
1. Introducción
El relato policial de enigma se apoya estructuralmente en el razonamiento del detective. A diferencia de otras formas narrativas donde la violencia, el azar o la intriga sentimental organizan la acción, el núcleo del relato detectivesco clásico radica en un problema cognoscitivo. Hay un hecho oscuro o misterioso, generalmente un crimen, y una mente capaz de esclarecerlo mediante la interpretación de los indicios.
Edgar Allan Poe inaugura esta figura moderna con Auguste Dupin en “Los crímenes de la calle Morgue” y la desarrolla luego en “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada”.1 En estos relatos, el detective no resuelve el caso por intuición mística ni por confesión espontánea, sino mediante un análisis minucioso de las pistas. En el primero de dichos casos, se advierte que la fuerza requerida para cometer el crimen es titánica, la voz del asesino es identificada por todos los testigos como extranjera y la agilidad para escapar es extrema, pero ninguno, salvo Dupin, concibe la posibilidad de que no se trate de un ser humano.
Ese desplazamiento interpretativo resulta decisivo. El detective aparece, así, como un lector privilegiado de indicios, capaz de formular la hipótesis que convierte un conjunto de datos aparentemente contradictorios en una explicación coherente.
Sherlock Holmes llevará este procedimiento a un grado superior de sistematización y teatralización. No sólo resuelve casos, sino que convierte su método en objeto de reflexión explícita. En Estudio en escarlata,2 afirma que lo decisivo es “razonar hacia atrás” (STUD, Novelas, p. 197). En El signo de los cuatro, bajo el título “La ciencia de la deducción”, sostiene que “La investigación es, o debería ser, una ciencia exacta, y exige ser tratada como tal: de la misma manera fría y carente de emoción” (SIGN, Novelas, p. 217). Añade que “Lo único que valía la pena mencionar [en el caso previo narrado por Watson] era el curioso razonamiento analítico de los efectos a las causas que utilicé para resolverlo” (p. 217).
El policial de enigma del siglo XIX no surge de manera espontánea ni puede explicarse únicamente por la aparición de la policía moderna como institución de seguridad e investigación. Su emergencia fue posible porque ya existían, en el ámbito científico, cultural y narrativo, formas de razonamiento que permitían convertir el indicio en fuente de conocimiento. A ello se suma el paradigma científico dominante en la época, marcado por el positivismo y por una fuerte confianza en la razón como instrumento privilegiado para explicar la realidad. En ese contexto, la observación sistemática, la formulación de hipótesis y la coherencia explicativa no sólo eran prácticas intelectuales legitimadas, sino también valores culturales ampliamente compartidos.
En ese marco, el relato de enigma convierte en trama la confianza decimonónica en la inteligibilidad de los hechos: los datos dispersos, por singulares que parezcan, admiten una explicación racional si se los somete a observación metódica y contraste, hasta integrarlos en una explicación coherente. La figura del detective encarna esa convicción al trasladar al espacio narrativo procedimientos afines al diagnóstico clínico, la investigación jurídica y la indagación empírica.
Antes de que el crimen comenzara a ser tratado como un problema público sometido a investigación sistemática, ciertos relatos habían puesto en escena una inteligencia capaz de reconstruir lo invisible a partir de huellas mínimas. Historias como “Los tres príncipes de Serendip” o el episodio del perro y el caballo en Zadig no son todavía relatos policiales, pero ofrecen una estructura narrativa del descubrimiento que más tarde el género convertirá en principio organizador de la trama.
En esos relatos, la inferencia aparece como demostración de sagacidad. No hay aún un crimen que articule toda la narración, ni una suspensión sistemática de información que exija reconstrucción progresiva, ni una investigación prolongada que culmine en verificación final. Sin embargo, allí se interpretan una serie de indicios aparentemente insignificantes, pero a partir de los cuales se puede reconstruir una realidad no observada.
En este nuevo escenario histórico e intelectual, el crimen aparece como un enigma que debe ser esclarecido mediante procedimientos racionales. La sagacidad deja de presentarse como un destello aislado de ingenio y se convierte en una práctica sistemática. La explicación del enigma surge entonces de la articulación de signos dispersos en una hipótesis plausible capaz de dar cuenta de los hechos.
Este tránsito sólo pudo producirse porque existían dos condiciones previas que hicieron inteligible el nuevo modelo de investigación. Por una parte, una tradición narrativa que valoraba la sagacidad capaz de descubrir sentido en lo inesperado, lo que más tarde se denominará serendipia. Por otra parte, fue decisiva la consolidación, en el siglo XIX, de una concepción del razonamiento que reconocía la legitimidad de formular hipótesis explicativas a partir de sus efectos observables. En ese clima intelectual, marcado por la expansión del método científico y por la confianza en la racionalidad analítica, la reconstrucción lógica de atrás hacia adelante se convierte en procedimiento legítimo de conocimiento.
