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He aquí el hombre

lunes 27 de julio de 2026
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Martin Buber
Según Buber, el hombre sabe que él es el objeto más digno de estudio, pero al parecer no se atreve a investigarse en su propia esencia como ser y su sentido auténtico como ser terrenal.

Se cuenta que en una ocasión el sabio filósofo Sócrates se encontraba absorto contemplando un árbol de espino cuando un discípulo se le acercó y le preguntó: “Maestro, ¿qué es el hombre?”. Sócrates, en lugar de responder de forma directa, decidió invitar a su discípulo a reflexionar sobre el asunto que le inquietaba. Le planteó una serie de preguntas, animándolo a explorar la naturaleza humana y sus múltiples dimensiones. Le hizo una pregunta general clave: ¿qué aspecto de la existencia humana consideraba más importante? ¿Era la razón, la emoción, la moral, o quizás la conexión con las demás personas? A medida que el discípulo intentaba responder, Sócrates lo guiaba con más preguntas, ayudándolo a examinar sus propias creencias y su comprensión del ser humano. Finalmente, el discípulo se dio cuenta de que no existía una respuesta definitiva a la pregunta. No obstante, lo que el discípulo había aprendido a través del diálogo era que el hombre es una criatura compleja, capaz de razonar y sentir, pero también susceptible de errar y tener la capacidad de observar y aprender de sus errores. De esta forma, Sócrates, con su método mayéutico, había conducido a su discípulo no sólo a una comprensión del fenómeno en sí sino, más importante aún, le había motivado para una comprensión de sí mismo como hombre y como ser humano. Esta anécdota nos ayuda a comprender no sólo el método del sabio griego, maestro de Platón, sino que nos hace reflexionar acerca de lo que hoy nos convoca a observar: ¿es el hombre un ser al que lo define sólo su razón? Y su particular manera de sentir y ver el mundo, ¿lo define como criatura “superior”?

La respuesta a esta incógnita, que ha recorrido buena parte de nuestra historia como civilización, es lo que ahora examinaremos bajo la óptica filosófica de un gran pensador de origen judío austríaco-israelí: Martin Buber, educador y escritor que se hizo célebre con su obra Yo y tú (1923), donde se postula que la existencia humana se define por la relación: el encuentro auténtico con el otro (yo-tú) o la “instrumentalización” del objeto (yo-ello). No obstante, en este ensayo buscaremos el acercamiento de las posibles respuestas a la pregunta inicial de qué es el hombre. Una pregunta que se formuló el propio pensador para dar un curso de verano en la Universidad Hebrea de Jerusalén en 1938. De sus notas y apreciaciones con este topos de carácter ontológico, pero sobre todo antropológico, surgió un ensayo que la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica publicó en el año 1949 bajo el mismo título. Esto, como lo aclara el editor en su nota introductoria, no es más que una antropología filosófica. Sin embargo, yo lo considero una profunda reflexión filosófica y metafísica sobre la pregunta del ser: ¿qué es lo humano? ¿Qué define al hombre como existencia humana?

 

Kant y sus grandes preguntas

Dentro de la historia de la filosofía antigua y moderna, la meditación del hombre sobre su propia condición como ser viviente y como existencia, lejos de los que muchos puedan pensar e imaginar, no ha sido un objeto de muchos estudios a nivel instrumental o antropológico, más que propiamente formular o examinar su presencia como el Homo sapiens que se adapta y propone, con su “mente superior” (razón), respuestas a sus problemas prácticos en el medio en que se desenvuelve y evoluciona. Mas allá de esto, el asunto quedó como un objeto de estudio sobre las condiciones abstractas de su existencia. En otras palabras, examina la historia de la meditación del hombre sobre el hombre. El hombre sabe, como lo aclara Buber, que él es el objeto más digno de estudio, pero, al parecer, éste no se atreve a considerarse como “un todo”, no se atreve a investigarse en su propia esencia como ser y su sentido auténtico como ser terrenal. Martin Buber cita en su estudio, en relación con este tópico, al filósofo francés Malebranche, quien en el prólogo de su obra De la recherche de la vérité (1674) dice: “Entre todas las ciencias humanas, la del hombre es la más digna de él. Y, sin embargo, no es tal ciencia, entre todas las que poseemos, ni la más cultivada ni la más desarrollada”.

