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Carga

miércoles 29 de mayo de 2024
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Carga, por Joan Andreu Quiles
Se acuerda de Martina, de momentos cuotidianos y felices juntos que ya forman parte de su pasado.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Valèntian suspira aliviado, está cerca de acabar la modificación del gato hidráulico en la que trabaja desde hace unos días en su refugio. Con un giro preciso, ensarta la punta de su mano metálica, convertida ahora en un destornillador plano, en la hendidura entre ambos hierros. Rota con cuidado mientras las piezas se abren hasta llegar al doble de su longitud. Para asegurarse de la resistencia, usa la otra mano y empuja con fuerza. El metal resiste sin ceder ni un centímetro mientras el hombre asiente orgulloso. Una ráfaga de aire hace estremecerse al ventanuco que deja pasar el frío sin oponer resistencia. La nieve no ha parado de caer desde hace días, y lo cubre todo de blanco.

Sobre la mesa hay varios planos de inventos garabateados, croquis y herramientas que brillan con el titilar del fuego que calienta la estancia. Los listones de madera carcomida aguantan la estructura de la cabaña sin apenas elementos decorativos. Sobre la pared, clavada con una chincheta roída por el tiempo, sólo destaca una fotografía de Valèntian y Martina abrazados sobre un fondo lleno de plantas. La mirada del hombre observa unos segundos la imagen y acto seguido continúa con su tarea.

Desde el fondo llega un ruido monótono, sin fuerza y repetitivo. Una cinta ralentizada, que lo acompaña desde hace unos días. Fragmentos inconexos y tristes que alguna vez sonaron como una melodía preciosa. Valèntian cierra los ojos mientras niega con la cabeza. Con otro giro, vuelve a accionar el mecanismo y pliega el aparato de hierro que chirría por la humedad del ambiente.

De forma automática, saca el destornillador anclado en su muñeca y coloca de nuevo la mano mecánica que descansa sobre la mesa. Acciona el interruptor de la batería. La mano se mueve lenta, el indicador parpadea y le marca la falta de energía. Valèntian observa las marcas de arañazos sobre la superficie metálica de su pierna y las frota tratando de borrarlas. Inconscientemente, se toca las heridas de la cara, aún rojas, sin cicatrizar. Marcas que le recuerdan el último intento fallido de asalto a la fábrica de baterías. Abre el cajón de debajo de la mesa, repleto de pilas descargadas, rebusca un poco y saca la única que brilla con algo de luz azul. La encaja en el lateral de la garra mientras el brillo se extingue. Cuando está agotada la quita y la lanza al interior del cajón. La respuesta inmediata de los dedos le confirma que la pieza está lista. El indicador de la batería no ha superado ni la mitad de la carga, pero espera que sea suficiente.

Sin darse tiempo para pensar, selecciona los elementos que le serán útiles para el asalto: un bote de pintura, un rollo de precinto, una llave inglesa, una cizalla, un taser viejo y el gato hidráulico. Objetos comunes, en desuso desde hace décadas, pero que siguen siendo vitales para él.

Un pitido seco, que proviene del otro cuarto, se sobrepone al murmullo enganchado de la cinta. Aunque el sonido no acaba de ser claro, una voz robótica le informa que la batería está a punto de acabarse; ha llegado al uno por ciento. Se sabe el discurso de memoria, hace semanas que con el descenso del porcentaje se repite. El audio avisa que no le quedan más de dos horas de vida útil antes de apagarse para siempre.

Revisa los planos y guarda en la bolsa un par de herramientas más, la cierra y se la coloca sobre el hombro derecho. Se pone un gorro viejo de color gris para tapar el poco pelo que le queda y cubre su cuerpo con la chaqueta de lana medio quemada que reposa sobre el perchero. Tras asegurarse de que no le falta nada, comprueba la pierna mecánica. El reflejo azul brilla con más intensidad que el de su mano: el indicador de energía sobrepasa la mitad. Flexiona las extremidades un par de veces y da un pequeño salto para asegurarse de que todo funciona correctamente. Valèntian mira por última vez el interior de su casa antes de cerrar la puerta que da al exterior.

—Vuelvo enseguida —susurra sin esperar una respuesta.

