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Diacronía y sincronía en la introspección poética

lunes 5 de octubre de 2026
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“Ojos cerrados” (1890), de Odilon Redon
La introspección se convierte en poética cuando el sujeto lírico se mira de forma consciente hacia el dolor, la opresión, el júbilo, que siente su alma y alcanza la vinculación con la ente receptora. 📷 “Ojos cerrados” (1890) • Odilon Redon • Museo de Orsay (París)

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

Bécquer sintetizó el significado propio de la poesía, mimetizándola con la personificación del “tú” para aterrizar en la introspección del ser.

La búsqueda del yo mismo es una vertiente efímera y a la vez histórica que el poeta ha encontrado para enraizarse mediante palabras versificadas y poder transmitir su imaginación interior con el fin de que surja la sincronía. Ese interiorismo, que a veces resulta escéptico, es la memoria de la primera persona persiguiendo un grito de dolor, esperanza, cansancio, fuerza, con el propósito de poder expandir la conexión entre ideas y sentimientos. Ahí es donde se refleja la vinculación entre dos almas para a posteriori guardar en la memoria el sentido de la voz y la pluma. Como apostilla Eduardo García, “la mirada imagina y la imaginación percibe”.1

Emily Dickinson lo dejó reflejado en sus versos: “Soy nadie, ¿vos quién sos? / ¿Vos sos nadie también? / Entonces somos dos, ¡no lo cuentes! / Sabés, no tienen que enterarse. / ¡Qué insufrible es ser alguien! / ¡Qué impudicia!, lo mismo que una rana, / todo el día declarando tu nombre / ante la admiración de la ciénaga”.2

Teniendo en cuenta lo explicitado y desde una perspectiva filosófica, ya desde la Antigüedad grecolatina la introspección se entendía como la capacidad reflexiva que posee la mente para concienciarse de los estados emocionales, lo que nos recuerda la iniciativa de ciertos autores griegos como Parménides, Sócrates o Platón sobre la autorreflexión, esto es, el ser debe permanecer en la lógica pura; debe conocerse a sí mismo (nosce te ipsum) para que, al reflexionar, recuerde lo que ya conocía: introspección y memoria. Así lo especifica Mónica Belmar, siguiendo el sentido dicotómico de la realidad comunicativa introspectiva y haciéndose eco de la investigadora española Lourdes Florido3 y el filósofo alemán Reinhard Grossmann:4 “La introspección exige una ejercitación constante de la mente para ver la relación vital e intrínseca entre el sujeto y el objeto. Es necesario un esfuerzo de atención y de entendimiento de su carácter metafórico”.5

Habiendo dado unas insinuantes pinceladas sobre la introspección y la reflexión, es Antonio Machado quien asume el ejemplo de dicha máxima. Mediante el diálogo interno con la naturaleza, el tiempo, el amor y el sueño, el poeta logra el ideal de conexión consigo mismo y la funde en un viaje, modo recíproco y acrisolado, en el que logra la identificación sublime para el entendimiento de la palabra. Y es que el autor sevillano, a través del uso del símbolo de forma magistral, consigue que la introspección emane en la expresión poética. Emoción e intimismo van unidas en el camino del alma machadiana: “Hoy tiene ya las sienes plateadas, / un gris mechón sobre la angosta frente; / y la fría inquietud de sus miradas / revela un alma casi toda ausente”.6 Versos que transfieren la vinculación entre el sentimiento y la reflexión; la quietud y la evolución; la percepción del propio yo y la interrelación con el tú.

Por ello, la introspección se convierte en poética cuando el sujeto lírico se mira de forma consciente hacia el dolor, la opresión, el júbilo, que siente su alma y alcanza la vinculación con la ente receptora. El autoanálisis de la allegada percepción de uno mismo crea palabras afines entre las que se produce el proceso de la catarsis, recordando de esta manera la metódica y vulnerable tradición del teatro grecolatino. Sin ir más lejos, acogemos desde nuestra memoria el resultado interior en el ser humano tras el conocimiento de obras como Edipo rey, del griego trágico Sófocles.

