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Dos visitas a destiempo. En la orangerie de Uppsala

martes 30 de agosto de 2016
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But what the collecting passion
verges on is a chaos of memories.
Walter Benjamin, Unpacking My Library

Jardín Botánico de Uppsala

I.

Es el árbol más imponente, y envejece al lado de una cerca. Rebasa completamente el límite designado por los cuidadores del jardín barroco y sus ramas y sombra se derraman sobre la calle contigua que se explaya vacía dirección este, adornada en ambos bancos por casas de una o dos plantas, para luego exhibir, en el centro de su figura meándrica, media circunferencia de una rotonda arbolada. Fue a partir de la madera de un árbol similar a este —puedo leer en el cartel informativo que se alza a pocos centímetros del tronco— que Óðinn, figura predominante de la mitología nórdica, talló al primer hombre y a la primera mujer. Y también: que un árbol semejante a este, es decir, un fresno perenne, es la especie arbórea que se corresponde a la descripción más acertada de Yggdrasill, el fresno universal en el que, siempre de acuerdo con la mitología de esta región, coexistimos, entre otras cosas, al lado de los muertos y del mundo primordial, que es de fuego y es donde se halla el aparente vacío o el vasto abismo, el Ginnungagap, como se le llama en las viejas escrituras escandinavas.

La fachada lateral de la orangerie del jardín botánico de Uppsala está parcialmente cubierta por afiches. Se corresponden a carteles promocionando eventos que se llevarán a cabo en su interior: exhibiciones, conciertos, fiestas de verano y otras celebraciones por el estilo. De mayo a octubre el personal encargado del cuidado del jardín, normalmente miembros especializados de la universidad de la ciudad, botánicos y jardineros profesionales, extraen las especies protegidas bajo el edificio —en su mayoría una extensa colección de cactus, naranjos, higueras, durillos y olivos. Cuando esto ocurre, me parece, el jardín se desvirtúa y se convierte en una sugestiva conjunción de formas que no encajan y que, en este no pertenecer, se excluyen a partes iguales; elementos trasplantados, foráneos, que no pueden más que diferir a pesar de ser especies relativamente similares. Cuando el año entra en su período invernal —explica otro cartel informativo, éste exponiendo un texto considerablemente extenso emplazado a las puertas de la orangerie—, el edificio recupera su función original y sirve de refugio a las especies extranjeras que hoy yacen aquí afuera, restaurando el statu quo del jardín para delimitar, de nuevo, las realidades que corresponden a las unas y a las otras, y que imponen, a fuerza de adaptación y pertenencia, los límites de la existencia.

Por lo demás, el sonido se hace elemento exiguo e invita a la quietud sostenida y prolongada en este espacio —de vez en cuando, sin embargo, puedo percibir los murmullos de algún vehículo que atraviesa la avenida turnándose con el rodar de bicicletas sobre la grava o los pasos de algún turista o lugareño que arrastra consigo la tierra; para mi pesar, estos sonidos son muy puntuales, a veces imperceptibles. Me gusta creer que precisamos del sonido, sea éste ruido o silencio, como elemento que propicia un setting contingente. Sin éste, me invade una sensación similar a la transitoriedad, que, si bien no deja de ser interesante, para un paseo como éste es más bien lúgubre. De hecho, mientras recorro de un extremo a otro el jardín, estos pensamientos me empujan a experimentar algo parecido a los no-lugares de los que habla Marc Augé, aunque no goce del mismo simbolismo que le otorga el antropólogo francés. También, bordeando la estructura de visos renacentistas que tendrá al menos unos doscientos años de antigüedad, puedo sentirme en un aquí y un allá, y esto deriva en una limitante que me gusta creer hermanada a lo ficcional, pues no resulta físicamente posible existir en dos lugares al mismo tiempo y, sin embargo, puestos a ver desde una postura, digamos por caer en lo parco, metafísica, tiene todo el sentido del mundo. Es más, cuando logro alejarme lo suficiente de la orangerie para observarla desde la distancia como si estuviese enmarcada por un rectángulo invisible, la sensación que me queda es la de estar presenciando un lugar disociado, que sólo existe en un momento dado de tiempo; podría, con mucha facilidad, estar observando la orangerie gracias a una fotografía tomada por alguien desconocido y colgada en Internet sin mayores pretensiones que las de mostrar un espacio en particular. Fijado por esos límites ficticios, veo la imagen desde una ventana que se abre en un apartamento en Los Palos Grandes, por ejemplo, sabiendo, por supuesto, que aquello no es del todo cierto pero que bien podría serlo. Con esto en mente, decidí fotografiar ese paisaje inventado que se me presentaba en el instante descrito antes, para que permaneciera como una suerte de recordatorio de mi, y su, transitoriedad.

