Cada ser tiene su manera de enfrentar la vida. Afortunados quienes lo hacen desde la serenidad de espíritu, llevando el intelecto y la sana conciencia como escudo protector; sin olvidar ni un momento a sus semejantes, ni que un día habrán de perecer.
Mas no es así como procede la mayoría de los hombres, pues a pesar de estar dotados del misterioso don del intelecto para discernir, generalmente responden a los estímulos agraviantes de la vida con sus primeros impulsos y emociones, sin antes reflexionar debidamente para dar la adecuada respuesta.
También está la verdad como facultad de la inteligencia, para verificar la exacta correspondencia entre lo que se afirma y lo que existe en la realidad. ¡Y cuánta distensión del alma al hallarse ante la verdad, y cuánto desencanto y pesadumbre cuando está frente a su opuesto, la mentira!
Es increíble cómo el hombre no advierte su semejanza con el animal en su actitud violenta, cuando se rebaja a su mismo nivel; sólo que el animal no tiene otra alternativa en su actuar, y lleva consigo los medios de defensa y destrucción, mientras que el ser humano sí puede elegir su reacción, y se defiende con letales armas fabricadas por él; mas, ¡oh, terrible constatación!, siempre opta por seguir el camino del atropello y del mal; sobre todo, el líder poderoso a costa de la integridad y estabilidad de sus subordinados, y más aún, cuando es, además, un inescrupuloso conquistador.
¿Por qué es grandioso un invasor cuya Magna obra ha consistido en haberse adueñado arbitrariamente de territorios ajenos para engrandecer el propio, y construir fabulosos imperios, al precio de la aniquilación de personas inocentes, inofensivas y buenas? Y no termina aquí, sino que, además, son aclamados, enaltecidos, ¡y ocupan un lugar preeminente en la historia de la humanidad! ¿No piensan esos viles usurpadores que la nueva geografía que pretenden diseñar un mañana será del todo diferente, por causas que hoy ni siquiera pueden barruntar?
Hay también otros tipos de agresión: guerras intestinas entre hermanos; guerra de guerrillas en campos y montañas; peleas entre vecinos, entre pequeños y grandes; en fin, pareciera que el ser humano no es amigo de la paz, como preconiza a los cuatro vientos; sólo violencia y atropello por doquier. ¡Inmensa alienación!
Lord Byron y Nietzsche, entre otros, pudieron destacarlo con la mayor ironía: “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, sostuvo el primero, y Nietzsche: “El mundo es hermoso, Pero tiene un defecto, el hombre”. Cuán sabio e intuitivo Platón cuando afirmaba en La república, hace más de dos mil cuatrocientos años, que los gobernantes debían ser filósofos; en cambio, por lo general, provienen del mismo nivel en que se halla el hombre común, sin una preparación especial como político o estadista, carente de alguna formación filosófica o psicológica que le sirva de sustento.
Quizás por esto, sumado a otras causas de diversa índole, hoy no sólo estamos ante un estancamiento de la condición social y personal, sino hasta un censurable retroceso moral por el predominio y aceptación de la mentira por sobre la verdad, y con la inteligencia artificial campeando a sus anchas en el tejido de la sociedad. Entonces, para gente verdaderamente humana y sensible, ¿es este un mundo apropiado para vivir en él?
Entre estas personas descontentas y frustradas se hallaba Elsínora, joven inquisitiva a quien le era insoportable vivir en esas condiciones, y siempre estaba repitiendo para sí misma, como si fuera un mantra, el conocido proverbio: “quien busca encuentra”, hasta que un día decidió ponerlo en práctica y, resuelta, emprendió un largo peregrinaje que la llevaría a diferentes lugares, donde pudiera vivir de la manera anhelada.
Se detenía algún tiempo en cada pueblo o ciudad para observar su modus operandi, pero forzosamente tenía que proseguir, pues en todos hallaba la misma manera de sobrellevar la vida. Los mismos altercados entre las personas; entre colegiales y adolescentes; la misma separación entre la clase dominante y la subordinada; la misma explotación laboral a trabajadores y obreros, y los gobernantes viviendo retirados en su mundo egoísta y privilegiado.