Garcilaso de la Vega
La introspección recobra sentido en los versos de Garcilaso de la Vega sin olvidar el horizonte del que provienen: esos poetas ensimismados de la era italiana. 📷 Retrato de Garcilaso de la Vega (1770) • Manuel Salvador Carmona • Biblioteca Nacional de España

Dicho esto, y conectando con la tradición grecolatina, en la época del Renacimiento hispánico destacó Garcilaso desde “Cuando me paro a contemplar mi estado” (soneto V) hasta “Si me quiero tornar para huiros, / desmayo, viendo atrás lo que he dejado” (soneto XXXVIII). El poeta toledano observa cómo se encuentra para reflexionar sobre el camino que ha de tomar con el fin de no perder a la amada. La introspección recobra sentido en los versos garcilasianos sin olvidar el horizonte del que provienen: esos poetas ensimismados de la era italiana; miradas hacia el interior que devuelven la frescura desde la percepción del yo hacia el lazo anhelado. El soneto IV es el reflejo de la consideración introspectiva e intimista del toledano:

Un rato se levanta mi esperanza:
mas, cansada de haberse levantado,
torna a caer, que deja, mal mi grado,
libre el lugar a la desconfianza.

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? ¡Oh corazón cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado;
que tras fortuna suele haber bonanza.

Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso.

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espíritu u hombre en carne y hueso.

El inicio posesivo mediante el determinante “mi” abre la puerta a la intimidad estructural de los versos. Palabras que permanecen hiladas dan lugar, como referencia magnética, a la esperanza frente a la desconfianza, quedando en mitad el cansancio, posible olvido a priori del autor, que posteriormente recogerá para mostrar su propia fuerza. La esperanza se muestra en Garcilaso como un ápice de luz en su alma, lo que lo impulsa a abrazarla, siendo consciente de que en la fugacidad puede perderla para ganar la batalla la desconfianza. Asimismo, a través de una pregunta retórica, introduce el sufrimiento del corazón cuando se encuentra entre ejes extremos. La moral juega un papel esencial en estos versos, pues el poeta se da cuenta del cansancio que sufre al pensar en la bondad y en la maldad. No obstante, su rebeldía y su afán lo convierten en una fuerza sublime que, a pesar del hastío, es capaz de interiorizar: “Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos”, hipérbole que caracteriza la introspección garcilasiana para recordar y llegar hasta la sombra de la amada.

A lo largo de las estrofas, se puede observar que el poeta adquiere esa confianza perdida, la cual extrae de su propio interior. La razón no nubla la emoción, pues el sujeto lírico es consciente de su valía para emprender el cometido que anhela; lucha contra cualquier tempestad por obtener el amor y reflexiona sobre la imposibilidad de poder ver a su amada, ya que nadie, incluso retando a la temida muerte, podrá detenerlo. Por ello, J. Díez Fernández apostilla que el autor de una trascendencia cancioneril como es Garcilaso “trajo una nueva sensibilidad, una nueva poesía en la que se utilizará con profusión la mitología clásica, en la que dominará el pormenorizado análisis de emociones y sentimientos del poeta, en la que late un nuevo entendimiento del amor”.7

La autoscopia espiritual del yo puede analizarse desde una doble vertiente: Garcilaso se observa a sí mismo, piensa y actúa. Sufre y analiza eficazmente ese estado de frustración, pero no para quejarse sin más, sino para luchar y conseguir el amor de su amada. El humanismo prevalece en estos versos, pues desde un punto de vista laico, el autor muestra su subjetividad emocional, esto es, siente, reflexiona y adquiere una solución, tomando como principal referente al italiano Petrarca, limitando la religiosidad que conllevan los versos de este último (esame de conciencia). Es así como lo caracteriza Lapesa en las notas introductorias dedicadas a la pluma del toledano, destacando el intimismo y la contención afectuosa que conducía al descubrimiento del yo: “Estos eran los dos grandes temas de la nueva escuela. Petrarca había dado la pauta para el escrutinio de los estados de alma. Los poetas, al explorar el propio espíritu, cobraban conciencia de sí mismos y contribuían así al descubrimiento del individuo, el hecho capital, del Renacimiento”.8

El cansancio que emerge en los versos garcilasianos es el reconocimiento metafísico de la fatiga de su espíritu. Se manifiesta como un yo poético fuerte al que no le importa la tempestad que está padeciendo. En ese agotamiento, conoce su malestar, pero decide experimentarlo pues “tras fortuna suele haber bonanza”, reivindicando así la realidad humana: “hombre en carne y hueso”, y alejándose del ideal platónico. El amor ya no se observa como un ente inalcanzable sino como una fuerza espiritual que puede con las desavenencias inoportunas. La energía, la constancia y el valor por tener un sufrimiento digno envuelven al poeta en una espiral de la que consigue salir hacia una idea que puede resultar utópica, pero no imposible. La exigencia del yo por alcanzar el amor forma parte de la pluma de Garcilaso que cruzará la frontera para sanar el demonio que aturde su espíritu, idea que influyó9 en la poesía posterior, como es el caso de los poetas del 27 (Pedro Salinas en La voz a ti debida o Luis Cernuda en Égloga, elegía y oda), así como en el surrealismo nerudiano.

