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Terrores contemporáneos en los cuentos de dos mujeres.
El cuerpo y la enfermedad en “Ay”, de Lina Meruane, y “Metamorfosis”, de Mariana Enriquez

lunes 14 de septiembre de 2026
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Lina Meruane y Mariana Enriquez
Meruane (izquierda) aborda la finitud humana en su cuento “Ay”, mientras que Enriquez presenta en “Metamorfosis” a una mujer premenopáusica e histerectomizada que queda cautivada por el mioma extraído de su útero y decide apropiarse nuevamente de él.

“Detesto a esas ñoñas, pero ya no puedo sentirme tan diferente”

Mariana Enriquez

“¿Y en qué lugar de la cabeza está alojada esa distorsión?”

Lina Meruane

Para la lectura de este ensayo sugerimos la reproducción en simultáneo del siguiente compilado disponible en YouTube o Spotify.

No te lo dicen, no avisan, pero está en todas partes. En algún momento lo escuchaste, quizás un extraño se quejó en la calle o un aviso apareció mientras scrolleabas. Es parte del acervo popular, tarde o temprano iba a suceder, aunque probablemente sería tarde, así que hiciste una broma al respecto y lo olvidaste. Hasta que finalmente ocurre, algo cambia y no se puede eludir porque incomoda hasta el hartazgo.

Si sólo un clic de distancia separa el problema de su solución, la pregunta de la respuesta y el síntoma de la enfermedad (desde este espacio, por supuesto, recomendamos evitar el autodiagnóstico), ¿por qué no lo advertiste antes? Y de repente recordás con acierto que, desde hace ya unas décadas, a Juan Luis Guerra se le sube la bilirrubina, pero claro que se trata de una canción de amor no correspondido, y ese hombre no está ictérico ni se escuece por el prurito. Es el saber popular que somatiza el “mal de amores” (¿y si las mariposas en el estómago son una dolencia física como la gastritis o la ansiedad? Lector/a, absténgase de googlear) y predique la patologización del desamor.

Sin embargo, el padecimiento, que inexorablemente llega, es una cuestión mucho más amplia y compleja, especialmente si se trata del cuerpo femenino, que ha sido marginalizado sistemáticamente en los discursos dominantes. Virginia Woolf reivindicaba, hace casi cien años, que la enfermedad debería tener un lugar junto a temas universales como el amor, las disputas y los celos. Por lo tanto, en este ensayo compartiremos algunas reflexiones sobre dos cuentos de Lina Meruane y Mariana Enriquez, autoras actuales y contemporáneas que escriben desde sus perspectivas particulares de mujeres latinoamericanas.

Una condición inherente al ser humano es, sin dudas, su finitud, propiedad abordada de forma desgarradora por Meruane en su cuento “Ay”, donde el inevitable final y el dolor de la pérdida se unen en la voz de una madre destrozada, que se niega enfermiza y rotundamente a despedirse del cadáver de su hija. Mientras que en “Metamorfosis”, Enriquez presenta a una mujer premenopáusica e histerectomizada que queda cautivada por el mioma extraído de su útero y decide apropiarse nuevamente de él.

¿Qué sucede con estas narradoras? Mujeres aparentemente de mediana edad con sus cuerpos discontinuados, de fertilidad interrumpida, de intermitencia o ya prescindidos. Mediante el monólogo, ya sea interno o no, sus pensamientos brotan a borbollones y sus palabras se agolpan con la premura de quien se encuentra en estado de claudicación, ceden ante una sociedad que exprime todo de ellas y se adjudica sus años dorados (que no decaiga, lector/a, hay vida en el climaterio).

La madre de Aitana, retratada con las pinceladas sensibles pero certeras de Meruane, vive una maternidad de abnegación, enferma de sufrimiento, conjeturando casi compulsivamente nefastos desenlaces para su progenie. No puede dejar de pensar sobre lo pensado. El discurso médico de sobremesa, que Lina solía escuchar apasionadamente de sus padres, nutre la insolencia universitaria de Aitana, quien señala la angustia funeraria de sus progenitores. Ellos hicieron del óbito un oficio e, inmersos en una ironía neurótica, conviven en una fusión antitética de muerte y vida: “Era tan atrozmente triste que nuestra felicidad dependiera de sus tragedias, nuestro presupuesto de sus pérdidas, nuestra comida de sus cadáveres” (113).

