El último delirio
Ahora estás colgado del madero infame, injuriado y maltratado. No puedo ver tus ojos. ¿Qué buscas? Una nube pasa. Una bandada de cuervos atraviesa el cielo. Alguien recoge el vuelo de su manto y regresa a la ciudad. Tras de sí, un rastro de polvo.
La colina es árida y gris. Algunos hombres ríen mientras eres clavado en la cruz. Tu cara desciende sobre el pecho. Un anillo de niebla ciñe tu frente, enroscado entre las espinas de tu corona. La sangre gotea sobre tu barba y tu pecho. Una mosca en necio vuelo se posa sobre tus heridas. No puedes verla. Una visión de infamia parece estremecerte mientras tu voz se atora en tu garganta.
¿Qué invisible punta se hunde en tu carne temblorosa hasta encontrar tu corazón?
Ahora alucinas, clamas por los emisarios del fuego. Clamas por las fuerzas telúricas de tu reino.
No puedes moverte. Los clavos perforan tu carne y te aseguran al madero. La sangre emana lentamente. El sol que se oculta brilla sobre la sangre endurecida de tu barba.
En tus manos flores de sangre. Borran la línea de la vida. La sangre, el sudor y los humores se derraman dentro de un cáliz invisible grabado por el viento.
Arriba, sobre tu cabeza, tus delitos proclamados. “Rey de los judíos”.
Ya no puedes distinguir a tu madre. La masa ruge. Ya no la escuchas. Una silueta gris se levanta de las cenizas. Sobre la tarde caen pedazos de cielo.
A cambio de tus milagros recibes martirio. Tus palabras aletean como murciélagos. Tu nombre será usado para la guerra y el pillaje.
Casi no hay vida en tu cuerpo. En vano intentas inhalar el aire de una tarde detenida. Los tendones de tus piernas se distienden y el dolor es un ser vivo que te derrota.
Entonces, te rindes. Tu corazón es escarcha. Lanzas el último suspiro. Palabras quebradas y delirantes: “Elí, Elí. Lama Sabactani”.
Quienes te escuchan creen que evocas las fuerzas del cielo que solo tú imaginas. “No tardará el milagro”, murmuran, sobrecogidos. No ha de tardar el ejército de ángeles que con mirada salvaje y armas de vacío traerán su justicia. Acaso evocas al fantasma que se esconde en la oscuridad.
Isquemia
De pronto el cuerpo desobedeció. No hubo ruido, ni movimientos descontrolados. Llegó sin aviso. Sintió miedo. Primero, la distorsión. El rostro y la boca succionándose. Las palabras rotas, las sílabas se evaporaban. Estaba solo en la habitación. Los objetos se convertían en arena. Líneas que se parten y se borran. El cuerpo cae. Un hormigueo recorre el brazo y la pierna derecha. Bajo la piel infinitas criaturas invisibles corren hacia los vacíos insondables del cuerpo.
Intenta gritar. No surge la voz, sólo un sonido torpe y áspero. Intenta varias veces articular palabras. Alguien escucha. Sonido de pasos que apenas logra escuchar. La puerta se abre. Se asoman rostros que se tornan borrosos como fotos desenfocadas.
Está en el suelo intentando moverse, pero las fuerzas no le sirven. El espacio se ha hecho estrecho, el aire espeso. Alcanza a escuchar la palabra “isquemia” que le llega de lejos, fragmentada y terrible. Lo levantan. No. Lo arrastran. Por un instante, no reconoce los rostros. Lo llevan a un automóvil. Escucha el encendido del motor. Luego siente frío.
¿Qué piensa? Nada. No hay pensamiento. No hay reflexión, tan sólo sensaciones físicas, ráfagas de crepitación subcutánea. Mueve la cabeza de un lado a otro. Después se queda estática, fija en un punto indefinido donde no hay nada.
El hospital. Una silla de ruedas. Un médico hace una pregunta y él responde. El tiempo. ¿Qué tiene que ver el tiempo? La vida navega en el tiempo no en el espacio. Escucha una palabra sin ritmo: tomografía. Un túnel por donde ingresa el cuerpo.
Una jeringa, un pinchazo que no siente. Alguien tose. ¿Una sombra? La muerte camina por los pasillos. Siente su aliento frío. Sonríe. Sigue de largo. No le interesa este hombre. Todavía no, pero ha dejado una advertencia.