La actitud del autor, como explicita José María Díez Borque, no es otra que “interna e intimista, subjetiva y afectiva”. 10 En este sentido, el monólogo interior del yo poético enlaza con el tú lírico de la amada, mostrándole fidelidad eterna (“quitarme de ir a veros”). La lucha interna del poeta se materializa en la personificación de lo abstracto; domina su conflicto interno, plasmando que, mediante la razón, se logra la gestión inmediata del plano emocional, esto es, “pensar con el corazón”, a través del tópico vincit amor. Como alude Alba Estela, “el sufrimiento, el dolor, el camino peligroso, el estado deplorable y al final del camino, la esperanza, dibujan el mapa de la cortesía”.11

Y aquí se encuentra el motivo por el que Garcilaso mira en su interior para verbalizar mediante el yo poético su propio estado. El feudalismo contribuyó a los estragos más solemnes que un poeta de la envergadura del toledano podía soportar. La época del renacer hispánico vio el esplendor a través de la belleza poética garcilasiana, eco de la formalidad italianizante. Y es que la sociabilidad cortesana invitó a que la pluma del autor dibujara un sinfín de elementos retóricos emanados del intimismo, alejándose así de las ideas preconcebidas del teocentrismo medieval. No existe ninguna imperfección en el cómo lo plasmó; dio importancia sublime a la humanidad mediante la introspección poética. Pedro Ruiz Pérez señala, en este sentido, que Garcilaso abrió un nuevo camino a la creación introspectiva: “(...) frente al carácter plano del juego de estímulo/respuesta en el código amoroso caballeresco, el doble movimiento espiritual de ‘pararse a contemplar el estado’ abre un ámbito de profundidad, una morada en la que el protagonista del viaje amoroso encuentra refugio y donde es posible una reconstrucción en la memoria que apunta hacia los nuevos espacios de la escritura”.12

El yo poético, en este caso amante de la reflexión interiorizada, deja claro que la fuerza es el paso para concluir la acción dominante: conquistar a la amada. La subjetividad recobra sentido en los versos garcilasianos, que no distan del propio autor hacia el sujeto lírico, teniendo en cuenta dicha dicotomía. Por consiguiente, nos conduce a pensar que este hilo de versos alude no sólo a la introspección del poeta, sino también al testigo que los recoge mediante su intimismo. Se trata, en cierto sentido, de la huella garcilasiana en otros versos, ya de la época áurea. No obstante, dicha introspección quedó arraigada años posteriores, iniciando la belleza romántica del siglo XIX.

Gustavo Adolfo Bécquer
Bécquer enlaza el paso de la vida hasta llegar a la muerte con el lugar que ocupa el olvido. 📷 Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer (1862) • Valeriano Domínguez Bécquer • Museo de Bellas Artes de Sevilla

La delicadeza y la sensibilidad de los poetas de la última etapa del Romanticismo español son dos constantes incuestionables en la poesía becqueriana. La introspección del autor se convierte en un agudizado sentimentalismo que impregna en el ser del intimismo literario. Bécquer, el poeta que contribuyó al cambio en los versos hispánicos de esta época, lo impregna de forma sublime en sus Rimas. El sevillano no duda ni un ápice en recoger el sentimentalismo garcilasiano teniendo como eje principal la queja amorosa. Así, lo manifiesta en la Rima XV:

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.

Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
¡como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul!

En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
¡eso soy yo!

Yo, que a tus ojos, en mi agonía,
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
¡tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!

La descripción de la amada es una máxima en la poesía renacentista; sin ir más lejos, es lo que Bécquer materializa en la Rima XV. Mediante el uso del pronombre, que posteriormente retomará la poesía cernudiana, el autor detalla cómo es la dicotomía amorosa dual percatándose del comportamiento del “yo” y del “tú”. En las dos primeras estrofas, se centra en la amada que posteriormente contrasta con el amado la queja final. Se trata de un amor imposible, al igual que sucede en el Soneto IV de Garcilaso, pero la distinción oscila en el propósito del yo lírico. El poeta toledano se queja de la ausencia amorosa, pero reflexiona y adquiere fuerza moral para no perderla. Sin embargo, el romántico sevillano diluye entre sus versos la reclamación por amor: “largo lamento del ronco viento”. El yo poético busca incansablemente ese ideal inalcanzable de la amada. A priori, el autor ha indagado en su interior para ser consciente del amor hecho en sombra que no puede ser tangible. De ahí la frustración que emerge en los versos siendo la principal desavenencia en el intimismo becqueriano.

