¿Por qué al oír la palabra “vida” un pequeño sol se nos enciende por dentro, mientras que si la escuchada es “muerte” una inmensa pesadumbre nos envuelve? ¿Por qué esta amarga e insalvable contraposición entre dos conceptos que remiten a dos realidades tan estrechamente ligadas entre sí, que una no puede subsistir sin la otra? ¿Sin muerte no hay vida, sin vida dónde tiene cabida la muerte? ¡Cuántas disquisiciones del hombre en torno al tema!
A comenzar por Gelsomira, estudiante del preuniversitario de Humanidades, quien no dejaba de formularse continuamente este tipo de preguntas. Desde pequeña había sido muy intuitiva e inquisidora acerca de la existencia del hombre aquí en la tierra.
En su salón de clases había veinte alumnos y ocho féminas, y Gelsomira tenía toda su atención puesta en Limarco, joven atractivo, quien siempre se le adelantaba en la formulación de idénticas preguntas durante la clase, lo que despertó más su interés hacia él. Sin embargo, ese interés no era correspondido. Limarco no se fijaba en ella de manera especial, mientras ella se iba enamorando cada vez más.
Fue tanta su desazón interior, que sintió la necesidad de exteriorizarla de alguna manera y recurrió a un osado expediente: el anonimato. Una tarde esperó que todos sus compañeros se marcharan, escribió una breve nota de amor y la colocó en el banco de Limarco: “Todos mis pensamientos son para ti, pero ignoras lo que arde en mi corazón”.
Gelsomira aguardaba ansiosa el siguiente día para ver la reacción de Limarco sin que éste lo notara, pero, llegado el momento, constató que no le había causado ninguna impresión particular. No obstante, cuando al día siguiente introdujo los útiles escolares en su asiento, encontró otra notica que decía: “Sé que fuiste tú”. Quedó paralizada, pero en ningún momento volteó a mirar a Limarco, ya que eso hubiera sido delatarse, lo que justo deseaba evitar por dos razones poderosas: porque era demasiado tímida, y porque su severa educación no se lo permitía. En esa época, en asuntos de amor, la mujer no debía tomar la iniciativa, pues sería considerada frívola y ligera.
Anhelante, aguardó la hora de la pausa recreacional y súbito corrió a reunirse con las demás compañeras para comentarles lo sucedido, pero todas, sorprendidas, hablaban de lo mismo: habían recibido sendos papelitos con igual contenido: “Sé que fuiste tú”. Al instante aferró la estrategia de Limarco para identificar a la autora del escrito, sin revelarles que previamente ella le había mandado un primer anónimo; así, ella sabía quién les había enviado esas notas, pero ellas no tenían por qué saberlo, ni siquiera imaginarlo.
Y Gelsomira retornó a la carga. Le colocó una nueva nota a Limarco exhortándolo a no mentir, pues nunca sabría la identidad de la autora. Limarco leyó el escrito visiblemente contrariado y lo tiró a la papelera; luego se ausentó de clases durante todo el día. A la mañana siguiente se incorporó, pero con una actitud diferente, más abierto, más locuaz, tratando de averiguar solapadamente quién le enviaba los anónimos.
Habló con varias compañeras y, con gran astucia y delicadeza, les formuló preguntas capciosas, esperando que la responsable se delatara ingenuamente, mas no logró su objetivo. Cuando se cruzó con Gelsomira, procedió de igual manera, pero ella era la que menos caería en su sutil artimaña; más bien le prometió que lo ayudaría a dar con la oculta admiradora. Fue así como tuvo inicio un diálogo más frecuente entre ellos, y el común interés por ciertos temas filosóficos también propició el acercamiento.
Finalizado el año lectivo, debían ingresar ahora a la universidad para proseguir el curso avanzado de filosofía, de cuatro años de duración. Allí, continuamente sostenían conversaciones de contenido ontológico, aunque ambos sabían muy bien que no obtendrían verdades fehacientes, pues no se hallaban al alcance de la cognición humana; es más, porque interrogantes de esa clase ni siquiera tenían una respuesta. La vida “era”, “acontecía”, sin más.
En una ocasión Gelsomira le comentó a Limarco su sorpresa al constatar cómo pensadores agudos y profundos habían dedicado sus vidas a hallar vanas respuestas acerca de la presencia y finalidad de la vida humana aquí en la tierra, elaborando teorías de tal coherencia y excelsitud que difícilmente podían ser rebatidas. Gelsomira, sin embargo, veía en ellos gran soberbia intelectual, pues todos se creían portadores de una única verdad: la suya propia, mientras la tierra continuaba su sempiterno viraje, imperturbable, trayendo sin cesar nuevos habitantes al planeta con fecha de caducidad, ya fueran eruditos o iletrados, los cuales al final iban a parar al mismo estado, la definitiva extinción.
