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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Mis muertos: ensayo casual sobre la cotidianidad y los difuntos

• Jueves 28 de marzo de 2019
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Me gusta conocer los cementerios de las ciudades a las que visito, sobre todo si es una ciudad con alguna historia.

Las visitas

Me he sorprendido a mí mismo, en plena madrugada, mirando hacia el techo, concentrado en la oscuridad, hablando con mi padre sobre un tema para el que necesito consultarle. Y puedo figurarme perfectamente su respuesta.

Ocasionalmente me pillo riéndome de un sarcasmo que se me ocurre, tan avinagrado que entre mis carcajadas escucho las de Manuel, que fue quien me enseñó a reírme cruelmente de cualquier tragedia, empezando por la tragedia de uno mismo.

No importa lo que de la muerte podamos prefigurarnos o no, lo que creamos o no, lo que científicamente se conozca y desconozca, la muerte ocurre.

Me he encontrado enseñándole a mi hija, como quien comparte el mayor de sus tesoros, los secretos esenciales de la actuación, reproduciendo las enseñanzas de mi maestro, Julio César Alfonzo.

No hallo cómo sacarme de encima a Matías pidiéndome todos los fines de semana que le haga la merengada de helado de ronconpasas que la abuela Josefina me hacía a mí en Caracas cuando era niño.

Mi papá, Manuel, Julio César, mi abuela, y otros, tienen algo en común: todos están muertos.

Están muertos ellos, pero se presentan en mi vida con cierta frecuencia. Al principio me afligía o me parecía insólito, pero con el tiempo y la continuidad, además de ser un hecho extraordinario por inesperado, se me ha ido convirtiendo en una forma nueva de entender la muerte.

Que, como la paternidad, por alguna razón pudorosa, es un tabú.

Nadie te habla de la muerte si no es desde lo mágico (todas las religiones crearon una fantasía para disfrazar el dolor de la pérdida y convertir esa invención en control y poder). La mayoría de las corrientes filosóficas contemporáneas atendieron desde la razón la desnudez de propósito en que se queda nuestra existencia con —en el mejor de los casos— el misterio inexorable de la muerte esperándonos siempre.

Pero no importa lo que de la muerte podamos prefigurarnos o no, lo que creamos o no, lo que científicamente se conozca y desconozca, la muerte ocurre.

Gente significativa y fundamental, amada y entrañable se nos va físicamente para siempre. Y ese dolor que nos sacude las bases de nuestras entrañas, a todos nos atropella y nos deja viviendo así. Con una ausencia perenne en los días que restan.

Y nadie te cuenta como parte natural de la vida que eso ocurrirá.

Más se habla en el sofá de una familia o en un aula de clases sobre el condón, el orgasmo, el sida y la homosexualidad, que sobre la muerte.

Y mira que te puedes pasar la vida célibe, pero sin morirte, no se han visto casos.

He sabido, supongo que como muchos, de innumerables anécdotas de personas que han tenido supuestas experiencias con personas cercanas o desconocidas y que se comunican con ellas aun estando fallecidas.

Algunas de estas experiencias, todos convendrán, son inverosímiles. Otras nos parecen capciosas o cuestionables. Pero algunas nos resultan irrefutables, por su fuente y por la naturaleza del relato.

Es lo que sucede cuando uno conversa con Elizabeth Baralt, a quien conozco y a quien le tengo mucho aprecio, y quien ha escrito el libro Amar más allá de la vida: carta a mi hijo, quien murió para enseñarme a vivir. En él Elizabeth nos cuenta que antes de morir, y luego de una crisis asmática que lo mantuvo al borde de la vida, su hijo mayor le confesó que había estado en un lugar muy bello, tan bello, del que no quería regresar…

Un tiempo después de que otro ataque de asma se lo llevara, le envió un mensaje a su hermano menor, por otras vías.

Son experiencias tan fuera de este mundo que es difícil incluirlas en la gramática de lo posible a la que estamos acostumbrados, pero frente a las cuales uno tiene muy pocas herramientas para cuestionar o para pensar que en realidad no sucedió.

Yo, en cambio, no he tenido experiencias tan insólitas como para hacer una película. Cuando era púber a veces sentía que me despertaban de la siesta con una palmada en la espalda, y no era nadie; y más adelante, siendo adolescente, vi cómo, jugando la Ouija, a un amigo se le volteaba la cara y mascullaba sonidos mientras buscaba un cuchillo. Al volver en sí, no tenía idea de lo que había pasado.

