Soñaba con la casa de la calle Lacroze, la más difícil de vender, cuando algo suelto y duro dentro de la boca la despertó. Como si tuviera un caramelo o varios. Quería retomar el sueño, disfrutar un rato más del placer de la misión cumplida. La boca se le llenó de saliva. Se levantó.
Fue al baño, se lavó la cara. Escupió en la pileta tres dientes enteros, las paletas delanteras y otra cosa grande, como una muela. Le dio miedo mirarse al espejo. Fijó la mirada en la bacha, en la pequeña rejilla estaban los tres dientes, inmundos, pintados de sarro, mezclados con el agua que corría. Le dio náuseas.
Un sabor ácido y putrefacto se mezcló con el toque dulce de la sangre. Se hizo varios buches con agua. El sabor no se iba.
Leticia siempre había temido este momento. Una vez había conocido a una mujer grande de edad a la que, de un día para el otro, se le habían caído todos los dientes, producto del cigarrillo, de la falta de cuidado, de una predisposición genética, quién sabe. Era una compañera del taller de cerámica. Pobre mujer. Había dejado varios sueldos para hacerse los implantes.
No había pensado en aquella mujer hasta esta mañana. Ni siquiera recuerda cómo se llamaba. Tomó coraje y se miró al espejo. Los labios hundidos, arrugado el bozo, la cara distinta, imposible reírse, imposible salir en las fotos.
Metió los dientes caídos en un vaso, pensó que podrían volver a pegarse. Como cuando alguien se golpea y se le rompe un pedazo. Escuchó de gente a la que se lo vuelven a unir con un cemento.
¡Eran las nueve ya! En un rato Matías la pasaba a buscar para ir a la inmobiliaria. Le escribió por WhatsApp para avisarle que no se sentía bien. Justo tenía que mostrarle la casa de la calle Lacroze a una pareja que de verdad parecía interesada. Se las había mostrado dos veces y ahora querían visitarla con un arquitecto, Pablo Caviglia, un tipo al que Leticia conocía muy bien y al que había convencido de apoyar esta venta.
—Nosotros vendemos y vos vas a tener meses de trabajo, esta casa hay que reconstruirla casi por completo —le había dicho.
Pero hoy no podría ser. ¿Quién le compraría una casa a una persona sin dientes? Sin esta venta, ella perdía una comisión con la que puede vivir varios meses. Y los clientes tendrían tiempo de pensarlo mejor, de ver otras casas, de arrepentirse.
Volvió al baño. Ahora su cara se veía peor. Como la de una anciana. Le sonó el celular. Era José Luis, le gustaba llamarla para desearle un lindo día. Se conocieron hace poco, se vieron algunas veces. Le gusta en serio ese hombre: es dulce, sexi, huele bien. Pero no puede verla sin dientes. No lo atendió.
Practicó hablar y se sentía raro. La lengua encontraba los agujeros que reemplazaban los dientes de adelante y el sonido salía distinto, como zezudo.
Apagó el celular.
Buscó por Internet cómo reemplazar un diente y la mejor opción era un implante, que costaba mil dólares y nos los tenía. ¡Mil dólares por cada diente! ¡Tres mil dólares!
Sólo iba al odontólogo cuando sentía dolor y no conocía ninguno de confianza. ¡Caería en manos de cualquier chanta! Detestaba cómo olían esos consultorios. Y el ruido del torno. Desde que tenía memoria, siempre entraba con dolor y salía con un diente menos.
A los diez años ya tenía todos los dientes amontonados y torcidos. Quería que le pusieran esos aparatos que usaban sus primos por la noche, para tener los dientes todos parejitos. Le hubiera gustado.
Leticia perdió su primera muela a los quince años. Le dolía mucho al morder. Justo se había quedado a dormir en la casa de Laura. Era tarde y la mamá de su amiga la llevó de urgencia con su odontólogo. El hombre le dijo que dentro de la muela le había crecido la pulpa, que había llegado a la superficie a través de una caries enorme. El nervio estaba ahí, expuesto, por eso dolía tanto. Hay que quitarla, le dijo. Leticia saltó del sillón, aterrada. Y el tipo le advirtió: así no puedo trabajar. La muela salió de un tirón y dejó un agujero tan grande que horas después Leticia sufrió una hemorragia. Le tuvieron que dar una inyección.
