Mi última palabra
Aquí va mi última palabra
y la pronunciaré por primera vez
porque he estado devorando el papel
y bebiendo la tinta
luchando dentro de páginas
que me mantienen fuera.
Aquí va mi última palabra
y la disfrutaré
como disfrutaron azotarme con gestos
porque se ha desbaratado la cuerda
y el frío ha hecho estragos
en el jardín que no está dentro de mis ojos.
Sus flores me reclaman
yo todavía no he conocido sus nombres.
La pronuncio lento
y la saboreo
sabe a mi sangre favorita
la de dejarme la piel
al escribir
y escribir en márgenes y heridas...
La herida no tiene sangre
está lisa
vacía
es hora
llénala de tinta.
Tuve una visión
Tuve una visión
en las praderas ancestrales de mis muchas
infancias
no ha cesado ninguna de ellas
La piedra se extendía por la hierba
y la cubría
como se cubre el pensamiento
y había flores
cada una representaba a alguien que no conocí
y un rostro
enmascarado y blanco
el sol se posaba sobre él
fundiéndolo en un astro pequeño
había sonidos
de pájaros inventados en la adultez
y soledad
la que conocí años después
Era domingo
y había visto
mi caricatura favorita a la sombra del televisor
Era domingo
y mi mamá me puso el vestido
me cepilló el pelo
y caminó conmigo a la iglesia
como se hacía los domingos
como se hacía los días de hierba
En el salón colgaba un cuadro
de bordes difusos
En el cuadro estaban
las amigas que fueron
y sus rostros
que no siempre recuerdo
tampoco recuerdo el mío
si no es que es la mancha que tiembla
en la foto
Me miro al espejo.
Todavía tiembla el color carne.
El sueño que ya no es mío
Extraño
la noche no olía así
la penumbra no cosía mi cuerpo.
Ya no suena
el chirrido de mi herida.
El reloj late
3:00 am.
El tiempo no cierra
los párpados tampoco.
Extraño
la noche podía transformar
el hedor de mi cicatriz.
Mi sangre de luna
ya no se acumula en las venas
se clavan estrellas en mi pecho
y vuelan más lejos que mi mente.
Yo he de perder
la luz violeta (y violenta)
que se sacude sobre mí.
En noches así
la cama llora debajo de mí.
El añil me refleja:
los ojos prendidos;
la piel abierta.
Con los míos he de andar
Muerte, montaste a mi lado tu lecho.
Sonido hirviente fue tu voz,
machacabas los huesos al compás.
“Con los míos he de andar”
trepó por tus labios un jueves cualquiera.
Te persiguen con el cuerpo vacío;
sólo que ya no había más vida
cuando los días se apilaron
hasta tapar la luz.
Te conozco cada noche de tinta
cuando el alba se sale por mis uñas.
Muerte,
masticas el tiempo
y lo arrancas de tu cuerpo
donde no lo puedo tocar.
Hoy, jueves,
empezaste en mi umbral.
Rebotaba la sangre sobre ti
y en tus vértebras estaban todos mis rostros.
Me hallaste sin mirarme,
porque mi carne ya raspaba
y mi sangre extraña te llenaba las fosas.
Inhalaste el polvo de mis huesos;
no hizo falta tomarme;
al final,
éramos la misma multitud
de noches sin vientre.
Tu finísimo aliento
encapsuló mis entrañas.
Sin posesión, sin cenizas:
“con los míos he de andar”.
Frontera
El día ha partido el mar.
A ti te tocó la parte más honda
el azul que dejó de mirarme.
El día ha partido el mar.
Y yo muevo mis manos
(amago)
capturar el borde de tu voz.
Ya no tengo
esa linterna oscura
que guardaba restos de tu piel.
Ahora
soy yo la frontera
se enreda el cielo
a mi tobillo
empieza a crecer
dentro de mí.
No sabré pensar más que
el próximo verano la marea retorna.
Y yo
me convertiré por última vez
frontera
ya se esparce tu fragmento por mi cuerpo.
Las olas actúan tu nombre
en los arrecifes transparentes
sólo el tuyo
sólo aquellos que no están.
No sabré pensar más que
el próximo verano la marea retorna...
- Cinco poemas de Deira Salcie - viernes 4 de septiembre de 2026