Pero a mí con mis muertos no me pasan cosas así. No tengo poderes especiales ni ellos me transmiten cosas en lenguajes inesperados. Mis muertos, simplemente, están allí, alrededor mío, acompañándome, y yo, simplemente, a veces lo noto. Porque me vienen a la cabeza y hablo con ellos, porque algo del día a día me los recuerda, porque aprendí a hacer algo como ellos y al volverlo a hacer los reproduzco. Mis muertos no se han ido de mí. Se fueron ellos de la vida, y eso a veces le produce a uno una infinita tristeza. O una cosa trágica y cómica que a todos nos ha de pasar: a veces se nos olvida que nuestros muertos han muerto. Yo me pasé un tiempo en que tenía el impulso de llamar a mi papá para saludarlo, y unos segundos después me acordaba, carajo, ¡verdad que mi papá está muerto!

Era triste, pero el del olvido era yo. Hasta que uno se acostumbra a que ellos murieron, y entonces anda con ellos, muertos.

 

La ciudad de los muertos

Quienes no conocen la cultura mexicana se asombrarán o aterrorizarán con la formidable cultura de la muerte que hay en esa sociedad desde sus ancestros. Lo que para un occidental es símbolo de terror, en la cultura azteca es cotidiano, cariñoso y hasta dulce.

Porque, a diferencia de buena parte de Occidente, comprender la muerte forma parte de la vida. Y esa comprensión no es fruto de una religión que controla a través del destino después de la muerte la vida de sus feligreses, sino la genuina creencia de una civilización que dio explicaciones a los misterios que le aquejaban.

Quizás porque desde hace unos años he tenido cierto interés por este tema, soy un turista ocasional de los cementerios.

Así, los mexicanos ofrecen todo tipo de cosas a sus muertos. Frutas, dulces, comidas. Hay un pan especial que hacen los mexicanos para sus fallecidos. Y tienen un día especial en el año para celebrar a sus muertos niños y otro a sus muertos adultos.

Y es aprehendido con alegría porque los vivos, al celebrar a sus muertos, lo que hacen es celebrar la memoria de sus vidas. Como si al recordarlos los resucitaran.

Coco, la película hollywoodense y a la vez genuinamente mexicana que conmovió a todas las generaciones en muchas culturas, lo explica con claridad meridiana: los muertos “viven” si nosotros los recordamos. Y ellos, a su manera, están vivos, a su vez, gracias a que los evoquemos en nuestra vida.

Entenderlo es muy significativo.

Quizás porque desde hace unos años he tenido cierto interés por este tema (el de los muertos en la vida de los vivos, no el de la vida después de la muerte, aunque quizás una cosa esté relacionada con la otra), soy un turista ocasional de los cementerios.

Me gusta conocer los cementerios de las ciudades a las que visito, sobre todo si es una ciudad con alguna historia. Y conozco más o menos con precisión los cementerios de las ciudades en las que he vivido o a las que me ha tocado ir con frecuencia.

Y no es por otra cosa sino por lo que los cementerios significan: dicen los antropólogos que el primer gesto de civilización organizado, estructurado y convertido en cultura del hombre es el de enterrar a sus muertos, y su posterior evolución: el ataúd, el nombre, las fechas de nacimiento y fallecimiento, el epitafio, los mausoleos.

Conservar un lugar en el que se guarden los restos de una persona tiene el propósito de darle concreción a la memoria de su vida. Es la muestra colectiva de que la vida de un hombre llega más allá de los días en que estuvo vivo. Es la primera e inigualablemente diáfana muestra de la aspiración de trascendencia de la especie.

Así, por ejemplo, merodeo a veces por el cementerio de Pinewood (es el más antiguo de los cementerios de la ciudad y está convertido en patrimonio histórico), y me digo que los cementerios deberían ser más así, lugares con bancos, evocadores, gratos. Espacios para recrear.

Los cementerios tienen la gracia de ser una suerte de ciudades. Allí “viven” los muertos. Comparten sus historias, que son infinitas y es lo que tienen (muchas más historias que las de los vivos). Ahí hay fotos, flores, olores, caminos, piedras, silencio.