Más tarde, la teoría de la abducción o retroducción formulada por Charles Sanders Peirce ofrecerá un marco conceptual preciso para describir esta práctica inferencial ya presente en el canon detectivesco. El policial de enigma del siglo XIX dramatiza precisamente esa forma de razonamiento: parte de indicios visibles, propone una hipótesis explicativa y reconstruye la cadena causal de los acontecimientos desde las consecuencias hacia las causas, situando la investigación dentro de un régimen de racionalidad lógico-inferencial.
El propósito de este trabajo es mostrar cómo la tradición narrativa de la serendipia configura el horizonte cultural en el que emerge el relato policial de enigma y cómo la formalización lógica de la hipótesis, en particular la abducción peirceana, ofrece el marco conceptual para describir la racionalidad que el detective encarna.
2. La serendipia: entre el Talmud y el Zadig
El Talmud es un vasto corpus jurídico, exegético y narrativo que articula la tradición rabínica. En el tratado Sanhedrín 104a-104b se conserva un episodio que resulta decisivo para la genealogía de la inferencia indicial. Allí se afirma: “Rava dice que Rabí Yoḥanan dice: A dondequiera que van, cuando están exiliados entre las naciones, el pueblo judío se convierte en príncipe de sus amos debido a su sabiduría”.
La afirmación se ejemplifica con la narración de dos cautivos que, caminando delante de su captor, describen con precisión un camello que no han visto: es tuerto, transporta dos odres, uno con vino y otro con aceite, y lo conducen un judío y un gentil. Cuando se les pregunta cómo lo saben, lo explican de la siguiente manera:
Sabemos que el camello es ciego por la hierba que tiene delante, pues de la hierba del lado que ve come, y de la hierba del lado que no ve no come, es decir, come hierba de un solo lado. Y sabemos que está cargado con dos odres, uno lleno de vino y otro lleno de aceite, pues el vino gotea y se hunde en la tierra y el aceite gotea y flota en la superficie, y vemos la diferencia en el suelo. Y sabemos que dos personas conducen el camello, uno judío y otro gentil, pues el gentil defeca en el camino y el judío, por modestia, se aparta a los lados del camino para defecar.
Este pasaje talmúdico no presenta la sagacidad como iluminación mística, sino como lectura de huellas materiales. La inteligencia se define como capacidad de reconstruir lo invisible a partir de vestigios visibles. Este modelo antecede estructuralmente al relato policial y legitima la inferencia retrospectiva como forma válida de conocimiento. No hay crimen ni investigación de un misterio, pero sí una operación cognitiva que luego será central en la ficción detectivesca.
El motivo reaparece en el relato oriental conocido como “Los tres príncipes de Serendip”, cuya difusión europea se consolida con la versión italiana de Cristoforo Armeno, “Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del Re di Serendippo” (1557), y la posterior adaptación francesa del Chevalier de Mailly en 1719.
En esta historia, los príncipes describen con precisión una serie de circunstancias relacionadas con un camello perdido que no habían visto a partir de indicios observados en el camino. Son acusados de robo y llevados ante la autoridad. La explicación que brindan es la siguiente:
(...) uno de los jóvenes dijo: “Señor, la carga del animal era mantequilla por un lado y miel por el otro”. Noté esto pues, a lo largo de una milla, a un lado del camino, vi una multitud infinita de hormigas hambrientas de grasa, y al otro, una increíble cantidad de moscas, a las que les encanta pastar la miel. Y que una mujer estaba sobre él, dijo el segundo, lo deduje al ver las huellas donde una pequeña pierna se había arrodillado, también percibí la forma de un pie humano, que, aunque me pareció de mujer, sin embargo, como también podría haber sido de un niño, me convencí de ello de esta manera, pues, al ver que cerca de la forma del pie se había orinado, metí los dedos en la orina y quise olerla: con lo cual me asaltó de inmediato la concupiscencia carnal, y por eso creí que el pie era de mujer. El tercero dijo que esta mujer estaba embarazada, por las huellas de sus manos, que se veían en el suelo, porque, debido al peso del cuerpo, se había ayudado con las manos después de orinar para ponerse de pie.
Leslie Hotson (1942), en su ensayo “Literary Serendipity”, recuerda que Horace Walpole acuñó el término serendipia para designar un tipo de descubrimiento que resulta de la combinación de “accidents and sagacity”. La expresión es fundamental porque une contingencia y agudeza interpretativa. No se trata de azar puro, sino de un hallazgo inesperado que sólo adquiere sentido para una mente preparada. La noción formulada en la carta que Walpole dirigió a Horace Mann el 28 de enero de 1754 fija conceptualmente un fenómeno que hasta entonces circulaba sólo como motivo narrativo.
