, no me conmoví externamente, sólo regresé al templo y continué limpiando los pisos del templo del dios de los mares. Unas semanas después, Poseidón reapareció. No cambiaba, seguía siendo el mismo viejo pícaro de siempre. Ese día le pedí que habláramos civilizadamente, por suerte, esta vez sí venía con ganas de escucharme. Le dije muy formalmente que cambiara de técnica, que la manera en que él me quería abordar era equivocada. Que así no llegaría a ningún lado conmigo. Lo convencí de que me hiciera sentir como una diosa. Le dije que quería competir con Hera y Afrodita en riquezas. Para Poseidón fue fácil traerme todos los días algún tesoro perdido en el mar. Me vistió con perlas y juntó el oro diluido en los mares para hacerme un hermoso brazalete. Un día le di un tierno beso en la frente y lo llamé de "mi viejo lindo". Íbamos a la playa donde nos encontrábamos y jugueteábamos con las olas, yo le jalaba las barbas y le picaba el trasero con su propio tridente. Él, a su vez, aprovechaba los juegos para tocarme "inocentemente". En un bello atardecer, decidí meterme al mar, me quité la túnica que vestía mi cuerpo y paso a paso fui permitiendo que el oleaje fuera tocando mis pies. Esto enloqueció al viejo que se abalanzó sobre mí. Con un movimiento perfecto, lo finté hacia la izquierda y me hice hacia la derecha al tiempo que lo jalaba de la barba, el viejo cayó de bruces y tragó arena. Cómo me reí ese día, mañana lo intentamos de nuevo, le dije, recogí mi túnica, se la tiré a las manos y desaparecí desnuda por entre las redes de los barcos pesqueros. Nunca había comido mejores langostas que ese día. Poseidón bebía servido por hermosas sirenas. Me coloqué un camarón en la boca y se lo ofrecí. En Poseidón se despertaron sus intenciones sicalípticas y despachó a todo el mundo. Gateando, se acercó y robó el camarón de mis labios. Nos entrelazamos salvajemente, le arañé la espalda, su sangre hervía. Lo agarré de las barbas a la altura de sus sienes y lo estrujé contra mi sexo. Luego lo empujé, me ayudé con el pie izquierdo y, sensualmente, le dije que mañana le daría una sorpresa. Abrió los ojos entusiasmado con mi propuesta, sonrió y abrió la puerta cortésmente para dejarme salir de su palacio. La túnica de ese día era semitransparente, bastaba que una luz estuviera detrás mío para que se dibujara la silueta de un cuerpo perfecto. Mi rostro anticipaba toda la ternura de la que pudiera ser capaz, mi voz estaba perfectamente entrenada para decir lo que tenía que decir. Poseidón llegó más guapetón que nunca. Yo lo esperé de pie. El efecto se produjo a la perfección. Mi silueta era fantasmal. Poseidón se acercó lentamente, estiró sus brazos y yo los recibí. Nos acurrucamos en una concha gigantesca llena de esponjas. Sentí cómo su cuerpo se estremecía de pasión, aproveché la oportunidad para decirle que me sentía desprotegida por ser una simple mortal, que aunque quería estar con él, eso era imposible, pues en su calidad de dios, él estaba más allá de mis posibilidades. Él me preguntó que si yo podía amarlo. Lo miré a los ojos y con toda la sinceridad que me fue posible extraer de mis adentros le dije que sí, pero no como dios, sino como humano. Poseidón cerró los ojos, yo se los besé tiernamente y me acurruqué en sus brazos. Así pasamos la noche. Con tal de no perturbar mi sueño, él no se movió en todo ese tiempo. Al amanecer, besé su frente y sus labios y diciendo despacito, te amo, me retiré con sigilo. Pasaron varios días desde aquel encuentro, algunos sacerdotes me contaban que Poseidón estaba muy feliz. Que los mares se mostraban pródigos con los pescadores y que no se veía ni una sola nube de tempestad que asustara a los navegantes. Poseidón y yo conversábamos sobre muchas cosas, él me presentaba su colección de ballenas