La atenuación de la materialidad de las imágenes en esta Rima XV muestra la impotencia por no conseguir el amor del “tú” femenino. La luz subyace en el uso metafórico para describir cómo es ella: “blanca espuma”, “de arpa de oro”, lo cual otorga delicadeza al “tú” femenino, recordando así la poesía garcilasiana (Soneto XXIII). Bécquer clarifica cómo es la amada (“beso del aura, / onda de luz”), que a través del uso comparativo con “la llama”, “el sonido”, “la niebla” y “el gemido”, es consciente de que resulta intangible. Asimismo, muestra cómo el yo poético siente el deseo atroz por la conquista de ella: “ansia perpetua de algo mejor”, pues se concibe como un ser en soledad, vacuo, sin rumbo, lamentando el no poder hacer nada para estar con ella: “en el vacío cometa errante”. De esta forma, afirma que es imposible el lazo presente con la amada, pues se convierte en un ente difícil de alcanzar: “¡tras una sombra, tras la hija ardiente / de una visión!”.

La introspección becqueriana se mantiene distante al propio intimismo; el autoanálisis depende de su situación amorosa. A diferencia de Garcilaso, en el que se observa ese mirar hacia su interior, el poeta romántico ya ha llevado a cabo esa acción para, posteriormente, plasmar la descripción y reflexión final. No obstante, la lucha interior no conduce a la fuerza que manifiesta el toledano para permanecer al lado de la amada aunque sea sombra, espíritu, simplemente alma. Como apunta Concha Zardoya, “en la Rima XV, Bécquer parece entrever en su visión a la amada ideal, a la belleza que ni muere ni acaba: es el sueño platónico”.13

La introspección poética becqueriana se diluye en sus Rimas, destacando la LXVI, en la que el sevillano razona sobre su inesperado destino (“¿de dónde vengo? [...] / ¿adónde voy?”) hasta concluir que su tumba estará donde habite el olvido, palabras que dejaron huella en la poesía cernudiana. Ambos cantan con desasosiego al olvido desde diferentes perspectivas. Por su parte, Bécquer enlaza el paso de la vida hasta llegar a la muerte con el lugar que ocupa el olvido. Cernuda, en cambio, hace referencia a un olvido existencial, donde el sujeto lírico permanece vacío de recuerdos tras el fracaso amoroso. Se puede matizar que el romántico manifiesta una visión desde el pasado hasta el presente, recorrido cronológico que finaliza en la tumba, mientras que el poeta del 27 plasma el camino vigente a través de la queja amorosa. Ambos se retractan en la introspección e intimismo para conectar con ese olvido, siendo conscientes de que sucederá lo que sus versos dibujan con la realidad.

Luis Cernuda
Cernuda recogió el mensaje interior del poeta. El autor sevillano escuchó el eco de su voz dejando huella del desasosiego, de la falta de libertad social y personal, de la ausencia del amor, del canto a la soledad.

Cernuda rescató ese subjetivismo becqueriano que no cesa en su eje central de La realidad y el deseo, pues como apunta Jesús Rubio “para él era el Garcilaso contemporáneo, iniciador de un lenguaje poético diferente apto para la expresión más conmovida y conmovedora de la intimidad y de sus zozobras”.14 Se trata de dos mentes que dialogan, delimitadas por el tiempo, entre la esperanza y el amor. Toman sus estados anímicos para aterrizar en temas que quedan en la incertidumbre: la muerte, las desavenencias amorosas, el vacío existencial, entre otros. Cernuda rescata ese verso con la finalidad de recordar cómo se siente la humanidad a principios del siglo XX: “disuelto en niebla, ausencia, / ausencia leve como carne de niño”. Por ello, esa indagación íntima recobra sentido al plasmar el pensamiento común de una sociedad devastada, partiendo de la conmoción becqueriana, como comenta Ceres Adriana García-Baquero: “Así, un pretendido tono optimista se cierra en círculo para caer en un pensamiento melancólico que sigue tratando sobre la vieja cuestión del amor, conectando de este modo vida y muerte, presentando numerosos gestos a la obra de Bécquer con ese sentido ángel de amor también presente”.15 La autorreflexión se revela latente en las Rimas de Bécquer; se trata de una constante que dio paso a la poesía moderna cargada de veracidad para una sociedad derrumbada por la falta de libertad y opresión literaria. Paralelamente, es lo que demostró el toledano en la poesía tradicional renacentista a través de ese intimismo que no ha cesado aún en la actualidad.16

