Yo vi por primera vez el muro fronterizo entre México y Estados Unidos durante el verano de 1995. Estaba en San Diego y con un grupo de observadores latinoamericanos fuimos a conocer los avances en la obra. Su construcción había empezado el año anterior y tenía (apenas) catorce millas de extensión. El destino de la flamante medianera metálica era atajar el cruce de migrantes ilegales, confinándolos del lado mexicano de la frontera. Gobernaba Bill Clinton y la solución demócrata respondió, paradójicamente, a la demanda de los votantes republicanos. Luego de esa primera visita, volví a ver el emblemático muro poco más de una década más tarde. Recién llegado a Tijuana, me lo topé una madrugada al salir del aeropuerto. Con la renovada indagatoria visual, se repitieron la sorpresa y el desconcierto. Su longitud se había multiplicado exponencialmente y, en algunos tramos, ya no era uno sino dos y hasta tres los muros que corrían paralelamente a la línea divisoria. Con el paso del tiempo, ya instalado para residir en la frontera más transitada (y una de las más vigiladas y violentas) del planeta, fui atesorando todo tipo de fotografías del omnipresente cerco.
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