Voltaire retoma el esquema en el episodio del perro y el caballo en Zadig (1747). El protagonista describe con exactitud el perro de la reina y el caballo del rey sin haberlos visto, y es acusado de robo. Sólo cuando explica cómo dedujo cada detalle a partir de los rastros observados se reconoce su inocencia.
Thomas Henry Huxley, en el ensayo “On the Method of Zadig”, interpreta esta operación como ejemplo de lo que denomina “retrospective prophecy”. El autor sostiene que la ciencia no sólo predice el futuro, sino que reconstruye el pasado a partir de sus efectos. No estamos frente a una profecía en el sentido de revelación o de simple predicción adivinatoria, sino ante la inferencia que parte de un estado presente para explicar una causa anterior. En este punto, la sagacidad narrativa adquiere valor epistemológico y la operación de Zadig se presenta como su método.
Huxley señala que “de ramitas recién rotas, hojas machacadas, guijarros removidos y huellas difícilmente discernibles para el ojo inexperto, [los pueblos nómades], graduados de la Universidad de la Naturaleza, determinarán no sólo el hecho de que un grupo ha pasado por allí, sino su fuerza, su composición, el curso que siguió y el número de horas o días que han transcurrido desde que pasó. Pero son capaces de hacer esto porque, como Zadig, perciben infinitas diferencias minúsculas donde los ojos inexpertos no disciernen nada, y porque la lógica inconsciente del sentido común los obliga a explicar estos efectos por las causas que saben que son competentes para producirlos” (p. 8).
El pasaje evoca el retrato del rastreador que Sarmiento traza en el capítulo II del Facundo. Alejandra Laera (2018) destaca que los saberes específicos del baqueano y del rastreador vienen a constituir una zona de contacto entre la civilización y la barbarie (p. 27); de hecho, el propio autor señala que “esto, que parece increíble [la habilidad para reconocer el paso de una mulita], es, con todo, la ciencia vulgar” (p. 71). El adjetivo “vulgar” intenta rebajar la condición de ese saber, pero el autor no deja de reconocer, muy a su pesar, que constituye una ciencia.
Esta forma de conocimiento basada en huellas fue analizada por Carlo Ginzburg (1989), quien propuso la noción de “paradigma indiciario”, un modelo de conocimiento que reconstruye realidades invisibles a partir de signos mínimos. El autor sostiene que “es legítimo hablar de un paradigma indiciario o adivinatorio orientable hacia el pasado, o el presente, o el futuro, según el tipo de conocimiento invocado” y añade que “en ese paradigma indiciario o adivinatorio, se vislumbra el gesto quizá más antiguo de la historia intelectual humana: el del cazador agazapado en el barro, examinando las huellas de una presa” (p. 128).
En La bolsa de huesos, de Eduardo Ladislao Holmberg, la serendipia aparece también como punto de partida de la investigación. El médico narrador recibe una bolsa con huesos humanos y durante semanas la deja en un rincón de su escritorio, hasta que advierte que al esqueleto le falta la cuarta costilla izquierda. Ese detalle, insignificante para un observador común, adquiere relevancia bajo la mirada entrenada en anatomía y desencadena una serie de inferencias. El descubrimiento no surge de la búsqueda deliberada de un crimen, sino de la capacidad para reconocer en una anomalía mínima la posibilidad de una explicación. Como en los episodios talmúdicos, en “Serendip” o en Zadig, el mundo deja huellas que una mente atenta puede interpretar según la misma lógica indiciaria, pero aquí esas huellas se leen a través del saber médico y del examen científico. De este modo, la lógica serendípica, que en aquellas tradiciones aparecía como demostración de sagacidad, reaparece en el policial argentino integrada a un procedimiento de investigación.
El paso de la literatura a la teoría se profundiza en el siglo XX con la sistematización del fenómeno. James H. Austin, en Chase, Chance, and Creativity (1978), sostiene que la serendipia no equivale a simple buena fortuna ni a la obtención casual de lo que se buscaba. Designa, más bien, la aptitud para reconocer el valor de un hallazgo inesperado en el curso de otra actividad. El azar interviene, pero no basta por sí mismo: requiere una disposición cognitiva capaz de advertir la relevancia de lo contingente. La serendipia no es el resultado, sino la capacidad de transformar un accidente en conocimiento (p. 120).