Se cumple todo el proceso. Ahora está lúcido y vuelve a casa. Duerme. Sueña, pero no recuerda el sueño. Alguien vigila su descanso, su respiración y movimientos.
Los días pasan lentos. La memoria corta es más corta. Cada cosquilleo lo aterra. Cada agitación causa pánico. ¿Volverá? No lo sabe. La madre del tiempo está en otra parte.
La calma regresa. El sol es un broche de uranio. La luna es un fantasma. El espanto se marcha. Queda una extraña solvencia. En ocasiones siente miedo. Piensa que el primer ataque falló, pero en cualquier momento podría retornar la ruina con sus ráfagas eléctricas.
Ahora está sereno. Se cierra la puerta de la habitación. Falsamente imagina que el gendarme maligno no podrá invadir su cuerpo. La sangre fluye. El corazón y el cerebro la reciben.
Autopsia
El forense está frente al cuerpo tendido sobre una mesa, con la cabeza apoyada en una almohada de porcelana. Está cianótico y en sus ojos todavía se encuentran delineadas las últimas imágenes que vio en vida. Las trincheras de la nariz están obstruidas con algodón.
Toma el bisturí, plata bruñida en la mano firme, y abre la carne hinchada. Se abre una flor oscura.
Sobre el pecho el escalpelo traza un triángulo invertido. Una muralla de costillas deja ver su curvatura. El forense se asoma al abismo de los órganos. Observa los pulmones vaciados, palpa la irregularidad de los bronquios y el corazón que le ha parecido palpitar cuando apenas lo roza.
Filamentos, tendones, músculos abandonados. Gases y flujos, huesecillos vestidos con túnicas y los anillos luminiscentes de la tráquea.
Abre entonces la bolsa del estómago y salta un payaso de ácido clorhídrico.
El cielo nublado en la pupila del muerto. Detrás de la piel del rostro delicadas líneas quebradizas se extienden sobre los depósitos de calcio.
Notó un punto oscuro en el corazón, perdigones de soledad incrustados en el detenido movimiento de la sístole. Hay también botones de silicio adheridos al hígado, sobre el páncreas flota un fantasma de insulina, mientras los viajeros lipídicos invaden la habitación de los intestinos.
Más allá en la bolsa de las gónadas, las hormonas se resecan hasta cristalizarse para después convertirse en un líquido oscuro. Golondrinas adheridas al escroto, frustrado por no haber sido nunca el armazón de un rosal.
El cráneo está abierto. En el cerebro hay una desolación cósmica, una derrota de la conciencia, resignada al formaldehído. La actividad de glóbulos y enzimas se detiene por el descanso eterno en el vacío.
El tercer piso
El ascensor se había detenido en el tercer piso. Todos los días pasaba lo mismo, se paraba allí sin que nadie lo llamara. Ella lo tomó en el octavo piso. Pulsó el botón de la planta baja. Al llegar al tercer piso se detuvo. La puerta no se abrió. Esperó unos instantes. Nadie. Ella se miró en el espejo. Tenía ojeras y la piel cetrina. ¿Sería ella misma?
El bolso en el hombro. En la mano el celular sin señal. Un momento de duda. Presionó el botón de alarma. Nada. Pasaron los minutos. El tiempo desnudo. Intentó abrir la puerta. La voluntad no es suficiente cuando la fuerza está ausente.
Empezó a sentir calor. Gritó, pero ni siquiera escuchó su voz. Pensó en las personas que estarían esperando, mientras ella seguía ¿en el tercero? Comenzó entonces a escuchar sonidos. Algo que abandona su lugar. Se recostó en la pared del fondo. Cerró los ojos. ¿Caería?
Sintió vértigo. Su idea de seguridad se desplazó. Sentada en el piso como alejada de sí misma. La puerta se abrió. El conserje la miró y se dirigió a las escaleras mientras ella pensaba en la hora. Se sintió como una palabra mal dicha.
Miró hacia el hueco del ascensor. En el espejo su cuerpo se reflejaba fragmentado. Caminó por el pasillo. Recordó que el número tres del piso era impar.
- Cuatro microrrelatos de Roderick Guzmán Meza - domingo 23 de agosto de 2026