Siempre había pensado que los dientes desparejos esconden una historia de desamparo. De adultos que no se ocupan, de adultos que no te ven, que no prestan atención. A veces porque no pueden.
En la casa en la que creció Leticia, ninguno se lavaba los dientes. Había cepillos en el baño pero nadie sabía bien cuál era el suyo.
Quizá por eso desde hace años, le sangran las encías cuando se lava. Cuando fue creciendo y perdió su primera muela, supo que cepillarse era importante. Pero el daño ya estaba hecho.
Los interesados en la casa de la calle Lacroze llamaron varias veces. Leticia encendió el celular y pidió un Uber para ir a una clínica odontológica. No puede ir todavía a mostrar la casa, no quiere que ningún vendedor de la inmobiliaria lo haga por ella. No quiere hablar, habla para adentro. La lengua se pega en el paladar, choca con el labio de arriba. Las palabras salen raras. Practica en el espejo. Sube al Uber, sólo dice “buen día” y se tapa la boca con la mano. La conductora le habla del clima, del tránsito, ella asiente con la cabeza.
Entra a la clínica y les dice que es una urgencia. Lleva los dientes perdidos en la cartera, dentro de una bolsita. Son una mezcla de marfil, sarro y sangre. Habla detrás de su mano: “Tuve un accidente”.
La odontóloga que la revisa abre los ojos bien grandes.
—Tiene usted una enfermedad periodontal muy avanzada. Las piezas comienzan a moverse y en un momento, se desprenden... ¿Quiere enjuagarse? Ahora le explico bien todo...
Se enjuagó la boca con el vasito descartable y le contó:
—Eso me lo habían dicho, no me acuerdo cuándo, hace muchos años. No creí que me podía pasar ahora, ¡a los cincuenta!
La médica se paró de la silla y la invitó a pararse también. Ella se secó la cara con una servilleta de papel y después se ubicaron en el escritorio, una frente a la otra. La odontóloga le hablaba mientras completaba la historia clínica en la computadora.
—Es una enfermedad que suele iniciarse en la infancia o en la adolescencia, una infección que avanza sobre el hueso.
Ella la miraba asintiendo, mientras también pensaba en José Luis, en cuántas veces la habría llamado.
—Lo que tenemos que ver es qué se puede hacer para resolver, por un lado lo estético y también lo funcional.
Y le indicó una tomografía panorámica, para visualizar la boca entera.
Todo lo que Leticia escuchaba era el final tan temido. Pronto se quedaría sin dientes. Se seguirían cayendo, ¿uno cada día?, ¿dos o más? El nudo en su garganta se hacía cada vez más grande. Le costaba respirar. Imaginó sus días encerrada para que nadie la viera con la boca hundida, el silencio que José Luis confundiría con indiferencia: ¿pensaría que conoció a otro hombre?, ¿que él la aburre?, ¿que está demasiado gordo o demasiado viejo? Lo vio alejándose. Imaginó que en el trabajo sus clientes la reemplazarían por otro agente y que no tendría con qué pagar las cuentas. Un llanto agudo y acongojado brotó fuerte e inundó el consultorio. La odontóloga levantó la mirada de la computadora, se acercó y le apretó la mano.
—Tranquila, Leticia, mientras planificamos los implantes, podemos poner unos postizos provisorios, no se preocupe.
Y Leticia la miró. Su sonrisa era blanca y perfecta, de chica que seguramente usó brackets y se lavó los dientes todas las noches desde que tiene memoria.
Porque, claro, los dientes perfectos también cuentan una historia. Y se acordó de Willy Wonka, un personaje que siempre le dio lástima y también un poco de envidia.
- Imposible reírse - jueves 6 de agosto de 2026


