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Heredar la sangre

martes 15 de septiembre de 2026
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Heredar la sangre, por Nayra Bajo de Vera
Mi rostro conjuga el mosaico de millones de antepasados, y mi personalidad es un rompecabezas entre las personas que me precedieron, su entorno, mi entorno, cómo lo percibieron en su momento y cómo lo percibo yo. 📷 James X • Unsplash

Indago entre mis papeles en busca de documentos, diplomas, reconocimientos, títulos. Cualquier prueba impresa que diga cuánto he trabajado y que valgo para lo mío. Todo lo que pueda ser útil para inscribirme en el paro. Encuentro lo que busco: certificado de esta actividad en la que participé, de aquel trabajillo que hice, del evento en tal sitio, de la carrera, del máster. Encuentro también lo que no busco: un diploma anecdótico de una profesora del colegio. Yo tendría ocho, diez años. Ella era una sustituta imponente. Vigilaba el patio de recreo con la cara de una sargento, las manos en los bolsillos de su largo abrigo de cuero negro. Al terminar el curso, entregó a cada estudiante un diploma personalizado, forrado en plástico, con dibujitos infantiles. En el mío veo un sol, unos creyones, estrellas con caritas, un cohete. En letras grandes: “Eres impetuosa, nada te detiene, cuando te enfadas las nubes oscurecen la clase”.

Releo ahora esas palabras y no sé cómo pude, alguna vez, olvidarlas. Si a los ocho años, a los diez, esa profesora que apenas me conocía de unos meses ya veía ese temperamento en mí, será que desde pequeña llevo un nubarrón encima, visible para todo el mundo, que advierte: cuidado con esta. Especulo que ese enfado, ese colmillo, esa mecha tan corta —llamémoslo como queramos— es algo que llevo desde la cuna y me conecta con generaciones pasadas. En mi casa siempre hubo mala leche. La imagino como una herencia que llevo incrustada en el cerebro, impresa en el ADN, viajando por mis venas sobre los glóbulos rojos como tablas de surf.

Hay rasgos que son heredables, como la disposición a tomar riesgos o a desarrollar cuadros depresivos, pero esa información genética no se hereda sin más.

Las metáforas sólo me sirven hasta cierto punto. Quiero saber cuánto de eso podría ser verdad. Organizo una entrevista con María Nieves Pérez Marfil, catedrática de la Universidad de Granada en el Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Con algunos matices, confirmo mis sospechas en una larga llamada telefónica. Hay rasgos que son heredables, como la disposición a tomar riesgos o a desarrollar cuadros depresivos, pero esa información genética no se hereda sin más. Lo que se transmite son tendencias que influyen, al igual que otros factores, en nuestra estructura cerebral.

El ambiente determina muchas cosas. Por ejemplo, una característica como el atrevimiento puede manifestarse de formas muy distintas en una sociedad oriental y otra mediterránea, donde las acciones atrevidas se delimitan con base en criterios que no siempre coinciden. Asiento a la explicación, tiene sentido. Yo no sería yo si mis padres no hubiesen esperado de mí que fuese universitaria, que sacara siempre buenas notas, que me esforzase al máximo por hacer las cosas bien. Pero María Nieves insiste en una cosa: lo más importante es la interacción entre ambos factores. “No hay genes sin ambiente y no hay ambiente sin gen. En todo momento está presente esa interacción”, recalca.

Dentro de ese mejunje, ¿qué es heredado y qué es contextual? No hay una respuesta clara. Diferenciar una influencia de la otra sería como intentar separar las verduras de un potaje bien molido. Lo que sí se sabe es que la familia es clave; sin ella, no hay potaje. María Nieves me explica que hay estudios muy recientes que plantean la percepción del ambiente como un factor central en la conformación de la personalidad, y no el ambiente por sí solo. Es decir, al contexto hay que sumarle de qué manera lo asimila cada persona.

La objetividad completa no existe. Los recuerdos de infancia son borrosos. Lo que me ha quedado a mí son las sensaciones residuales, los sentimientos esculpidos con el desgaste de los años, un cúmulo de escenas sueltas tergiversadas por mi mente. Van sedimentando sin que me dé cuenta. Me enfadaba en clase por no enfadarme con mi madre, que es de quien aprendí a enfadarme y ponerme en mi sitio. Ella pasaría miedo cuando lo aprendió de mi abuelo y mi abuela. Apuesto a que me hubiesen dado pena de haberlos visto a él con pantalones cortos y a ella con lacitos en el pelo cuando todavía tenían dientes de leche. Sus padres, mis bisabuelos, los educaron en la bofetada y el terror, la escasez y el castigo. A diferencia de mis antepasadas, yo tengo elección: no pretendo continuar la cadena.

