Papá
Nada había cambiado. Ni el tono azul medio que inundaba el cielo ni la pequeña porción del sol de mediodía que atravesaba la ventana. Todo parecía seguir igual. Todo parecía no seguir. Todo parecía un desafío ante la actitud cambiante del mundo.
Nada había cambiado. Ni las pisadas del número cuarenta y cuatro sobre la alfombra verdosa de patrones hexagonales, ni la ingente cantidad de polvo que cubría las fotografías que sonreían desde el pequeño estante de madera rojiza. Al igual que la posición paralela del rugoso sillón de cuero junto a la chimenea de piedra. La arrugada chaquetilla de hilo negro seguía estando sobre el respaldo agrietado. El falso girasol de plástico encorvado sobre la mesa auxiliar del centro. Todo seguía allí.
Mamá también seguía allí, algo habitual en ella. Llena de ceniza y rodeada de la capa de porcelana que llevaba su nombre. Incluso tú. Estabas donde siempre. Inmóvil. Mirándome de pie sobre el minibar abierto con forma de mundo. Envuelto en aquel olor alcohólico, con los ojos vidriosos, la etiqueta en el pecho y la cabeza encorchada. Nada había cambiado. Ni siquiera tú.
Medianoche
El agua caía del cielo a través de los aspersores que se escondían entre las nubes. Al acercarse a la tierra, se dejaba llevar por los canalones metálicos que recorrían cada tejado. Cada gota dejaba algo escrito sobre la ventana. Cada gota borraba la firma autoral anterior. A pesar de ello, lograba ver a los nogales moverse en la calle. Flotaban de izquierda a derecha, formando el mismo arco que describiría un péndulo invertido. Una obra de teatro en la noche. El tabaco crujía rojo y humeante en la penumbra de la habitación, vagando entre la silueta de los sillones y el cabecero de la cama. La ceniza caía sobre los pies descalzos que descansaban sobre la moqueta. Podría ser la última vez, pensó. La última vez en que se subiría a una silla.
Fotográfico
Paredes. Paredes recubiertas de color crema. Motivos florales afilados de color carmesí que cierran filas en torno a unas copas de cóctel y el borde de una piscina. Alguien me mira. Un proyector de imágenes humano empaquetado en un par de ojos avellanados. Felinos. El tipo de ojos que se diseñó para penetrar estructuras defensivas. Para derrocar gobiernos. En mi cerebro siempre ha reinado la anarquía. Me sonríe, sumergida hasta el abdomen. El rojo de sus labios brillando sobre el reflejo del agua, al igual que las columnas que forman sus clavículas y las espirales que forman los mechones dorados de su cabeza. Sus piernas se alargan a medida que caen hacia el fondo. Un vestido atiborrado de gardenias. Un cuerpo hambriento.
No estoy enamorado. Tan sólo es la portada de una revista.
Primavera
Era mi día libre y las flores del jardín brillaban más que nunca. Faros cromáticos que ladeaban su cabeza, escondidos entre la vegetación que circundaba la valla de madera blanca que cortaba el jardín en dos. Puede que la ingente cantidad de productos químicos con las que ella solía alimentarlas tuviera algo que ver. Sin duda, el regimiento de jardinería número 44 tenía su base a las afueras de la ciudad, en un barrio presuntuoso de los suburbios. Aquella mañana tocaba el piano con la ventana del dormitorio abierta, utilizando el habitual pájaro carpintero de nuestro sicomoro como metrónomo viviente. Sobre el césped, las libélulas atravesaban la espuma negra ascendente que formaba el humo de la vieja parrilla. Yo daba una ducha a las rosas más alejadas de la entrada mientras miraba las nubes moverse. Por alguna extraña razón, la circulación del agua a través de la manguera de color verde se fue debilitando. Me extrañó no ver coches aparcados sobre el asfalto, bajo los cipreses y las farolas de hierro desgastado. Cuando el agua dejó de salir, supe que aquello era todo. Nada más que un sentimiento. Nada más que una sombra humana de altura media proyectada sobre la pared de ladrillo rojo de una fachada principal. No había nadie en casa.
- Cuatro microrrelatos de Jon Berruezo - viernes 20 de marzo de 2026


