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Ni tan pasado ni con dos pelucas

jueves 17 de octubre de 2019
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Ni tan pasado ni con dos pelucas, por Gianni Mastrangioli Salazar
El pasado, como evento físico inerte, nos invita a regresar a él y a estudiarlo. O a olvidarlo en ocasiones. La literatura venezolana, la de hoy, se remite al pasado en su desesperado intento de rellenar el futuro.

Mi abuela, para cenar, me cocinaba pan con queso frito. No sé qué clase de temperatura predisponía ella para calentar el sartén, pero el queso, apenas tocaba el aceite, se derretía en un modo que, sin embargo, conservaba su consistencia. Entre aguado y crocante, el queso frito de la cena era la especialidad culinaria de mi abuela. Un arte que, como las tajadas, requiere de exacta precisión no sólo en el graduado de la hornilla, sino también en los tiempos de espera. Noche tras noche, ella se quedaba parada al lado de la cocina, mirándolo, vigilándolo fijamente, en una rutina que se repetía con el propósito de satisfacer las necesidades de su nieto. Pero aquella noche de domingo mi abuela no esperó como de costumbre. Hugo Chávez había llegado al Ateneo de Caracas y se preparaba para dar su discurso de triunfo.

Aquella noche mi abuela se despegó de la cocina.

El discurso de Chávez se dio un seis de diciembre de 1998. Aquella noche se escucharon ruidos de toda clase; hasta se habrán perpetrado disparos en las azoteas.

Ella se sentó, hipnotizada, a mirar la televisión. Al servirme el pan, sentí que mi queso se había chamuscado; de allí que yo haya entrado al baño y, calletano, lo haya escupido. Chávez nos había cambiado la rutina.

El discurso de Chávez se dio un seis de diciembre de 1998. Aquella noche se escucharon ruidos de toda clase; hasta se habrán perpetrado disparos en las azoteas, si bien yo era demasiado joven para sospecharlo. Se vieron fuegos artificiales, se sonaron cacerolas. Nos abrazaron, a los niños, quiero decir, y pensábamos que la venida del Niño Jesús se había anticipado. Los niños nos creíamos los protagonistas del festejo y como tal nos trataron: la escalada de Chávez al poder —y el bonche, la felicidad inusitada— se interpretaba como la redención de los errores; fe de bautismo para familias en formación.

—Chávez debe estar cansado, hijo, supongo se meterá en alguna parte para recuperar energías. Ese hombre le echa bolas —me dijo mi abuela al día siguiente cuando le pregunté sobre lo que vendría después de la celebración.

Vivíamos en un edificio de los diseñados por el Instituto Nacional de Vivienda (Inavi) en la zona de Coche, de esos entregados por la Cuarta República en tiempos de claro dinamismo económico. Edificio ya corroído para los años noventa, de ladrillitos manchados como caries dentales y tejas a media asta; corrosión física de un condominio de personas viejas. Al frente de nosotros residían “los de en frente” —así los llamábamos—: una pareja de señores coetáneos a mi abuela, con su hija solterona y una nieta contemporánea conmigo. Abajo, obvio, residían “los de abajo”: una viuda amorochada con un mogollón de parientes y, en el apartamento opuesto, una anciana de aspecto gomecista. Y así sucesivamente: “los de planta”, “los del estacionamiento”, “los del otro edificio”. La gente de Coche se conocía Coche y el acontecer ajeno a niveles chismográficos asombrosos, pero que se dejaba llevar por una sensación de reposo que no hizo ebullición sino en el sartén de los acontecimientos de 1998. La campaña que rivalizó el chavismo naciente logró establecer sus bases en las frustraciones hasta ese momento subyugadas, con excepción del Caracazo en 1989. Es necesario resaltar que, en las postrimerías de la Cuarta República, se dio un proceso electoral que replanteó la idiosincrasia de Venezuela, y que, aparte, coincidió con dos eventos poderosísimos en el pensamiento mágico latinoamericano: el fin de siglo y de milenio. Hubo un colapso de estructuras que arrastraría a partidos, canales, familias, voceros y cualquier indicio que amenazara la construcción del venezolano nuevo.

Chávez había vencido a Henrique Salas Römer, su principal adversario de urnas, y los de en frente festejaban con los de abajo y los de abajo con los de arriba y los de ese condominio con los del otro condominio. A los meses se remodeló la fachada de nuestro edificio: los ladrillos exteriores se reemplazaron por cerámicas; los bombillos, por lámparas empotradas; la reja de la entrada, por un techado de dos aguas y portón. El edificio se puso cacheroso para la refundación de la nación.