“Yo he estado en la barriga de mamá y los ácidos no me han deshecho. Él estalla a reír y dice: ¿estás segura?”. La escritora Lana Bastašić, artífice de este diálogo demoledor, dijo en una entrevista para El País que “crecer es un trauma constante”, que todo monstruo fue primero un niño. Su obra explora los momentos fundacionales y los traumas psicológicos de la infancia que construyen la personalidad, a menudo por una influencia parental corrosiva. Al crecer, ese bagaje puede ser problemático.

¿Se hereda el trauma? ¿Es irreparable? ¿Soy como soy sin remedio? ¿O puedo arreglarme? Hago estas preguntas de forma genérica, como si no fueran sobre mí, a Elisabet Vilella Cuadrada, doctora en Genética y Ambiente en Psiquiatría. Es responsable del grupo Neurociencias y Salud Mental del Institut d’Investigació Sanitària Pere Virgili, donde recientemente se ha identificado una alteración química de la cadena del ADN relacionada con haber vivido maltrato físico o psicológico en la infancia o un constante estado de estrés. Su respuesta es positiva: se puede actuar sobre la influencia externa. “Las modificaciones son el resultado de la exposición a los factores ‘buenos’ y a los ‘malos’. Con los factores buenos, podemos compensar los malos”, explica.

El área que estudia estas modificaciones químicas se denomina epigenética. Aquí entra en juego la heredabilidad. Investigaciones como las de Rachel Yehuda con supervivientes del Holocausto indican que los traumas psicológicos son capaces de generar marcas en la cadena del ADN, pudiendo transmitirse de generación en generación. Eso no significa que todos los descendientes de la persona afectada vayan a tenerlas, pero sí habrá un mayor riesgo de que padezcan problemas de salud mental. Sobre esto, Ana Rozenbaum de Schvartzman escribió en la Revista de Psicoanálisis en 2005 que “el trauma tiene la particularidad de poder traspasar las barreras generacionales” y dejar “huellas” en forma de síntomas, “ligando a las generaciones entre sí”. Como si estuviesen enhebradas, punto a punto de hilo, en una tablilla de bordado.

La hambruna holandesa, también durante la Segunda Guerra Mundial, es otra tragedia histórica que ha dejado pistas al respecto. En el invierno de 1944 a 1945, Países Bajos fue sometido a un bloqueo en el envío de alimentos y combustibles. En este caso, Elisabet me explica que “los hijos de las mujeres que estaban embarazadas durante aquel invierno padecieron, con una frecuencia superior a la habitual, problemas de salud mental”. Así, las modificaciones epigenéticas causadas por la falta de alimentos quedaron “impregnadas” en el ADN, transmitiéndose a los bebés y afectando, además, las proteínas que regulan la respuesta al estrés.

Mi abuela nació enferma, días después de morir su padre, dejando viuda y con tres niños a mi bisabuela. Era época de posguerra y hambre, justo después de la Guerra Civil. Ahora mi abuela va pellizcando lorzas. Me pellizca cada vez que engordo un poco. Me vio en la tele y lo primero que dijo, lo único que dijo, es que la pantalla me hace más gorda. Pellizca a mi madre en sus lorzas, pero atina en la cicatriz de la operación, de cuando le extirparon un tumor de casi diez kilos en el ovario.

Tomo prestadas unas palabras de Sabina Urraca: “La misma mano que alimenta es la que empuña el rengo matancero que se clava (...). En la encimera, un plato de manitas de cerdo. Muerte y amor”. Lo bueno y lo malo. Lo que hiere y endurece el callo. De ese potaje molido, ese doble rasero que me hace daño y me ha hecho resistir, no puedo deshacerme de nada. El paquete lo incluye todo.

¿Son las alteraciones epigenéticas una estrategia de adaptación a un entorno hostil? Elisabet dice que sí, pero que “como toda respuesta, puede que no sea perfecta”. María Nieves también responde que sí. Asegura que “los seres humanos somos adaptativos por definición”, que eso es justamente lo que nos ha permitido sobrevivir y evolucionar a lo largo del tiempo. Eso también trae buenas noticias: modificando el ambiente, se puede incidir sobre los efectos dañinos del trauma psicológico. Como tal, ambas tienen una postura positiva respecto a la terapia. Con un tratamiento exitoso se puede, incluso, conseguir una mayor activación del lóbulo prefrontal izquierdo, que está asociado a las emociones positivas. Sin fármacos. Vuelvo a preguntar sobre esto, pienso que es fascinante. Y sí, me confirman que es posible. Pero también es cierto que no todos los cerebros funcionan igual porque cada ser vivo es un mundo.