 

Jardín Botánico de Uppsala

II.

Reviso estos apuntes casi un año después de haberlos escrito en agosto de dos mil quince. Queda reservado a este espacio —el del documento digital— cierta alusión a lo abandonado; algo de esto ocurre también cuando observo cada una de las fotografías que se reparten a lo largo del texto: cómplices de un pasado inconsistente que retorna a mi memoria el instante en que veo las imágenes y me proponen un amasijo de momentos que se entrecruzan en mi mente, una dialéctica que invita al orden y al desorden por igual.

Pensándolo bien, lo único que parece ajustarse a mi realidad actual es el hecho de que estas fotografías, matizadas en blanco y negro, pertenecen a un tiempo anclado en lo remoto. Si en agosto pasado mi intención era ésta, es decir, el revisitar estas imágenes en particular un año o años después, entonces, ahora, me resulta un acto acertado, aunque algo pretencioso pues, al preferir la premeditación al azar, de alguna forma su estudio posterior pierde el elemento sorpresa que, en lo personal, disfruto tanto en casos aislados como éste. No es por excusarme, pero no estoy completamente seguro de que esa haya sido mi intención, así que he decidido no darle mayor importancia y seguir escudriñando en las imágenes.

Jardín Botánico de Uppsala

Parto ahora de estas dos fotografías como mero ejercicio del recuerdo asistido, haciéndome al mismo tiempo una pregunta, más o menos formulada así: ¿qué razón me motivó a fotografiar un tramo del invernadero tropical o la puerta de entrada a la orangerie de Uppsala? En estos momentos, al mirarlas en contraste, lo que más atención me supone es la concatenación de lo natural con lo humano, en el sentido de cómo las estructuras del invernadero tropical y la orangerie se presentan como sostenes de la vida natural. No despejo la idea del simulacro, tampoco. Observo la fotografía a la izquierda, reproduciendo una sección del invernadero tropical, y me viene al recuerdo la humedad simulada que experimenté una vez dentro y la sensación, podría decirse muy caribeña, que me remitió mientras observaba las palmas creciendo al lado de los nenúfares estáticos en una piscina de aguas coloradas en turquesa. Por otra parte, la imagen que reproduce la puerta de la orangerie me resulta un tanto más enigmática. Tal vez lo que más llamó mi atención fue su altura, que ahora pienso exagerada, porque el marco se alzaba varios metros, haciéndose ostentosa y fuera del alcance de cualquier persona. No atravesé la puerta, cerrada e inamovible, y creo haber estado solo cuando saqué la fotografía con mi celular. A su manera, pienso que la puerta se corresponde con los límites que demarca: entrada a y salida de lo natural.

 

Jardín Botánico de UppsalaIII.

La tarde llega a la ciudad y con ella cede la canícula. Volví al jardín botánico con la curiosidad de saber qué tanto había cambiado desde la última vez que estuve allí. Reencontrarme con estas imágenes almacenadas en el borrador de este documento sirvió como empuje inesperado. La única certeza que podía tener al abandonar el apartamento era que, al regresar, me sentaría a escribir sobre este borrador y añadiría al menos un par de fotografías más registrando los mismos lugares y cosas que fotografié el año pasado. Ya en el jardín, no había avanzado más allá del lugar donde vi por primera vez el fresno perenne cuando noté a la distancia la presencia de tres grúas torre que se alzaban por encima de tapias y árboles, y que, a su manera, invadían lo formal del jardín barroco. Las grúas torre estampan un skyline vacuo, tan característico en las ciudades suecas donde los edificios no ostentan la preponderancia de otras metrópolis —pienso necesariamente en una ciudad como Caracas, claro. Digo que veía estas estructuras en ejercicio dominante: sobrias en lo estructural; amenazantes a la vista. Mi visita el año anterior había estado condicionada por la sobriedad de lo natural que decora, y en ocasiones se apropia de, aquello que miramos como humano. Esta vez, sin embargo, el panorama exhibía el alzamiento de las estructuras metálicas como una victoria sobre lo natural, una transgresión más. Con su movimiento llegaba el sonido mecánico, amplificado en eco.

Gianfranco Selgas
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