Ya en el siglo XX, Luis Cernuda recogió el mensaje interior del poeta plasmándolo en La realidad y el deseo. El autor sevillano escuchó el eco de su voz dejando huella del desasosiego, de la falta de libertad social y personal, de la ausencia del amor, del canto a la soledad, como demuestra en su obra Invocaciones. “Cómo llenarte, soledad”, es un texto en el que el yo lírico se abraza a ese estado de querer estar solo; canta a la soledad desde el diálogo interior haciéndola partícipe del recorrido cronológico de su vida: “De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, / quieto en ángulo oscuro, / buscaba en ti, encendida guirnalda (...)”. Como comenta Narciso Pousa, “esta soledad es, así, conciencia del desgarramiento con respecto al ‘común’ de las gentes, o sea de lo que Kierkegaard llama ‘lo general’”:17

Cómo llenarte, soledad,
Sino contigo misma.

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
Quieto en ángulo oscuro,
Buscaba en ti, encendida guirnalda,
Mis auroras futuras y furtivos nocturnos
Y en ti los vislumbraba,
Naturales y exactos, también libres y fieles,
A semejanza mía,
A semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
Como quien busca amigos o ignorados amantes;
Diverso con el mundo,
Fui luz serena y anhelo desbocado,
Y en la lluvia sombría o en el sol evidente
Quería una verdad que a ti te traicionase,
Olvidando en mi afán
Cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
Con nubes sobre nubes de otoño desbordado
La luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
Te negué por bien poco;
Por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
Por quietas amistades de sillón y de gesto,
Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
Por los viejos placeres prohibidos,
Como los permitidos nauseabundos,
Útiles solamente para el elegante salón susurrando,
En bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
Que yo fui,
Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
Limpios de otro deseo,
El sol, mi dios, la noche rumorosa,
La lluvia, intimidad de siempre,
El bosque y su alentar pagano,
El mar, el mar como su nombre hermoso;

Y sobre todos ellos,
Cuerpo oscuro y esbelto,
Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
Y tú me das fuerza y debilidad
Como al ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
Oigo sus oscuras imprecaciones,
Contemplo sus blancas caricias;
Y erguido desde cuna vigilante
Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
Y así, lejos de ellos,
Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
Roncas y violentas como el mar, mi morada,
Puras ante la espera de una revolución ardiente
O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
Transparente pasión, mi soledad de siempre,
Eres inmenso abrazo;
El sol, el mar,
La oscuridad, la estepa,
El hombre y su deseo,
La airada muchedumbre,
¿Qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
En ti, mi soledad, los amo ahora.

Los dos primeros versos son la consecuencia de un ejercicio introspectivo previo del autor; una reflexión que deja a la soledad personificada en un lugar sublime: “Cómo llenarte, soledad, / sino contigo misma”. Partiendo de esta premisa, Cernuda comienza con el recorrido biográfico haciendo hincapié en cómo ha defraudado a la soledad (“quería una verdad que a ti te traicionase”), cómo la ha ignorado olvidándola (“te negué por bien poco”) y ha sufrido las consecuencias de no mantenerla a su lado (“Por ti me encuentro ahora el eco de la / antigua persona / que yo fui”); así como, la forma que encontró para aceptarla como compañera: “Por ti, mi soledad, los busqué un día; / en ti, mi soledad, los amo ahora”. Desde su infancia ha estado acompañado por ella; durante la época de la adolescencia se olvidó de su valor; llegó a negarla optando por los “placeres prohibidos”. Pero, gracias a su recuerdo, se convirtió en la persona que es, ya que aprendió de los errores y continuó ayudando al prójimo, al hombre sin nombre. Por tanto, su vida ha transcurrido junto a la soledad, apostillando como colofón del poema: “Por ti, mi soledad, los busqué un día; / en ti, mi soledad, los amo ahora”.