y yo le hablaba de lo que sentíamos nosotros los pobres mortales. Una noche linda, cuando la luna se reflejaba en el mar, me pidió en amores, yo le dije que correspondía plenamente a su deseo, pero le insistí que en su condición de dios, lo nuestro era imposible. Poseidón me miró con gran ternura, se arrodilló y llorando como un niño me confesó que estaba perdidamente enamorado de mí. Que esa misma noche pediría a Zeus le concediera la gracia de volverlo mortal. Creo que así lo hizo, por que esa noche el Olimpo, no siendo volcán, entró en una especie de erupción. Zeus también tenía su genio y se enojó ante la petición de su hermano. Ese Poseidón actuaba de manera senilmente vil, en un acto grotesco se arrodilló e imploró en nombre del amor se le concediera su deseo. La desconfiada Hera, no soportando tan desagradable espectáculo, solicitó un receso para considerar la petición del pobre viejo. Hera era todo, menos estúpida, Pimero se informó sobre mí. Supo por medio de Apolo que un ex luchador suyo, de nombre Aristarco, le había hecho una ofrenda y en ella le había implorado que me protegiera. Hades le contó que varios hombres habían muerto en lides por mi culpa. Total, me estaba echando encima ni más ni menos que a la más vengativa y cruel de las diosas del Olimpo. Pasaron unos días, ya para ese entonces el mar era un caos. Los peces no caían en las redes y las tempestades hundían barcos con ricas mercaderías. Hera demostró por qué es considerada una diosa extremadamente inteligente y de una suspicacia y agudeza increíbles, se llevó a Poseidón a un lugar solitario, hablaron largo tiempo. Ante ella, él reconoció dos cosas, la primera era que por mí era capaz de todo, pues me amaba desesperadamente y como yo le había pedido que se transformara en hombre mortal para amarlo, se había atrevido a pedirle el favor a Zeus, y la segunda confesión era en relación a Aristarco, una confesión que, desde que se borraron mis palabras en la arena y vi la estrellita de mar en la mano de Aristarco, yo ya sabía. Así fue que Hera preparó un plan magistral, le dijo a Poseidón que me mandara una serpiente de mar para anunciarme que en plena luna llena finalmente él se transformaría en mortal para podernos amar, que estuviera preparada. Esa noche, con toda frialdad, me puse a afilar un cuchillo con el que se desescama pescado. Llegó el momento ansiado y Poseidón apareció, con el puñal escondido pretendí arrojarme a sus brazos, Hera se interpuso y me lo arrebató, mostrándoselo a él como prueba de mis verdaderas intenciones. Llena de ira, maldije la actitud inexplicablemente posesiva de Poseidón, que le había costado la vida a mi amado Aristarco. Hera, con una cara de satisfacción que me daba asco, ahí mismo me quería matar, fue gracias a los ruegos de Poseidón quien por increíble que pareciera, aún me amaba, Hera pospuso la hora de mi muerte y accedió a condenarme, por misericordia, según ella, a ser la Medusa que ustedes todos ya conocen, pero yo sabía que Hera jamás me perdonaría y que esperaría tener el pretexto más nimio para exterminarme. La otra sentencia de mi muerte se cumpliría más tarde por la mano de Perseo. Esa fue la historia que les quería contar. Después de esto, supe que Poseidón terminó como enloquecido, no soportando ver a los mortales escribir en la arena mensajes de amor, desde ese entonces, convertido en oleaje, se dedica a borrarlos presurosamente de la arena de las playas. Así ha de pagar su crimen hediondo contra un inocente. Lo que él nunca sabrá es que en mi corazón, donde jamás mandó dios alguno, está eternamente dibujada en surcos, para que mi amado la acaricie con su mano, aquella frase que el mar, con toda su fuerza, no podrá borrar jamás: "Te amo, Aristarco".
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