En lo que sigue, entenderemos por serendipia no el simple azar del hallazgo ni la estructura lógica completa de la inferencia, sino la disposición cognitiva que permite reconocer un indicio significativo no buscado. La inferencia indicial constituye el momento posterior mediante el cual ese reconocimiento se convierte en una hipótesis que explica los hechos observados.
Si se correlaciona esta línea con lo afirmado en la introducción, se advierte con mayor precisión el sentido en que la serendipia constituye un antecedente cultural del policial. En todos los casos examinados, desde Sanhedrín, los príncipes de Serendip o Zadig hasta los desarrollos teóricos de Huxley y Austin, se repite un mismo esquema narrativo de reconocimiento: el mundo deja rastros; la inteligencia los puede interpretar; la hipótesis reconstruye una causa ausente; la verificación confirma o refuta la conjetura. Esta secuencia no constituye todavía un relato de enigma, pero sí anticipa el modelo inferencial que más tarde organizará su arquitectura narrativa.
Cuando Poe formula en “El misterio de Marie Rogêt” la idea de que una gran parte de la verdad surge de lo aparentemente irrelevante (p. 469), y cuando Doyle hace decir a Holmes que lo decisivo es explicar las causas a partir de sus efectos, el género no inventa la inferencia indicial. La hereda de una tradición que ya había legitimado culturalmente la lectura de huellas. La serendipia, entendida en el sentido walpoliano de “accidents and sagacity” y en el sentido huxleyano de “retrospective prophecy”, proporciona el trasfondo intelectual que vuelve verosímil al detective emergente.
En este marco, la serendipia no es mera casualidad ni ciencia deductiva en sentido estricto, sino racionalidad inferencial aplicada a lo contingente o paradigma indiciario. Permite concebir que un hecho oscuro pueda esclarecerse mediante la interpretación metódica de pistas.
3. El razonamiento abductivo y la retroducción
La abducción suele vincularse retrospectivamente con una forma de inferencia descrita por Aristóteles en el capítulo 25 del libro segundo de Analytica Priora, aunque su formulación sistemática corresponde a Charles Sanders Peirce.3
Este autor distingue tres formas fundamentales de razonamiento: deducción, inducción y retroducción (CP 1.65 a 68). La deducción extrae consecuencias necesarias a partir de premisas; la inducción generaliza a partir de casos observados; la retroducción, en cambio, introduce una hipótesis explicativa. No demuestra ni prueba de forma concluyente, sino que abre una vía de explicación provisional que luego debe ser contrastada.
En este tipo de razonamiento, la hipótesis se adopta de manera provisional, porque sus consecuencias pueden someterse a verificación experimental. La hipótesis no se afirma como verdadera, sino como plausible, y se mantiene mientras permita explicar los hechos y abrir un camino de comprobación. Si es falsa, la experiencia terminará mostrando su desacuerdo con los datos. En este sentido, la retroducción constituye el momento creativo del razonamiento: es el momento en que surge una idea nueva capaz de explicar hechos sorprendentes.
Aguayo (2011) sostiene que la inferencia abductiva es una “inferencia mediata sintética probable” (p. 38). Que la conclusión abductiva sea probable significa que se la acepta sobre la base de razones insuficientes, aunque más fuertes que las que se oponen a ella. La abducción no garantiza la verdad de la hipótesis propuesta, como ya se pusiera de relieve, pero pone en marcha el proceso que permitirá confirmarla o descartarla mediante la experiencia. En ese sentido, su función no consiste en probar, sino en orientar la investigación.
Dicho autor añade que “(la) probabilidad que caracteriza a la abducción es sólo subjetivamente ponderable, por lo que podríamos denominarla simplemente ‘verosimilitud’” (p. 41). La validez de la abducción no reside en la certeza de la conclusión, sino en su capacidad explicativa. Lo que hace una abducción es proponer una hipótesis explicativa que, de haber sido conocida como verdadera antes de la aparición del fenómeno, habría permitido preverlo, si no con certeza, al menos como altamente probable.
Desde esta perspectiva, la retroducción se caracteriza por cinco rasgos esenciales. Es hipotética porque introduce una conjetura; es provisional porque permanece abierta a revisión; es explicativa porque busca dar cuenta de un hecho sorprendente; está orientada a la verificación porque sus consecuencias deben poder someterse a prueba, y está guiada por criterios racionales de coherencia y simplicidad.
Esta capacidad de “explicar los hechos observados” otorga a la abducción un estatuto específico dentro de los modos de inferencia. Gracias a ella, puede diferenciarse de la deducción y de la inducción, pero también mostrar su relación con ambas dentro del proceso de investigación científica.
