
Cuando nos enteramos de la muerte de Luis Goytisolo, el mundo perdió su sintaxis. Su capacidad de nombrarse a sí mismo se rompió quizá para siempre porque no volverá a encontrase sobre la tierra otra faceta de la escritura que haya transitado por tantos espacios y registros.
Lo que él hizo fue construir una literatura que abordó el naturalismo en su primera novela (Las afueras), las recurrencias del tiempo (Chispas), la meditación sobre la historia y la vida cotidiana (Estatua con palomas), lo diverso y lo divertido (Coincidencias) y así, además, dejando en claro, que la verdadera literatura se encuentra en cada página desde la cual Antagonía tiene su esfera de realidad dentro del mundo que compartimos.
Goytisolo es el nombre que daremos a un momento en la historia, y ya no sólo a un sitio propio de la prosa en español. Lo suyo es de ahora y para siempre, la gran escalada de la prosa hacia el territorio que un verdadero lector de Cervantes vislumbra cuando se entrega en cuerpo, alma y sentidos al Quijote. Ve, en ese espacio que habita entre la primera y la segunda parte, todo lo que la novela puede llegar a ser.

Y ese llegar a ser está en Antagonía y en cada uno de los libros que la anteceden y la continúan. Porque todo el proyecto literario, narrativo e intelectual de este escritor se constituye, para su propia fisonomía como escritor, en la posibilidad de nombrar de muchas formas lo que ante los ojos de los espectadores de lo cotidiano ha adquirido matices de normalidad. Y es que la normalidad, para Goytisolo, es algo que hay que poner en entredicho.
La sospecha de la normalidad frente al descalabro del mundo no se aborda desde una vertiente revolucionaria en términos políticos, tampoco a través de grandes panfletos o discursos, sino desde la creación y renovación del lenguaje literario.
Por ello es que todo en este escritor está ceñido para enfatizar que el lenguaje es la primera y última morada del hombre para conocer su verdadera esencia y la finalidad que debe cumplir sobre la tierra.
Esto es una forma diferente de decir que lo que Goytisolo hizo desde la prosa en español no sólo fue una renovación del lenguaje, sino también una doble exploración. Pensó cómo narrar y qué significa narrar. Y aquello, en tiempos en los que se da por sentado que todos narramos, es algo sustancial. Primero porque interroga el objeto mismo: el lenguaje, y luego sus herramientas, para después lograr abordar sus intenciones y finalidades. Dado que se narra para referir, referenciar o construir algo de sentido sobre el mundo, lo lógico sería pensar también por qué narramos y con qué fines lo hacemos.
Hacer este ejercicio quita mucha paja del camino. Limpia el horizonte y puede establecer de mejor modo nuevos pactos entre lector y escritor a la hora de abordar un proceso creativo que, por el momento, se llama simplemente novela. Pero que sabemos que a lo largo de la historia del arte ha recibido muchos nombres.
Y sin embargo, el nombre novela sigue siendo justo y cabal para lograr enfatizar la suma entre realidad y ficción por medio del ejercicio de la imaginación que las suma y que da vida a la escritura que organiza esa sumatoria.
Lo que en definitiva quiere decir que Goytisolo inventó un modo de hablar del mundo tan propio que fundó una lengua y desde ella exploró las dimensiones del humor, la política, el sexo, la guerra, el campo, la familia, la revolución, la escritura, el mundo intelectual, la riqueza, el trabajo y las transformaciones de las ciudades como Madrid o Barcelona. Y cuando vemos todo lo que tocó e interpretó para luego representarlo por escrito, nos damos cuenta de que lo suyo siempre fue inaugurar espacios que no estaban dichos con la suficiente exactitud ni profundidad.
Lo suyo fue, entonces, dar vía libre a territorios que de tan visitados habían perdido, para ciertos ojos, el lustre de las grandes hazañas. Pero con él había que fiarse de saber de una vez y para siempre que cada palabra suya iba a tener eco y resonancia.
Que, además, sus personajes no se morirían, sino que volverían con el mundo bajo sus pies y con el mismo nombre. Tal como ocurre en su primera novela. Pero luego, ya entrando los años y la experiencia hecha carne, es de nuevo Antagonía la que logra encandilar y sustituir todo lo que sabíamos sobre literatura y novela hispánica, por otras formas de la imaginación, la información y el sentido.
Con la muerte de este autor se muere un período de la historia reciente de la literatura, se muere también la manera tan lúcida de ver el mundo y se acaba la experiencia para la experimentación formal de la novela que se piensa como instrumento de conocimientos. Se inaugura también su propia posteridad y el ejemplo debe cundir para que se vuelquen los lectores sobre sus libros y se encuentren reflejados en espejos y pinturas y ciudades de muchos matices y gamas porque el hombre, el ser humano, es diferente en cada etapa de la historia de la humanidad y, por tanto, la novela que debe dar como resultado también debe ser otra.
Y cuando aquello suceda, la palabra, la voz y la verdadera novela será de nuevo el espacio de la creación absoluta. De la renovación y de la exploración del mundo en todas y cada una de sus dimensiones. Será el tiempo en el que la muerte, en lugar de arrebatar algo, entregará lo que siempre ha querido para sí: la inmortalidad y todo el vocabulario para hacer de la oscuridad luz.
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