El poeta sevillano acoge la soledad en una poesía existencial y reparadora, buscando encontrar sentido a las experiencias dolorosas, recomponiendo su ser herido. Siguiendo la estela romántica, Cernuda necesitaba versos de desahogo para liberar la opresión interior. Destaca su capacidad para convertir sus deseos insatisfechos en fuente de inspiración poética. Fue capaz de sublimar sus anhelos más íntimos y expresar éstos en sus versos mediante la poesía de la experiencia. Por ello, como apunta Alfredo Saldaña refiriéndose a la trayectoria poética cernudiana, “la poesía no puede ser sino un ejercicio responsable de introspección, una actividad en la que constantemente se cuestiona y se pone en duda la realidad”.18

El deseo de perseguir la absoluta belleza, la angustia ante el paso del tiempo, el grito a la libertad anhelada, hacen que el poeta del 27 logre que su poesía se centre en la mirada buscada, aquella con la que la reciprocidad ante el intimismo juega un rol fundamental para la mutua comprensión. Es lo que Alonso Cueto ha denominado “prosaísmo esencial como desnudez de las emociones”.19 Se trata de la imposibilidad de una realidad quimérica, pues dentro de su creación poética y a través del sentimiento de la soledad, Cernuda se muestra despojado de cualquier ornamentación para compartir las emociones más indelebles que albergan en su interior. Lo dejó sellado mediante sus palabras; ese encuentro entre el escritor y el papel atado a su propia vivencia: “Siempre traté de componer mis poemas a partir de un germen inicial de experiencia, enseñándome pronto la práctica que, sin aquél, el poema no parecería inevitable ni adquiría un contorno exacto y expresión precisa”.20 En este sentido, el poeta sevillano aboga por un deseo que trasciende más allá de su intimidad, pues desde su soledad vital sus versos adquieren belleza, armonía y pureza. En “Soliloquio del farero” plasma una reflexión intimista sobre las cuestiones trascendentes que le preocupan y se somete a un ejercicio de máxima introspección hallando en la soledad el consuelo: “Por ti, mi soledad, los busqué un día; / en ti, mi soledad, los amo ahora”. Las reflexiones de Víctor Cantero cobran importancia sobre la poética introspectiva cernudiana al afirmar que “nuestro poeta se percibe a sí mismo como un ser solo y desnudo frente al tiempo, obsesionado por el paso de éste, de aquí que su poesía sea una búsqueda constante de valores absolutos y eternos que el discurrir del tiempo no puede aniquilar y a los que el poeta se aferra en su ansia de eternidad”.21 La soledad es entendida como vulnerabilidad que desea ser compartida. El sentimiento personal trasciende al poema, mostrándose fundamento de la existencia humana.22

Pablo Neruda
Neruda, mediante metáforas surrealistas, consigue trascender lo que siente sobre lo que observa a su alrededor hacia más allá de su intimismo.

Dicho esto, la poesía introspectiva toma un sentido trascendental en su evolución reflexiva. Desde lo más íntimo va pasando por diferentes fases hasta cruzarse con el interior “del otro”. Es lo que Pablo Neruda demuestra en su poema “Walking around” (Residencia en la tierra), en el que prevalece el cansancio hiperbólico del yo lírico hasta llegar a la conclusión de la calma y el olvido ante las desgracias que observa:

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

La imagen hiperbólica del hombre cansado, captada desde los versos garcilasianos, es una constante en el poema. El yo poético se fatiga hasta de su propia “sombra”. Y es que Neruda, mediante metáforas surrealistas, consigue trascender lo que siente sobre lo que observa a su alrededor hacia más allá de su intimismo. Sufre por ello hasta que decide tocar la calma y llegar al olvido. Se rinde ante el dantesco espectáculo que no puede soportar: “Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, / con furia, con olvido”. En este sentido, cabe matizar que el poeta chileno no sólo toma la imagen surrealista para denunciar la experiencia social, sino también se hace eco del existencialismo. Enfatiza la repugnancia hacia la sociedad de la época, no sólo desde una perspectiva material, sino también desde la iniciativa del ser humano, que no apuesta por la mejora circunstancial. De ahí ese rechazo a la condición humana, descomponiendo la realidad desde una visión íntima y extremadamente subjetiva e irracional.

