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Exoesqueletos

viernes 31 de mayo de 2024
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Exoesqueletos, por Eloi Yagüe Jarque
Frente a él se alzaba un ser que le pareció tan extraño como fascinante: una araña enorme.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Vantuna encontró el exoesqueleto debajo del viaducto Octopus, entre maleza y escombros. Había llovido la noche anterior, todo estaba mojado y olía a madera quemada. Se detuvo allí por casualidad. La batería solar de su vehículo se había descargado. Conectó el alimentador pero no llegaban muchos rayos solares en ese lugar así que decidió aguardar y encendió un cigarrillo. Estaba cansado, llevaba varias noches durmiendo mal a pesar de tomar somníferos. Le pusieron un plazo y lo cumplió: encontró varios cascarones vacíos, rotos y con huellas de haber sido abandonados hacía tiempo. Él era así: no podía dormir hasta sentir que el trabajo estaba bien hecho.

Los exoesqueletos eran de formas diversas. Había algunos bastante grandes, el mayor lo halló en una carretera de acceso a la ciudad, debajo de una valla desteñida que proclamaba las bondades de un antiguo gobierno del que nadie se acordaba. Era de forma romboidal, la parte más alta medía casi cinco metros y la más ancha cinco. En el medio tenía una especie de cabeza con astas y tentáculos. Los brazos, o lo que fuera, estaban extendidos en cruz y había una suerte de membrana que colgaba de las garras. ¿Alas? Sería una novedad, el primero con alas que hallaba. Tal vez hubiera un pago extra, aunque conociendo a Tawny... La membrana era fina como papel cebolla y elástica como hule. Toda la estructura era de color rojo óxido y muy friable, se deshacía apenas tocarla.

Tomó fotos, grabó un reporte y lo envió al Control Central. Eso era todo. No se quedaría a esperar que viniera el equipo de recolección. Había visto suficiente. No quería toparse con alguna de esas cosas. A juzgar por las tenazas, garras y tentáculos, estaba seguro de que no sería muy agradable a la vista.

Siguió su camino hacia la ciudad, entrando en ella se le agotó la energía y allí estaba, cargando debajo del viaducto, terminando de fumar y esperando que algo ocurriera. Pero aún no tenía carga suficiente para arrancar de ese lugar baldío y maloliente. Algún tipo de instinto, o tal vez sólo el aburrimiento, lo llevó a dar una vuelta por el sitio, sorteando los montones de escombros, pues había muchos.

Odiaba los escombros porque le recordaban la Guerra Previa, la demolición de la casa de sus padres y el trauma que significó para ellos mudarse una y otra vez. Para él, esa casa donde nació representaba su breve aunque feliz infancia. A partir de ahí todo fue desarraigo, errancia. Nunca más tuvo la seguridad de un techo, un piso y cuatro paredes. Su madre no sobrevivió a las mudanzas. Cambiar una casa, vieja pero cómoda, por una carpa, fue algo que no pudo soportar. Murió y la enterraron en uno de los muchos campamentos donde se refugiaron los primeros meses, huyendo de las hordas invasoras. De ella apenas le quedaba una foto tamaño carnet que llevaba siempre consigo. De su padre no tenía ninguna foto, tal vez porque a ella la quiso más.

La urbanización donde había crecido fue reducida a cascotes; primero la bombardearon, después terminaron de destrozarla con bulldozers. Hacía muchos años de eso y ya no debería afectarle, pero lo cierto es que detestaba los escombros porque, para él, significaban vencimiento y ruindad, la victoria del polvo y las sombras sobre la vida. Así la sentía: fragmentada, dispersa.

A pesar de su repulsión se sintió motivado a investigar. Echó un vistazo alrededor; el lugar era sombrío y desolado. Había restos de una fogata y de algunos utensilios de cocina. Las hordas habían pasado por ahí y en cualquier momento volverían. Eran los habitantes de los solares derruidos, los dueños de los espacios marginales de la ciudad que como plaga de langostas arrasaban con todo a su paso. La fogata parecía reciente, de la noche anterior. Pero no podía confiarse, sólo desear con fuerza que no aparecieran mientras él estuviera allí.