Los tres modos de inferencia pueden representarse mediante estructuras lógicas simples. En la deducción se parte de una regla general y de un caso particular para obtener un resultado:
Regla + Caso → Resultado. Ejemplo Estrella de Plata (SILV, Relatos I, p. 412):
- Regla (premisa general): Un perro ladra siempre que un extraño entra al establo por la noche.
- Caso (premisa menor): El perro no ladró durante la noche en que el caballo fue robado.
- Resultado (conclusión): Por lo tanto, el intruso no era un extraño (era alguien a quien el perro conocía bien).
En la inducción, en cambio, a partir de la observación de un caso y de un resultado, se infiere una regla general:
Caso + Resultado → Regla. Ejemplo STUD (p. 48):
- Observación: Este sujeto lleva tatuada un ancla azul en el dorso de la mano.
- Generalización: Los sujetos que llevan tatuajes de anclas en las manos suelen ser marineros.
- Conclusión inductiva: Los marineros usualmente llevan tatuajes de anclas en la mano.
La abducción, a diferencia de las anteriores, invierte esta relación. A partir de una regla conocida y de un resultado observado, se propone un caso que podría explicarlo:
Regla + Resultado → Caso. Ejemplo La aventura del carbunclo azul (BLUE, Relatos I, p. 200):
- Regla (premisa general): Si un hombre ha sufrido una decadencia económica y social, deja de actualizar sus prendas costosas y éstas acumulan el descuido propio de quien ha perdido el ánimo o los recursos.
- Resultado (hecho observado): Este sombrero es un modelo de seda carísimo de hace tres años, pero está pasado de moda, descuidado y cubierto de polvo fino de interior.
- Caso/hipótesis (conclusión abductiva): Es probable que el dueño sea un hombre que fue próspero hace tres años y que ha caído en desgracia económica.
Corresponde advertir que la hipótesis abductiva no surge como un acto arbitrario de adivinación. Las reglas que permiten formularla derivan de inferencias analógicas mediante las cuales la mente confronta hechos desconocidos con hechos conocidos. La explicación debe ser natural y coherente. Natural en el sentido de que permite integrar, sin contradicciones ni omisiones, el conjunto de elementos que componen las pruebas circunstanciales, y coherente porque debe explicar satisfactoriamente cada uno de esos elementos sin generar inconsistencias internas.
Umberto Eco (1989) distingue tres formas principales de abducción. La primera es la abducción hipercodificada, en la que los indicios remiten a una única regla conocida. La segunda es la abducción hipocodificada, en la que los indicios son equívocos y pueden remitir a diversas reglas posibles. La tercera es la abducción creativa, que se produce cuando los signos observados no corresponden a ninguna regla previamente conocida y obligan a formular una hipótesis nueva. Eco añade además la noción de metaabducción, un proceso inferencial de segundo nivel que consiste en evaluar si el universo hipotético construido mediante abducciones creativas corresponde efectivamente al mundo de la experiencia.
En el contexto del relato policial de enigma del siglo XIX, el desarrollo de estas ideas sobre la abducción, como razonamiento de atrás hacia adelante, es decir, desde las consecuencias a las causas, resulta especialmente productivo. El detective observa indicios dispersos, formula una hipótesis que permite explicarlos, interpreta los acontecimientos a la luz de esa conjetura y reconstruye la cadena causal que podría haber producido los hechos observados. La verificación no se produce en el laboratorio, sino en el desenlace narrativo, cuando se demuestra que la hipótesis resulta apta para ofrecer una reconstrucción coherente de la cadena de acontecimientos que permite explicar quién es el autor del crimen y cómo se cometió. El relato policial convierte así la retroducción en espectáculo narrativo: la hipótesis se transforma en historia y el razonamiento en trama.
Peirce añade que la abducción es el proceso de formación de hipótesis explicativas y que constituye la única operación lógica capaz de introducir una idea nueva. La inducción se limita a determinar la frecuencia o el valor de un fenómeno, mientras que la deducción desarrolla las consecuencias necesarias de una hipótesis. La deducción demuestra que algo debe ser; la inducción muestra que algo es efectivamente operativo; la abducción se limita a sugerir que algo puede ser (CP 5.171). Sostiene, finalmente, que una conclusión retroductiva sólo está justificada si logra explicar el hecho observado.
La abducción posee una estructura formal comparable a la de la deducción y la inducción, pues la conclusión se obtiene conforme a una regla inferencial definida. Sin embargo, no está exenta de riesgos. En ella interviene la relación entre las premisas y la hipótesis propuesta. Cuanto más inesperada resulte la relación entre el fenómeno observado y la regla explicativa, tanto más innovadora será la abducción, pero también más incierta. Cuando esa distancia se reduce y existe una relación evidente entre las premisas y el resultado, el razonamiento adquiere mayor seguridad. Este último caso corresponde al tipo de inferencia que la tradición literaria ha atribuido al método de Sherlock Holmes y Auguste Dupin, en el que la hipótesis aparece como la explicación más simple y coherente de los indicios disponibles.
