Tengo olor a chivo. Me puse mi peor outfit. Está roto y sucio. Pero no por esto que acabo de hacer. Además de tierra y sangre, tiene manchas de pintura color beige, el color neutro que usé para reciclar mi mesa de luz de adolescente, color aguamarina. Era verano en su mejor versión y yo pintaba con un aerosol de Sherwin-Williams, mi diminuto patio olía a eso. Mi vida olía a verano. Ahora hace frío, lo sé porque las ventanas de los autos que pasan frente a mí están cerradas, lo sé porque tengo puesto un buzo roto, lo sé porque respiro y escupo humo, pero no lo siento.
Mis manos tienen rastros de sangre seca, me levanto las mangas con un gesto frenético —como si acabara de descubrirla—, veo rasguños, líneas perpendiculares casi perfectas con un hilo de sangre en el medio. Vuelvo a las manos. Las miro y me producen una arcada: ¿qué acabo de hacer?
Todo este tiempo estoy tendida sobre mis pies. Parece que estoy parada. Parece que estoy sobre tierra firme. Sin embargo, no. No siento mi peso. Todo tiembla. La angustia sube. La sensación de que acabo de inmolarme por nada. Soy un fracaso, un fracaso. Pienso en tirarme frente a un auto, pero no tiene sentido ni considerarlo, me falta coraje. No para terminar con mi vida, eso es lo que acabo de hacer. Me falta coraje para cargar a alguien más con esa culpa. Me falta narcisismo para arrojarme a las vías de un tren. Además, no hay tiempo. Los veo venir y no hago otra cosa que soltarme. Corto el hilo que me amarra a mis pies y caigo desmayada en el piso. El aire se me va. Me despierto en la comisaría de Vicente López, una mujer policía me pregunta qué mierda hice. Quiero hablar, pero no me sale. Siento que no tengo boca, estoy deshidratada. Intento lamerme los labios pero no sirve, ¿dónde está mi saliva? Pido agua, por favor. Sorpresivamente, me la dan. Yo pensé que a esta altura iba a estar golpeada o muerta. Después entiendo que no me van a matar hasta que diga dónde está el cuerpo. Pienso si debería mentir. ¿Podría? ¿Podría decir que la sangre es mía? ¿Que intenté suicidarme y por eso las marcas? ¿Podría negarlo todo y seguir con mi vida? ¿Cambiar mi usuario de Instagram? ¿Mudarme? ¿Podría decir que no para que me crean y vivir con este recuerdo? Bañarme y empezar mañana de nuevo. Limpiar las zapatillas con las que lo pateé y, al día siguiente, hacerles un doble nudo a los cordones que siempre se desatan. Condimentar con curry y pimentón lo que queda de la carne que compré para tentarlo. Escuchar música fuerte para tapar el eco de los alaridos, subir el volumen. Más fuerte. Más fuerte. Vivir como si nada. Creer que no fue nada.
—¿Me vas a contestar o no? —lo pregunta con un enojo ficcionado, pero estoy segura de que le repugno.
No sé qué me preguntó. Estaba hipnotizada con un escenario imposible. Después de todo lo repulsivo de la situación, hay sólo una cosa que me puede dar más asco: mentir.
—Perdón, ¿qué? —digo sintiéndome más cálida, intentando recuperar la persona que realmente soy.
—¿Dónde está? ¿está vivo?
A su lado hay un policía más, uno que no dice nada —como su cara. Es morocho, tiene los ojos algo achinados. Feo. Pienso que su boca es muy chica, le falta carne. Ella es linda. Bajita, pálida, lleva un clean look, como todas las policías: un rodete castaño tirante, tirante. Me pregunto por un segundo si eso lo enseñan en la academia de policías. Me respondo que no, que no creo. Me detengo un segundo más en su cara, quiero entender qué la hace linda. Creo que sus pestañas. Y tiene buena nariz, ligeramente respingada. Igual la afea su tono de voz. La afea saber que no le gusto. Me duelen las esposas, me olvido que las tengo.
—No está vivo. No soy buena con las ubicaciones. Dejame pensar —me doy cuenta de que contesto con la amabilidad y torpeza con la que respondo a alguien que no sé dónde queda una calle. Las lágrimas brotan, pero no estoy triste.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Estabas vos sola? Te voy a tomar declaración.