Limarco pensaba como ella, y había elaborado su concepto personal de vida evitando caer en la pueril entronización de su idea, mas sólo ateniéndose a lo que todos observaban y veían, según una diferente percepción. Por ejemplo, al relacionarse con los demás, no veía en cada uno de ellos una diferente identidad, sino que intuía la idéntica energía que los animaba a todos, comenzando por él mismo. No consideraba que él “era”, sino que lo “eran”. Claramente advertía cómo las funciones corporales y mentales sólo en apariencia le pertenecían, pues realmente eran inducidas por una fuerza arbitraria y misteriosa ab aeterno e in perpetuum, desde siempre y por toda la eternidad. Chanceando, les preguntaba a sus compañeros si notaban cómo los “respiraban”, o cómo “les hacían latir sin parar el corazón”, o cómo..., etc.
Sabía que la ciencia había cumplido debidamente su misión, describiendo y catalogando las innumerables funciones de los seres vivos, pero qué o quién les insuflaba la energía para realizar espontáneamente cada actividad, eso estaba fuera del alcance de su conocimiento. Las personas, en general, consideraban que era Dios, un ser sobrenatural y nunca visto, el generador de cuanto existía; lo aceptaban convencidas de que era un padre infinitamente bueno que siempre estaba velando por ellas y, así, se dedicaban a vivir en santa paz. Pero ellos no lograban asumir a ese Dios como un comodín cosmogónico, interviniendo a capricho en el universo y en el acontecer humano; más bien lo consideraban una energía extraña y poderosa que procedía según un inherente y enigmático mandato.
Cada uno ahondaba siempre en la exposición del otro, y poco a poco fueron conformando una particular manera de pensar y proceder, y por tanta cercanía y afinidad, surgió una relación sólida también en el campo sentimental. A veces recordaban el episodio del papelito anónimo, y Limarco, agitándole el índice frente a los ojos, le decía: “Sé que fuiste tú”, lo que ella negaba con el mismo énfasis de entonces, y alegre se cobijaba en sus brazos.
El tiempo fue pasando, y Limarco y Gelsomira adquirieron una doble manera de interpretar la vida: una, inmediata, directa, que permitía asumirla como fin en sí misma, como proceso automático que no requería ninguna explicación: respirar, caminar, pensar, “ser” en todas sus manifestaciones; la otra, en cambio, debía recurrir de continuo a la intervención de la conciencia para sentirse anclada en el “aquí y el ahora”, y no dar cabida a insulsos y dañinos devaneos que enturbiaban el cabal discernimiento de las cosas.
Y más elucubraban en torno a esto, más la vida iba perdiendo para ellos su simple cotidianidad, y una inquietante realidad aparecía ante sus ojos como la única razón de todo lo existente: una Presencia inabordable, eternamente en movimiento, que se diezmaba al infinito en minúsculos brotes o burbujas —los seres humanos—, generando igualmente el íntegro universo. Esos brotes o burbujas se relacionaban de continuo entre sí, pero sólo por su parte exterior, pues íntimamente eran mónadas impenetrables. A veces hacían frente a fenómenos inexplicables, como el famoso déjà vu, o a un sinfín de episodios inesperados que se presentaban sin ninguna causa aparente, los que solían denominarse “azar”. Por su mismo mecanismo intrínseco y dinámico, esos brotes o burbujas eran reabsorbidos paulatinamente por la misma Presencia, para dar paso a nuevas y efímeras manifestaciones suyas. He aquí, en pocas y sencillas palabras, el origen de la vida y la muerte.
Se sorprendían, entonces, de que, a pesar de su infalible acontecer, cada muerte produjera tanto pesar y desconsuelo en los sobrevivientes, como si a ellos no les aguardase el mismo destino final. Tuvieron que concluir a fortiori que cualquier reacción del ser humano ya estaba grabada en su inconsciente, pronta a manifestarse ante su respectiva estimulación, sin que nada tuviera que ver con alguna consideración ética o moral por parte de la eterna Presencia. Recordando a Shakespeare, la Presencia barajaba las cartas, y al hombre sólo le tocaba jugarlas.
El vínculo intelectual y afectivo entre Gelsomira y Limarco se fortaleció tanto que vivían en una dimensión más profunda y cuestionadora, y al finalizar la carrera decidieron compartir sus vidas. El día de la celebración del enlace, en medio de familiares y amigos, Gelsomira tomó la palabra para decirle a Limarco: “Increíble que un sencillo papelito anónimo nos haya traído hasta aquí”. Y Limarco, con la mayor ecuanimidad, replicó: “Siempre supe que habías sido tú”.
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