4. El relato detectivesco como literatura de la inteligencia y el razonamiento
El relato policial de enigma del siglo XIX se presenta como la dramatización narrativa de una investigación racional. El lector accede al sentido del relato de manera progresiva: los personajes se presentan, los hechos se encadenan. La información se distribuye deliberadamente de forma fragmentaria, de modo que cada nuevo dato obliga a revisar las interpretaciones previas. La inteligibilidad completa sólo emerge al final, cuando los indicios dispersos encuentran una explicación que permite comprender quién cometió el crimen y cómo fue ejecutado.
Esta organización inferencial no opera en el vacío. El siglo XIX consolida un ideal de racionalidad que privilegia la observación controlada, la explicación causal y la corrección por contraste con los hechos. El relato de enigma incorpora esa gramática intelectual: presenta indicios como “datos”, hipótesis como propuestas revisables y el desenlace como instancia de verificación. Por eso, cuando Dupin o Holmes razonan, el texto no sólo cuenta un caso, también escenifica una forma histórica de confianza en la razón analítica.
La investigación detectivesca pone en juego las diversas formas de inferencia racional. En algunos casos, el detective formula hipótesis explicativas a partir de hechos sorprendentes, lo que corresponde al razonamiento abductivo. En otros, deriva consecuencias necesarias a partir de una hipótesis ya establecida, lo que constituye una deducción en sentido estricto. En otros momentos establece regularidades empíricas a partir de la observación reiterada de ciertos hechos, lo que corresponde a un proceso inductivo. Antes de examinar la articulación de estas formas de inferencia, conviene observar cómo aparecen separadamente en los relatos policiales de Edgar Allan Poe y en los que corresponden al canon holmesiano.
En “La aventura de la corona de berilos” (BERY, Relatos I), Holmes plantea con claridad el esquema de su razonamiento deductivo. Afirma que: “Una de mis viejas máximas dice que, una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que resulte, tiene que ser la verdad” (p. 347). Efectivamente, si todas las hipótesis incompatibles con los hechos han sido descartadas, la explicación que permanece se sigue necesariamente de las premisas disponibles. Holmes procede entonces eliminando las alternativas imposibles hasta llegar a una conclusión que ya no depende de una conjetura, sino que se impone lógicamente a partir de los datos aceptados. El propio método puede ilustrarse con un razonamiento del siguiente tipo: si todo aquel que camina frente a la oficina postal de Wigmore Street en un día lluvioso mancha su calzado con el barro rojizo característico de esa zona, y el empeine de Watson presenta exactamente esa mancha, entonces se sigue necesariamente que Watson estuvo en la oficina de Wigmore Street esa mañana (SIGN, p. 220).
También encontramos ejemplos de inducción en el canon holmesiano. En diversos relatos, el detective observa repetidamente ciertas correlaciones entre signos visibles y características de los individuos. A partir de estas observaciones establece reglas generales que luego aplica en casos concretos. Por ejemplo, en “La liga de los pelirrojos” (REDH, Relatos I) Holmes sostiene que ha observado repetidamente que los pantalones de ciertos individuos presentan un desgaste brillante y sucio en la zona de las rodillas. Afirma que este rasgo aparece de manera recurrente en sujetos que realizan trabajos prolongados de rodillas, y, a partir de allí, el detective establece una generalización empírica: quienes pasan muchas horas arrodillados por su oficio suelen presentar ese tipo específico de desgaste en la prenda (p. 72).
Pero lo más usual en el canon holmesiano es el razonamiento abductivo. Holmes describe este procedimiento en la ya citada conclusión de STUD, donde explica que el método detectivesco consiste en partir de los efectos observables para reconstruir las causas que los explican.
En dicha obra, Holmes observa en la escena del crimen huellas de sangre, pero no encuentra señales de lucha. Este hecho resulta sorprendente e impone la necesidad de una explicación. El detective formula entonces una hipótesis: si no hubo pelea, la sangre no pertenece a la víctima, sino al asesino. La hipótesis permite interpretar de forma coherente los datos observados y abre una nueva línea de investigación. Este razonamiento corresponde a la estructura abductiva descrita por Peirce: ante un hecho inesperado, se propone una explicación plausible que permita comprenderlo.