Al otro lado, la ventisca lo recibe con fuerza. Todo está nevado y sólo los puntos de luz azulada de las fábricas de baterías se ven a lo lejos; como fantasmas. El sol hace horas que se ha escondido tras la niebla que sale de las construcciones. Valèntian se encoge en sí mismo, tratando de paliar el frío que le recorre por dentro. Avanza entre la nieve, las piedras y el barro con rumbo hacia las luces, que parpadean en el horizonte de forma hipnótica. El aire gélido le atraviesa las fosas nasales, extendiendo la sensación de humedad por cada rincón de su cuerpo modificado. Se tapa la nariz con la mano intentando protegerse. Avanza dando tumbos, nota cómo la nieve cada vez es menos profunda y busca con la mirada las marcas que ha ido dejando en las incursiones anteriores para orientarse. Las luces, que siguen brillando, le marcan el camino como hacían las estrellas antes de la guerra.

Se acerca a la factoría, se mueve de forma sigilosa entre la espesura de la noche, procurando que nada pueda llamar la atención de la seguridad de la zona. El suelo se vuelve duro y la nieve deja paso a un manto marrón, sin vida. La valla metalizada marca el inicio del sector de las fábricas de baterías. Un trámite menor colocado para evitar la entrada de saqueadores humanos.

Con cuidado se acerca mientras busca la cizalla en la mochila. Alarga la mano robotizada y atrapa el alambre. La luz de un foco móvil vigila la valla, apenas tiene unos segundos hasta que regrese y lo descubran. Una descarga eléctrica pasa a través de su extensión y se apaga antes de salir del metal. Valèntian aprovecha para cortar la red y colarse por la apertura, irrumpiendo así en la zona prohibida. El olor a azufre y ácido se hace insoportable conforme se adentra en la factoría mientras las luces de los hangares le alumbran el camino.

Conoce de memoria la ruta. Se esconde en un hueco oscuro entre dos almacenes y espera. Al fondo, el ruido de los drones de vigilancia se hace cada vez más presente. Asoma un poco la cabeza y vuelve a recluirse en las sombras. El pequeño aparato metálico pasa por delante de su posición, alumbrando la tierra con una luz naranja que sale a través del visor delantero. El sonido de las hélices se aleja y Valèntian comienza a recorrer la zona, ahora libre de vigilancia. Debe ser rápido, el siguiente dron no tardará mucho en volver.

El gran edificio, el núcleo de creación de las baterías, se alza imponente en el fondo, cada vez más cerca. Sin perder el ritmo, el hombre saca de la mochila un bote de espray y lo sacude con fuerza. Las bolas metálicas de su interior rompen el silencio de la noche. Revisa que ningún rastreador haya detectado el ruido y continúa hacia la luz azulada que desprende la estructura central.

Avanza entre almacenes y edificios, con cuidado de no cruzarse con otro centinela. Apenas siente cómo el frío le desgarra las partes de piel que lleva al descubierto. Se detiene para observar la empalizada metálica que protege la entrada al edificio principal. Una puerta mal cerrada bloquea el acceso al interior de la caseta de vigilancia. Un último escollo antes del núcleo de la factoría. En cada flanco, las cámaras de seguridad vigilan cualquier movimiento.

Valèntian acciona la boquilla de la pintura y deja una gran mancha rosa sobre la lente de la cámara que tiene justo arriba. Repite el proceso en las otras dos lentes hasta llegar a la que apunta a la gran puerta. Con un barrido del brazo la deja ciega. Se mueve sin perder un instante y se cuela por el hueco de la puerta. No hay luz, sólo el tenue resplandor de las pantallas que muestran las imágenes de las cámaras que rodean la plantación. Una mujer joven, de pelo largo y rubio y brazos robóticos, está recostada sobre una silla mirando con atención su tablet mientras sonríe. Ni siquiera se ha dado cuenta de las cuatro pantallas negras. En el bolsillo delantero brilla la acreditación que Valèntian necesita para abrir la puerta.

Con cuidado, saca la pistola taser del interior de la mochila y apunta a su objetivo con manos temblorosas. Avanza sin dejar de apuntarla, toma aire y lo suelta, despacio, momento que aprovecha para accionar el disparador. Las puntas metálicas se clavan en la nuca de la mujer y un chasquido eléctrico, apenas perceptible, la hace caer al suelo entre espasmos y convulsiones.