El espacio bajo el viaducto era una especie de pradera-vertedero, un reino de desechos donde se podían recolectar fragmentos de muchas historias. Pero no estaba interesado en ellas. Desde hacía mucho tiempo, lo único que le interesaba era sobrevivir. Ya quería irse de allí cuando de pronto le llamó la atención un resplandor que vio como a cien metros. Era una luz intermitente, difusa, que alumbraba un instante y se apagaba.

Se acercó con dificultad, caminando, sobre pedazos de mampostería y cascotes. Entonces, detrás de una nevera oxidada, lo vio. No era como los demás que había reportado. Ni siquiera sabía si se trataba de un exoesqueleto como tal. Parecía un huevo gigante. Brillaba y también latía, por lo menos hacía un movimiento regular similar a una respiración. Vantuna quedó maravillado. Había belleza en esa cosa, cuando alumbraba se traslucía una red de vasos comunicantes, tal vez un sistema circulatorio. Y como respiraba se podía deducir que tendría pulmones, o su equivalente.

No sabía qué hacer. Hasta ese momento sólo había descubierto exoesqueletos vacíos, abandonados por sus dueños. No sabía ni le interesaba averiguar qué había pasado con los huéspedes. De eso se ocupaba el grupo de investigación científica, que tal vez fuera un comando de exterminio pues sospechaba que su función era ubicar y destruir a los seres anónimos.

A él no le importaba el origen de esas criaturas, de hecho no le interesaba saber demasiado. Sentía curiosidad pero nadie le había aclarado el carácter del trabajo ni su nivel de riesgo o peligrosidad. Su única función era detectar los exoesqueletos y reportarlos. Del resto se ocupaban los especialistas. Por si acaso, y aunque le habían retirado el permiso, aún llevaba su arma de reglamento, porque nunca se sabe.

A él le bastaba con reportar los hallazgos y que le acreditaran puntos en su e-cuenta. Con ellos podría comprar alimentos y mantenerse, era su único interés desde que había sido retirado de la policía por problemas de salud. La pensión no le alcanzaba para vivir, por eso se había embarcado en esa labor a destajo: para ganar unos puntos más y poder llegar a fin de mes.

Intentó mover el huevo. Medía poco más de un metro. Pesaba unos diez o doce kilos, según calculó. En todo caso, menos que un saco de cemento. Lo sabía pues había trabajado de albañil cuando era joven. Pero ya no tenía dieciocho años, y se le doblaron las piernas cuando alzó el huevo. Entonces se plantó lo mejor que pudo y empezó a desplazarse hacia el vehículo. Lo sostenía con los dos brazos; por un momento se sintió como una mujer embarazada cuando camina agarrándose la barriga.

El vehículo era pequeño pero abrió la puerta trasera y lo acomodó con mucho cuidado en el compartimiento posterior. Puso debajo una cortina vieja y lo inmovilizó lo mejor que pudo con unas láminas de foamy. Chequeó la carga de la batería: estaba en 67%, más que suficiente para volver a casa, así que entró a la unidad y se alejó con rapidez de ese lugar inquietante.

Vivía en una especie de colmena que se alzaba en las afueras de lo que había sido la ciudad. Muchos preferían vivir bajo tierra para protegerse de los raids aéreos que todavía se producían de vez en cuando. Pero él no podía darse el lujo de construir un búnker de hormigón, por lo que se conformaba con los minúsculos módulos del conjunto residencial que le había ofrecido el cuerpo de policía como funcionario jubilado que era.

Al llegar a su cubículo instaló el huevo lo mejor que pudo sobre un puf en la sala. Sentado en su butaca favorita fumaba y lo miraba desde hacía horas, fascinado con el fenómeno del resplandor, del latido y de un suave ronroneo que emitía y del cual no se había percatado antes por el ruido exterior.

Había sido osado: no informó a Tawny del hallazgo, ni reportó que lo había movido. No estaba seguro de haber procedido correctamente pero sí de que lo había hecho de acuerdo a su instinto. Podía ser peligroso: no sabía qué contenía ese huevo, qué saldría de allí, si es que salía algo. Pero no lo había pensado mucho, sólo había actuado.