Apelará a este tipo de imágenes pues, conforme a su especial sensibilidad hacia la naturaleza de la realidad, busca conocer el mundo y mostrarlo, escapando de la abstracción. La materia recobra la importancia destacando constantemente lo urbano, lo artificial de la ciudad. Presenta un mundo que se desarma frente al ser humano; un mundo que, para Neruda, es catastrófico. Anticipa lo rutinario de la vida, que es lo que acaba imponiéndose y multiplicando la asfixia y el agobio de un ser cuya superficialidad se potencia. Con ello, el poeta chileno educa nuestra mirada permitiéndonos redescubrir la realidad que en él habita no sólo pensándola sino, especialmente, sintiéndola.

La necesidad de la soledad es una de las características más importantes para el poeta aislado porque permite la posibilidad de introspección y desarrollo personal. En estos cuatro autores líricos, el intimismo se manifiesta de diferente forma, aunque creando un hilo reflexivo sobre su propio yo. Neruda, en este sentido, circunscribe esa mirada interior hacia lo que le rodea, lo cual le sirve de denuncia para justificar cómo se encuentra en una sociedad que él mismo detesta. El autor mantiene su creatividad poética, pero al mismo tiempo crea una máscara perfecta para comentar sobre los acontecimientos de su realidad. Como afirma Juan Ignacio Arias, “por ello, esa tendencia hacia el fondo de lo que le es externo, de la materia, lo llevará a realizar un movimiento semejante, esta vez de introspección, para encontrar en sí mismo esa zona que tendería a ser un momento de reposo del flujo de lo apariencial, y que se manifiesta de manera encubierta a la vista y, por tanto, igual de oculto que el movimiento del agua que tiende hacia un centro ausente”.23 El poeta se pierde entre tanto materialismo; cree mantener su intimismo ante una realidad devastadora de la que desiste desde el intento de paz: “calzoncillos, toallas y camisas que lloran / lentas lágrimas sucias”.

La poesía de Residencia en la tierra no es meramente social, sino más bien metafísica. La única verdadera queja que tiene Neruda de la sociedad es que con sus mezquinos oficios, con sus masivas preocupaciones, trata de olvidar la que debería ser la única preocupación del hombre: el paso del tiempo y su propia destrucción. Por lo tanto, se vale del arte poético para evadirse de su ambigua realidad. La caducidad del hombre ya es visible y tangible. Pero no cabe duda de que esa condición innata, esa visión pesimista y negativa, nació cuando el poeta tomó conciencia de sí mismo y cuando empezó a razonar sobre ello. Esa soledad nerudiana conduce al pesimismo porque vive en una sociedad desgastada: “No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, / vacilante, extendido, tiritando de sueño, / hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, / absorbiendo y pensando, comiendo cada día”.

Para Neruda, la introspección es la representación poética, la cual elabora desde el recuerdo de sí mismo. En esta etapa, explorará su relación con su entorno no sólo desde una perspectiva intimista, sino más bien existencial. El proceso lo llevará a preguntarse por su forma de ser y estar en el mundo. En su trayectoria poética anterior, su interior estaba basado en la percepción de la amada; ahora, esa visión de sí mismo permanece junto a su propia cotidianidad. Es por lo que aboga Álvaro Acevedo sobre la introspección poética nerudiana: “El motivo principal de la poesía será nuevamente lo externo: la lucha política, el partido, el destino y el pasado de la humanidad”.24

Dicho esto y habiendo realizado un recorrido intimista por la pluma de cuatro autores poéticos de gran envergadura desde el punto de vista cronológico, la introspección lírica conlleva diferentes cargas emocionales, siendo similares en la base de la que se parte. Garcilaso de la Vega, padre de esa mirada hacia el interior del poeta, lo dejó claro en sus versos, insistiendo en la valentía de la consecución de la amada, quien se muestra inalcanzable. Continúa la estela introspectiva Bécquer en sus Rimas, en quien aflora ese sentimiento de llegar a la amada convertida ya en sombra. Cernuda, poeta que admiró al sevillano romántico, se dejará llevar por la esencia de la soledad desde una visión cronológica. Y, por último, Neruda que, sin ir más lejos, experimentó el intimismo poético asociándolo a la devastadora realidad social.

Cuatro poemas, cuatro poetas que, sin duda alguna, manifestaron sentimientos de cansancio, de dolor, de frustración y de esperanza, teniendo presentes diferentes contextos históricos y socioculturales que acuciaron su afán por transmitir sin prejuicios lo que en ocasiones el alma esconde.