Valèntian recoge la acreditación y usa el precinto para tapar su boca e inmovilizarla de pies y manos. Antes de salir, pasa la tarjeta por el escáner de seguridad mientras mueve la palanca central. Un chirrido pesado llega desde el exterior confirmándole que las planchas de acero se han abierto. Sin mirar atrás sale de la garita con paso decidido y cruza las puertas que acaba de abrir. Al otro lado, el edificio principal de la fábrica de baterías le da la bienvenida.

Sabe que tiene poco tiempo antes de que alguien encuentre a la vigilante o se percate del fallo de las cámaras. En la entrada, una puerta metálica le impide continuar. Pasa de nuevo la tarjeta de seguridad por el sensor que se encuentra en la parte derecha. Durante los segundos que tarda en detectarla se acuerda de Martina, de momentos cuotidianos y felices juntos que ya forman parte de su pasado. El escáner emite un pitido y se ilumina en verde antes de abrir la puerta. Respira aliviado y se guarda la tarjeta en el bolsillo de la camisa. Antes de pasar, rebusca en la mochila para sacar el gato hidráulico. Gira la palanca que sobresale lo más rápido que puede, hasta desplegarlo por completo. No está seguro de que vaya a aguantar, pero lo deja en mitad de la trayectoria de la puerta. Da una última mirada al exterior mientras se adentra en la oscuridad.

Cruza el pasillo mientras siente cómo el corazón late con más intensidad. La poca luz del techo le marca el camino hasta el vestíbulo central. Conforme avanza va dejando un rastro de huellas en el suelo. Es la primera vez que ha llegado tan lejos.

Ante sus ojos se abre una sala diáfana llena de cintas transportadoras que se pierden hasta donde alcanza la vista. El zumbido de los mecanismos rebota por las paredes y le recuerda a un enjambre de drones. Miles de baterías azuladas se deslizan en un ritmo hipnótico. Valèntian se acerca unos pasos, con cuidado de no caer por el límite de la plataforma, y se apoya en la barandilla. La luz, intensa y azul, le obliga a tapar su rostro con la mano. A escasos metros de su posición, un brazo robótico ajusta las baterías que van pasando hacia el siguiente punto de montaje. Se asoma y puede ver el brillo morado que emana de las piezas mejoradas entre las cintas de abajo. El hombre revisa la estancia hasta localizar, en una esquina, la escalera de metal que conecta ambas plantas. Desciende por ella intentando no perder el equilibrio y caer al abismo.

La parte baja sigue el patrón de la zona alta: cintas transportadoras, brazos robóticos y más baterías. El color azul deja paso al morado. Las pilas más potentes son guardadas en cajas de alta seguridad y llevadas al interior de otra sala. Valèntian, con cuidado, se dirige al fondo donde desfilan las potencias moradas. Nota cómo el sudor le recorre la cara y la sangre martillea con fuerza en el interior de su cabeza. Estira un brazo tembloroso y consigue tocar el metal con la punta de los dedos, pero no está frío. El calor que irradia la batería lo tranquiliza por un segundo. De un tirón saca el objeto de su soporte y lo mira con detenimiento. La luz morada le cubre el rostro y no puede evitar sonreír por primera vez en mucho tiempo. Un escalofrío recorre su cuerpo y al levantar la vista ve cómo una garra metálica, que ha abandonado su posición en la cadena de montaje, intenta quitarle la batería de las manos. Tras unos segundos de forcejeo, el robot se queda quieto y la alarma comienza a sonar en la fábrica. Una luz roja intermitente lo inunda todo.

Escucha el ruido de unas puertas abriéndose, aunque es incapaz de localizar su procedencia a través de las máquinas. Una ráfaga de disparos alerta a Valèntian, que se esconde detrás de una de las cintas de montaje. Guarda la batería en el interior de la bolsa y asoma la cabeza para intentar localizar la procedencia de los disparos. La alarma sigue sonando con insistencia, cada vez más fuerte; la producción está parada. Junta los párpados para intentar enfocar las sombras del fondo, pero no consigue diferenciar nada más que cintas, brazos y baterías. Se agacha y espera antes de volver a revisar. La luz roja se detiene y el eco de la alarma se pierde entre las paredes. Valèntian respira hondo y trata de recuperar el control de sus músculos. Se levanta y corre hacia la escalera mientras la producción vuelve a reanudarse. Conforme avanza, una sensación de calor va recorriendo su cuerpo, está muy cerca de conseguir su objetivo, pero una nueva ráfaga de disparos corta su camino.