Siempre me hace ilusión que los muertos tengan una vida oculta, como cantaba Mecano. Aunque en la vida real, como en la vida de los vivos, salir ahí debe depender mucho del cementerio que te toque. Si fuiste enterrado en el anarquizado Cementerio General del Sur, de Caracas, me imagino que los muertos prefieren quedarse en su tumba y en todo caso susurrar con un muerto vecino, no vaya a ser que les roben un diente de oro o les arranquen un hueso para hacer brujerías.

En un cementerio como el de Washington, en cambio, no importa de dónde hayas venido, siempre tienes que salir con elegancia y educación: es un cementerio de gente que ha sido muy agasajada.

Una vez en Ariete, Italia (donde nació Roberto Benigni, el cineasta), al salir del cementerio, que fue fundado en pleno siglo XIV, poco antes del Renacimiento, mi hijo Matías, que había pasado la mañana jugando con las piedritas del piso y con su hermana durante toda la visita, al salir del cementerio me preguntó, con frescura: Papi, y después que la gente se muere, ¿qué pasa con ellos?

Su pregunta era muy precoz, y mi respuesta fue muy sencilla: No se sabe, hijo, los seres humanos hemos pasado toda nuestra historia investigando y especulando lo que pasa después de morir, y aún no estamos seguros.

A diferencia de lo que hubiese recomendado o esperado un psicólogo, semejante incertidumbre dejó muy tranquilo a mi hijo.

Pero hoy sé que tendría una respuesta mucho mejor para él. Le diría: Ellos se quedan en nosotros, hijo, los llevamos a todas partes, queriendo y sin querer, recordándoles o sin darnos cuenta, en nuestros actos y en nuestros sueños.

 

Una nube repentina

Las muertes que me han tocado son todas distintas y tienen efectos en el tiempo muy diversos. Por ejemplo, con Manuel todavía estoy bravo, me parece que su muerte fue arbitraria, que nos había robado espacio en la vida como para dejarlo abandonado. Le tengo un reclamo a su irresponsabilidad con el cual tendré que morirme. Pero ya tendré el tiempo de decirle que sí, que era un abandonador como tanto lo temimos. A lo que, seguramente, me contestará que sí, que nunca hizo promesas, que él es amoral, y que todos lo somos, sólo que no nos atrevemos a afrontarlo. Y me parecerá que tiene razón.

Sobreponerse al vacío de la vida implica siempre una fortaleza que uno no sabe de dónde saca, y a veces de donde sale es de la inspiración que otro te da.

Como se ve, el reclamo sí ha tenido lugar. Con Manuel he tenido serios debates sobre su muerte.

En cambio, respecto a la muerte de mi abuela, además de la tristeza natural, sentí alivio. Mi abuela sufrió mucho en su infancia y en su juventud, y en el último período de su vejez estaba sufriendo un añadido indeseable. Claro que, gracias a su enfermedad, la familia quedó estructurada como ella lo hubiese deseado: los hermanos unidos como nunca, los nietos, sobrinos y primos todos enlazados. Una familia más consciente de sí misma que lo que pudiera llegar a soñar en vida. Mi abuela sembró y cosechó, aunque —dice uno— no tuviese consciencia de ello del todo.

Cuando murió Teodoro Petkoff tuve la sensación de que me apagaban una luz. Había un suministro de gasolina, un camino con señales de valores, ímpetu y energía, sobre la vida misma, que me llegaba muy cerca, y que desapareció.

Teodoro era como el video de Kennedy que te dice: “Escogemos ir a la Luna no porque sea fácil, escogemos ir a la Luna porque es difícil”. Pero en venezolano y sobre tu propia vida. Y al morirse, es verdad que nos queda su modelo, pero por alguna razón no es lo mismo. Sobreponerse al vacío de la vida implica siempre una fortaleza que uno no sabe de dónde saca, y a veces de donde sale es de la inspiración que otro te da.

Al momento de enterarme de una muerte significativa, mi reacción suele ser parecida: me contraigo, todo yo me pongo hierático, irresponsivo, me desprendo y, aún conmovido, me recluyo en una extraña nube en la que todo se ve en perspectiva, como si el que se estuviera muriendo fuera yo.

Desde fuera parezco fuerte. Pero en realidad no estoy ahí.

Todo se ve en cámara lenta. Las palabras suenan a todo volumen, una a una, por tu cerebro. Nada puede perturbarte. Nada es veloz. Todo toma la importancia que tiene. Cuando la muerte protagoniza, la vida recobra su orden.

