Porque a veces nos topamos con alguien
que puede cambiar nuestra vida
El hombre se detuvo en el umbral de aquella iglesia. Ni todo el alcohol que se había bebido podía apaciguar la tempestad que lo afligía. Dentro de su propia borrachera se enfocó mejor para ver el sendero que dejaban las dos naves ahítas de feligreses. El murmullo creció a medida que avanzaba. Se agachó un instante para recoger un cigarrillo que se le cayó de la oreja y rodaba por el piso inclinado como la pendiente de un estacionamiento. Se limpió las lagañas y el exceso de humedad de sus ojos, totalmente enrojecidos. El pastor lo notó desde el púlpito y comenzó a suavizar el mensaje. Comprendía que ese despojo de hombre lo que necesitaba era el amor de Dios y no una condena que, evidentemente, no estaba en condiciones de resistir. Al fin y al cabo, Jesucristo lo que vino fue a salvar a las almas perdidas y no a arrojarlas al infierno. Con una mano sostenía el micrófono y, con la otra, señalaba al hombre que avanzaba como si cargara un morral lleno de piedras.
“Sí, mi amigo, avanza, no importa, avanza, paso a paso, sin tropezar en esta nueva brecha que hoy se abre para ti...”.
Efectivamente aquella voz lo estimuló a seguir, pero tropezó con un pliegue levantado de la alfombra y se fue de bruces como un ave que cae en picada en pleno vuelo. De milagro lo atajaron unos hermanos que impidieron que chocara la frente contra el atril. Confundido, miró a todos lados antes de sacar una Glock 19 que colocó sobre el púlpito y una placa del escuadrón de la policía científica. Fue como si alguien hubiese apretado un botón oculto de mute para silenciar a la congregación.
“Yo quiero hablar con el pastor; pastor, venga para acá, que yo... yo quiero arrepentirme, quiero entregarme a Dios”.
Todos estaban con la boca abierta como si miraran el desenlace de un thriller de acción, porque no era cosa habitual que los funcionarios vinieran arrepentidos a una iglesia. Dispuestos a confesar sus culpas ante el mismo Dios o hacia sus propios coterráneos que han soportado tanta injusticia policial. Repetía que él estaba allí porque ese corazón que pensaba de hierro se le había quebrado como un cristal.
—Yo necesito que me perdone Dios, pastor, aunque no me lo merezco. Yo he hecho mucho daño, he abusado de gente que confiaba en mí y en lo que yo represento. Pero quién puede perdonar a un hombre como yo, ni el propio Dios.
—No diga eso, que todos los hombres venimos así, sin moral a los pies del Señor. Sabemos que nuestra alma está podrida y necesita ser limpia. Necesitamos la redención de Dios. Para hablarle claro, mi amigo, un día yo vine a esta iglesia, así como usted, cayéndome a pedazos. Como un carro destartalado que cree que lo único que le queda es venderse como chatarra. Yo también le hice daño a mucha gente. A veces me despierta mi pasado convertido en senda pesadilla y le pido a mi Dios que me la quite para poder dormir. Cuando estaba en el mal camino ese pasado terminó encontrándome; lo que pasa es que Dios es muy bueno y me dio una segunda oportunidad. Yo creo que usted está aquí por lo mismo, ¿verdad?, aunque, ahora que lo veo más de cerca, yo creo que yo lo conozco de esa vieja vida, ¿acaso será usted el detective Cuba?
El hombre secó sus lágrimas con los puños de la chaqueta. Al principio le costó un poco reconocerlo. Claro, los años no pasan en vano, y el tipo había dado un cambio del cielo a la tierra. Se trataba del Perro, un famoso delincuente nacido en los suburbios de Petare. Se ganó el apodo no sólo por lo peligroso que era, sino por su manera de vivir. El tipo no tenía casa o rancho fijo, sino que pernoctaba donde le agarrara la noche; le daba lo mismo amanecer en el banco de una plaza que en el estacionamiento de un centro comercial. A Cuba le costaba creerlo, se suponía que esa lacra ya debería formar parte de las bacterias que hacían vida en el subsuelo del Cementerio General del Sur.
