No sabía qué pieza movería. Sopesaba las opciones mientras se ajustaba el mechón rubio detrás de las puntiagudas orejas, pensando en lo que habría hecho su madre. La visualizó ladeando el cuello en una fugaz imagen granulada en la que sorbía un café y le daba algunas caladas a un cigarrillo. Pero ella no tenía cigarrillos, así que optó por ajustarse la montura de las gafas de ojo de gato al huesudo puente de la nariz, raspando los poros de color negro, y después parpadeó, enfocando con nitidez afilada la hilera de peones de color blanco sobre el tablero. No era una decisión para tomarse a la ligera. Sabía que, una vez comenzara, la partida la mataría. Era algo simple. Axiomático. La primera pieza subiría el telón. Invocaría la reciprocidad de movimientos que iría y vendría, deslizándose sobre el teatro de cuadrículas de madera hasta que ella envejeciera demasiado como para poder seguir jugando. Igual que mamá, pensó.
Eso es la vida, le dijo cuando le cepillaba el pelo cobrizo a orillas del riachuelo que había junto al granero de madera sin pintar. Nada más que una reciprocidad de movimientos. Un juego. Una partida. Lo recordaba. Recordaba la instrucción bajo el fulgurante sol de un mes de agosto mientras las golondrinas cortaban las nubes: “Cada movimiento que ejecutes provocará la respuesta de tu contrincante. Un circuito autoexcitado infinito. Una serpiente que se devora a sí misma”. Exhaló al echarse sobre el respaldo de la silla. La conciencia de que el inicio de los tiempos descansaba en la palma de sus manos bajó de su cabeza y le erizó el vello del cuello.
El universo esperaba delante. Aguardaba ser construido. La idea de sí mismo tenía los codos tumbados sobre las esquinas de la mesa, custodiando su regimiento de piezas negras a la espera del primer movimiento de la pequeña. Él sabía que no era justo. Sabía que ella sólo tenía un par de ojos verdes saltones. Un cerebro. Una vida. Pocas piezas fuertes y demasiados peones. Pero él no hacía las reglas. El ajedrez universal siempre se había jugado así, de forma asimétrica. Ese era el método. Evitaba que la conciencia humana se adelantara a lo observado. Evitaba respuestas incómodas. Evitaba la visión desnuda del agujero negro.
La pequeña se aclaró la garganta, y hubiera mirado su reloj, de haber habido relojes. Pero las agujas del tiempo esperaban el detonante. El destacado instante inicial que provocaría la ramificación de las variables. Debía tener cuidado. Mover era dar de comer al abanico que esbozaba posibilidades. Alimentar al universo. No era un secreto. La expansión del conocimiento propiciaba la expansión de lo observable. Ella también lo sabía. La frase había sido expulsada numerosas veces a través de la boca humeante de su madre.
El universo no dejaba de mirarla. Veía su concentración, el cúmulo de estrellas que calentaba su pequeña red de engranajes. Estaba tranquilo. Sabía que su nivel de juego aumentaría con cada movimiento que ella ejecutara. Pero no pensaba decírselo. La complejidad del universo debía sofisticarse. Debía hacer frente al avance de la observación de esas mejillas moteadas. De cualquier par de mejillas. Echó un vistazo al tablero: su nivel ajedrecístico permanecía indeterminado, a la espera de ser exponencial, una vez se iniciara la apertura.
Pero la pequeña aún no conocía ese detalle. El hecho de que el valor más alto en cuanto a la posibilidad de ganar se situara antes de empezar la partida, en el cómodo sillón de la potencialidad. En la ilusión de no mover. En el dejarlo estar que representaba el ahora. El comienzo de la partida sólo la alejaría de la victoria de forma acelerada. Empezar sería empezar a acabar.
No le llevaría muchos movimientos experimentar la teoría en sus carnes. Sus pequeñas sandalias avanzando a torpes trompicones, alejando cada vez más al ciervo que ostenta la verdad. Aumentando sin saberlo el número de palabras que podía describir su fino pelaje. Convirtiendo la plenitud en una fantasía. Sin embargo, la verdadera fantasía era esperar que el ciervo no terminara por desaparecer.
Seguir jugando siempre es peligroso, le dijo su madre antes de cerrar los ojos sobre la almohada de cuadros azules. Nada más que eso. Descubriría el significado del peligro en la posición de las piezas. En la ausencia de algunas. En la fría espalda estelar del universo sobrepasando el espumoso umbral que cubría un horizonte. La puerta blanca sin pomo de la singularidad. El momento exacto en el que sus movimientos dejarían de parecer movimientos. En el que el juego dejaría de ser un juego. Entonces lo sabría. Lo habría hecho. Habría creado un dios.
La pequeña dejó de parpadear. Se volvió a colocar las gafas sobre la diminuta nariz y alzó uno de sus brazos hacia una de las piezas. Estaba lista.
Adelante, pequeña; solidifica el destino, le dijo el universo.
- Principios básicos de apertura - viernes 28 de agosto de 2026
- Cuatro microrrelatos de Jon Berruezo - viernes 20 de marzo de 2026