Sobre mí, sólo especulo. Desconozco qué inclinaciones y tendencias tiene mi cuerpo más allá de una tristeza recurrente. No sé qué hay en mi ADN aparte de un potaje de puntitos dispersos entre Europa y el norte de África que revelan unas pruebas de etnicidad de mi padre y mi madre. Podrían no ser del todo fiables, pero pienso en mi hermana de piel morena y pelo negro, mi madre pelirroja y pecosa, mi padre blanco tostado, y sé que sí, hay mezcla, pero no hasta qué punto. Como tantas otras cosas, nunca sabré de dónde ni de quién vienen mis rasgos. Mi rostro conjuga el mosaico de millones de antepasados, y mi personalidad es un rompecabezas entre las personas que me precedieron, su entorno, mi entorno, cómo lo percibieron en su momento y cómo lo percibo yo. Y tantas otras cosas que no sé.

Vuelvo sobre la entrevista a María Nieves. Quiero recuperar algo que me da esperanza. Haya o no un trauma heredado, tenga o no una personalidad impulsiva que confabula con la obsesión, puede que eso no sea tan malo. “En la sociedad son necesarias personas con todos los rasgos”, me dice, pero existe un fuerte estigma hacia determinadas características. Los tabús y la desinformación sobre salud mental se mezclan con la idea hegemónica de normalidad, el modelo único de lo que creemos que es neutral, aceptable, bueno. Todos esos conceptos que debemos demoler.

Como los órganos de un cuerpo, las distintas personalidades cumplen cada una con su parte. María Nieves insiste en que ninguna es mejor que otra, sino que todas son igual de necesarias. Una persona que tiene una puntuación alta en neuroticismo es “una persona que está más en alerta, que cuando ve señales de peligro se preocupa y le da más vueltas. Advierte a las otras de que puede haber algo que no está funcionando bien”. Eso no implica que padezca neurosis, del mismo modo en que una persona optimista no presenta necesariamente un positivismo tóxico. La clave, recalca, está en que haya un poco de todo. “Gracias a eso avanzamos como sociedad porque resolvemos los problemas. Es incluso necesario que haya irresponsables porque son los más atrevidos”, añade.

Escribo a toda prisa el boceto de este texto en las notas de mi móvil. Mientras, se cocina el arroz. Un arroz soso porque estoy floja del estómago. Cené ayer algo que me sentó mal. Cada vez me ocurre más a menudo. Se dice por ahí que el cuerpo manifiesta la salud mental a través del estómago; si eludes lo que te daña la mente, los demonios bajarán a la barriga para pincharte con cuernos y dientes. Pienso, en un sentido más poético que científico, que igual eso le pasó a mi padre: de tanto tragarse los sentimientos se le enquistaron dentro. Cáncer de esófago, metástasis en el estómago, metástasis en el colon. Al final, la muerte.

Decimos que todo se hereda. De padres gatos, hijos felinos. De tal palo, tal astilla. A veces las frases hechas reflejan la verdad; otras, sólo sirven como una justificación ingenua y narcisista (si soy así es porque así me hicieron, yo no tengo ninguna culpa). Pero esos dichos populares también pueden ser una advertencia, una amenaza. Yo tengo miedo de heredar lo peor de mis padres. Saqué de él los colores de mis ojos, las manías, el asma, las alergias. Saqué de ella el pelo rizado, el gusto por leer, la rabia incendiaria. Si tengo todo eso, ¿por qué no iba a heredar también el cáncer?

Como si el destino fuese repetir a quienes nos engendraron, Elena Ferrante contó de uno de sus personajes que “no huía en absoluto de su padre por miedo a ser como él (...), ya era como su padre y no quería reconocerlo”. De ahí nace la inquietud, una incertidumbre que flota a lo largo de la vida en forma de preguntas. No hallas una respuesta clara hasta que te estampas de bruces con la cara de tu madre en el espejo: “¿Será posible que los padres no mueran nunca, que los hijos los lleven dentro inevitablemente? (...). ¿Y si mi madre sale de mi vientre justamente cuando creo encontrarme a salvo?”.

