
Al borde del caos
Axel Blanco Castillo
Cuentos
Fundación Editorial El Perro y la Rana
Caracas (Venezuela), 2018
ISBN: 978-980-14-4387-2
80 páginas
Son las nueve de la noche. La brisa entra por las ventanas y congela el aire de la casa. Una corriente sale de mi boca y se condensa en una niebla cálida, densa, como si mis tiempos de fumador regresaran y exhalara el humo del Marlboro. Una peligrosa tentación que prefiero mantener en el olvido. Me envuelvo en una gruesa cobija tapando todo resquicio de ventilación. Pero el frío sigue haciendo su trabajo a través de los tejidos. Se eriza mi piel y es imposible detener el castañeo de los incisivos. Carraspeo tratando de aplazar un catarro. Siento un picor irresistible y toso varias veces. Por fin, me atrapa la trama de El pez que fuma en el canal 3. Dimas discute con la Garza, pero no los escucho, por el escándalo que entra por la ventana. Reconozco una voz, pero no la identifico. Me paro como puedo y camino hacia la cortina. Es mi alumno Jefferson López, alias el Pelao, el que habla con otro. Su interlocutor apenas mastica unas frases que no logro escuchar, pero es el Pelao el que vocifera. Habla de mí y de lo que me prometió el día que le reprobé la materia.
“¡Pobre pendejo, cree que yo no cumplo mis promesas!”.
Enseguida recordé sus amenazas cuando le di la nota: se levantó del pupitre delante de todos y me señaló con su dedo índice amarillo de marihuana:
“¡Y se lo dije, mano, ahora cuídese de amanecer con un mosquero en la boca!”.
Sabía que intentaría algo, pero no tan pronto. Ni siquiera había hecho una denuncia sobre la posibilidad de ¿ser asesinado? Aunque tampoco me hubieran creído. De verdad que esto nos sigue pasando, pero nadie lo cree. Hasta que aparece publicado en algún medio. Sólo nosotros, los docentes, sabemos lo que pasa en realidad: el amedrentamiento de unos chamos amparados por el sistema hace que cada día seamos menos. Los que van quedando son los que finalmente se rinden ante la mediocridad de los que ahora tienen las riendas del aula. Pero yo no quise rendirme y ahora vienen a perjudicarme, ¿qué tal?
Miré el reloj otra vez y eran casi las diez. Subí el volumen de la tele y apagué las luces. Quería dar la impresión de que estaba imbuido en una película. Mis ojos dieron un último vistazo por la ventana, pero ellos ya no estaban. Enseguida escuché los susurros en el zaguán, muy cerca de la puerta principal. Vi cómo se movía la cerradura y escuché el sonido del clic cuando comenzó a girar. Cómo lamenté no haber puesto siquiera una bendita reja como me lo sugirió la negra.
Al principio, el Pelao y compañía son sigilosos, esperan hallarme durmiendo en el sofá o en la cama. Pero se dan cuenta de que han perdido la ventaja de la sorpresa: “¡Oiga, profe, usted ya sabe que estamos aquí! ¡Salga o la paliza será mayor!”.
Claro, yo no iba a salir, no saldría por nada del mundo. En ese momento sabía que tenía dos ventajas: la primera, que la negra no corría peligro, estaba visitando a su mamá ese fin de semana, y la segunda, que los bichos esos no conocían la casa y menos sabían dónde yo estaba. Saqué el teléfono y marqué el 171:
“Usted ha llamado a la Policía Nacional: Marque uno si es una denuncia, dos si es una emergencia, tres si necesita comunicarse con un agente, cuatro...”.
“Profe, si no sale le vamos a clavar un tiro en la frente, no lo haga más difícil”.
Marco tres, y una voz pregunta dónde me encuentro. Yo le digo que en Catia, en el piso tres de un edificio sin nombre. Preguntan por el sector, la calle, un punto de referencia conocido o que ellos conozcan, porque eso es otra cosa. Si no lo conocen tengo que explicárselo al detalle, como en una clase de historia. Respondo todo. La verdad es que yo tenía tanto pánico que si me hubiera pedido la contraseña del banco se la hubiera dado.
“Mira, el Mijo, yo creo que sé dónde se esconde el pajarito este...”.
Me quedé tieso cuando abrieron las puertas del escaparate. Mis ojos se pusieron como de un gato atrapado por dos ratas gigantes.
“Espero que no haga nada estúpido”, dijo el cómplice del Pelao que en ese preciso instante reconocí como otro de tantos que desertaron del liceo porque dejaron de creer que había un futuro.
“¡Pero ustedes no me pueden hacer esto!”.
“¡Cállese, viejo!”
“¿Tú crees que mi muerte quedará impune, Elías?”.
“Mira, bicho, ¿y a ti quién te dijo mi nombre?”.
“Si todos te conocemos en el barrio. Yo te vi crecer jugando básquet en la cancha de la calle El Placer. Eras una promesa, muchacho, no sé qué te pasó. Hasta abandonaste los estudios y para qué. También conozco a tu mamá, a la señora Carmen, que levantó a todos sus hijos haciendo desayunos. Tremenda luchadora. Ella no se merece un sufrimiento tuyo”.
Elías miró al Pelao. Evidentemente ese fue un punto de inflexión que no pudo superar. Su indecisión, el titubeo al apuntar el arma. Ese temblor que se apoderó de sus manos e incluso de la propia pistola. Pero el otro le arrebató el metal de las manos.
“No me gusta que los culillúos hagan mis vainas”. Fue cuando aproximó ese túnel frío y oscuro a mi entrecejo. El Pelao me había prometido un viaje gratis al más allá y no estaba dispuesto a devolver el pasaje.
“Bueno, mi teacher, ahora sí le llegó el turno, hable de Bolívar, de Sucre, dígame algo del Precursor Miranda, es más, hágame un interrogatorio aquí mismo o mejor una prueba. Ah, pero es que ahora no me puede raspar... Qué chimbo, ¿verdad?”.
Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no terminaba de explotar, escuché los órganos de mi cuerpo y la sangre fluir por la carótida impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y no lo hice. Sólo pude escuchar la detonación del primer cartucho. Luego nada me dio certeza de mi muerte. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no tanto. Algunas veces escucho a la gente que me rodea y llora. Se torna todo como un infierno. Me gustaría sentirlos cuando me tocan, abrazarlos, quisiera alentarlos y decirles que siempre hay esperanza, que tal vez un día yo salga de esta situación y me pueda mover y caminar con este cuerpo que ahora no siento, porque es terrible estar así, como si muriera por gotas, gotas contadas por ese pito corto, agudo e interminable de una máquina que alardea de saber el ritmo de mi corazón. Es algo parecido a soñar, sólo que no puedes abrir los ojos o, aún más terrible, es como morir soñando, aunque pienso, si acaso es eso lo que hago, que estoy en una espantosa pesadilla y ojalá pueda despertarme pronto.
(del libro de cuentos Al borde del caos, publicado por la Editorial El Perro y la Rana).
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