Bautismo de alegría
Escucha el ritmo
El tímpano se activa
Al toque que despierta el petricor.
Tac, tic, toc... marca el goteo la tierra,
invita a danzar a cabellos sueltos.
Sube la música deslizada por los tejados,
desembocando en canales;
cascadas paradisíacas que bañan
los cuerpos y la pobreza.
El milagro es gratuito,
se olvidan los techos rotos.
El agua lava el cansancio y la tristeza;
la carne celebra el bautismo de la tormenta.
Huellas en el lodo percuten acompasadas,
chorros de carcajadas se suman
al toque de la tierra que salpica
el baño de los descalzos.
Hipnosis de la hoja
Muere el patio.
Lenta danza del viento mueve hojas,
abrazando la tierra con sutil tacto;
caen pretendiendo ser imperceptibles
para no despertar al suelo que, días después,
las desaparecerá como un golpe mágico,
sin dejar huella de su presencia.
Esperanzadas, aguardan la misma música
—esa danza a la inversa—
que las devuelva a la rama que un día fue hogar.
Mi alma otoñal visualiza ese suceso
una, otra y mil veces.
Así gravitan todas mis ambiciones,
mis angustias por lo inalcanzado y mis sentidos.
Quedo suspendida en la existencia
Sale el suspiro al aire que, de golpe,
me saca de la hipnosis y me hace,
gravemente, pensar:
¿Si el patio muere y los abuelos,
qué tiene lo demás?
Al oído de Dios
Recostados el árbol y yo dormíamos
Sueño...
Todos mis sentidos encuentro en la grieta, despierto en él,
me hallo en la última rama:
la cima de todas mis ansias,
junto a la estrella que solía atrapar
en mis antojos.
No importa si la alcancé convertida
en insecto, arañando su textura,
atravesando conductos ajenos;
si trepé o fui la escalera.
Disfruté mi verso convertida
en boca, degusté todo.
Al oído de Dios, compartí
hasta el pan duro de cada día,
mis miserias y todo lo inmundo
que arrastraba conmigo para llegar
a esa cúspide deseada.
Me sentí brillante,
igualada a la grandeza de lo inalcanzable.
Allí sentí aplausos que sonaban
verdaderos, vítores y reverencias;
fui lucero danzando entre las ramas,
Fui la rama y el árbol.
Creí que lo infinito en la mano atrapaba.
Canté: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad”.
Logré el falsete más agudo que se ha podido registrar
hasta que escuché
el crujido de madera que provocó la caída...
Y desperté al árbol, yo aún recostada.
Retorno en papel
Se siente como vivir en un río
y pasar al mar que te abraza
con oleadas de espacio,
acunando asombros deslumbrantes.
Multitudes ante los ojos
que sólo saben abrirse, asustados,
ante el infinito.
Pequeño pez a la deriva
que la corriente arrastra;
la sal escuece sus escamas
y el horizonte se ensancha,
ajeno a su pequeña geografía.
Autodesterrado, recuesta la sien
al raso de una almohada de escarcha,
pausando sus días de andares,
trabajos y añoranzas.
Bajo el peso de un cielo extraño, sueña...
repite el cántico de edades escolares
y pliega el primer origami que aprendió.
A casa vuelve ahora,
viajero en un barco de papel.
Adiós
Pálido yaces frente a mí.
El frío pretende invadirlo todo
antes de que yo sea, finalmente, roca de hielo;
buscando ser absorbida por el calor de la tierra.
Desprendida de ti, te observo.
En este acto sin secretos, escucha
lo que mi voz urge decirte
previo a la despedida definitiva.
No creo que volvamos a encontrarnos;
no existe otra vida para nosotros.
Fuiste mi casa y no tengo queja,
aunque te usé más de una noche para mis antojos;
te obligué a contener, en el pulso,
el instinto involuntario de tus ganas.
Cargaste con mis vicios.
Dejé huellas que ni en tu inercia puedes ocultar.
Suenan ya los últimos segundos,
no queda tiempo para más.
Me voy haciendo imperceptible.
Tus olores ya no son las esencias de antes.
Acaso subiré por el perdón hasta los ángeles,
o bajaré a lo más profundo,
ardiendo en el subsuelo de tu última morada.
Aún no lo sé.
Confieso: no fui buena para ti.
Hasta nunca más. Adiós.
Siento ya, sobre nosotros, la misma muerte.
- Poemas de Danay Estévez - viernes 9 de octubre de 2026