En este sentido, el filósofo que más se ha acercado con agudeza para estudiar este asunto ha sido Immanuel Kant. En los cursos de lógica que impartía el filósofo alemán, se aprecia este aspecto en su Manual, donde distingue una antropología filosófica en el sentido académico con otra de sentido cósmico —como lo aclara Buber— o in sensu cosmico. Kant la define como “la ciencia de los fines últimos de la razón humana”. Según esto último, se puede abarcar y delimitar el campo de estudio de esta sensible ciencia de sentido universal mediante cuatro preguntas: 1. ¿qué puedo saber?; 2. ¿qué debo hacer?; 3. ¿qué me cabe esperar?, y 4. ¿qué es el hombre? Según Buber, a la primera pregunta responde la metafísica, a la segunda la moral, a la tercera la religión y a la cuarta la antropología. Pero no es tan sencillo como el asunto se contempla. Estas respuestas, que se originan en la precisión kantiana, tiene su génesis en la obra Crítica de la razón pura, en el capítulo que lleva por título “Del ideal del supremo bien”. La diferencia ahora con este nuevo enfoque kantiano es que las tres primeras preguntas son reconducidas o resueltas hacia una cuarta, la de la propia naturaleza o esencia del hombre, que Kant llama antropología filosófica. Para el filósofo alemán, esta última sería la disciplina fundamental, como lo indica Buber.

Paradójicamente, como lo formula Buber, ni la antropología que publicó el mismo Kant ni las nutridas Lecciones de antropología que se publicaron posteriormente, después de su muerte, ofrecen nada parecido a lo que el propio filósofo exigía de una antropología filosófica. Esto se debe, como suele suceder en estos ámbitos del pensar, a la interpretación de conceptos y apreciaciones formulatorias de orden generalizado que no tocan el centro medular del asunto: el lugar que le corresponde al hombre en el mundo, su relación con el destino y con la presencia de las cosas, su conciencia como ser finito y que, por consecuencia, se enfrentará a la muerte, y su relación con el misterio del propio vivir. Todas estas capitales concepciones quedan al margen en las posteriores ediciones del estudio de la antropología filosófica del pensador alemán.

 

La metafísica de Heidegger

Antes de continuar con nuestro estudio, hay algo que no debemos perder de vista: la antropología filosófica no pretende reducir todos los problemas filosóficos del hombre a la propia existencia humana, ni mucho menos etiquetar y fundar otras disciplinas al margen. Lo que realmente se pretende es, como lo aclara Buber en su texto, conocer al hombre en su justa dimensión. Una labor mayor revestida de una complejidad que supera el mismo entendimiento humano. Y, por más enfoques que los filósofos puedan darle a este complicado asunto, lo primordial es que el propio filósofo no pierda la perspectiva humana a la cual él mismo pertenece. Este es el verdadero desafío. Porque una cosa es el hombre que piensa como sujeto y la otra es el hombre que existe como materia dentro del todo cósmico. Porque, como lo verifica Buber, en la antropología filosófica el objeto de estudio es él mismo y esta perspectiva es capital para entender el todo de la formulación. Ahora que se pone en juego la totalidad, el que investiga —el filósofo o antropólogo— no puede darse por satisfecho como lo expresa Buber, sino que necesita, indispensablemente, no prescindir de él mismo, que también es hombre y que experimenta, como toda la humanidad, su ser hombre, como ninguna otra criatura viva en el planeta. Buber es más específico: “No sólo en su perspectiva del todo diferente sino en una dimensión del ser totalmente distinta, en una dimensión en la que sólo esta porción de la naturaleza que es él es experimentada”. En efecto, como lo aclara el propio autor, el hombre filósofo reflexiona sobre sí mismo y sobre cosas subyacentes en su propio vivir, pero sólo puede hacerlo si la persona cognoscente, es decir él mismo, reflexiona sobre sí como persona, como sujeto real existente.