En el año 2014, el Perro llegó a ser la mano derecha de un pran de un centro penitenciario que no es conveniente mencionar. Era uno de los más efectivos en el supuesto arte de matar, eso era lo que decían sus propios colegas. El tipo podía hasta causar espanto entre los transeúntes nocturnos de Petare, como si fuera una especie de fantasma urbano. Sí, uno escuchaba cosas como: “Apúrate, chamo, que el Perro está por ahí comiendo carne”, o “cuidado que el Perro sale después de la hora nona”, como los cuentos macabros de las abuelas para que los niños se acuesten temprano.
Ese tipo tenía locos a los cuerpos policiales, porque era experto para limpiar los escenarios de sus crímenes. Siempre se adelantaba a las pesquisas de los investigadores; claro, el tipo se la pasaba leyendo libros de criminalística, era como un ratón de bibliotecas digitales en diversos cybers de La Bombilla, Mesuca, La Dolorita y Palo Verde. Pero cuando le dieron el caso a Cuba, comenzaron a surgir aspectos que sus predecesores nunca notaron. Cuba advirtió que no era casualidad que los cuerpos de las víctimas fueran encontrados en escenarios particulares como en antros y lugares de mala reputación. Analizó todo dentro del posible cuadro psicológico del delincuente. Comprendió que su infancia o adolescencia tuvo que haber sido terrible, como un infierno, porque ese era el infierno que pretendía esbozar en cada crimen. Era por eso que el Perro esperaba que sus víctimas mostraran su lado oscuro: visitando prostíbulos, bares o centros clandestinos, y allí los mataba, como si estuviera ajusticiando al padrastro que llegó a tener en la infancia y que había hecho sufrir tanto a su mamá. Porque justamente esos eran los sitios favoritos del fulano, donde gastaba toda la plata del trabajo dejándolos sin comida y se llenaba de enfermedades de transmisión sexual. Las cuales también fueron matando lentamente la salud de su bendita madre. Era por eso que, aunque en la escena del crimen no aparecían elementos que lo incriminaran directamente, sí se evidenciaban papelitos de colores con el nombre de Zoraida, su mamá, y el de Yohan, Ricardito y Cecilia, sus tristes hermanitos, como una forma de hacerles justicia. Indudablemente, cuando Cuba tuvo acceso a los expedientes psiquiátricos, pudo establecer la conexión del Perro con los asesinatos.
Para atraparlo tuvo que gastar parte de su salario para pagar informantes. Sobre todo, en los tugurios del centro capitalino, donde estaba la fauna más rancia de la vida nocturna. Fue así que cuando el Perro comenzó a ser visto, los mensajes de texto empezaron a germinar en su celular. En poco tiempo supo dónde estaba. Apretó el acelerador y en escasos minutos ya estaba descendiendo por la Lecuna hacia el Nuevo Circo. Estacionó su patrulla en la esquina Curamichate, a pocos metros de uno de los hoteles más concurridos. Les musitó a las muchachas de la puerta que el operativo no era para ellas, para que no hicieran el escándalo de siempre, y se introdujo con tres detectives por un pasillo hediondo y de paredes desconchadas. Todo estaba como de costumbre, con los quejidos teatrales de las muchachas y el chirrido de los colchones. Cuba avanzó con el arma en la mano y pateaba las puertas de los cuartos para sorprender al objetivo. Sus hombres hacían lo mismo en otros sectores del hotel. Algunos tipos esperaban su turno amatorio afuera de los cuartos, prendiendo y apagando cigarrillos. Uno tuvo la desfachatez de lanzarle el humo en la cara y los ojos se le pusieron rojos de ardor, pero no iba a echar a perder la operación por darle una paliza a un pendejo. Así que siguió como si no fuera con él. Fue cuando advirtió la linda figura de la Tailandesa, estaba de espalda y se volteó de repente, era una india de Ciudad Bolívar que tenía la costumbre de apretarse el cabello para verse más china. Se le acercó al oído y le dijo que el Perro estaba en el cuarto de la puerta fucsia. Esta vez no pateó la puerta, sino que la abrió lentamente esperando que no chirriara. Un tipo con sudadera gris y gorra apuntaba a Bracho, el dueño de una línea de camionetas. El hombre estaba arrodillado, sacándose todo el dinero de los bolsillos para que no lo matara.