Y hay algunas muertes que te cambian puntualmente. Cuando se fue mi papá, por ejemplo, que había hecho —con mucha nobleza, sí— más o menos lo que le había dado la gana (con todo el desgaste emocional que ello implica): guerrilla, siete matrimonios, tres profesiones, vida académica, lucha sindical, etc., me dejó, la muerte de mi papá, el ímpetu de tomar difíciles decisiones que me tocaban en mi vida inmediata.

Después de todo, mi papá había estado dispuesto a dar la vida por su idea de un mundo mejor. Al menos yo debía tener en la vida algún gesto de disponer de mi vida.

En cambio, cuando murió Manuel, en lugar de atreverme, decidí que debía cuidarme, porque fue un tipo que siempre nos inspiró a vivir bien la vida, y murió burlándose de él mismo, y arrebatando sonrisas, hasta segundos antes de irse.

Al enterarme de la inesperada partida de Julio César, lo que sentí en esa nube fue distinto: nunca dejes de prestar atención al sufrimiento de los que quieres. Haz siempre lo que puedas. No importa que no lo puedas cambiar, acompaña. Acompañar es bastante en la vida. Aunque los acompañados te digan que quieren estar solos.

Y es que cada muerto me ha hecho pensar en los tipos de vivos que somos, según el significado que han tenido nuestras vidas.

Por una parte, la vida de la gente que ha muerto se convierte en un mensaje comprensible, en una película completa, en una historia completa, sólo cuando se mueren.

Es imposible saber esa historia mientras está en curso y nosotros, además, formamos parte de ella. No conocemos esa historia de la que tenemos parlamentos. El protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo no sabía que su mundo era mirado desde otro.

Visto así, vivir la muerte de los seres queridos, además de ser uno de los tránsitos más dolorosos de la existencia, y un cruel recordatorio de la absurdidad de la vida, es también una de las pocas señales que en vida tenemos de que la vida, al menos del prójimo, tiene un sentido.

Es un sentido culminado por nuestro cerebro, siempre necesitado de sintaxis, de completar el arco aristotélico, de dar con un desenlace y aterrizar en un camino con significado. Pero, como buen fin, nos permite construir una suerte de coherencia discursiva, un constructo dramático.

 

Los vivos que eran los muertos

“Soñamos…”, decía Kant, “hasta que la muerte, que siempre parecía tan lejana, termina de pronto con todo el juego”.

Las personas que conocemos, que amamos y nos aman, sean nuestros familiares y nos hayan visto nacer o nosotros les hayamos visto nacer a ellas, o las que nos hemos tropezado, amigos entrañables, transitorios, o amores, parejas, mujeres que nos acompañaron un tiempo o formaron parte de nuestras ilusiones y paisaje emocional, son todas trazos, pinturas en progreso, viaje en movimiento, del mismo camino o en caminos conjuntos al nuestro.

Antes de morir, difícilmente una persona a la que le tenemos afecto podemos medirla independientemente de lo que pesa o connota en cada uno de nosotros y nuestras vidas.

Hasta que mueren.

Cuando mueren entendemos mejor qué tipo de vivos eran. Porque la muerte es una distancia inevitable, que nos permite saber lo que las personas son (siguen siendo en nosotros, aun muertas), más allá de lo que significaban para nosotros.

Antes de morir, difícilmente una persona a la que le tenemos afecto podemos medirla independientemente de lo que pesa o connota en cada uno de nosotros y nuestras vidas.

En cambio cuando muere pasa algo parecido a lo que le pasa a uno al salir de una sala oscura: aun conmovido por la película, podemos tener una impresión del propósito del cuento, de lo que quería decir el director, de por qué fue escrito ese guion, más allá de las coincidencias o rechazos que la película nos haya hecho sentir.

Eso me ha hecho advertir, en mi especulativa y mágica lógica (una cosa es que sepamos que lo mágico no responde al pensamiento científico, y otra que no sea esa una textura natural de nuestra psique), que una vez que los sabemos muertos, incluyendo la forma en que han muerto, empezamos a conocer qué clase de vivos fueron.

De alguna manera, cuando mueren, los conocemos mejor.

Savater cuenta, en los innumerables textos que ha escrito sobre su sonora viudez, que su difunta esposa lo hizo vivir casi toda su vida para vivir y conocer el amor, y que él no pudo saberlo sino hasta su muerte. Y que, muerta, su difunta esposa también se lo está haciendo saber, sobre todo por la honda y dolorosa nostalgia que le producen sus recuerdos y su ausencia.