Aclarado el asunto, podemos sumergirnos en la crítica a la prognosis de Heidegger. En 1929, el “mago de Messkirch” —como solían decirle por su origen geográfico y su inconfundible estilo críptico de enseñar— publica un estudio llamado Kant und das Problem der Methaphysik (Kant y el problema de la metafísica). En este estudio, el creador del Dasein explica el concepto kantiano por el carácter indeterminado de la formulación de su pregunta sobre qué sea o no sea el hombre. Para Heidegger, el mismo modo de preguntar por el hombre es lo que se había hecho problemático. Según Heidegger, en las tres primeras preguntas de Kant se trata de la finitud del hombre. La cuarta pregunta, “¿qué es el hombre?”, encierra las tres primeras (finitud del hombre) pero ya nos topamos no con una antropología filosófica sino con una ontología fundamental, como la denominó Heidegger, porque nos preguntamos por la esencia de nuestra existencia. La nominación del pensador alemán no es gratuita: implica un desplazamiento del acento de las tres interrogaciones kantianas primarias, como lo explica Buber. Se trata, como se verá a continuación, de un asunto de comprensión y aprehensión de la experiencia. Martin Buber, cuestionando el enfoque de Heidegger —el cual argumenta que en las tres primeras preguntas se trata de un asunto de no poder, es decir, de limitación—, nos ofrece una reflexión y argumentación filosófica singular. “Kant no pregunta ‘¿qué puedo conocer?’ sino ‘¿qué puedo saber?’. No es lo esencial que yo únicamente sé algo y dejo de saber también algo; lo esencial es que, en general, puedo saber algo y que por eso puedo preguntar qué es lo que puedo saber. No se trata de mi finitud, sino de mi participación real en el saber de lo que hay por saber”. Es decir, es fundamental la experiencia —la participación—, como ya lo mencioné antes. Y así, continúa enumerando las otras preguntas kantianas, argumentando la reflexión sobre el carácter participativo y consciente de la propia experiencia. De este modo, en la tercera pregunta, “¿qué me cabe esperar?”, Buber vuelve a fustigar el enfoque de Heidegger y le da razón a Kant, porque se hace cuestionable la expectativa: “Y que en el esperar se hace presente la renuncia a lo que no cabe esperar, sino que por el contrario nos da a entender, en primer lugar, que hay algo que cabe esperar; en segundo, que me es permitido esperarlo, y en tercero, que, por lo mismo que me es permitido, puedo experimentar qué sea lo que puedo esperar. Esto es lo que Kant dice”.

La cuarta y más esencial pregunta de Kant sigue siendo la misma y capital: ¿qué tipo de criatura será esta que puede saber, debe hacer y le cabe esperar? Ciertamente, esta última interrogante nos obliga a desplazarnos en un lugar de observación macro y superior a nuestro propio juicio. De hecho, como lo menciona justamente Buber, las tres primeras cuestiones pueden reducirse a esta última. “El conocimiento esencial de este ser me pondrá de manifiesto qué es lo que, como tal ser, debe hacer, y qué es lo que, también como tal ser, le cabe esperar”. Buber examina este asunto desde la perspectiva ontológica, más allá de las “categorías” filosóficas que la sitúan como una antropología o, como la definió Heidegger, como una metafísica. Es esencial saber que estas preguntas del ser pertenecen a la misma existencia del hombre como ser finito y humano biológico que posee juicio y determinación. Pero, como se ha dicho muchas veces —y esto es determinante, como lo aclara Buber—, con la finitud que supone el que sólo se puede asir esta verdad del ser va ligada inextricablemente su participación en lo infinito, participación esta que se logra por el sencillo hecho de poder saber. Según lo explica el autor, se trata de una duplicidad del proceso mismo “en el que se hace cognoscible verdaderamente la existencia del hombre”.