Afuera ya era de noche, los últimos rayos de sol arañaban la niebla tras los módulos del suroeste. Cuando la oscuridad prevaleció, el resplandor se notaba mejor. Era una gama de tonos dorados, rojizos a veces azulados, que brillaban de tiempo en tiempo. Se dio cuenta, tras mucho observar y medir con un cronómetro, que la frecuencia de la luminosidad era creciente: cuando llegó a su casa era de quince minutos aproximadamente, luego bajó a diez y ya estaba en cinco minutos hacia las doce de la noche.

Tawny, su jefa, no le había preparado para eso, pensaba Vantuna mientras exhalaba volutas azuladas de humo que se disolvían en el techo, tras adquirir el color de la luminosidad del huevo.

Días atrás, la invitó a un bar para celebrar la inminente culminación exitosa del trabajo. En su interior Vantuna se proponía averiguar lo que le habían ocultado con tantas evasivas y secretismo. Y una buena manera sería emborracharla, así que pidió una botella de whisky calculando que ella tendría menor resistencia que él. Pero no fue así: Tawny parecía mujer pero bebía como un hombre. De todos modos no le costó mucho soltar la lengua; también ella, por lo visto, necesitaba hablar. Lo primero que hizo fue admitir que los exoesqueletos eran resultado de un experimento militar y científico fallido.

—La Corporación Biowulf quiso fabricar supersoldados, para enfrentar a las hordas invasoras. Para ello hizo un cóctel genético del que saldrían seres humanos modificados que pudieran desarrollar algunas características de animales resistentes.

—¿Hablas de mezclar ADN humano con el de bichos?

—Algo así: los artrópodos tienen sustancias que componen los exoesqueletos: quitina, carbonato de calcio, proteínas. La idea era preparar seres humanos que eventualmente pudieran desarrollar patas gigantes, caparazones, cartílagos defensivos. Incluso aguijones ponzoñosos, como los escorpiones.

—¿Cangrejos? ¿Arañas? ¿Alacranes? Todos los bichos que me dan asco. Ah, y las cucarachas. ¿También las usaron?

—De todo un poco. En sus respectivos hábitats los artrópodos son prácticamente indestructibles. Las cucarachas pueden sobrevivir a una guerra nuclear. ¿Sabías que pueden respirar sin cabeza? Porque tienen unos tubos o tráqueas que llevan el oxígeno directamente a las células.

—Ya, cállate. Voy a vomitar.

—Tú debes sufrir blatofobia.

—¿Eso qué es? Háblame en mi idioma, la científica eres tú.

—Miedo patológico a los blatodeos. Es el orden de insectos al que pertenecen las cucarachas. Viene del latín Blatta, “cucaracha”, y del griego eidés, “que tiene aspecto de”.

Tawny se divertía viendo las muecas de asco que hacía Vantuna.

—Hablando en serio, imagínate un soldado que tenga una armadura impenetrable de carbonato de calcio, el mismo material de los corales. Y ocho patas de araña y un aguijón ponzoñoso, como los escorpiones.

—Necesito otro whisky —dijo Vantuna—. Es demasiada información para mí.

—La Corporación Biowulf dedicó años a la investigación. El Ministerio de Defensa invirtió millones. La idea al principio era buena: con unos pocos supersoldados sería posible, al menos en teoría, liquidar a las hordas invasoras.

—No sigas, déjame adivinar. Algo salió mal, ¿cierto?

—Los voluntarios, escogidos entre los mejores especímenes humanos, fueron sometidos a un proceso de reestructuración genética que vivirían en varias fases, como la metamorfosis de una mariposa. Serían primero una larva, luego una crisálida y finalmente llegarían al estadio adulto, con todas sus cualidades desarrolladas. La idea era que fuera un estadio provisional; que, después de las batallas, los humanos volvieran a su estado natural y abandonaran el exoesqueleto.

Tawny tomó un trago, que era como tomarse el tiempo para seleccionar las palabras.

—¿Y entonces? ¿Qué pasó?

—Que los primeros sujetos que abandonaron los exoesqueletos ya no eran humanos. Eran mutantes. No se podía revertir el proceso. Había que eliminarlos.