A mí por ejemplo me luce que Julio César era un quirón, el dios griego que es un curador herido. Porque tenía permanentemente abierta su herida (exclusión, traumas y sensibilidad), era capaz de tratar a todos desde la modestia, ser empático con sus dolencias, y convertirlos en portadores de grandes capacidades. Pero de eso no me pude dar cuenta sino hasta que murió intempestivamente, exiliado (metafórica y literalmente) de la mirada de todos, sin renunciar nunca a la hendidura de su herida.

Andrea Tzchug, una suiza-colombiana a quien recuerdo como si fuera ayer, con su cara linda, sus ojos cristalinos y su sonrisa sin excusas, fue una vida meteorito. No tenía sentido ni destino humano. Para ella no había otro tiempo ni otro proyecto que el ahora. Y no lo decía convencida ni lo militaba, quizás ni siquiera se daba cuenta. Ella simplemente estaba en ese momento. Su vida era así. Y por eso a todos nos encantaba.

Visualizar su rostro es sonreír. No le hizo falta grandes sacrificios ni grandes estudios. Su sola existencia y el recuerdo de ella nos fue suficiente a quienes la conocimos. Y aunque hayan pasado ya treinta años de su absurda muerte temprana, su sola evocación es amorosa.

La iglesia de Dios sólo habita en nosotros mismos y en realidad es anómica y arbitraria.

Una de las dobles redundancias que uno suele repetir cuando la muerte de alguien es repentina o inesperada, es que su muerte fue absurda. Como si morir de viejo y por alguna enfermedad muchas veces escuchadas le diera a la muerte alguna organicidad.

Y la verdad es que no. La muerte nos agarra preparados, negados o por sorpresa, a los vivos. Pero la muerte per se es siempre absurda, o de una lógica que no conocemos. Pero que los humanos mueran jóvenes o de pronto no hace a la muerte más o menos absurda. Simplemente nos enfrenta a ella sin que lo hubiésemos sospechado.

Siempre creí que Manuel me duraría toda la vida y no fue así, pero eso es asunto mío. Y sé que lo tengo pendiente para trabajar en terapia. Que haya muerto en plenos cincuentas no es sino una enorme mala leche… para mí, y para los que tanto le queríamos. Él no, él se murió jodiendo.

Manuel murió igualito que vivió: sin joder mucho a nadie, sin querer victimizarse, jodido, muy a su pesar. Como si fuera el retrato de como siempre vivió: el padecer de la vida tomado de la mejor manera posible. Sin moralismos (esos sí) absurdos, pero siempre con un sentido elevado de la ética, de hacer el bien a los demás no porque estuviera bien visto o fuera celebrable, sino porque le diera la gana. La iglesia de Dios sólo habita en nosotros mismos y en realidad es anómica y arbitraria.

De Chavela Vargas, a quien conocí, entrevisté y seguí con ahínco como millones en las últimas dos décadas de su vida, me parece que le pasa exactamente lo contrario que a Andrea. Si Andrea fue un ángel que vivió sin destino porque no lo necesitaba para ser la viva que fue, a Chavela le hizo falta mucho destino, sufrimiento, gozo y padecimiento para poder contar en la luz en sus últimas décadas de vida lo que sí vivió, aprendió y recorrió en carne propia sobre la poquedad y la trascendencia de la vida.

 

Los azares de la memoria

En su libro How We Die, el doctor Sherwin B. Nuland, después de ejercer cincuenta años la medicina y ser testigo excepcional y masivo del deceso de centenares de pacientes, se toma la molestia de describir en su texto los detalles de cómo ocurre la muerte de acuerdo a la patología: el cáncer, un infarto, una infección, etc.

Todo ello para desmitificar buena parte de las creencias que hay en la mayoría sobre los últimos instantes de la vida, y para reflexionar sobre las decisiones éticas que los médicos toman cuando deciden intervenir, hacer o no hacer procedimientos de acuerdo al completo cuadro que ven entre posibilidades de sobrevivencia, riesgo, dolor y consecuencias.

Pero también, Nuland aprovecha el paso de los años para descifrar un enigma. O, más bien, para intuir que el enigma existe. “Así como la vida de todos es distinta”, afirma, “también lo es la manera en que morimos”, observa. Lo cual lo lleva a una inferencia mayor: de alguna manera y en alguna medida, consciente o inconscientemente, la forma en que morimos parece ser una decisión de quien estaba vivo.