—¿Y mañana hay clases? —pregunté. Ese seis de diciembre cayó domingo.

—¡Por supuesto que hay clases! El país tiene que salir adelante. Ya basta de la flojera.

En la mañana de ese lunes, la maestra de segundo grado, la de mi curso, suspendió las actividades pautadas para la jornada y decidió ejecutar un simulacro de elecciones. El propósito: explicarnos, a través de las estrategias pedagógicas disponibles, lo crucial de las noticias. Como si la providencia así lo hubiera deseado, como si el destino hubiera sabido que yo requeriría material para mis crónicas, se me eligió para personificar al candidato Chávez. Menuda honra, enmarcándonos en el contexto: el muchachito regordete de la clase que, de repente, se investía de la figura que gobernaba los titulares de primera plana. Dedicamos toda la semana al juego democrático. Mi abuelo me consiguió una boina roja y mi papá, sabrán ustedes de dónde, un trajecito militar. Era de esperarse que mi participación fuese meramente accesoria; ya se sabía el resultado. El día viernes, cuando se declaró la culminación del ejercicio y se me proclamó como presidente, me regalaron chocolates.

Quien sea venezolano y se dedique al oficio de la literatura, se embarca en un fenómeno donde se redacta y se es personaje al mismo tiempo.

Me remito a este trazo de nuestra historia contemporánea porque, so pena del fracaso del chavismo como modelo político, continuamos atascados en la construcción del fulano “renacer” que se acentuó en los noventa. No es la primera vez que Venezuela apuesta por un venezolano nuevo; lo que pasa con la literatura que creamos los escritores actuales es que ésta incursiona en escenarios que incluso desafían la frontera de lo artístico, erigiéndose como fiscal de la política en cuanto a que discute y postula amén de las aspiraciones colectivas. Muchos alegarán que no hay demasiada diferencia entre lo que es el rol literario para la sociedad venezolana y lo que siempre ha sido para el resto del mundo; sin embargo, la peculiaridad aquí es que escribir para el país de hoy es un retorno hacia el pasado —como punto de encuentro. No se vuelve al pasado por mera referencia histórica, para entender las causalidades únicamente, sino por impulsos del consuelo y el anhelo. La ausencia de futuro, la incertidumbre que ésta encarna, hace que nos giremos hacia el pasado en búsqueda de una estabilidad que a futuro no se avizora. El pasado, como evento físico inerte, nos invita a regresar a él y a estudiarlo. O a olvidarlo en ocasiones. La literatura venezolana, la de hoy, se remite al pasado en su desesperado intento de rellenar el futuro.

Erróneo o no, el pasado, girándolo a la inversa, es a lo que aspiramos para el futuro. Esta ansiedad por “proyectarnos” es lo que hace que la recuperación del recuerdo, para fines artísticos y literarios, sea un recurso cada vez más atractivo.

Escribir es, entonces, un acto de tediosa rememoración. Se hace difícil ofrecer análisis carentes de sentimientos. Quien sea venezolano y se dedique al oficio de la literatura, se embarca en un fenómeno donde se redacta y se es personaje al mismo tiempo. El país atapuzó nuestras páginas de una palabra que, agrupada en párrafos, describe nuestras contradicciones socioculturales y existencialistas. Pero hay que cuidarse de los círculos. La vez que regresé al apartamento de mi abuela en Coche, estando ya residenciado en Escocia, me sorprendió el déjà vu de encontrar, en ruinas, al edificio de una vida; como si, ya no por causa de la Cuarta República sino de la Quinta, el edificio —y su gente— estuviera padeciendo una especie de ciclo escatológico. Subiendo por las escaleras, me tropecé con varios niños que no conocía, que no sabía si eran “de los de en frente o de los de abajo”… “o derecha o de izquierda”. Me quedé mirando a uno de ellos, mirándome a mí mismo. Me di cuenta de que la historia pudiera repetirse; que, reinaugurado el gobierno, reconstruiremos la fachada y dispararemos en las azoteas para festejar y lanzar fuegos artificiales; que abrazaremos a los chamos y los disfrazaremos en salones de clases, en una charlatanería de viejas promesas que nunca terminan.

No. La literatura, en su delirio de pasado, no debe despegarse de la cocina. El escritor venezolano debe estar atento y vigilar el queso, la temperatura de su sartén. El futuro que redactamos no debería ser ni tan aguado ni tan crocante.

Gianni Mastrangioli Salazar
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