“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El día que no conocí a Francisco Massiani

viernes 21 de junio de 2019

Francisco Massiani

Y aquí estoy, cual figura renacentista en un cuadro de Miró. Haciendo gala de mi proverbial capacidad para estar desubicado. En una ceremonia que se me antoja privada, íntima, sin invitación previa. Solo conmigo y mis ganas de salir corriendo de allí. En mi bolsillo derecho una pequeña y ovalada piedra choca a cada rato con mis llaves. Tenía el compromiso de colocarla encima del féretro. Al regresar a mi casa la coloqué en el jardín.

Miraba a un señor mayor muy parecido a Pancho, como si fuese su morocho —sin hendidura en la frente— pero con los gestos y ademanes de Pancho. Alguien se le acercó y ambos lloraron, luego le preguntó quién era, que no reconocía la voz y estaba ciego. En medio de su dolor, tanteaba el afecto de gente querida. Quise hablarle y no me salieron las palabras.

El título no era de noveleta vaquera, pero sí evocaba la inmensidad de ese mar hermoso y descuidado de mi pueblo. Era Piedra de mar, y no pude soltarla.

El cura invitó a un rosario, los pocos asistentes pasamos a la sala de la capilla imperial.

—Y que brille para él la luz perpetua.

Y allí en medio de esa circunstancia, recordé la lejana tarde en la que acomodado en una mata de uva de playa en mi querido Higuerote, asemejaba a un felino comer con avidez. Leía algo. Corría el año 83, quizás el 84, y David extendió su brazo y me dijo: “Deja esa vaina y lee esto, guón”. Era una novelita endeble, de letras pequeñas que por el formato creí que era una más de la fiebre de ese momento, el gran Marcial La Fuente Estefanía. El título no era de noveleta vaquera, pero sí evocaba la inmensidad de ese mar hermoso y descuidado de mi pueblo. Era Piedra de mar, y no pude soltarla.

El féretro estaba cerrado por completo, por lo que resultaba inútil presentarle los últimos respetos al difunto. Pensé que la capilla iba a estar tan llena de gente que quizás me iba a poder colar hasta un costado y colocarle mi personal ofrenda —idea que tomé del Twitter de un querido y admirado escritor que no iba a poder estar en el acto velatorio—, pero al no ver otras piedras depositadas allí, sentí que la mía iba a estar tan fuera de lugar como me sentía yo en ese sitio. Apenas si me paré bajo el dintel de la puerta y desde allí recé por ese conocido/desconocido que me acompañó por más de treinta años de mi vida.

Leí Piedra de mar de un tirón; recuerdo a David camino a casa —éramos vecinos y amigos de la infancia— hablando de cualquier cosa y yo sumergido en la atmósfera marina, la brisa de la cercana playa y el sol que achicharra a las pieles no acostumbradas al calor tropical. Caminaba y leía, leía mientras caminaba (era una habilidad aprendida de tanto recorrer el pueblo para intercambiar suplementos y comiquitas); al llegar a la casa de mi abuela —que era/es mi casa— ya estaba por completo sumergido en la trama. Tanto que esa noche no quise salir para terminar de leer la novela y a partir de allí comenzó un proceso de mimetización en el que por largo tiempo me creí Corcho y a David lo asociaba con Lagartija. Mi Corcho yo. Tomaba anís con frigurt y buscaba, infatigable, compartir amaneceres y fluidos con chicas a las orillas de mi vecina playa. Mi Lagar era el chamo al que le gustaba hacer sonidos de trombón, estudiar mucho, cero vicios y responsable como pocos, que seguro hubiera llegado a ser una gran persona si la miserable diabetes no se hubiera cruzado en su camino.

No lo conocí en persona, desaproveché la oportunidad de un saludo o que me firmara un libro.

Mediodía en Caracas. Cortejo fúnebre con horario apuntado para su partida. Buscaba alguna cara conocida entre la escasa concurrencia. Creo que conozco muy poca gente. Pensaba en el día que estuve cerca de Francisco Massiani, en la librería Lugar Común, que entonces funcionaba en Altamira. Allí estaba un Pancho jocoso, flanqueado por gente querida —por él y por mí—; una impecable camisa blanca y una especie de boina mal puesta hacían juego con su personalidad. Se explayaba en las respuestas como quien conversa consigo mismo. Recordaba sin esfuerzos nombres, lugares y cosas. No tenía —como dicen ahora— filtros. Hablaba de amores y de futbol. Al terminar la charla, muchos se acercaron a saludarlo, felicitarlo, tomarse una foto o tan simple como para estar cerca del autor por un momento. Cuando al fin tomé la decisión de acercarme, ya era tarde. Se llevaban a Pancho y pensé en que lo haría en otra oportunidad.

No hubo otra ocasión; Pancho desapareció de la escena pública y sólo supe de él cuando falleció. No lo conocí en persona, desaproveché la oportunidad de un saludo o que me firmara un libro. Recién después de su partida me enteré de la existencia de un extraordinario documental que hizo Manuel Guzmán Kizer, titulado Francisco Massiani: breve y arbitraria historia de mi vida. En él, Pancho hace gala de su autenticidad, de las ganas de vivir en su ley o al margen de ésta. Un Massiani auténtico que no deja a nadie indiferente y que de seguro hará que más de un espectador salga a comprar o releer la obra de uno de los mejores escritores de Venezuela.

Lea a Massiani, descubra o redescubra a ese extraordinario creador. Conozca a Pancho, no deje pasar —como lo hice yo— a este talentoso escritor y después se lamente de tantos años sin conocer a Francisco Massiani.

Ramón Colmenares
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