Y en ese caso, también me pregunto yo: la forma en que escogemos morir, ¿no es, a su vez, el mensaje final e insustituible de la historia que ha sido nuestra vida?

Hay muertes que por un tiempo, o por el resto de nuestras vidas, parecen indescifrables. Otras, después de mucho dolor previo, parecen un alivio. La mayoría nos desgarran, pero nos permiten hacer un discurso comprensible de quien estuvo vivo.

Debe estar ahí la respuesta de lo que algunos, con sorna o con genuina inquietud, se preguntan: ¿por qué, después de muertos, todos parecen mucho mejores de lo que decíamos que eran cuando estaban vivos?

Porque los hemos entendido. Al desaparecer hemos incluido en la ecuación lo que no queríamos ver: que sus faltas no eran desganada ausencia de voluntad, que dieron todo lo que pudieron, que sus puntos de vista no eran los nuestros, y que lo que veíamos pequeño porque estábamos concentrados en lo que faltaba, era el gran valor de sus vidas.

Por otra parte, la vida de los vivos nos hará hablar con desparpajo o con prurito sobre ellos cuando hayan muerto. Si sus bondades nos han arropado, trataremos de cuidar sus memorias con brillo. Si su intensidad nos ha sido de una influencia enorme, no importa lo que digamos de ellos, la historia de sus vidas siempre será referente relevante.

Pero si lo que nos tocó fue su lado tóxico, trataremos de sacar esa historia en lo posible de nuestras vidas. Quizás su existencia no nos tocaba a nosotros. O el malestar que nos produjo nos hizo valorar y aprender lo que no habríamos podido sin su mala compañía.

Por mucho que no queramos desestimar que algo pase, nada nos ha mostrado nunca que tendremos conciencia de lo vivido en esta vida.

En la conmovedora crónica El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, el autor hace un recuento pormenorizado de la vida de su infancia y su entrañable e indeleble influencia paternal, lo que merece el relato.

Su padre, criminalmente asesinado por la violencia colombiana, adquiere una dimensión enaltecida, curada, cuidada y trascendente, gracias a las descripciones mágicas, emocionadas y hasta aromatizadas de su infancia y su padre.

Quizás la conmoción de su muerte violenta (que no fue casual, el padre del escritor colombiano era un comprometido activista en los tiempos más convulsos de la violencia en Colombia) fue la daga final que hizo del escritor un hombre sensible y empático, capaz de dejar en los miles que le leímos la importancia de la justicia, la sensibilidad por el prójimo y la inestimabilidad de la presencia de un padre.

Creo que la mayor desazón que nos trae la muerte es que al preguntarnos (por milenios, en todas las culturas) cómo sería —si hubiese algo— eso en los que nos transformaríamos, después de la muerte —si nos transformáramos en algo—, es que, por mucho que no queramos desestimar que algo pase, nada nos ha mostrado nunca que tendremos conciencia de lo vivido en esta vida.

Y quizás es por eso que, como forma de resistencia, al morirse, los vivos hacemos con tanto esfuerzo todo el recuerdo posible de la vida de los muertos, para que, al menos con nosotros, se queden vivos.

Algunos, como yo, incluso nos acostumbrarnos a caminar y convivir con nuestros muertos a cuestas.

Julio Túpac Cabello

Escritor y periodista venezolano (Caracas, 1971). Reside desde 2001 en Miami, Florida (Estados Unidos). Comunicador social egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), con una maestría en Producción de Cine y Televisión en la Universidad de Bristol, Inglaterra. Ha incursionado en diversas áreas relacionadas con las letras y el periodismo, la literatura y la industria audiovisual. Formó parte de la revista Letra G, del diario El Globo, y de las redacciones de El Diario de Caracas y El Universal, y fue fundador de la revista Primicia y del diario Tal Cual. Trabajó en medios audiovisuales como guionista y productor. En Estados Unidos ha trabajado con medios como BBC, Venevisión Continental y la agencia EFE. Además se ha especializado en el desarrollo de narrativas audiovisuales, área para la cual ha sido director en Sony Pictures, HBO y Telemundo. Autor de la noveleta digital La casa del suizo, la pieza experimental Estamos al habla (Lulu, 2011) y la plaquette Poemas del abandono (El Pez Soluble).
Julio Túpac Cabello

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