Al menos Elsínora se entretenía con sus continuos desplazamientos, y con la esperanza de hallar lo que buscaba, siempre presente en su imaginación. Y cuando menos lo esperaba, un día se topó con una pequeña ciudad, en cuya entrada se exhibía una larga pancarta de lado a lado, bajo un techo de vidrio protector, que decía: “Justicia, amor y libertad”, y un poco más adelante, en el frontispicio de la más alta edificación, pendía un gran manifiesto alertando de este modo a los pobladores: “Prohibida toda clase de violencia o iniquidad. Los infractores serán expulsados definitivamente de la comunidad”.
Elsínora, como era de suponer, se instaló allí para comprobar si las personas acataban el mandato ideal, y no hacía más que ir de sorpresa en sorpresa. Sólo encontraba orden y amabilidad en el sitio donde fuera. Visitó algunos colegios a la hora del recreo, e igualmente halló respeto y alegría entre los alumnos. Sólo una vez observó que dos compañeros se estaban alterando por no ponerse de acuerdo en algo referente al juego, e inmediatamente fueron a buscar a la profesora, quien rápidamente solucionó el problema. Pero también le contaron que, en un pasado, había acaecido el mismo incidente, sólo que los involucrados se dejaron llevar por sus desatadas y agresivas reacciones, y las autoridades superiores de inmediato expulsaron a niños y familiares de la ciudad.
Elsínora contaba con anécdotas parecidas en otros sitios de trabajo, que había obtenido en su constante averiguación, y el resultado siempre era el mismo: donde no habían prevalecido el acuerdo y la amistad, irremisiblemente se había decretado el definitivo destierro de los implicados. Entristecida, constató que el bien y la generosidad debían imponerse sólo recurriendo al mandato de la ley y a su consiguiente punición, igual como se procedía con un acto censurable o criminal en cualquier sociedad organizada del mundo. Pero concluyó que, aunque fuese de esa manera, el mal se podía erradicar para vivir sin zozobras y en paz.
Elsínora permaneció en ese sitio durante el resto de su vida. ¡Cuán lejos está el resto de la humanidad de implementar esa legislación! Lo que priva por doquier no es la consideración del ser humano y su debido bienestar, sino el excesivo amor al dinero y la posesión de un ego pervertido que busca siempre su supremacía por sobre los demás. Y el camino expedito que siguen los dueños del poder para alcanzar su objetivo es la franca aniquilación de sus gratuitos enemigos, para lo cual se empeñan cada vez más en perfeccionar armas triplemente letales y de efecto inmediato.
En el pasado, era a lomos de caballo, con espadas, fusiles, bayonetas, etc., que se realizaba la infamante usurpación; hoy, bombas, drones, misiles, etc., cumplen la misma labor, dejando diariamente a miles de inocentes en el suelo, mientras sus madres tienen que esforzarse en seguir viviendo, ya que a ellas también les arrancaron el corazón. Y los poderosos y gobernantes en sus mansiones o en sus resplandecientes sitios de negocios, brindando por el éxito de su alevosía.
Entonces, es lícito ponderar si no habrá sido grave equivocación haberle concedido sitial de honor al bien, ya que el mal confiere a los hombres igual dosis de interesamiento y solaz. Lo que equivaldría a preguntar si el hombre es bueno o malo por naturaleza. A esto responden con idéntica contundencia y convicción Hobbes y Rousseau. Pero en sentido contrario, y por lo que se constata con más frecuencia en la actualidad, es que Hobbes lleva la delantera, e interpretando su famoso lema “Homo Homini lupus” (el hombre es el lobo del hombre), no tendríamos que ir a buscar lobos en el bosque, pues ya los tenemos con nosotros, a nuestro alrededor, en nuestras propias casas, y nosotros mismos somos uno de ellos.
Esta compleja interrogante, hasta el momento, no ha podido ser contestada con aceptación universal. Sin embargo, lo que se está imponiendo hoy es el abandono de toda moral tradicional, y el indetenible auge de la falsedad, con el incondicional apoyo de la inteligencia artificial. Para los que disienten de esta deplorable situación, ¿no deberían replicar el ejemplo de Elsínora y construir centros semejantes al que ella encontró en su infatigable peregrinar, antes de que sea demasiado tarde?
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