El Jaguar que yo abrazo
En la oscuridad de la noche
Oigo el rugido
me levanto del suelo
y empiezo a caminar solo.
Tengo un sudor frío y un temblor
Y siento el aire alrededor dormido.
Algo me llama que no es conocido.
He buscado en los montes,
En los valles y las tierras llanas.
He hablado con el viento
y la lluvia
cuando llora en el bosque dormido.
El búho me ha cantado
y el lobo me ha llamado.
Dos caballos me dieron cuidado
Y los toros bravos descansaron conmigo.
Parece que me falta un algo
De lo que no se busca,
pero se encuentra
cuando uno está solo.
¿Dónde estás que no te olvido?
¿Por qué te pierdes en un pasado
Oscuro?
Quiero verte en la noche,
Cuando camino sin rumbo
En un camino oculto,
Donde los sueños sirven de ojos.
Estoy como ciego,
y siento miedo.
El jaguar anda también solo,
con su desnudo poder,
entre las sombras
del mundo,
y se va despacio,
mirando en lo que es oscuro.
Si yo me escondo ya no sirve
El jaguar está buscando
a alguien que no sepa dónde
se hace el camino angosto
cuando las sombras se cierran
y las luces ya no se prenden solas.
Siento un azogue,
Como un salir afuera
de lo que nos acoge
y respalda
como un andar de espaldas contra
un futuro clandestino.
Qué difícil es rastrear
Las huellas que hizo el jaguar
En la noche tan oscura
Cuando las estrellas
Se ocultan
Detrás de las nubes altas.
El jaguar está adentro,
en el mundo de tinieblas,
esperando al acecho
a ese hombre del mundo
lleno de miedo
que camina y camina,
ciego
y también buscando.
El jaguar silencioso,
fuerte, feroz, poderoso,
se para y espera
olfatea y mueve despacio
su cola. Su lengua se resbala
entre colmillos blancos
y una saliva que gotea
Todo se para
ya nada hace ruido
las sombras se esparcen
y los rumores se callan.
Viene de un mundo lejano,
lleno de historias sagradas,
de cuentos y fábulas
y de pasados
ancianos.
El jaguar nos trae su rugido,
lleno de un miedo ancestral
que da fuerza y debilidad
no sólo a los que escuchan
sino a los más cercanos.
Queremos acercarnos
despacio y sin miedo,
pero su presencia es como el trueno:
súbita, llena y salvaje,
con su ronco gruñido.
Ver sus ojos amarillentos y oscuros
a la luz de una luna nueva
que vela a su siervo
es abrazar, pecho a pecho,
un azar dispuesto,
un amparo
y algo más siniestro.
El jaguar se esconde,
y por eso da miedo,
porque responde sólo
a quienes se mueven
en las sombras
de los valles salvajes.
Saber cómo él sabe
es exponerse a un sentir
de mezclas fuertes,
de calderones hirviendo,
adonde nadie puede ir
sin permiso de las sombras.
El jaguar sale de noche,
cuando la luna está nueva,
buscando a ese hombre
que quiere su amparo.
El peregrino camina despacio
cuando entra de noche,
esperando que la luna
le diga adónde lo lleva.
El jaguar espera y espera,
paciente y sombrío,
cuando despacio andamos
cerca de su mirada fija
y de su camino callado.
Su presencia se siente cercana
por el sudor de las palmas
Y el andar tembloroso.
Si doy un paso me siento dudoso,
sin saber si el miedo
está muy cerca o se esconde
allí donde la luna no alumbra
y donde ella se baja del monte.
Ya le toco su flanco,
que se estremece en mi mano.
El jaguar espera
y yo lo abrazo.
Siento su fuerza
y también su cobijo.
Así me arrodillo
y los dos nos juntamos.
Amigos ya,
y más que hermanos,
el jaguar me lame la mano
y yo lloro en mi canto.
Tengo la voz raspada,
como un ruido de garras,
contra cortezas de piedra
y le digo a la luna
que yo también soy su siervo
y su espía.
Las sombras se acercan
sin hacer ruido,
y yo me levanto,
llevando al jaguar ya tranquilo
cubierto con mi manto.
Ya somos dos en uno,
y así ando,
ahora despacio, con mi aliento
lleno de ese encanto.
Ya el miedo se levanta
y no quiere verme.
El jaguar me da la fuerza
y la noche ya no pesa tanto.
La selva nos llama
y los dos salimos:
yo despacio,
con mi frente erguida;
el jaguar me mira
y yo lo abrazo.
Dos caballos hacen ruido a la orilla del bosque
Un sonido de piedras caídas,
como una avalancha de ruidos y ruidos,
que crecen y crecen en un bosque,
donde el silencio nos llama a ser testigos.