Los relatos de Edgar Allan Poe muestran el mismo tipo de razonamiento. En “Los crímenes de la calle Morgue”, Dupin analiza un conjunto de indicios aparentemente contradictorios: la violencia del crimen, la habitación cerrada y los testimonios que describen una voz aguda imposible de identificar en ninguna lengua conocida. El detective formula entonces una hipótesis sorprendente: el asesino no es humano. La hipótesis permite interpretar coherentemente los hechos y explicar por qué la voz resultaba incomprensible y cómo pudo acceder el culpable a la habitación. Este es un ejemplo paradigmático de abducción: ante un fenómeno que no puede explicarse mediante las hipótesis habituales, se introduce una teoría que puede explicar todos los datos disponibles.
En “La carta robada”, el razonamiento de Dupin se aparta del modelo basado en huellas materiales visibles y se apoya, sobre todo, en la reconstrucción intelectual del modo de pensar de su adversario. Dupin comprende que el ministro D. ha ocultado la carta en el lugar más visible porque sabe que la policía buscará únicamente en escondites complejos. La hipótesis no surge aquí de un rastro físico, sino de una inferencia psicológica: si el adversario anticipa el método de búsqueda de la policía, entonces ocultará el objeto en un lugar que ese mismo método no considere plausible.
Estos ejemplos permiten observar cómo funcionan separadamente las distintas formas de inferencia. Sin embargo, el método del detective no consiste en utilizar una sola de ellas, sino en combinarlas dentro de un mismo proceso cognoscitivo. Holmes comienza por observar, registrar y ordenar una serie de datos empíricos dispersos, estableciendo regularidades y relaciones entre ellos (inducción). A partir de esos indicios, propone una hipótesis que permita explicar los hechos observados e identificar las causas posibles de los acontecimientos (abducción). Una vez formulada la hipótesis, desarrolla analíticamente sus consecuencias necesarias para comprobar si se ajustan a los datos disponibles (deducción). Finalmente, contrasta esas consecuencias con nuevos hechos observables, sometiendo la hipótesis a una forma de verificación empírica que, en sentido amplio, puede describirse nuevamente como inductiva. De este modo, las hipótesis se formulan, se contrastan y se descartan progresivamente hasta que una de ellas logra explicar coherentemente el conjunto de los indicios y permite identificar la hipótesis decisiva del caso: la identidad del culpable (Bonfantini y Giampaolo, 1989, p. 169).
El método de Dupin y el de Holmes presentan una afinidad estructural evidente. Ambos detectives observan indicios mínimos que para los demás personajes carecen de importancia, formulan hipótesis explicativas que permiten interpretar esos datos y someten dichas hipótesis a un proceso de verificación racional. La diferencia principal radica en el énfasis de cada autor. Dupin se orienta hacia un razonamiento más analítico y psicológico, centrado en la reconstrucción intelectual de la situación. Holmes, en cambio, desarrolla un método más sistemático basado en la observación empírica de signos físicos y en la aplicación de regularidades inductivas. En ambos casos, sin embargo, la investigación se apoya en una lógica indicial que permite reconstruir lo invisible a partir de huellas visibles.
Carlo Ginzburg ha señalado que este tipo de razonamiento se relaciona con el paradigma indiciario desarrollado en el siglo XIX. Freud, Morelli y Conan Doyle compartían una formación médica que les permitía interpretar síntomas superficiales como signos de una realidad oculta. Según Ginzburg, “hacia finales del siglo diecinueve [...] ese enfoque semiótico, un paradigma o modelo basado en la interpretación de unos indicios, había llegado a tener gran influencia en el campo de las ciencias humanas”. El detective aparece, así, como una figura que traduce ese modelo epistemológico al ámbito narrativo.
Este conjunto de procedimientos inferenciales muestra que la investigación detectivesca reproduce, en forma dramatizada, la lógica de la investigación científica: los detectives observan indicios, formulan hipótesis explicativas, derivan implicaciones lógicas y confrontan sus resultados con los hechos. En consecuencia, el relato policial de enigma no se limita a narrar un crimen y su resolución, sino que pone en escena procedimientos de investigación racional que el siglo XIX asocia con la búsqueda metódica de conocimiento. La narración convierte la explicación causal, la formulación de hipótesis y su contraste con los hechos en el motor del interés. Por esta razón puede afirmarse que el policial de enigma del siglo XIX constituye una auténtica literatura de la inteligencia.
5. Conclusiones
El análisis realizado permite sostener que el relato policial de enigma del siglo XIX no se define por la presencia de un crimen, sino por la instalación de un problema cognoscitivo. El delito actúa como detonante narrativo, pero la estructura de la intriga se organiza en torno a la formulación y el contraste de una hipótesis capaz de explicar los hechos. El género desplaza así el centro de gravedad de la narración desde el acontecimiento criminal hacia el proceso racional que permite explicar cómo se produjo el crimen e identificar a su autor.
