Cuando recibí el mensaje leí: “Mañana debes ir a una reunión en Las Chinamas habla con Guillermo la reunión es a partir de las 10” (escrito así. No he cambiado nada). Puta, dije, ¿y de qué se trata? Entonces recibí otro mensaje: “La invitación la tiene el Vice”. Pero... ¿de qué se trata?, ¿cuál es el tema?, pensé para mí, pero acostumbrado como estoy a estas instrucciones precisas decidí indagar por mi cuenta. “Te acompaña Jobis”, decía el otro mensaje, y entonces casi pude adivinar el tema de la reunión, porque el compañero trabaja en facilitación del comercio.
Lo busqué y le dije: me están diciendo en este momento que debo ir a una reunión en Las Chinamas con vos, pero no sé el tema. Sí, me respondió, estoy viendo en el correo que estás nombrado y ahora mismo te mando los documentos. Es sobre los trabajos de reparación del puente El Jobo. Jobo..., pensé..., jodidos estamos con estas autoridades, pero ni modo...
Busqué a Nemo, el encargado de logística, y para variar me dijo: no sé nada mi Lic., lo seguro es que se va sin viáticos. Me reí..., lo raro hubiera sido irse con todo en regla. Es la costumbre de la institución. Pero ¿con qué piloto vamos?, pregunté. y me respondió: “Aún no lo sé”. Púchica, me dije, son una mierda todos, y regresé a mi escritorio. Ya ni leer tranquilo me dejan, lamenté para mis adentros. Voy a una reunión final para definir trabajos de reparación del puente El Jobo y la escasa información que me dan debo leerla en el camino. En fin, mañana a madrugar.
Diez minutos antes de concluir la jornada laboral, me dijeron: van ir con Arístides, y lo llamé para verificar el punto de reunión y la hora. Afortunadamente me ofreció ir a traerme a mi casa. A las cinco estoy con usted, Lic., me dijo, y pensé: ya me llevó la chingada con la levantada. Será a las cuatro por lo menos, la hora en que se levantan los camioneros.
Me acosté temprano y a las 4:15 de la madrugada estaba de pie. Fui al baño, mas no leí el periódico como es mi costumbre por la premura del tiempo. Me metí bajo la regadera maltratando a cuanto cabrón programa estas reuniones sin necesidad. Los asuntos pueden resolverse de otra manera.
A las 4:45 recibí la llamada y pensé: me lleva la tiznada, este cerote no sólo viene de madrugada, sino quince minutos antes. ¡Aló!, dije casi gritado, y la voz soñolienta de Nemo dijo: mi Lic., me acaba de despertar Arístides en lo mejor de mi sueño. Dice que está en la garita de su colonia, pero no lo dejan entrar. Que salga.
Coma mierda, pensé, pero colgué con suavidad y salí a la calle. Aquí estoy, mi Lic., gritó Arístides levantando la mano. Ahorita salgo, le dije, sólo voy a lavarme los dientes, y entré de nuevo a mi casa. Que se espere el cabrón, me dije, si quedamos a las 5 y viene quince minutos antes.
Ya en camino pasamos por Jobis al McDonald’s de carretera a El Salvador e inició el viaje con la risa de ternero asustado de Arístides y la vocecita chillona de Jobis. Puta, me dije, este será un viaje al infierno. Y efectivamente, entre el jaejaejaejaeeee que berreaba Arístides y la sarta de palabras chillonas que emitía Jobis, transcurrieron los 122 kilómetros hasta la frontera.
Llegamos a las 8:30. No había necesidad de madrugar tanto, pero ni modo, el modus operandi de estos pisados. El resto de convocados fue llegando a las 9:40, 10:00 y 10:30 de la mañana, hora en que se inició la reunión.
Compañeros, dijo alguien, las autoridades de comunicaciones y asesores se reunirán en privado y después vendrán a la general. Ya nos jodimos, pensé, esta mierda va para largo. Pero a la media hora regresaron y dijeron algo así como ya decidimos todo. No vamos a cerrar este paso fronterizo, vamos a construir un puente Bailey en un mes y después se iniciarán los trabajos de reparación del puente. Esto se hace por la colaboración que hay entre los dos países, porque somos hermanos. Así que démonos un aplauso por la solución consensuada del problema, y todos comenzaron a aplaudir.
No supe qué hacer. Levantarme a las 4 de la mañana, volar nalga 122 kilómetros para asistir a la importante reunión y luego, sin hacer nada, escuchar los nutridos aplausos por la decisión tomada por las autoridades.
La reunión concluyó, vi a los participantes, escuché sus aplausos y me sentí idiota. Bueno, algo más de lo que me he sentido otras veces siguiendo instrucciones alrevesadas e incoherentes, pero ahora sí que batimos récord. No hicimos ni mierda y regresamos con las decisiones tomadas.
De inmediato comencé a hacer el informe de la reunión, para justificar mis viáticos.
- El aplauso - jueves 17 de septiembre de 2026
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