Algo golpea muy fuerte las puertas del monte,
desde dentro y desde el borde,
como el disturbio de un bullicio crudo y quebrado.
El cuerpo se paraliza en seco, esperando el impacto
de algo arrollador y sin nombre,
sin rostro, sin corazón y con la fuerza del frío.
De golpe, la ronca trompeta el silencio rompe,
no era el viento que destruye y destroza,
ni el que arrasa los bosques y desnuda sus ramas.
Son los cascos de dos caballos recios,
que brotan sin destino a la orilla del claro oscuro,
galopando hacia la luz del campo abierto.
Dos fuerzas haciendo ruido,
dos manantiales llamando de roca en roca.
Dos caballos llenos de fuerza y sonido,
saliendo de un bosque sombrío y dormido.
Dos caballos amigos, hermanos y enemigos.
Una sorpresa de clarión rompiendo el silencio
que llena las orillas del bosque,
cuando el monte llega a los bordes del campo abierto.
Allí se juntan, allí se retan;
se empujan y batallan en un abrazo con fuerza.
Se enfrentan y se aprietan a hablar con palabras
que son bruscas y toscas a las puertas del monte
con el eco de sus cascos contra esas rocas rasgadas,
donde los dos manantiales se mueven y rezan
saltando de piedra en piedra.
Uno empuja y el otro cede, pero luego se vuelve,
y no se deja llevar más allá de su fortaleza.
Uno busca la ayuda de la tormenta
para quemar la orilla del bosque
cuando el relámpago llega.
El otro espera y crece despacio
con su manto de semillas
que brotan y brotan con un ritmo melodioso.
Los dos luchan como hermanos y amigos,
en un abrazo de fuerza,
como se pelean dos enemigos.
El uno busca los campos abiertos
donde los cielos marchan sin que nada los cubra.
El otro, oscuro y lleno de poderes calmados,
cierra sus puertas con troncos y ramas largas,
allí donde nace el silencio,
y donde, por ver, los ojos se cierran.
En ese borde, en ese abismo,
los dos caminos saltan y se juntan,
a veces solitarios, pero nunca solos.
Los dos caballos demandan y empujan
en una danza que brinca y brota,
donde los dos manantiales nos llenan y agotan.
Somos testigos de lo extraño:
dos amigos, dos hermanos
se pelean como enemigos,
al borde de un abismo que lleva su camino
de una forma natural y clara.
Somos testigos de lo que el bosque saca:
dos caballos galopando y rompiendo
el silencio de su orilla,
allí donde el monte sale
para escuchar el ruido de sus cascos.
La atención, cortada con un cuchillo serrado,
se graba en esa orilla curva y ondulada,
donde esas fuerzas se cargan desplazadas
en su abrazo de amigos armados.
Somos testigos de un debate en un juicio,
de hermanos que se retan, como dos caballos recios
que salen de la orilla del bosque
donde nos habíamos amparado.
No hay dónde escoger, nada más contemplar,
cuando somos llamados como espectadores
a esa danza de fuerzas donde el campo abierto
y el bosque se llaman, y se tuercen en sus batallas,
de las que somos testigos, pero no participantes.
Dos caballos salieron haciendo ruido
de un bosque oscuro y tranquilo,
y de ellos somos amigos,
hermanos y enemigos.
Dos banderas iguales
de colores opuestos,
dos caballos semejantes
de diferentes sonidos.
Los ruidos de los cascos salen a la orilla del bosque,
donde los manantiales corren de piedra en piedra,
llevando las gotas de la cumbre
con el canto de su sabiduría.
Ese fue un momento de todos iguales,
de amigos y hermanos, de dos caballos
que eran enemigos y no contrarios.
Qué hacer con ese ruido que nos llama,
aunque andemos despacio en el silencio que nos llena.
Dos caballos gritan, dos caballos huyen,
salen de la orilla como una marea fuerte y alta,
que nos lleva hacia el bosque,
donde la noche manda.
Con ese bullicio sin arbitrio los búhos se callan,
pero luego se cantan unos a otros,
al borde del monte,
esperando a que salga la Luna.
Los ecos de los cascos reverberan altivos
contra las hojas del bosque,
donde los dos corceles surgían a la orilla del monte,
llamando muy fuerte, de golpe a golpe,
como manantiales llorando de piedra en piedra.
Esos manantiales que llevan la mocedad que estaba hueca,
corriendo y saltando y llenando de experiencia
las aguas de la lluvia fresca y sabia
que se desliza desde esas cumbres altas.
¡Mocedad! Ya no te calles, que puedes pregonar
lo que ya no sabes, a la orilla del bosque
donde me paro a refrescar ese fuego de dos amigos
que son hermanos,
pero enemigos contrarios.