Tras rodar por el suelo, Valèntian se gira y descubre un ser metálico que lo apunta desde el fondo de la sala. Sólo dos luces rojas destacan de la silueta y están fijas en él. Apenas tiene tiempo para reaccionar, pero se da cuenta de que ese robot es diferente a los otros, negro y blanco, y en vez de brazos tiene cilindros humeantes dispuestos a disparar de nuevo. Sin tiempo para pensar en un plan mejor, huye mientras los disparos rebotan por las cintas. El centinela dispara con cuidado para no destruir las baterías que circulan por su superficie. Los flashes de fuego iluminan al robot de seguridad que se mueve sobre su eje para poder seguir disparando. Valèntian se esconde detrás de una garra metálica. Saltan chispas a su alrededor. De su mochila saca el bote de pintura y lo lanza hacia el guardián. Las balas impactan en el bote de espray y éste explota ante la cara del robot cegando sus sensores de visión. Desorientado, intensifica los intervalos de fuego. Explosiones de energía tiñen la sala de color morado ante los ataques descontrolados del robot. Valèntian, usando la base de la garra como escudo, avanza en dirección al guardián. Los disparos rebotan y destruyen todo a su paso. Una calma inesperada hace acto de presencia, el centinela se ha quedado sin munición. En ese mismo instante el hombre saca la cizalla de su mochila y aprovecha la oportunidad para golpearlo en la cabeza con toda su rabia. Sólo piensa en Martina. El impacto hace retroceder al centinela, que intenta sin éxito deshacerse de su atacante. Valèntian destroza con la cizalla uno de los brazos armados del guardián, que se contrae mientras partes de su estructura saltan por los aires.

El robot, girando de nuevo sobre su eje, contraataca con el otro brazo y golpea al hombre en el pecho, que sale disparado y choca contra las cintas transportadoras que tiene detrás. Valèntian nota un dolor que le paraliza los brazos y sube por su espalda hasta llegar al cuello. Intenta levantarse apartando los trozos de escombros que cubren su cuerpo. Una garra metálica recoge las baterías del suelo e intenta colocarlas de nuevo sobre la inexistente línea de montaje, incapaz de darse cuenta de lo que pasa a su alrededor.

Sintiendo las punzadas en el cuello, Valèntian levanta la vista y ve en el brazo del centinela el color naranja que precede a los disparos. El hombre salta, rueda y busca esconderse en un lugar seguro. Las ráfagas inundan la sala. Un estruendo metálico deja la planta en completo silencio. Le cuesta respirar: el humo empieza a cubrirlo todo. Escucha cómo los pasos del centinela se dirigen hacia él. Intentando controlar los temblores que sacuden su cuerpo se desliza entre piezas y restos de goma. Detrás de él, una nueva ráfaga de proyectiles hace explotar algunas baterías. La energía liberada hace saltar el interior por los aires. Las cintas y los brazos mecánicos caen y bloquean la zona por donde ha salido el centinela.

Tras centrar su visión en la parte opuesta de la planta, consigue localizar la escalera entre el humo que casi lo cubre todo. Se levanta y echa a correr.

A escasos metros de su objetivo el centinela reaparece. Algunas chispas saltan entre las placas que forman su cuerpo. Bloquea el paso mientras lo apunta con su brazo útil. El hombre apenas puede mantenerse de pie y el dolor de la espalda cada vez es más intenso. Sin escapatoria, busca el enfrentamiento y salta hacia delante con su brazo robótico en alto. El centinela intercepta el puño con una pinza de acero que se abre paso entre los cilindros de metal. Valèntian sabe que no tiene escapatoria, pero se niega a ceder. Está muy cerca de conseguir su objetivo. El dolor paraliza al hombre, que ve cómo el robot aprieta su mano hasta destrozarla. Los restos metálicos caen al suelo, rebotan y se pierden entre el humo. Antes de soltarlo, el centinela lo golpea en el estómago. Por un instante el frío del suelo lo reconforta; está agotado y sin fuerzas. Un regusto metálico inunda su boca. Las imágenes se mezclan; no es capaz de ver con claridad.

El robot centinela oculta la pinza de acero y vuelve a montar el arma sobre su brazo. Valèntian sabe que su final está cerca. Cierra los ojos. Imágenes de Martina desfilan ante él.