Contengo la respiración, olvido remover el arroz. Sólo puedo escribir. El agua hierve, se evapora, se extingue, el arroz se quema, me ahogo. Siento una fijación que me obsesiona. Noto un quiste fantasma a través de la piel, un bulto en la garganta, unos dolores que podrían o no ser. Aumentan los casos de cáncer como sube la espuma del arroz cuando no se remueve y se desborda del cazo. Esta enfermedad es la principal causa de muerte en el mundo. Todo apunta a que va en aumento. Las previsiones de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) dicen que una de cada tres mujeres y uno de cada dos hombres padecerán cáncer alguna vez en su vida.

La doctora Isabel Echevarría responde a mis preguntas. Es secretaria científica de la SEOM y oncóloga del Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Me cuenta que hay algunos genes que están relacionados con la predisposición a desarrollar ciertos tumores. Entre ellos, el de mama y ovario. Pero al margen de que se identifique un gen responsable, está comprobado que las probabilidades de contraerlo aumentan cuando el cáncer ya está entre la familia. Ocurre con los gástricos, los melanomas, los de colon, los de páncreas. La lista es larga, pero dos palabras retumban en mi cabeza: gástrico y ovario.

Tengo muchas teorías y pocas certezas. Mi cerebro no deja de maquinar escenarios que normalmente me ponen en lo peor. Es un órgano que nunca tiene descanso; incluso al dormir me revuelvo en sueños y pesadillas. Aún no he aprendido a callar desde dentro. La inacción se me atasca.

De pequeña quisieron diagnosticarme hiperactividad, pero mi madre, psicóloga, se negó. En la época de mi infancia se medicaba a niñas y niños hasta el tuétano, incluso los que no lo necesitaban. Con la llegada de la adultez me lo ha dicho: “Tú tenías un claro cuadro de TDAH con hiperactividad”. Recuerdo también que, durante muchos años de mi vida, me ponía en alerta cuando escuchaba las llaves de mis padres introducirse en la cerradura. Mi cuerpo se ponía tenso, me levantaba de un respingo y fingía que estaba siendo productiva. En casa, la pereza estaba vista como un gran defecto. De un modo u otro, de mi familia he sacado la necesidad de hacer cosas, la incapacidad de estarme quieta, el impulso de tener siempre algún proyecto entre manos. Puede que eso no sea genético, sino ambiental, o sí lo sea, o sólo en parte, o sólo en mezcla. Otra de esas muchas cosas que nunca sabré.

Desgrano esos impulsos que guardo adentro cada vez que descanso sin sentirme del todo capaz. Me esfuerzo por transicionar a otra forma de ver las cosas, pero cuesta. Sé que mi valor no radica en cuánto hago, en el trabajo que tengo. Y aun así, si no produzco, siento que me ahogo. Me resulta más fácil entender los pasos de la naturaleza. Eludo que yo misma soy eso. Un árbol que a veces da fruta y otras está pelado de hojas; un campo que necesita alternar entre siembra, cosecha y barbecho; un ente con vida al que las sequías y las tormentas le alteran los planes; un ser humano que necesita descanso, dolor y tristeza para conocer el éxito, el alivio y la alegría. Mi madre se identifica con estas palabras. En eso también me parezco a ella.

Heredé las cosas buenas y las malas. He creado las mías propias. Quizá debería abrazar la contradicción y no obsesionarme con averiguar de dónde sale cada cosa porque, al final, por mucho que me rebane el cerebro, la materia que soy seguirá siendo la misma. Quizá debería remodelar lo que creo que es bueno y malo, abandonar esas palabras vacías que no son más que un comodín. Dejar que la imaginación haga lo suyo. Vivir para desconocer. Y por desconocer, tampoco sabré nunca cuáles eran las intenciones de mi profesora-sustituta-sargento al escribir eso, esas palabras que dicen que soy impetuosa, que nada me detiene, que tengo alto temperamento.

Me niego a todo. Tantos años más tarde, ejerzo mi derecho a réplica. Yo, profe, te contradigo. Soy tierna, las cosas me detienen, el mundo me afecta, y no pasa nada. Vengo de un parón de precariedad, un período de tormenta, una fase de barbecho que me ha mermado. Sé que habrá más de esto en el futuro, pero veo cómo ahora empiezan a salirme los frutos.

Tras un tiempo encadenando trabajillos temporales y encargos en busca de algo más estable, ese algo, un trabajo de lo mío, ha llegado. Todavía lo estoy asimilando mientras me pregunto hasta qué fecha seguiré allí, cómo me afectará a largo plazo, cuánto tiempo se considera estable. En la época de mis padres podías aspirar a jubilarte en tu primer empleo. En mi generación, y esa es una de las pocas certezas que tengo, eso no lo hemos heredado.

Nayra Bajo de Vera
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