Esta lógica inferencial no surge con Poe ni con Conan Doyle, sino que se inscribe en un horizonte cultural más amplio que precede a ambos autores. Efectivamente, antes de que el crimen se convirtiera en el eje de la trama, ya existía una tradición narrativa de relatos criminales, por un lado, y literatura que valoraba la capacidad de interpretar huellas mínimas y de formular hipótesis a partir de indicios aparentemente insignificantes, por el otro. Los episodios talmúdicos, las historias de los príncipes de Serendip o el ejemplo de Zadig ponen en escena una operación cognitiva que más tarde será central en el relato detectivesco: la reconstrucción de una realidad invisible a partir de vestigios materiales. El policial no inventa esta forma de razonamiento, sino que se inscribe en un horizonte cultural más amplio en el que la lectura de signos se había consolidado como práctica legítima de conocimiento.
En este contexto, la serendipia aparece como una condición previa del género. No se trata simplemente de un hallazgo fortuito, sino de la disposición intelectual que permite reconocer la relevancia de un indicio inesperado. El detective se define, ante todo, por esa sensibilidad frente a lo mínimo: allí donde otros ven un detalle irrelevante o no ven nada en absoluto, él percibe la posibilidad de una explicación. Ese reconocimiento inicial pone en marcha el proceso inferencial que culminará en la formulación de una hipótesis.
La formalización lógica de este proceso es identificable a partir de la teoría de la abducción desarrollada por Charles Sanders Peirce. El razonamiento abductivo permite comprender cómo es posible proponer una explicación plausible a partir de los efectos observables de un fenómeno. En el relato detectivesco, esta operación adquiere una dimensión narrativa: el detective observa indicios dispersos, formula una hipótesis que los conecta y, a partir de ella, reconstruye la cadena causal que conduce a la identificación del autor o a comprender el móvil del hecho. El género convierte así el momento creativo de la inferencia en el eje dramático de la narración.
Sin embargo, como ya se advirtiera, el método detectivesco no se agota en la abducción. La investigación combina distintas formas de inferencia lógica que, articuladas entre sí, permiten formular, contrastar y confirmar la explicación del enigma.
De otra parte, la comparación entre Dupin y Holmes confirma esta estructura común. Ambos detectives interpretan indicios mínimos y articulan datos dispersos en una explicación coherente. Las diferencias se sitúan principalmente en el énfasis metodológico: Dupin privilegia la reconstrucción intelectual de la situación, mientras que Holmes desarrolla un método más sistemático basado en la observación empírica.
El policial de enigma puede comprenderse como una forma narrativa que dramatiza el funcionamiento de la inferencia lógica. Un género cuya arquitectura narrativa se funda en la formulación, el contraste y la articulación de hipótesis explicativas difícilmente puede ser considerado una forma de literatura menor.
La trama no se limita a contar la historia de un crimen y su esclarecimiento, sino que pone en escena el proceso mismo mediante el cual la inteligencia logra comprender aquello que inicialmente aparece como oscuro o inexplicable. Cada indicio, cada hipótesis y cada deducción forman parte de una cadena de razonamientos.
La investigación del detective transforma la interpretación de signos en aventura intelectual y convierte el ejercicio del razonamiento en espectáculo literario. Por eso, más que una simple literatura del crimen, el relato policial de enigma del siglo XIX debe entenderse como una auténtica literatura de la inteligencia: un género que demuestra, a través de la ficción, que incluso los hechos más enigmáticos pueden volverse inteligibles cuando la mente aprende a leer las huellas que el criminal deja tras de sí.
Bibliografía
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- El policial de enigma del siglo XIX como literatura de la inteligencia: serendipia, abducción y racionalidad - lunes 3 de agosto de 2026
Notas
- Todas las referencias a relatos de Edgar Allan Poe son tomadas de Cuentos completos. Edición comentada. Traducción y prólogo de Julio Cortázar. Editorial Páginas de Espuma: Madrid.
- Todas las referencias a obras que forman parte del canon holmesiano son tomadas de Sherlock Holmes, edición anotada, 3 tomos (Novelas, Relatos I y Relatos II), editado por Leslie Klinger y publicado por Ediciones Akal. Además se las anota con el código propuesto por Jay Finley Christ en An Irregular Guide to the Sherlock Holmes Canon.
- Todas las referencias al pensamiento de Pierce son tomadas de Collected Papers of Charles Sanders Peirce, 8 volúmenes, editado por Charles Hartshorne y Paul Weiss, publicado en 1931 por Harvard University Press en Massachusetts. La notación no se refiere a las páginas sino al tomo y número de párrafo.