Los ecos están repletos de notas cantadas
y de nobleza sentida cuando pasan dos caballos
haciendo ruido a la orilla del monte,
donde el búho espera que salga la noche
y así poder hablar con la Luna.
El búho sueña con ecos de caballos encendidos
que golpean la ranura del bosque
y se lo quiere decir a la Luna
¿Por qué eso pasa en un bosque tranquilo?
De esos ecos somos testigos:
dos caballos, dos amigos,
que no quieren ser contrarios,
sino sólo enemigos.
Y así yo estoy llamando desde un eco perdido,
al silencio de su canto que nos llegue con su ruido.
Dos caballos me llaman, dos caballos me llevan.
Lo que queda son ecos
y manantiales que refrescan el alma.
De eso yo también soy testigo,
De dos caballos, de dos amigos,
de dos hermanos y de dos enemigos.
El Canto
El Canto aparece como un murmullo
de hojas, que el viento acaricia
en el silencio del bosque sencillo,
donde los duendes velan y sienten el susurro.
El Canto golpea los muros fuertes,
que suben insistentes
hacia las cumbres del cielo,
donde las nubes escuchan y lloran.
El Canto da ecos sobrios,
que comentan por los tonos de las sombras
de campanadas altas en los bajos sonidos,
que saltan y saltan, llamando a lo que está escondido.
¡Sí! Sí, se siente el ruido creciente,
dentro de los latidos que golpean,
reverberando en los pechos encendidos.
Ya allí el aire se mueve como una marea,
que quiere llegar a la orilla,
para descansar de su largo camino.
El canto crece y crece, sin cesar,
y quiere alcanzar esos muros que le esperan,
para escuchar de ese lamento, en ese sonido,
que sale desde lejos, desde la cuna del mar.
¡Allí! ¡Ir y entrar en su seno! donde suena
lo que lleva el viento dentro del azar.
Es como una caricia de almas buenas,
que buscan dejar su huella,
con el sonido de lluvias suaves y llenas.
El canto gregoriano nos acompaña,
con su susurro interminable, subiendo despacio,
por esos muros tranquilos que sienten
las manos frías de la noche centinela,
y que el sonido del Canto acaricia muy sereno,
en un mundo lleno de ruidos sin sonar.
Y es cuando el silencio se calma,
que el Canto nos lleva a escuchar,
las palabras perdidas de un altar,
donde el sacrificio nos mueve,
y el llanto pone lágrimas que llegan a ese mar.
Le damos gracias a esas voces pardas,
llenas de ecos de un mañana,
que pasa despacio en las bajas horas de la madrugada,
mientras el gallo se prepara
a llamar a un sol, que sale dormido,
cuando el Canto lo llama a despertar.
¡Qué voces! ¡Qué pausas! Nos llaman,
y nosotros dormidos no sabemos la respuesta,
a esa pregunta tan lírica,
que nos cubre con su manto.
¿Por qué si tu Canto es tan bajo
no debemos oír lo que el viento ya descubre?
¿Por qué estás disfrazando esas voces
con dedos de niebla turbia,
en las cumbres y en los valles,
donde las nubes se encierran?
Vamos, déjame oír al viento,
que lleva en sus manos
las voces de esos labios,
que cantan el Canto para un Dios
que vive en un monte alto.
Ya se acaba, pero a mí no me lo quitas,
que yo no tengo ese miedo que te lleva a la ermita,
aunque la noche se enfría,
aun cuando los búhos gritan solos,
y aunque de un Canto
que se acaba y que quizás nunca se repita.
Los monjes ya se callan, con la capucha recogida,
cubriendo sus caras de un sueño perdido,
en esos Cantos de alta campanada y de bajos sonidos.
Ya las puertas se cierran, ya los búhos se callan,
ya los gallos cantan mientras la luna anda,
llamando a un sol dormido que salga,
a oír el Canto que se apaga.
Un ciervo me llama
Un ciervo me llama,
andando a la orilla del camino,
hacia las puertas del cementerio
adonde mi paso se detuvo.
El ciervo silencioso,
con sus ojos tan negros,
me miraba sincero
con su cuerpo tranquilo.
Dos árboles marcaban de centinelas
el cuadro que lo encuadraba.
El ciervo me miraba
Así, cuando me llamaba.
Era un camino de noche,
cercano al día;
era el camino del pueblo
donde el cementerio lloraba.
A mi padre le llevo
el pesar de mi alma.
Y el ciervo me llama
al pasar por un camino
donde el cementerio se acaba.
Y él me pregunta:
“Si tú me esperas,
quiero ir contigo.
Si quieres que te lleve,
adonde no hace ruido”.
Te traigo un mensaje
desde las nubes de niebla negra
con que la Luna cubre su cara de luto,
cuando pasa por lo bajo del muro
que rodea el blanco cementerio.