La narradora premenopáusica —seca, como ella misma se define— transita esta nueva etapa de su vida que han dado en llamar “climaterio”, tanto más extensa que la menopausia pero que la incluye, y en donde no se siente a gusto. Enriquez, en varias oportunidades (no te alarmes, lector/a, está referenciado en la bibliografía, procuramos simplemente acercarnos a lo ensayístico), considera que el cambio hormonal es tan abrupto como si se tratara de una segunda adolescencia, una metamorfosis ineludible e involuntaria, donde la mujer se desconoce a sí misma y carece de un soporte social que la acompañe: “La piel se seca, la grasa se acumula en las caderas y las piernas (...). No les pasa a todas: deberían advertirte de que vas a estar en la minoría deforme y acalorada y llorona” (89).

Estas mujeres, al igual que sus autoras, son probablemente afines ya que comparten una misma franja etaria y experiencia vital, pero se distinguen la una de la otra porque es imperioso reiterar que la mujer es una otredad, tan compleja como estigmatizada, que no se puede reducir en la comparación, pero la literatura puede colaborar en la comprensión de dichas subjetividades.

La madre, incapaz de afrontar la muerte de su hija, decide que no sepultará su cuerpo hasta no encontrar la mano faltante y se convierte en la pieza de un rompecabezas incompleto. Su resolución no es azarosa, puesto que la extremidad está cargada de un simbolismo sinecdóquico en donde se establece que, por oposición, la ausencia de la mano implica la conservación de la presencia de Aitana. Mientras se encontraba con vida, su madre la presenta a través de la descripción específica del dedo, acusador y de arrogancia intelectual, con una insolencia que tanto la hiere, que encarna el orgullo y la pesadilla universitaria. Luego del accidente los carabineros no logran encontrarlo y esto sirve de pretexto para rehuir la muerte, porque “las madres no estamos hechas para enterrar a nuestras hijas” (114).

La mujer premenopáusica, recientemente histerectomizada, debe enfrentarse a esta calidad de menopáusica por ausencia de su útero y de los fibromas extraídos. Presa de un sistema de salud indiferente y sumergida en los opiáceos para amainar el dolor físico que le resulta casi tan insoportable como su ex pareja, da comienzo a su transformación: cuando su ginecóloga le muestra el mioma extirpado, concluye totalmente cautivada que “era hermoso. Un huevo de carne rosa pálido, irrigado (...) como un jengibre hormonado. Como una mandrágora gorda” (93), comprende que su cuerpo fue cercenado y debe subsanar la situación. Ocurre una resignificación corpórea porque reconoce que se trata de su propia creación y en la búsqueda de restablecerlo debe metamorfosearse nuevamente para que vuelva a donde pertenece.

La monotonía del oficio y la cercanía con la muerte generan un deterioro de la sensibilidad de los padres, que Meruane acentúa especialmente en la figura de la madre, quien no se reconoce como sujeto separada de su hija, puesto que en ella ha depositado su felicidad. A su vez no puede procesar la tragedia acontecida, el quiebre con la realidad se agrava y se produce un doble extrañamiento: la madre no reconoce la muerte de su hija y cree que el cadáver duerme, y luego cuando lo lleva a su funeraria para la tanatopraxia correspondiente, se consagra a los cuidados post mortem y se abstrae por completo. Ese cuerpo inerte, putrefacto e incompleto, continúa siendo recipiente de los anhelos de la madre.

El estado del mioma era diferente, pues yacía en una heladerita dentro de otra más grande, a la espera de la mujer que se recuperaba de la cirugía. La pérdida de la sensibilidad debido a la intervención la animó a contactar a Virginia, una amiga que realizaba modificaciones corporales, pero ella no se atrevía a arriesgarse con tal empresa. La transformación implicaba riesgos desconocidos y debía ser realizada en clandestinidad: el resultado fue una columna con relieve generado por cápsulas de silicona subdérmicas que contenían parte del mioma y que estaban tatuadas en diferentes colores, produciendo un efecto tornasolado.