Mira los restos de su mano y levanta la cabeza. El resplandor naranja empieza a formarse de nuevo entre los cilindros. A duras penas levanta lo que queda de su brazo robótico y lo clava entre los huecos de las placas de metal del guardián. Activa el mecanismo de rotación y éste comienza a taladrar todo a su paso: metal, cables y chips. El aceite y las chispas salpican su cara hasta atravesar por completo el cuerpo del robot que, ahora inerte, cae al suelo con sus visores rojos apagados.

Las piernas mecánicas le tiemblan, incapaces de sostener su peso; el indicador de batería está muy bajo y parpadea. Anda unos pasos y sube por la escalera, detrás de él las llamas y el humo se extienden por la planta de abajo. Ve cómo nuevos centinelas intentan abrirse paso entre los escombros que bloquean la salida a punto de ser devorados por el fuego. No es capaz de recordar con exactitud lo que ha pasado, las imágenes de la lucha se mezclan como fotogramas sueltos en su mente. Una vez arriba, se asoma para contemplar el interior de la fábrica por última vez. Abre la mochila para comprobar que la batería sigue allí, que no está dañada. El resplandor morado lo calma.

Dejando un reguero de sangre y aceite, sale del recibidor con cuidado de no ser visto. El estruendo de los centinelas retumba por toda la fábrica y los drones parecen avispas rabiosas buscando dónde clavar su aguijón. Valèntian arrastra una de sus piernas mientras cruza el pasillo por el que entró y pasa ante la garita de monitores. Deja atrás las cámaras pintadas con espray y cruza la valla que él mismo había cortado. El ruido de los drones se intensifica. Sigue andando como puede y se pierde en la noche.

No puede evitar sonreír mientras se aleja de la fábrica. Desde el fondo llegan los ecos de las sirenas. Luces rojas y azules tintan la fachada del edificio, que arde convertido en una gran bola de fuego.

 

*

 

La cabaña se dibuja al fondo, entre la niebla que cubre la montaña. Valèntian siente cómo las pulsaciones del corazón se hacen más intensas a cada paso que da. La pierna mecánica hace rato que se ha quedado sin batería y deja un surco en la nieve que se ha acumulado durante la noche. Nota el dolor de los golpes del centinela pero, aun así, una sensación cálida se va extendiendo conforme se acerca a su refugio.

Intenta abrir la puerta de madera, que se ha ensanchado por la humedad. Empuja con el hombro y deja caer todo su peso para conseguir que ceda. El calor del hogar lo recibe con los brazos abiertos. Saca la batería de la mochila y avanza con cuidado abrazando la pieza, que ilumina la casa de color morado. Supera el pasillo y deja atrás la puerta de su taller. Valèntian se queda inmóvil unos segundos mientras el sonido monótono de una canción, sin fuerza y repetitivo, resuena por la estancia. El fuego de la chimenea está a punto de extinguirse, sólo algunas llamas se asoman entre las cenizas. Delante, sentada en un sofá rojo de terciopelo, está Martina, con la vista clavada en la pared. El hombre se ve reflejado en las placas metálicas que forman su cuerpo robótico. El indicador de batería de su pecho parpadea con el número uno en rojo. Valèntian se acerca y extrae con cuidado la pieza, que se encuentra anclada en el corazón, a la vez que la cambia por la nueva fuente de energía. La hace encajar y se aleja unos pasos mientras la luz morada se extiende por las hendiduras a través de los cables. Tras unos segundos, Martina abre y cierra los ojos mecánicos. Gira la cabeza sobre su eje con lentitud hasta posar su mirada en él. El sonido va cogiendo forma, hasta que las notas toman sentido y se convierten en una melodía que le arranca una sonrisa. Con la mano temblorosa acaricia el rostro metálico de Martina.

—Todo va a salir bien —le dice casi en un susurro.

Martina vuelve a girar la cabeza hacia el fuego, que está cerca de extinguirse, y se queda quieta, fija en las llamas. Valèntian la mira y se sienta a su lado. Desde fuera se cuela por las ventanas el ruido de las sirenas, cada vez más cerca. Se pone cómodo junto a Martina y cierra los ojos mientras nota la mano robótica sobre la suya. Se concentra en la música que sale del interior de ella y se olvida del ruido de fondo. Ninguno de los dos se mueve.

Joan Andreu Quiles
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  • Carga - miércoles 29 de mayo de 2024

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