—...quién te manda a palearle las jevas al jefe.
—Yo no sabía nada, conocí a la Yeirasca cuando se montaba en una de mis unidades, qué iba a saber yo que era la novia de un pran.
—Bersia, Bracho, tú si te pareces burda a mi padrastro, te hubiera eliminado de gratis, pero ya el jefe me pagó.
—Perro, no me mates, tengo familia, tengo hijos, tengo una empresa que presta un servicio a la gente.
—Sí, yo sé, chamo, pero eso es lo de menos, todo tiene reemplazo en esta vida, cuando pases al otro lado hasta tu esposa te busca tu clon.
—Por lo que más quieras, Perro, no me mates, te regalo la línea de camionetas...
—Eso suena bien, Brachito, pero tengo que cumplir el encargo; tranquilo, ni lo vas a sentir. Esta pistola es tan potente que será como el pinchazo de una aguja. Una aguja burda de gruesa.
—¡Quieto, Perro!, suelta la pistola!
—¡Aquí tú no me agarras liso, tombo!
Cuba siempre creyó que el final de ese azote habían sido las seis balas que le había disparado. De hecho, al día siguiente, apareció el nombre de Tony Márquez, alias el Perro, en los obituarios. Y es por eso que le resultó increíble verlo después de diez años, tan vivo y hasta de mejor aspecto que el día en que lo mató. Cuántos no quisieron ponerle una bala en la frente, cuánta gente no quería verlo convirtiéndose en petróleo bajo la tierra. Por lo menos él había logrado sacarlo de circulación. Aunque a los días el Perro ya tenía reemplazo y hasta uno mucho más peligroso. Porque, como dicen a veces los colegas de la científica: “Cuando se aplasta una cucaracha, los huevos quedan vivos y nacen otras más”. Aunque también dicen que las cucarachas son duras de matar.
Aquel día el pastor Tony Márquez se lo llevó a su oficina. Cuba no cerraba la boca de la impresión, sus ojos estaban deslumbrados. Un diácono le puso sus objetos oficiales sobre el escritorio y salió a buscarle un café retinto para que se le pasara un poco la rasca.
—Sí, yo sé que no entiende —le dijo Tony—. Pero Dios tiene propósitos con los hombres. Cuando nos llama, no importa dónde estemos, simplemente nos ayuda. A mí me llevaron al hospital ese día y me declararon muerto, luego me llevaron a la morgue y me pusieron en un cuarto con temperaturas entre dos y cuatro grados, superbajita. Todo podía haber terminado allí, pero al rato comencé a tener conciencia de mí mismo y escuché una voz que me dijo: “¡Tony, Tony, levántate y sírveme!”, y algo me hizo saber que esa voz era Jesucristo.
—Pero no entiendo, usted ya estaba muerto dentro de una cava, eran grados de temperaturas muy bajas.
—Sí, había un frío espantoso, pero me reincorporé como pude. Había un forense que cuando me vio pegó un grito y salió horrorizado. Eso me ayudó, porque dejó la puerta abierta y pude salir. No tenía muchas fuerzas para caminar, pero salí a la calle y no paré hasta llegar a la casa de un antiguo pana que tenía por allí mismo en Bello Monte. Y bueno, esa es mi historia, detective. Desde ese día no he dejado de servir a Dios. Ahora, la triste ironía para usted es que yo fui su antiguo enemigo. Pero Dios me lo puso aquí para ayudarlo. Ayer vi por el noticiero lo que sucedió. Usted encontró a su esposa en la casa revolcándose con uno de sus colegas y le descargó un arma, como cualquier sicario. Hoy la policía en la cual sirvió por muchos años lo busca, también los reporteros y podría decirse que todo el mundo. Usted ha pasado de ser cazador a ser presa, y ahora, yo me pregunto, ¿va a querer mi ayuda o prefiere seguir huyendo?
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