—¡Mierda! Tú me contrataste para ubicar cascarones vacíos, no para enfrentarme con monstruos. Deberías pagarme el doble. ¡Qué digo el doble: el triple! Me estabas exponiendo sin yo saberlo.

—Eras un buen policía y tienes buena puntería. Además, gozas de un seguro de vida. Si mueres en servicio, tus descendientes cobrarán un dineral.

—¿Estás de broma? Sabes que no tengo hijos.

—Es un trabajo fácil, la mayoría son cascarones vacíos.

—Si estuvieran tan seguros no me mandarías a chequear, ¿cierto?

Tawny callaba y bajó la mirada.

—¿Con qué me puedo encontrar? Dime la verdad.

—¿La verdad? No la sé, Vantuna.

—¿Mutantes?

—Puede ser —respondió Tawny prudentemente.

—¿Peligrosos?

—No creo —dijo.

Pero Vantuna se dio cuenta de que en realidad no lo sabía.

 

De todos modos, aceptó el encargo y ahora estaba allí, fumando y mirando la evolución del huevo que cada vez destellaba a intervalos más cortos. A la vez, el ronroneo aumentaba de volumen, hasta volverse un sonido continuo, indistinto, un ruido blanco como el de un motor eléctrico o de un bebé que susurrara dormido. El huevo, o lo que fuera, le inspiraba ternura, un sentimiento casi maternal. Tal vez por ello sacó la foto de su madre de la cartera y la miró un rato. Era una costumbre que lo tranquilizaba al llegar a casa.

De pronto un sonido extraño lo alertó. Era algo así como cuando uno quiebra un huevo cocido rodándolo sobre una mesa: un sonido continuo de fragmentación.

Vantuna sintió miedo por primera vez cuando se dio cuenta de que iba a ser espectador de un nacimiento. Pero, ¿qué era lo que iba a nacer? ¿Sería peligroso? ¿Estaría contaminado? ¿Sería un supervirus? ¿Un servomecanismo biológico? ¿Un monstruo? ¿Sería humano? ¿Extraterrestre?

Del interior del huevo empezó a salir un ser que se desplegaba, primero la cabeza, rodeada por una corona de ojos negros, luego un abdomen, un tórax estriado y por último un juego de patas que lo fueron elevando de tal manera que Vantuna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para verlo en toda su extensión. Las patas se desplegaron y se posaron sobre el suelo. Frente a él se alzaba un ser que le pareció tan extraño como fascinante: una araña enorme. Sabía que las arañas tienen ocho patas y de seis a ocho ojos, así como dos partes corporales: el cefalotórax y el abdomen. Esta debía de ser hembra porque, normalmente, las arañas macho son más pequeñas y tienen marcas de diferentes colores que las hembras.

Cayó postrado de rodillas ante ese ser y le rindió homenaje. En su aturdido cerebro se abrió paso la convicción de que estaba frente a algo desconocido hasta el momento por los humanos, algo que sobrepasaba cualquier descripción y cualquier intento de comprensión. Por un instante le pareció que la araña gigante tenía el rostro de su madre. Fue lo último que Vantuna vio, o creyó ver. Ella aprovechó su postración para inocularle la toxina que lo paralizaría por completo y licuaría sus órganos internos; luego, con parsimonia, comenzó a envolverlo en su hilo de seda, más fuerte que el acero. Segregando la fibra, tejió una celda textil inexpugnable. Ya tendría tiempo de devorarlo con calma. Mientras tanto comenzó a caminar para conocer su nuevo hábitat.

Mientras agonizaba, Vantuna se acordó de su madre, de su rostro afable fijado en la pequeña fotografía que siempre llevaba consigo. El recuerdo de su sonrisa, la calidez de sus manos cuando le acariciaba, le devolvieron la paz que tanto había buscado durante toda su vida consciente. Pero, más que nada, era la sensación de haber regresado a la seguridad del vientre materno, de sentirse protegido de todo peligro exterior, de retornar a la nada primigenia, al caos elemental donde toda vida se origina y se renueva constantemente.

Eloi Yagüe Jarque
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