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Fórmulas para la educación sensible del ser humano

martes 28 de julio de 2026
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Fórmulas para la educación sensible del ser humano, por Christian Jiménez Kanahuaty
Debatir el presente desde la novela, y desde las artes en general, es una manera clara de establecer un debate sobre el rumbo de lo humano y de aquello que lo compone por dentro.

Siempre será importante romper una o dos o tres lanzas en nombre de la enseñanza de la literatura en colegios y universidades. Siempre será importante pensar las humanidades en perspectiva comparada para entender cómo se formaron, cuáles son los ecos de las humanidades en otras disciplinas, incluso las del saber científico y el modo en que las humanidades y, sobre todo, la literatura, han conformado la imagen que del ser humano tenemos hoy en día en lugares tan distintos como la política y la arquitectura. Que, dicho sea de paso, ambas forman parte del gran arsenal técnico y retórico con el cual se han incluido a los pueblos, personas y ciudadanos al interior de las ciudades modernas.

Sin embargo, la literatura no es sino la forma más concreta de indagar el problema de lo humano como algo que tiene que ver tanto con el modo en que piensan los seres humanos, como con la manera en que producen afectos y conocimientos.

Porque se suele separar los afectos de los conocimientos desde una perspectiva donde el hombre, para ser eficiente y dado a la transformación de su entorno, debe gozar de objetividad, y ella le dará la facilidad para adecuar el mundo a su imagen y semejanza con el fin de resolver los problemas que plantean la migración, el analfabetismo, la múltiple jornada laboral y el trabajo intelectual.

Esta esfera del hacer está mediada por el prejuicio de que, para pensar estas dinámicas, las emociones y los afectos no son necesarios y, es más, deben ser extirpados porque perjudican el razonamiento.

A pesar de esa noción se reconoce que, sin los afectos, sin las emociones, la razón no podría pasar de lo general a lo particular. Porque es a través de lo concreto que las soluciones aparecen, porque están enfocadas a la resolución de problemas que atañen a poblaciones dimensionadas y no abstractas.

La literatura, y sobre todo la novela, es la herramienta por la cual el lector conoce otras realidades, percibe otras vidas y logra identificarse con otras experiencias, y es de esas experiencias que puede extraer un conocimiento establecido para construir un mundo mejor o delimitar mejor los errores cometidos para evitar cometerlos una vez más.

La novela informa del mundo porque no es sólo una subjetividad la que las escribe. La novela vuelca sobre el papel la acción, el tema y la dimensión ética y moral de los personajes, porque es su fin construir el mejor marco referencial del contexto que intenta narrar a través de la visión de muchos personajes que parten de recuerdos, impresiones, experiencias y procesos de imaginación del autor, pero que no son él, porque él se desdobla y se multiplica en sus personajes para componerlos como si fueran la suma de una serie de variables que incluso, él como creador, no logra comprender.

Por ello las novelas están escritas, en algunos casos, en contra del propio autor, poniendo en discusión ideas que él no entiende ni cree en ellas porque su función como autor no es creer, sino mostrar, rastrear y conocer a partir de la duda y de la incertidumbre.

Son estos los catalizadores que no se desean incluir en la relación del ser humano con el mundo. Se niega la duda y la incertidumbre por sus efectos sicológicos, pero también porque es un gasto de recursos. Cuando, en su lugar, la certeza agiliza el proceso, vuelve reproductivo el dinero y termina siendo eficiente cualquier propuesta.

En ese orden de cosas, entre la razón y los afectos, y luego, entre la duda y la certeza, es que se teje el ser humano del presente. Es un ser humano que se piensa desde esas cuatro variables todo el tiempo, transita por ellas como quien se agarra de una nueva narrativa con la que podrá explicar su dinámica interior y la del mundo exterior.

Aunque hacer este ejercicio implica detonar por dentro ciertas producciones sociales que se han asentado sobre la base de la razón para justificar el poder, la discriminación y la estructura geopolítica de explotación territorial. Y es que la razón siempre suele tender al desarrollo lineal y cree que la razón es simple y llanamente la satisfacción inmediata de los intereses primarios de las personas.

El arte, la literatura, la novela, es la satisfacción de intereses no primarios para el hombre, porque la literatura no llena el estómago ni calienta en noches de frío, pero hace algo más importante. Genera las ideas y el impulso vital que hace que se realicen acciones para calentarse, comer y compartir el calor y los alimentos. La duda implica no pensar para uno mismo, sino para el conjunto, porque se reconoce que la experiencia no es particular, sino universal.

De esa manera, la duda es mucho más eficiente que la certeza, y los afectos catalizan mejor la creatividad y el impulso de superar las dificultades que la razón. Las cuatro formas conviven, pero se presentan en un orden diferente, y mientras más el ser humano atienda al mundo sensible, más y mejor podrá comprender para qué está en el mundo, por qué se presentan dificultades en su estadía en la tierra y de qué manera puede resolver las dificultades que le presentan la política, la violencia y la economía.

Con lo cual, debatir el presente desde la novela, y desde las artes en general, es una manera clara de establecer un debate sobre el rumbo de lo humano y de aquello que lo compone por dentro. Porque una vida examinada es sustancial para conocer qué dimensión de la historia que atestiguamos como presente quedará para el día después de mañana.

Christian Jiménez Kanahuaty
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