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Nocturno del planeta Krypton

jueves 16 de marzo de 2017
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Nocturno del planeta Krypton, por Roberto Echeto

“Maniobras elementales”, de Roberto Echeto

Nota del editor

Maniobras elementales es el libro con el que el venezolano Roberto Echeto ganó en 2015 el XV Concurso Anual Transgenérico, que convoca la Fundación para la Cultura Urbana. La decisión del jurado, compuesto por Oscar Marcano, Ricardo Ramírez Requena y Carlos Sandoval, se fundamentó en que el libro ostenta “una efectiva prosa plástica que en ocasiones roza los territorios del aforismo filosófico”, entre otras consideraciones. Hoy traemos a los ojos de la Tierra de Letras uno de sus textos, uno cuyas metáforas funcionan a múltiples niveles.

Uno

El planeta es extraño. Sus habitantes dicen que lo aman, pero en cuanto pueden se marchan. Luego, desde su nuevo domicilio, tienden a sentar cátedra sobre cómo se vive en el sitio que dejaron. Hablan con desparpajo sobre lo que debió o no debió ser del astro de sus recuerdos y después se afincan en justificar su decisión de irse.

Uno los oye y calla. ¿Para qué discutir con ellos, si no hay cómo reprocharles su decisión? ¿Para qué reírse de sus chistes, si cada broma que hacen sobre el planeta del que se fueron esconde una bruma de dolor?

Irse, quedarse… He ahí un dilema triste.

Los que se fueron (o se van) tienen otro planeta y otro pasaporte; se van (o se fueron) porque sienten que allá sus sueños y sus arcas no corren peligro. Los que se quedan tienen un solo planeta, un solo pasaporte y sueños a los que cuesta defender.

Irse, quedarse… Quizás muchos de los que se quedaron se vayan algún día. Soñar en un planeta hostil cansa.

 

Dos

Entre los que se quedaron en el planeta, hay tres clases de habitantes: los que participan en las enconadas diatribas sobre la conducción de Krypton, los que sólo sobreviven y no les da tiempo de pensar en nada, y los que están cansados de que en Krypton siempre se hable de lo mismo.

Los primeros se pelean por el poder, intercambian ingeniosas invectivas, se denuncian entre ellos y no hacen nada para evitar la destrucción. Son los menos preparados y los menos trabajadores, pero sus lenguas vuelan a la velocidad de sus escrúpulos.

Los segundos deben levantarse antes del amanecer, surcar el aire en tres vagones distintos y llegar a sus oficinas para ganarse el sustento diario. Esos ciudadanos viven tan agobiados que no saben que el núcleo de Krypton está por estallar; creen que los rumores sobre la explosión pertenecen al ir y venir de saetas verbales entre quienes detentan el poder y quienes quieren el poder. Por eso no les prestan la más mínima atención.

Los terceros se cansaron de advertirles a sus semejantes la catástrofe. Como nadie quiso ni quiere oírlos (la verdad es una legión de moscas), optaron por aplicarse a sí mismos un ostracismo que los lleva a vivir encerrados en sus propias meditaciones, redactando sus propios e inútiles ensayos.

 

Los pensadores no lo saben con certeza, pero intuyen la tragedia. Algo en el aire les dice que el esplendor y la gloria llegaron a su fin.  

Tres

En Krypton no faltan los ilusos. Más de uno cree que la vida permanecerá por siempre y que, con las estrategias que los líderes diseñen, la felicidad de la población estará garantizada por milenios.

Pobres de ellos.

Esos mismos ilusos invocan la paz y la bondad cada vez que uno de los pensadores sale de su mutismo y dice algo sobre la corrosión que se ve sobre la faz del planeta.

Pobres de ellos una y mil veces.

Esos ilusos condenan a los científicos que salen de su exilio mental y advierten una vez más sobre el fuego que brotará de las entrañas astrales. Los ilusos los llaman alarmistas, demagogos; piden cárcel para ellos, suplicios, penas estentóreas.

Pobres de ellos y de todos los habitantes de Krypton.

 

Cuatro

En Krypton tiembla todas las noches.

Las arenas han perdido su color de plata y se han tornado negras.

Los árboles se secan y sus venas se vuelven de piedra.

El fuego sale de la oscuridad y se esparce silencioso, como un ejército solitario.

 

Cinco

La catástrofe aún no ha llegado. Los habitantes de Krypton viven sus vidas pequeñas. Unos ocupan los trenes de aire. Otros comen y charlan y comentan las unánimes transmisiones que los líderes emiten desde los salones del palacio.

Los pensadores no lo saben con certeza, pero intuyen la tragedia. Algo en el aire les dice que el esplendor y la gloria llegaron a su fin.

La desaparición de Krypton no se ha concretado, pero pronto lo hará.

Roberto Echeto
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