Creo que saben que esto no es lo mío. Si me viera menos asesina, pensarían que me estoy inculpando. Empiezo a sentir el frío. Hay una puerta o ventana abierta en algún lado. De estos lugares, lo que más odio es la luz blanca. Es tan típica de hospital o comisaría. Y las hojas. Siempre hay hojas. Y el teclado y la lentitud con la que lo manejan. Y los escritorios de melamina. Y hay olor a pedo pese al frío que entra. Igual no desentono.
La declaración dirá algo como esto:
Preguntada para que manifieste cuanto tenga para decir respecto del hecho que se le imputa, expresa: Que no desea responder preguntas y que únicamente realizará una manifestación espontánea. Que reconoce haber estado en las inmediaciones de la residencia ubicada en el partido de Vicente López el día de los hechos. Que no actuó por motivos económicos ni recibió instrucciones de terceras personas. Que desde hace años participa de distintas actividades vinculadas a la problemática de la violencia contra las mujeres y que se encontraba atravesando un estado de profundo malestar e indignación. Que considera que las autoridades nacionales han mostrado indiferencia frente a numerosas desapariciones y muertes de mujeres ocurridas en el país. Que en dicho contexto comenzó a desarrollar la idea de provocar un hecho que generara impacto público. Que no siente odio hacia el Presidente de la Nación ni hacia su familia. Que tampoco lo sentía respecto del animal involucrado. Que comprende la gravedad de lo sucedido. Que al momento de actuar pensó que la pérdida de un ser querido podía generar una comprensión más profunda del dolor que experimentan familiares de mujeres desaparecidas. Que reconoce que dicho razonamiento fue equivocado. Que no intentó obtener beneficio alguno de su conducta. Que no se arrepiente de las consecuencias ocasionadas...
Y, sin embargo, no dirá nada. No dirá que, mientras masticaba un chocolate apoyada en mi estufa y scrolleando de manera mecánica, vi la cara de una joven sonriente con un sobreimpreso prolijo, con una tipografía que responde al manual de marca del diario digital que la publica, con un tratamiento estético que empieza a hervirme la sangre porque es inútil. Nada de lo que hagan cambiará el horror que produce leer lo que dice: “Encontraron asesinada a Melina Muñoz, la desaparecida en Buenos Aires”.
Tampoco dirá que le dediqué dos horas a escuchar a otras mujeres gritar a través de sus redes sociales y compartir todo para intentar que llegue, que importe más de lo que importa, que les importe a los hombres, que les importe a mis amigos y a mi hermano y a mi papá y a sus amigos, que les importe a mis primos, a mis abuelos, a mis jefes, que se indignen. Quiero que se indignen como cuando ven a mujeres en tetas por la 9 de Julio. Quiero que se indignen como cuando somos asquerosas e hiperbólicas. Quiero que lloren como cuando les hacemos pedazos el corazón. Quiero que sientan.
No dirá que la idea se me ocurrió en la ducha ni que pensé en escribirle a una sola amiga, pero no lo hice. No dirá que me mantuve insomne al lado del hombre con quien vivo con el peso de la culpa irreversible. Sin haberme movido de la cama ya había pasado por la carnicería a comprar una tira de asado. Y había gastado mucha plata en un Uber porque sabía que el regreso iba a ser largo, agotador. Había burlado todos los sistemas de seguridad. Había seducido al perro del presidente con el corte de carne. Lo había atado y sacado de ese lugar tan artificial. Le había hablado como si fuese mío. Le había pedido perdón. Le había regalado una razón para su muerte: lo convertí en mártir. Lo había llevado lo suficientemente lejos para por fin patearlo con todas mis fuerzas. Había escuchado el aullido ahogado y había decidido hacerlo: por Melina. Por Agostina. Por Camila. Por Martina. Por Ángeles. Por Mariana. Por Julieta. Por Leila. Por Florencia. Por Agustina. Por Silvina. Por Luciana. Por tantas. No dirá que di tantas puñaladas como nombres llovían en mi cabeza ni que sus aullidos se mezclaron con los míos ni que cada vez grité más fuerte, más hondo, más actuado, hasta que caí rendida. No dirá que habré pensado en replicar una pulsión de vida ante tanta muerte. No dirá que, años después de la masacre, alguien preguntará cuándo será el bendito día en que la gente reaccione. Entonces, miraré de frente y diré: “A veces hay que matar al perro del presidente”.
- El perro del presidente - sábado 1 de agosto de 2026