Desde su individualidad, cada autora utiliza su ejercicio literario para plantear inquietudes acerca de estos terrores contemporáneos que nos aquejan (o lo harán en algún momento, créalo, lector/a, no estamos exentos). En lo que refiere a Lina Meruane, presenta una especial atención no sólo al contenido, sino también a la forma de sus obras, oficia de arquitecta reconstruyendo fragmentos desplegados por todo el texto y utiliza la gramaticalidad para generar la sensación de un torrente frenético que se interrumpe abruptamente, conformando la silueta de la neurosis del personaje. Este es el objetivo de Avidez, reunir un compilado de cuentos de casi treinta años que refleje una serie de ansias o anhelos persistentes, de pulsiones obsesivas y variadas que rozan los extremos.

Para las mujeres escritoras que fueron criadas durante los regímenes dictatoriales del siglo pasado, se vuelve sumamente necesario crear a partir del cuerpo, porque vivieron en carne propia la posibilidad de perderlo y desean evidenciar los cambios físicos ocasionados por el devenir del tiempo, quizás en memoria de aquellos que hoy no pueden hacerlo.

El arte, como instrumento de lucha, expresa aquello que los cuerpos llevan dentro: el trauma, el deseo sexual o la violencia. Es imprescindible comunicar lo que se ha callado, lo que estuvo reprimido, ya sea consciente o no (porque lo que no se dice, lector/a, enferma). Los cuerpos son diseccionados desde la posibilidad de ser puestos en el tapete de la conciencia y resignificados, en una cruenta batalla contra lo establecido por el statu quo.

Por consiguiente, en “Ay” se habilita la lectura de una familia humilde, que se sacrifica (especialmente la madre, lector/a, la madre) en una labor agobiante para ayudar a la hija con sus estudios, y se empareja quizás con la realidad de cierta parte de la sociedad chilena, que recuperándose del pasado decide apostar por un porvenir distinto. También se deja entrever un poco de la percepción de Lina sobre la maternidad y los hijos, que ella no desea, pero es muy crítica al respecto con las madres sobreprotectoras y superpoderosas, madres que sobrecargan a los hijos de expectativas ajenas, a quienes no se les marca ningún límite (desde este espacio sugerimos la lectura de la diatriba “Contra los hijos”).

Sobre la inspiración literaria, Meruane afirma que no importa qué es lo que se cuenta sino cómo se lo hace, y un ejemplo es la mujer metamorfoseada de Enriquez: parte de un período de su vida común a todas las mujeres y atraviesa una afección frecuente, pero se mantiene una narración atrapante, de oraciones breves y ritmo agitado, un tono un poco quejoso y otro tanto mordaz. Es una voz que con ironía sortea los percances de la menopausia, la relación con su ex y su familia, y se puede oír, si se escucha con atención, un poco de la voz de Mariana (aunque no creemos que su espalda esté intervenida... ¿Alguien alguna vez la vio?).

El cuerpo de la mujer-“serpiente mítica”, como ella misma se denomina, está fuera de la norma, y aunque le pertenece totalmente, fue creado en clandestinidad. En la actualidad se utilizan tejidos orgánicos, ya sea provenientes de humanos o no, como la placenta, el cordón umbilical, la leche materna e incluso los pelos, garras y cenizas, para elaborar joyas conmemorativas. Pero en el terreno del transhumanismo y la piratería corporal, que aspiran a alcanzar un ser humano mejorado, aún se debe pugnar con los prejuicios.

En un mundo donde proliferan los discursos que demandan cuerpos siempre jóvenes, sometidos a procedimientos nocivos en pos de la hegemonía, como se retrata en La sustancia (2024), de Coralie Fargeat, la mujer camaleónica de Enriquez es disruptiva al disponer de su cuerpo para mutarlo a su conveniencia y logra complacerse de tal, lo considera hermoso aunque esté fuera de la norma.

Entonces, si la única verdad absoluta e irremediable es la caducidad del cuerpo, que cambia y se adapta, pero finalmente perece, ¿en qué momento ocurrirá la auténtica emancipación, que romperá con el discurso oficial y los roles establecidos? ¿Qué papel juega la literatura en todo esto? Confiamos en ustedes, escritoras latinoamericanas que arrasan con todo lo que está a su paso, que provocan, cuestionan e incomodan, para alertar sobre la existencia de las voces en disidencia y señalar con su dedo acusador (ese, sí lector, ese dedo, el de la mano extraviada) la presencia de la otredad.

 

Referencias bibliográficas




Marcelo Perroni

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