 

La pregunta esencial

La formulación del asunto del hombre, y su existencia examinada desde el punto de vista filosófico, no le permite al propio hombre filósofo escapar de su propia esencia. He allí el problema mayor. Ciertamente, como hemos visto en este estudio resumido, Kant no ha respondido a la esencial pregunta que fomentó la antropología —como lo menciona Buber—: ¿qué es el hombre? No obstante, Kant desarrolló en sus estudios y lecciones una antropología que con el criterio y la visión de su época se podía considerar algo anticuada pues, como el mismo Buber menciona, “estaba aún trabada con la antropografía de los siglos XVII y XVIII, tan poco crítica”. Por esa misma razón, al estudioso le resulta tan problemático comprobar si una disciplina de esta naturaleza serviría para cimentar un fundamento filosófico o metafísico, como lo definió Heidegger. En la práctica de las disciplinas del pensar filosófico ciertamente se formulan estas cuestiones; por ejemplo, nos preguntamos cuestiones esenciales planteadas por Kant; a través de la lógica y de la teoría del conocimiento podemos asir qué significa poder saber, y más allá de ello, en un sentido cosmológico, histórico, etc. Pero, llegamos a preguntarnos, además, si la ética me dice cómo, a nivel psicológico, este mecanismo me comunica cómo es el deber ser, la estética o la teoría del estado, etc. Martin Buber llega a la cuestión esencial en su estudio cuando se pregunta si la propia filosofía le puede prestar esta ayuda a través de sus diversas y complejas disciplinas, comprobando, irónicamente, que ninguna de ellas reflexiona ni puede reflexionar sobre la integridad del hombre. Explica que en esta faena “el hombre pensante tiene que permanecer accesible, en primer lugar, a las ideas de la metafísica misma como doctrina del ser, del ente y de la existencia; en segundo lugar, a los resultados de otras disciplinas filosóficas particulares, y en tercero, a los descubrimientos de la antropología filosófica”. Pero esta última es en la que debe hacerse menos independiente, “porque la posibilidad de su trabajo intelectual propio descansa en su objetivación, en su deshumanización, diríamos, y hasta una disciplina tan orientada al hombre, como la filosofía de la historia, para poder abarcar al hombre como ser histórico tendría que renunciar a la consideración del hombre enterizo, del que también forma parte esencial el hombre ahistórico, que vive atemperado al ritmo siempre igual de la naturaleza”.

Para la tranquilidad de Buber y de su memoria, en nuestra era la disciplina de la antropología filosófica ha abarcado otros terrenos no tratados o contemplados en el siglo pasado, pues ya no busca una esencia fija o estática del hombre o ser humano, sino que más bien se redefine a través de disciplinas y diálogos multidisciplinarios con conceptos o topos como el poshumanismo y el transhumanismo, que analiza cómo la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la biotecnología desafían los límites tradicionales de la condición humana. Por otro lado, existe en la actualidad el estudio del vínculo de esta disciplina con la etología y la neurociencia, que integra activamente los hallazgos científicos para reevaluar la continuidad entre el ser humano y el resto de los seres vivos en el planeta, cuestionando así la visión tradicional del antropocentrismo radical. Todo esto entra en vigencia con los actuales enfoques, que incluyen un apartado de identidades líquidas, disciplina que explora la falta de consistencia en valores fijos dentro de la sociedad posmoderna, describiendo al individuo como un ser que adapta sus convicciones según el entorno y las circunstancias del momento. Hoy en día, esta disciplina del saber del hombre se enfoca en entender al ser humano como un sujeto relacional, flexible, cambiante, inacabado y en constante evolución frente a los retos que enfrenta en este siglo tan convulsionado y desafiante.

Alfonso Solano
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