 

Bibliografía

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Patricia Fernández Melgarejo
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Notas

  1. Eduardo García, “Poesía e introspección: nuevos mitos para la sensibilidad contemporánea”, Mapa poético. Encuentro de poesía joven, junio de 2003, p. 2.
  2. Emily Dickinson, “¡No soy nadie! ¿Quién eres tú?” (poema 288); Poemas, segunda serie, 1891.
  3. Lourdes Florido Santana, “El acto de introspección como posibilidad para el arte”, en Cuadernos del Ateneo, Nº 20, Ateneo de la Laguna.
  4. Reinhardt Grossmann, La estructura de la mente, Barcelona, Labor, 1969.
  5. Mónica Belmar Martínez, Soledades: formas de introspección e independencia, Universidad Politécnica de Valencia, julio de 2016, p. 13.
  6. Antonio Machado, Soledades, Galerías y otros poemas, Biblioteca Virtual Cervantes, Madrid, 1919.
  7. J. Ignacio Díez Fernández, “La poesía de Garcilaso de la Vega: modelo petrarquista y neoclásico”, en Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Universidad Complutense de Madrid, p. 2.
  8. Garcilaso de la Vega, Obra poética, estudio preliminar de Rafael Lapesa, edición de Bienvenido Morros, Madrid, Crítica, 1995, p. 19.
  9. Destacamos la influencia garcilasiana en el contexto poético, sin obviar los ecos que produjo en el género novelístico. Cervantes, en el Quijote, mediante la voz del hidalgo manchego, recoge versos del toledano, así como García Márquez en Del amor y otros demonios.
  10. José María Díez Borque, Comentario de textos literarios: método y práctica, Madrid, Playor, 1985, p. 34.
  11. Alba Estela Dellepiane, “Imágenes en los sonetos de Garcilaso”, Centro Virtual Cervantes, Acta XII, Universidad Nacional de Rosario, Argentina, 1995, p. 171.
  12. Pedro Ruiz Pérez, “Subjetividad sentimental y sujeto autorial: trayectoria y niveles (en la lírica áurea)”, en: Theory Now: Journal of Literature, Critique and Thought, volumen 2, enero-junio de 2019, p. 161.
  13. Concha Zardoya, “Espacialidad interior de las rimas becquerianas”, Revista de Filología Española, volumen LII, Nº 1/4, 1969, p. 113.
  14. Jesús Rubio Jiménez, “Bécquer y la poesía contemporánea en lengua española”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, p. 1.
  15. Ceres Adriana García-Baquero Velasco, “Capítulo XV. Compartiendo un sentir poético. Encuentros entre Gustavo Adolfo Bécquer y Luis Cernuda”, El Giraldillo/Elegir Hoy, 21 de septiembre de 2020, p. 6.
  16. Véase Michael Iarocci, “Poética y caridad, o la doble modernidad de la ‘Introducción sinfónica’ de Bécquer”, Romanticismo 8: Los románticos teóricos, los teóricos del Romanticismo, Centro del Romanticismo Hispánico, 2002, pp. 165-171.
  17. Narciso Pousa, “Luis Cernuda enajenado”, Revista de Filosofía y Teoría Política, 30, 1993, p. 63.
  18. Alfredo Saldaña, “La conciencia poética de Luis Cernuda”, Pensamiento literario español del siglo XX, 2, 2007, p. 202.
  19. Alonso Cueto, “El deseo es reciente: nota a propósito de la edición Poesía completa de Luis Cernuda”, Boletín del Instituto Riva-Agüero, 10, 1975-1976, pp. 247-254 (p. 247).
  20. Luis Cernuda, Prosa completa, edición de Derek Harris y Luis Maristany, Barcelona, Barral Editor, 1975, p. 927.
  21. Víctor Cantero García, “De los deseos insatisfechos a la poética de la experiencia: el caso de Luis Cernuda”, Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, 39, 2019, p. 143.
  22. Véase el estudio sobre “Soliloquio del farero” de Armando López Castro, “Luis Cernuda: la voz de la otredad”, Estudios Humanísticos. Filología, 22, 2000, pp. 243-260.
  23. Juan Ignacio Arias Krause, “Entrada a la materia como fundamento inmaterial en Pablo Neruda”, Logos: Revista de Lingüística, Filosofía y Literatura, 35, p. 592.
  24. Álvaro Acevedo Tarazona, “Melancolía y angustia en la representación poética: Pablo Neruda (poemas de sus primeras publicaciones, 1920-1933)”, La Tercera Orilla, 22, 2019, p. 89.
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