El ciervo me mira con sus ojos negros,
Donde se refleja la Luna.
Oigo el susurro,
como el silbido de un alce,
de tonos musicales.
El ciervo da llamadas que ruedan
a lo largo de la orilla
de un camino del pueblo.
Las velas están encendidas
por una Luna en luto,
de nubes negras
que cubrían en velo su cara.
Ahora yo le hablo al ciervo
que anda por las hierbas altas,
dentro del campo a la orilla del camino
que me lleva al cementerio del pueblo.
Mis labios secos por la luz de la Luna
responden en un rezo lento
hablando con el ciervo
que trae su mensaje
cuando uno pasa por la orilla del camino.
Ese camino lleva al cementerio
donde mi padre espera
y donde yo pudiera
decirle mi pena.
¿Quién eres?
¿De dónde vienes?
El espacio entre nosotros
se llena de luces,
de chispas,
de una antorcha de Luna
que llevaba el ángel vestido de luto.
El ciervo brillaba con matices suaves,
y con mi corazón reverberando
al ritmo del fuego.
¿Allí? ¿A dónde?
El ciervo me llama,
y yo le oigo decir:
“Yo soy”.
Y cuando le llamo,
el ciervo desaparece
cuando yo llegaba a las puertas
del cementerio
donde mi padre estaba.
Yo llamo a las puertas
que estaban cerradas.
Era de noche,
y mi padre esperaba.
Allí me quedo, llamando,
rezando a un ciervo
que me hablaba
cuando la Luna cruzaba
con su cara cubierta de luto,
de unas nubes negras que la ocultaban.
De rodillas estoy llamando al día,
cuando abran las puertas
del cementerio del pueblo,
para poder darle el respeto
que mi padre ganaba.
Y allí me duermo,
al lado de esas puertas
que están cerradas,
cuando quiero llamar a mi padre
y sólo el ciervo me llama.
Coplas a García Lorca
¡Ay, García Lorca!
¡Ay, tus cantares!
¡Ay, cuánto pesa
esa historia de la tierra española!
Así cantaban tus lágrimas,
llenas de colores,
que brillan en tus ojos
cuando tú sólo lloras.
¡Ay, García Lorca!
Con tu sangre andaluza
abres las puertas de par en par
para oír ese estribillo
de seguidillas y amargura.
¡Ay, cantares!
¡Ay, cuánto pesa
esa historia
de la tierra española!
¡Ay, qué pena!
¡Ay, qué gloria!
Tus ojos lloran
y tu alma es serena.
Los duendes se preparan,
quieren salir de su cueva,
quieren darnos su alma
para que lo grande
ya salga.
¡Ay, cantares!
¡Ay, qué pena!
¡Ay, cuánto pesa
esa historia de los españoles!
El sonido de la guitarra,
el bullicio ronco del que canta,
el moverse torcido
de cuerpos agarrados a la tierra.
El momento tiene
una fuerza de canto grande,
primitivo y anciano,
que lleva desde su boca
la sangre de los antaños.
¡Qué poder y brío!
¡Qué sabor dulce!
Cómo se alzan las sangres
cuando los oigo contigo.
¡Ay, García Lorca!
¡Ay, qué pena!
Esas coplas andaluzas
cómo nos llevan y llevan.
Ya oigo el estribillo
de nuevo:
¡Ay, cantares!
¡Ay, qué pena!
¡Ay, cuánto pesa
esa historia de la tierra española!
Nos llamas a las cinco de la madrugada,
tu sangre ya derramada,
y quedan las puertas abiertas
al grito del caballo malherido.
Ya la tierra llora
con lágrimas de tierra roja;
a un andaluz allí le acoge
y en su amparo le da un adiós
cuando lo bajan a la sepultura.
¡Ay, qué pena!
¡Ay, cantares y coplillas buenas!
Cuánto pesa esa historia
de la tierra de españoles.
El ronco sonido
de un cantaor pulido
sale por las puertas
que la noche roja deja abiertas.
La luna no quiere verlo
y se tapa los ojos
con las nubes nuevas
de un amanecer que despierta.
Ya la sangre en la arena,
ya se seca y se seca;
ya no hay más García Lorca,
ya sólo nos quedan sus coplas.
¡Ay, esos cuerpos torcidos,
los que bailan y cantan,
dándole toques a la tierra,
llamándola que abra
sus puertas a García Lorca
para que descanse con su historia!
La canción ya se calla,
las coplillas se apagan,
el cantante se sienta despacio
y el baile ya no se mueve.
Adiós, García Lorca.
¡Ay, qué pena!
¡Ay, cuánto pesa
esa historia
de la tierra de los españoles!
- Cinco poemas de Luis Gutiérrez - miércoles 21 de octubre de 2026


